domingo, 28 de febrero de 2010

Carta que no se echa al correo y postdata que sí se echa, de Amador Palacios


«… recompongo el atuendo con mis manos menudas hasta extraer un nuevo cigarrillo y sentarme a tu lado, observando, en la espera, los ubicuos emblemas del infinito. Si tú desbocases tu malestar suspenso, que no ha tenido sino falsas motivaciones, y demudases el rostro y hundieses de repente las turbias palabras en mi pecho con un arrojo inoportuno, la esperanza en la noche y la dicha del instante inmediato se desmoronarían con triste impunidad. Porque me agrada un poco tu pequeño tormento de hombre. ..»


Querido amador:

Tú te comportas en ocasiones como un niño oscuro. Yo pronto suelo apercibirme y a no ser que los vientos vengan trocados, actúo con maestría y amabilidad. Tú andas por la casa entonces cargando en las espaldas un saco de silencios, yendo de un lado a otro con pasos ancestrales, temiendo por los lodos prestos en la inocente superficie. Yo impongo desde un dominio natural y recóndito, es decir, poniendo en uso una condescendencia elegantísima; los espejos reflejan mi hermosura creciente y, mientras me retoco, ensayo con celo la mueca exacta del amor. Tú, en la sala, fumas y escuchas el tango, el jazz, con apariencia complaciente, contestas las llamadas telefónicas, abres un diario y un volumen, bebes del vaso con bonanza, asientes, en circunspecto fingimiento, a las requisitorias de tu mujer, escueto y desviando, bajo pobres pretextos, la mirada. Yo, en ropa interior, he recorrido las habitaciones y ahora acabo ese largo maquillarse; recompongo el atuendo con mis manos menudas hasta extraer un nuevo cigarrillo y sentarme a tu lado, observando, en la espera, los ubicuos emblemas del infinito. Si tú desbocases tu malestar suspenso, que no ha tenido sino falsas motivaciones, y demudases el rostro y hundieses de repente las turbias palabras en mi pecho con un arrojo inoportuno, la esperanza en la noche y la dicha del instante inmediato se desmoronarían con triste impunidad. Porque me agrada un poco tu pequeño tormento de hombre, tu doblez, aunque incomprensible, irremediable y temperamental; y además conozco lo secreto de esas leves actitudes mohínas, pero pido a los dioses que derrochen templanza en ti, guapo muchacho que me adora y me teme y que me pide al fin mi menuda mano capaz de absolver los absurdos distanciamientos, deshaciendo los nudos. Y una vez en terreno desahogado, cuando el peligro ha vuelto una vez más al fondo del océano, acaricio tu cutis rasurado y recibo de lleno toda la silenciosa admiración que me es debida, y humildemente inclino la cabeza y recojo en mi frente el beso-colofón.
Eso era ayer. Hoy es mi cumpleaños y estás a mi lado, agasajándome.
Todo el amor de
Amanda

POSDATA.- Luego de ensimismarme durante largo rato con el ceño fruncido, me levanto de la dura silla y comienzo a pintar.
Ubíqueseme en una espesa sobremesa del mes de julio, cuando los platos, ya en la platera, sueltan sus gotas últimas, cuando en la sombra de las ventanas las rendijas deslumbran, cuando al asfalto se le supone descompuesto bajo la cal. En la dura silla rumio mi enojo mientras él en la alcoba rumia el suyo. Turbada, una sonrisa irónica empieza con blandura a dibujárseme a la vez que consumo cigarrillos y de café una taza más. Ya basta, pienso, y dejo de mirar el mobiliario y aparto el puño de mi rostro y me levanto con decisión de la dura silla. En la penumbra de la alcoba se destacaba tu silueta bonita, escribe él mientras recuerda la impresión instantánea de mis cabellos en desorden, el concierto indolente de mis hombros desnudos, mis pies descalzos y mis pequeñas manos recogidas en el abdomen mostrando aún restos de pintura verde, y tu seno que esclarecía la penumbra, balbuciendo en los pliegues del vestido entreabierto. Él aparta el bolígrafo, se recuesta, cierra los ojos y permite que su memoria reproduzca con nitidez el contorno perfecto de mi culo palpitando en el borde de la cama. Vale.

***


Siempre he sentido una particular admiración por la poesía antiheroica de Amador Palacios, un autor de biografía ya inabarcable y en cuya amplísima creación literaria El Toro de Barro ha tenido mucho que ver. Hemos ilustrado la extraordinaria carta de Amanda con algunas -que, con la única excepción de su posdata, nunca llegó a la boca del buzón- algunas fascinantes iluminaciones del gran fotógrafo Helmut Newton. Quede aquí constancia de nuestro agradecimiento a ambos. Y de nuestras alegría....


lunes, 22 de febrero de 2010

Cata con besos de Lewis Caroll a Gertrude Chataway
































































«…Entonces recordé una pequeña caja que compré una vez en Dover, pensando que podría regalarla alguna vez a alguna niña u otra persona. Así que los empaqué -los besos- bien cuidadosamente. Dígame si le llegan bien o si alguno se pierde en el camino...»



Christ Church, Oxford, 28 de octubre de 1876




Mi muy querida Gertrude:


Usted estará apesadumbrada, sorprendida, y desconcertada, al oír la extraña enfermedad que tengo desde que usted se fuera. Mandé buscar al doctor, y dije, "Deme alguna medicina porque me siento cansado". Él dijo, "¡Estupideces sin sentido! Usted no necesita la medicina: ¡vaya a la cama!"
Dije, "No; no es la clase de cansancio que pide la cama. Mi rostro trasunta cansancio." Él se veía con expresión grave, y dijo, "Oh, es su nariz la que está cansada: una persona habla a menudo demasiado cuando piensa que tiene todo claro." Dije, "No, no es la nariz. Quizás sea el pelo." Entonces él se vio algo serio, y dijo, "Ahora sí entiendo: usted estuvo peinando el pianoforte."
"No –dije-, de hecho no lo he hecho, y no es exactamente el pelo: más bien sobre la nariz y el mentón." Entonces él se rió durante largo rato, y dijo, "¿Ha estado usted caminando mucho con la barbilla?. Dije, "No." "Bien!", dijo él, "esto me desconcierta mucho.
“¿Usted cree que el problema estará en los labios?" preguntó.
“Por supuesto” dije. "¿Qué es exactamente?"
Entonces él se vio muy serio, por cierto, y dijo, “Yo creo que ha estado dando demasiados besos...”
"Bueno", dije, "le di un beso a un niña, una pequeña amiga mía."
"Piense otra vez, " dijo él, "¿está seguro de que haya sido solo uno?"
Pensé otra vez, y dije, “puede que hayan sido once veces”.
Entonces el doctor dijo: “Usted no debe darle ni uno más hasta que sus labios se hayan recuperado”.
“Pero ¿cómo hago?” le dije “ ¡le debo ciento ochenta y dos besos más!
Entonces se vio tan serio que las lágrimas corrían por sus mejillas, y me dijo “Mándeselos en una caja”.
Entonces recordé una pequeña caja que compré una vez en Dover, pensando que podría regalarla alguna vez a alguna niña u otra persona. Así que los empaqué bien cuidadosamente. Dígame si le llegan bien o si alguno se pierde en el camino.






















































































El reverendo Charles Dodgson, más conocido como Lewis Carroll, conoció a la pequeña Gertrude Chataway en 1875, y la convirtió en una de sus más cercanas “amigas niñas”, y en la fuente de inspiración de su Alicia...














Carta de Moshe Benarroch a El Idrissi Mezouar

«… Siempre es asombrosa esa forma que tiene la literatura de entrar en la realidad, como si todo lo que la separase de la ficción no fuera más que una ventana que uno tiene que abrir de vez en cuando para no asfixiarse.
...»


Estimado Mezouar:

Me preguntas por mi infancia y yo me sorprendo de nuevo, aunque ya no debería sorprenderme de esas cosas, ni de que me preguntes justamente sobre algo que estoy escribiendo en este mismo momento, mis cinco primeros años de vida en la calle Maaraka Annoual 21. ¿Por qué habría de sorprenderme, cuando estás traduciendo al árabe los poemas de mi libro "Esquina en Tetuán"?
Y, sin embargo, siempre es asombrosa esa forma que tiene la literatura de entrar en la realidad, como si todo lo que la separase de la ficción no fuera más que una ventana que uno tiene que abrir de vez en cuando para no asfixiarse.
El texto que escribo se titula "Pasaje Benarroch", que tal vez recordaras en la calle Mohamed V, muy cerca de la morería y la judería, casi al lado del palacio del rey en Tetuán. Durante los últimos diez años creí que aquel pasaje era de mi familia, aunque hace poco, al preguntar a mi madre, me dijo que nunca tuvo nada que ver con nuestra familia. Yo recordaba haber ido con mi padre a cobrar rentas, porque resulta que mi padre sí tenía otro inmueble en la calle Mohamed V, pero no era en el pasaje. Y me parecía muy literario que el pasaje estuviese relacionado con mi entorno familiar. A veces la literatura es más lógica y, tal vez, hasta más real que la realidad misma.
Bueno, así que nací y viví hasta casi mis trece años en la calle Maaraka Annoual 21, que se llamaba antes de la Independencia Cónsul Murphy, en una casa de muy bella arquitectura andaluza construida por mi abuelo y su hermano en los años treinta. Mi abuelo, Moisés Benarroch y su hermano Abraham tenían un negocio prospero llamado "Benarroch Hermanos" que suministraba a todo el norte azúcar, aceite y harina. Mucho dinero pasó por esas manos, y con ese dinero construyó muchísimos inmuebles en lo que hoy es el centro de Tetuán., similares a los que construían los judíos que volvían por entonces de las Americas con pequeñas fortunas.
Aquí hay una buena foto del inmueble.
Abajo creo que todavía esta el negocio de bicicletas. Yo vivía en el primer piso, y desde el pequeño balcón se veían las últimas montañas rifeñas. Un piso más arriba vivían mis primos y uno mas abajo otros primos de mi padre, los Nahon y los Bibas. En la misma planta vivía un musulmán de cuyo nombre, aunque lo intente, no me acuerdo ahora, aunque sí recuerdo que era carnicero. Estaba casado, pero no tenía hijos, y vivía con su mujer. Bueno, casi siempre, porque de tanto a tanto se peleaba con ella y cortaba los papeles, o sea, que la divorciaba según la sharía para presentarse luego delante del Caddi el día siguiente y casarse de nuevo. La leyenda cuenta que el Caddi dijo una vez que ya no los casaría otra vez, y entonces el carnicero se calmó un poco. Creo que en esa casa se vivió un gran amor, muy intenso y romántico.
No creo que te acuerdes de ese negocio de mi abuelo y hermano, pero tal vez sí hayas visto los "Almacenes Sananes" de mi abuelo materno, que vivía también en la calle Maaaraka Annoual, creo que en el numero 5; ahora, en esa casa hay un hostal con más de 20 habitaciones, que hospeda trabajadores llegados de otras ciudades. La última vez que fui a Tetuán, en 1996, estaba medio construido, y le dije al dueño que aquella era una casa prolífica y de mucha bendición -mis abuelos maternos tuvieron ocho hijos - donde abundaba la riqueza y era grande la generosidad. Mi abuelo paterno se convertía todos los viernes una especie de seguridad social judía, y desde la mañana venían todos los necesitados a hablar con él y a quejarse y a salir con algunos billetes para sobrevivir la semana siguiente o para hacer un Chabbatt más lucido. A eso de las tres llegaba el turno de los nietos, y nos sentábamos todos en las escaleras y esperábamos a que nos llamara uno a uno, y cada uno recibía unas monedas. Existía toda una jerarquía en el repartimiento: los que llevaban su nombre, recibían siempre un poco más, y los hijos de los hijos recibían más que los hijos de las hijas, y los varones más que las hembras, etc… Creo que fue allí donde me rebelé por dentro y por primera vez contra la injusticia de la discriminación.
Entre la calle Mouquauma y Mohamed V, en lo que llamábamos el ensanche, habitaba toda la mi familia y casi todos los judíos que habían abandonado la judería para instalarse en la ciudad nueva. La nuestra era una vida de primos y tíos, que se desarrollaba siempre en una atmósfera extremadamente familiar. Después estaba la escuela, EL Ittihad Maroc, una escuela judía en el corazón mismo del mundo musulman que todos conocíamos como La Alianza, y en la que estudiaba algún que otro cristiano o musulmán. La institución, que fue la primera que fundó, en 1862, La Aliance Française, cerró sus puertas definitivamente en 1974. A sus aulas íbamos por lo general andando, aunque a veces volvíamos en el trolley, y casi siempre pasábamos por La glacial, que se llenaba al mediodía de alumnos que hacían interminables colas para hacerse con alguno de sus buenos helados y después llegar sin hambre al almuerzo. Los veranos veraneábamos en las playas del mediterráneo, primero en Martíl, después en Restinga y, durante los últimos años, en Cabila. Viajábamos a menudo a Tánger y a Ceuta, ya fuese para pasear, para comprar algo o para ir al dentista. Recuerdo los pasteles de Port, y la tienda Kent donde siempre se encontraba algo más de lo que se buscaba, así como los deliciosos bocadillos de Brahim. Recuerdo todos esos años en forma de fragmentos, como el de Fatima -mi segunda madre- volviendo de Bélgica con el bolso lleno con cajas de chocolates para un muchacho de ocho años que ante ella no sabía cómo reaccionar, o llevándome a la escuela...
Dame tiempo para acoplar y escribir esos fragmentos, y gracias por invitarme a recordarlos.


Mois

***

Mois Benarroch nació en Tetuán, Marruecos en 1959. A los trece años emigra con sus padres a Israel, y desde entonces vive en Jerusalén. Empieza a escribir poesía a los quince años, en Inglés primero, después en Hebreo, y finalmente en su lengua materna, el castellano. Publica sus primeros poemas en 1979. En los años 80 forma parte de varios grupos de vanguardia y edita la revista Marot. Ha publicado ocho libros de poemas en hebreo, cinco en ingles, cuatro novelas y libros de cuentos. En España ha publicado el poemario “Esquina en Tetuán” (Esquío, 2000), las novela “Lucena” (Lf ediciones, 2005) y "En las puertas de Tánger" (Destino, 2008), y acaba de publicar Amor y exilios" (Ed. Escalera, 2009). Ha sido galardonado con el Premio del Primer Ministro en Israel 2009 por su obra en prosa y poesía. Es también traductor profesional y ha traducido al hebreo la novela "Los aires dificiles" de Almudena Grandes, “los Santos Inocentes” de Miguel Delibes, Cien poemas de Bukowski, así como parte de la obra de Edmond Jabes, entre otros muchos novelistas y poetas.

viernes, 19 de febrero de 2010

Carta de Calpurnia, esposa de Cayo Julio César, a su amiga Cecilia en Hispania.





«…Sus detractores son muchos, pero ahora que ha terminado la guerra civil, que ha perdonado la vida a tantos enemigos, los sienta a nuestra mesa y hasta los ha propuesto para cargos públicos, ¿qué razones tienen para seguir odiándolo?...»





Cara Cecilia:

No sabes cuánto te echo de menos, amiga mía, y qué grande es mi deseo de que regreses pronto a Roma. Estoy muy desazonada. Ayer, mientras se celebraba la Fiesta de los Lupercos, ocurrió un incidente que no me ha dejado dormir en toda la noche, y a Cayo Julio tampoco. Aunque no suele quejarse ni hablar mucho, lo he sentido dar vueltas en el lecho e incluso murmurar en voz baja. Esta mañana tenía muy mal aspecto.

Desde hace años deseo ser madre, como sabes, así que me coloqué entre el público jus
to delante del templo de Vesta y enfrente del de Cástor y Pólux, con la intención de presenciar la carrera sagrada de los lupercos y salirles al paso para recibir su azote. Esta ha sido una de mis últimas oportunidades, pues Cayo Julio está preparando un ejército para ir a la tierra de los Partos y quién sabe cuándo regresará. En fin, recibí mi azote y deseé con todo mi corazón que propiciara mi vientre para quedar preñada. Esto te lo digo para que comprendas que estaba distraída en ese momento.

Me di cuenta, de repente, que había cesado el griterío y el público miraba hacia el templo de Cástor y Pólux, en cuyo podium Cayo Julio presidía la ceremonia junto con un grupo de magistrados y senadores. Marco Antonio había abandonado la carrera, en la que participaba en su calidad de Cónsul, y estaba de pie delante de mi marido ofreciéndole una diadema. Fue un momento terrible. La gente callaba, los senadores miraban a mi marido con odio y él se había quedado pálido como un muerto.

Cayo Julio hizo un gesto de rechazo con la mano, apartando de sí esa diadema que representa la odiada monarquía y el público rompió en aplausos. Sin embargo, Marco Antonio, no sé por qué razón, no he logrado comprenderlo ni me he atrevido a preguntarle a Cayo, volvió a ofrecérsela. Los romanos expresaron de nuevo su disgusto callando, y aplaudiendo cuando la rechazó. Y aún se repitió esta escena una tercera vez. Lo peor fue ver a mi marido alargar la cabeza hacia delante, y pasarse la mano derecha por el cuello para indicar que podían cortarle la cabeza cuando quisieran. Fue un momento espantoso que difícilmente voy a olvidar.

No sé qué pensar, amiga mía. No entiendo la conducta de Marco Antonio y me preocupa mucho la actitud de mi marido. ¿Por qué haría ese gesto de muerte? Y ¿por qué esta ciudad parece sedienta de sangre? Sus detractores son muchos, pero ahora que ha terminado la guerra civil, que ha perdonado la vida a tantos enemigos, los sienta a nuestra mesa y hasta los ha propuesto para cargos públicos, ¿qué razones tienen para seguir odiándolo? Estoy muy confusa y no sé si he logrado explicarme de manera coherente. En cualquier caso, me ha hecho bien escribirte. Contigo tan lejos, me siento muy sola en Roma y, créeme, tengo oprimido el corazón.
Escríbeme tan pronto recibas mi carta. Necesito tu consuelo.


Julio César, Joseph Mankievich (1953)





***


La fiesta de los lupercos, que se celebrara todos los 15 de febrero de cada año, era un rito iniciático en el que un grupo de jóvenes muchachos corrían entre la multitud golpeando con una tira de piel animal a las mujeres que deseaban quedarse embarazadas y a los adolescentes que querían ver crecidos su poder gerrero y su madurez viril: en ese ritual de paso se visualizaba, así mismo, el ingreso de las sociedades antiguas en la etapa más voluptuosa de la civilización. La evocación de este suceso en la vida de Cayo Julio César, que tuvo realmente lugar, ha sido sobriamente ensayada en esta epístola por la novelista valenciana Isabel Barceló, que ha sido capaz de poner en evidencia la visión de Virgilio en su novela Dido, la reina de Cartago, de cuya gestación y trabajos todos fuimos teniendo noticia, diaria y pormenorizadamente, en uno de los blogs más aclamados y hermosos de la red, que la propia Isabel dedicó a las
Quede aquí constancia de nuestro agradecimiento.

















jueves, 18 de febrero de 2010

Carta con "vino rojo" De Luis María Anson a Javier Villán

«…En nada me reconozco, pero aún tengo la llave de mi vida: morir por mi propia mano...»



Querido Javier...



En tu nuevo libro te declaras indigente y vencido, cuerpo desguazado y piltrafa. Así es que acunas tu nido en el hielo y en la lumbre mientras lamentas los cansancios del tacto adormecido. Árbol fuiste "de la fuerza del roble y de la encina, del ensueño del agua y la raíz boscosa de los vientos".
Te quejas, mi admirado poeta, de tus jardines de dicha calcinada y te preguntas, al contemplarte en el espejo, dónde está el esplendor del cuerpo que fue jóven, el vigoroso empuje del fervor y mástil vencido, mientras trizas los cristales fronterizos del fango y del incendio.
Has escrito con Aquelarre de sombras tal vez tu libreo definitivo, el más estremecedor y erizante, el más profundo y revelador, superando aquella Memoria de insonmnios, cuando te quemaba el tacto salobre y desahuciado por las ventanas de la piel, nube oscura de la herrumbre y la ceniza.
Y, claro, maldices ahora, demasiado tarde, la torpeza de tu bondad, tu generoso aliento, tu comprensión de los humanos defectos. Sabes que por delicadeza has perdido tu vida y sufres porque te has convertido en carne de bisturí cruel. Te consideras ahora modelo de urgencias y renconres. Te detestas. Aspirabas a lo eterno y con ello labraste tu desgracia. Te entristeces ante el cimbel caído, ayer tanta arrogancia y cabalgada. Estás deshabitado de tí mismo, como subrayaba Jaime Siles, el gran poeta que no sé por qué coño no está en la Academia.
No se puede escribir mejor, querido Javier Villán. No se puede alentar en más bellos versos. A la vida sólo le pides un beso por la agresión insomne de la herida. Y tienes razón, eres el que eres, camino de una tumba. Como Whitman. Como Poe. Como Cavafis. Como todos. Pero tú lo dices. "En nada me reconozco -escribes- pero aún tengo la llave de mi vida: morir por mi propia mano".
Aleja, querido amigo, los óxidos y los relámpagos que encienden la oscuridad del universo. Tus versos son impresionantes y me han estremecido. Tienes muchos años por delate de creación y vinos rojos. Estas lejos de los Poemas de la consumación de Vicente Aleixandre. Tú mismo lo has escrito. "Álzate, tus noches serán otra vez lo que ya fueron: esplendor y alborada; noches de vino y clamores de cuerpos". Ciertamente, todavía oscilan las colinas de Venus, el signo de selva de su cintura y su piel dorada de agua curva que nada en el misterio de sus ojos....


***
Creador de aventuras editoriales y miembro de la Real Academia Española, Luis María Anson es, por encima de todo, un lector apasionado. En esta carta de "vinos rojos" a Javier Villán, publicada en el diario EL MUNDO y escrita con motivo de la publicación por la editorial Calambur de Aquelarre de sombras, Anson reconstruye el mundo poético del poeta castellano encadenando él mismo un particular canto a la vida. Un poema distinto. Un poema mayor...



martes, 16 de febrero de 2010

Carta de Carles Duarte a Joan Coromines













«… Ahora ya mis ojos no pueden reencontrarse con el vigor y la convicción de los suyos ni mi pasado se ensancha con la narración de una memoria de entusiasmo y de dolor que en nuestra conversación se hacía también mía, la de la Guerra Civil, la del exilio desolado, la del regreso silencioso en el 66. ..»



Querido Maestro Coromines,


Por estas fechas hace 30 años inicié la colaboración en su Diccionari etimològic i complementari de la llengua catalana, una obra que nos llevó a compartir larguísimas sesiones de trabajo durante un período que sería determinante en mi formación filológica, en mi relación con el lenguaje y, de hecho, en la conformación de mi carácter. Esos diez años vividos tan de cerca me enseñaron a escuchar la respiración de las palabras, a intuir el eco de sus orígenes, a saborear su historia generosa de metáforas, a adentrarme con usted, Maestro, por los vericuetos del alma humana en su afán por decir la emoción y el misterio, pero también a comprender que el esfuerzo persistente permite hacer realidad proyectos tan ambiciosos que se nos antojaban inalcanzables.
Cierro los ojos y volvemos a estar sentados en su casa de Pineda de Mar el uno junto al otro examinando y valorando las cédulas sobre etimologías, variantes dialectales y otros datos que conservaban el fruto de centenares de lecturas y excursiones atesorado en la imponente cajonera que tenía en mi despacho de su piso de Barcelona. Los cierro de nuevo y oigo el tecleo de sus dedos en la vieja Underwood mientras, calzado con sus imprescindibles chirucas, reposa sus pies que conocían tantas cumbres sobre una tabla de corcho.

Se me hace inevitable regresar a La vida austera, el ensayo que entre 190

5 y 1908 escribió su padre, Don Pere Coromines, fallecido en 1939 en su exilio argentino, para cicatrizar la herida dejada por la muerte del suyo, Domingo Coromines, y como plasmación de un ideal que anhelaba que su recién nacido hijo Joan pudiera encarnar. Y ciertamente, querido Maestro, no encuentro mejor síntesis de su forma de ser que la que expresan algunos de los fragmentos de La vida austera. Sirvan de ejemplo estas palabras en las que estoy seguro que se reconoce: “En la vida del hombre austero todas las cosas tienen un sentido, y todos los movimientos un íntimo anhelo, porque siendo toda ella una pura verdad, no hay energías perdidas en su acción.” Así era usted, Maestro. Así sigue siéndolo en mí, en su recuerdo.
Ahora ya mis ojos no pueden reencontrarse con el vigor y la convicción de los suyos ni mi pasado se ensancha con la narración de una memoria de entusiasmo y de dolor que en nuestra conversación se hacía también mía, la de la Guerra Civil, la del exilio desolado, la del regreso silencioso en el 66. Pocos secretos se quedaron en el tintero en nuestras excursiones por el Pirineo o el Montnegre, y el más importante del que no nos atrevimos a hablar ambos sabíamos que ya había dejado de serlo para mí.  Sí, Maestro, sus poemas. La literatura estaba a menudo presente en nuestros diálogos y yo percibía que esa pasión iba más allá de la mirada del filólogo. Como un rayo en un día de ardientes transparencias me conmovió encontrar pocos días después de la muerte de Bárbara, su esposa, unos versos manuscritos que usted, Maestro, había dejado junto a una rosa seca y el retrato de Bárbara. “Oh dona de record immarcescible:/ abella, arrop! Que puny més quan no fibla; /encara hi tornarem per aquelles riberes?/ respirarem la flaire d’eternes primaveres?/ Oh somni! Si ets tan bell no pots esser impossible.” Años más tarde los vería aparecer disimuladamente, como si se tratara de un anónimo, bajo la entrada Marcir de su Diccionari. Y luego vinieron otros más, ocultos bajo las siglas J.C. o atribuidos a las Musas modestas. Los años transcurridos desde entonces no alejan el latido exaltado de aquellas noches de trabajo incesante, en las que vencíamos la fatiga preparándonos un zumo de pomelo, herencia de su etapa en Chicago, o mordisqueando chocolate amargo. Como entonces, nos seguiremos encontrando en las palabras.

Un abrazo antiguo, como lo empezamos a ser ya nosotros.


Carles




Un jovencísimo Carles Duarte juno a Joan Corominas, su hermano Albert, y el filólogo canadiense Joseph Gulsoy, en la puerta de su casa de Pineda.




***




El filólogo y poeta catalán Carles Duarte (1959) tuvo la inmensa fortuna de colaborar con el ya fallecido Joan Coromines en la elaboración del Diccionario etimológico de la Lengua Catalana, un acontecimiento capital de la cultura en Cataluña. En él, el autor de El dios de la alegría evoca los trabajos de aquella aventura y declara su deuda con el Maestro, que ha sido fundamental en su trabajo como investigador y traductor y en el desarrollo de su propia y ya vasta obra literaria, que sólo en los últimos dos años ha dado lugar a Los inmortales (El Gaviero, 2008), Maríntim (Meteora, 2008), Pinceladas de luz (Arola, 2009), Arwad (Papers de Terramar, 2009), Vesteix la mirada (Pagés, 2009) y Ens mou la llum (Pagés, 2009).
Todas las fotografías, menos ésta última y la propia de Carles Duarte, fueron realizadas por Saül Gordillo.




































sábado, 13 de febrero de 2010

Carta de Rainer María Rilke a Lou Andréas-Salomé









« Heme aquí al término de un largo, ancho y duro período, con el que caduca cierto futuro que no había sido fuerte y religiosamente alimentado, sino torturado hasta el aniquilamiento (algo en lo que, poco más o menos, soy inimitable)...»

París, 17 rue Campagne-Première
8 de junio de 1914





Querida Lou, heme aquí al término de un largo, ancho y duro período, con el que caduca cierto futuro que no había sido fuerte y religiosamente alimentado, sino torturado hasta el aniquilamiento (algo en lo que, poco más o menos, soy inimitable). Si a veces, durante estos últimos años, había podido disculparme so pretexto de que algunos intentos por asentarme más humana y naturalmente en la vida fracasaron porque las personas concernidas no me habían comprendido, y me hacían sufrir interrumpidamente violencias, injusticias y prejuicios, precipitándome así en tan gran desasosiego, resulta ahora que después de meses de sufrimiento me encuentro orientado de muy diferente manera: teniendo que reconocer que, esta vez, nadie puede ayudarme. Y aunque alguien viniera con su alma más inocente, más inmediata, y encontrara su referencia en los mismos astros, aunque me soportara a pesar de mi torpeza y rigidez y conservara su pura e infalible disposición para conmigo; aun cuando el rayo de su amor viniera a estrellase 

diez veces en la turbia y densa superficie de mi universo submarino, todavía sería yo capaz (lo sé ahora) de empobrecerlo en el seno de la abundancia de su ayuda renovada sin cesar, de encerrarlo en el irrespirable dominio de una ausencia total de ternura, hasta el punto en que, vuelto inaplicable su auxilio, pasara él mismo de la plenitud a la marchitez, hasta dar en una siniestra decadencia. Querida Lou, desde hace un mes estoy solo otra vez, y es éste mi primer intento de volver a tomar conciencia -ya ves, así están las cosas...

En resumidas cuentas, he experimentado muchas cosas durante estos acontecimientos; por el momento sigo constatando esto: que una vez más apenas si estaba a la altura de una tarea pura y alegre, en la que la vida, como si nunca hubiera tenido conmigo malas experiencias, volvía a venir hacia mí, misericordiosa. Desde ahora está claro que también ahí he vuelto a fracasar y que, lejos de avanzar, repetiré un año más este curso de dolor; y que cada día encontraré inscritas en la negra pizarra las mismas palabras, cuya triste flexión creí haber aprendido hasta el agotamiento. Lo que tan radicalmente iba a cambiar mi angustia comenzó con muchas, muchas cart

as, hermosas y ligeras como brotadas del corazón: que yo sepa nunca he escrito otras parecidas. (Era la época, te acuerdas, de la omisión de la «s»). En dichas cartas (cada vez lo comprendía mejor) ascendía una petulancia irresistible, como si me encontrara ante un nuevo y pleno brote de mi más peculiar esencia, que, liberada desde entonces en una comunicación inagotable, se esparcía por la vertiente más alegre al tiempo que yo, escribiendo día tras día, sentía su feliz corriente y el incomprensible reposo que le parecía preparado del modo más natural en un alma capaz de recogerlo. Mantener pura y transparente esta comunicación y, al mismo tiempo, ni sentir ni pensar nada que se encontrara excluido por ella: eso fue lo que de una sola vez, sin q

ue yo supiera cómo, llegó a ser la medida y la ley de mi actuar, y si jamás hombre alguno interiormente agitado pudo sosegarse, yo mismo lo fui con esas cartas. Esta ocupación diaria y mi relación con ella se me hicieron sagradas de una manera indescriptible, y desde entonces se apoderó de mí una confianza enorme, como si hubiera al fin encontrado una salida a ese penoso estancarme en circunstancias continuamente nefastas.
Hasta qué punto estaba entonces comprometido en cambiar, podía notarlo igualmente en el hecho de que incluso las cosas pasadas, cuando se me ocurría contar algo de ellas, me sorprendían por el modo en que reaparecían; si, por ejemplo, se trataba de épocas de las que a menudo había hablado anteriormente, hacía hincapié en aspectos inadvertidos o apenas conscientes, y cada cual adquiría, por decirlo con la inocencia de un paisaje, una visibilidad pura, una presencia, y me enriquecía, formaba parte de mí mismo, tanto y de tal modo que por primera vez me parecía ser dueño de mi vida, no por una adquisición, por una explotación, por una comprensión interpretativa de cosas caducas, sino por esta misma nueva veracidad que se esparcía también a través de mis recuerdos.

***


Además de algunas fotografías de los protagonistas de esta carta, hemos dejado caer un fotograma de Más allá del bien y el mal, un film de Liliana Cavani en la que la actriz francesa Dominique Sanda -a la que admiramos con fascinación- daba majestuosamente vida a Lou Andreas-Salomé (1861-1937). Discípula predilecta de Sigmund Freud, consagró su vida a dinamitar con determinación los límites morales de su época. Mantuvo relacciones simultáneas con los amigos y filósofos Paul Ree y Friedrich Nietzche, a los que se unió en una comunidad intelectual y sexual, y protagonizando con ellos una de las más tormentosas y encarnizadas relaciones emocionales que se recuerdan. En 1897, cuando estaba casada con el orientalista alemán Friedrich-Karl Andreas, conoció en Munich a un entonces jovencísimo Rainer María Rilke, al que superaba en 14 años, y con el que mantuvo una tumultuosa relacción hasta 1899. Incluso tras su separación, Lou continuó siendo la principal confidente del poeta hasta su muerte, acaecida en 1923. A partir del año 1933, Lou Andreas Salomé asistió en medio del espanto a la llegada del nazismo, para morir desguarnecida en el año 1937, en medio de una Europa que esforzadamente preparaba su propio apocalipsis. Ésta es la última fotografía de Lou Andreas-Salomé, realizada poco antes de su muerte.

















lunes, 1 de febrero de 2010

Carta de un jóven filósofo a Yukio Mishima

« Repudió la Escritura en nombre de la Acción pero, a sus cuarenta y cinco, arde usted como antorcha de poética adolescente (…). Su esposa, negando su mandato, no sólo ordenó que se le enterrara con la espada sino que, sigilosamente, colocó su pluma en el uniforme guerrero. Coincido con ella y cubro su pecho con orquídeas. No superó la escritura en la acción, señor; sabía de la imposibilidad de dejar secar un río para mayor gloria de otro y eso explica el ardor de adolescente de cuarenta y cinco...»


Estimado señor:
Me dicen que para evitar que los excrementos resten honor y belleza al acto más honesto y sincero del guerrero samurái, el seppuku, es preciso taponar el orifico anal. Pudiera ser, narran algunas fuentes, que usted aconsejara el tipo de material y textura más apropiado para tal objetivo a Matsakasu Morita, su camarada firme y compañero en el sacrificio, el conjurado para colocarse a su espalda y, en el momento preciso, con golpe feroz, cortarle la cabeza evitando la amplificación de la agonía más allá de los límites del oriental decoro. Morita, su kaishaku, le acompañaría en el Acto – por definición, último - y usted redobló su magisterio con el fin de que lograra enfrentarse al reto con la dignidad que exige la Ocasión al que es (¡ahí es nada!), el jefe del Tate no kai. Sus últimos consejos de maestro fueron dirigidos al control de esfínter, quizás porque suponía que su espíritu ya estaba templado como el acero de la katana. Le honra el detalle y da veracidad a su rechazo de la Escritura en la apuesta por la Acción.
Usted y yo hemos cumplido los cuarenta y cinco y creo que sabemos que lo único que importa en la vida es coleccionar ocasiones. Y el seppuku era la Acción marcada en el calendario para que se cumpliera la Ocasión del Martirio, el enfrentamiento voluntario al suplicio que le equiparara a su querido San Sebastián, también él soldado, testigo con su sangre de una verdad más profunda que la espada y la pluma, signo de algo que eleva nuestra mísera vida y, no me cabe duda, destinataria de su último mensaje: “la vida es breve pero yo deseo vivir para siempre”.
Pero la Ocasión lo era también para la venganza. Y el reo de la venganza era el Arte, su Escritura.
De la involuntaria eyaculación ante el San Sebastián de Guido Reni en su adolescencia, la sucesión de imágenes en su álbum fotográfico nos lleva a la premeditada sangría de su destripamiento mártir. Este proceso revela que usted conservó intacta la excitación y la vergüenza de aquellos tiempos de adolescencia, mostrando con su gesto teatral el fuego de quince años que nunca le abandonó, espíritu poético que no es sino cifra y logaritmo de la perversión que nos provoca este mundo que, para usted y para mí, es en tantos sentidos páramo vacío.
Le interrogo por los límites de su esteticismo. ¿En verdad su suicidio era tan teatral y literario como muchos han querido ver? ¿No justificaría ese esteticismo infantilizado en los uniformes y en todo el incidente del secuestro del general Masuda, la risa de la soldadesca reunida en el patio del cuartel para escuchar su mensaje, el masivo “gilipollas” que llegó a sus oídos en el último suspiro? Los uniformes, usted lo sabe, en contexto indebido provocan risa. Todo parecía muy literario, señor, en aquel 25 de Noviembre. Extraño montaje postrero para alguien que domina el arte de la literatura y el teatro tanto como el de la espada.
No pudo ser usted tan ingenuo. ¿Olvidó que en la batalla huele a sudor y sangre tanto como a heces y orines porque el valor del guerrero no se encuentra encerrado en su capacidad de retención de fluidos sino en el vigor de su espada? ¿No sabía que siempre es ridículo el acto sublime redescrito en un contexto ajeno? Si el resultado va a ser siempre el olor nauseabundo de la sangre y los excrementos, ¿por qué el decoro del taponamiento anal? Literatura, acento circunflejo en la barbarie. El detalle que nos delata que usted no quería superar la Escritura en la Acción sino fusionarlas. Y todo intento, hasta la fecha, de unir vida y arte ha conducido al ridículo.
Usted sabía que la Acción sustrae belleza al Arte. Por eso el consejo del taponamiento anal previo al combate. Un detalle. La Acción del martirio nos coloca más allá de la cómoda armonía de la frase bien hecha y del verso. El harakiri ejecutado en la vorágine de la batalla perdida, implica un espacio de estética diverso al que estamos acostumbrados a vivir los civiles. Un contexto en el que el hedor, la mierda y los coágulos de sangre emborronan la percepción heroica del Acto, rasgando abismalmente el lienzo del martirio. Necesitamos, por eso, la flor, el crisantemo o el taponamiento.
Señor: asombra su magisterio. Repudió la Escritura en nombre de la Acción pero, a sus cuarenta y cinco, arde usted como antorcha de poética adolescente. Usted no podía, como hará Kawabata, meter la cabeza en el horno para terminar con la angustia y el vacío, porque en su rebelión latían todos aquellos años en los que el púber sólo se reconocía en las torpes letras y en el camino del Arte. No pudo morir a los veinte por el Emperador porque, usted lo sabe, en aquellos años estaba en las garras de la Palabra, el Simulacro teatral y el Arte.¿Qué sucede con todos estos sus valores en el Acto final, convertidos en aire de gemido, convulsión de la agonía o los colores de la sangre y las heces? Usted se inflamó en la Acción, en el cuerpo que se modela con el ejercicio, con el dolor seco del movimiento violento y los brillos de una katana de más de cuatrocientos años. ¿Seguía presa del esteticismo, señor Mishima?¿O pudo asumir la basura de sus intestinos, las risas de los soldados, la chapuza de Morita al cortarle el pescuezo?¿Estaba usted preparado para la Acción que siempre es ridícula, innoble y con geometría de aborto cuando llega la hora de la verdad en el campo de batalla? Creo que sí; tras su espíritu trágico percibo un perfume de ironía. Amaba usted la estética de lo burlesco.
Su esposa, negando su mandato, no sólo ordenó que se le enterrara con la espada sino que, sigilosamente, colocó su pluma en el uniforme guerrero. Coincido con ella y cubro su pecho con orquídeas. No superó la escritura en la acción, señor; sabía de la imposibilidad de dejar secar un río para mayor gloria de otro y eso explica el ardor de adolescente de cuarenta y cinco. Pero creo que en verdad asumió la suciedad de la acción, acción sucia sin mayúscula que, en verdad, quizás sí pueda redimir a la Escritura.


Que su espíritu vibre cada vez que la espada corte el aire.




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La tortuga bicéfala. Así se llama el blog de viento del filósofo Luis G. Santamaría, cuyas reflexiones en torno a la perversión de la belleza, o a la capacidad de la belleza para sustraerse de las fuerzas destructoras de la realidad, constituyen a nuestro parecer un buen punto de partida para el conocimiento del hecho de vivir en medio de la devastación. Su reflexión en esta epístola póstuma sobre la naturaleza de la obra del poeta Jukio Mishima y sobre el sentido último de su suicidio, es -sin duda- un gesto indudable de especial valor crítico y literario para la comprensión del grandísimo y ya fallecido poeta.



Nuestro sincero agradecimiento.








Carta del amante crucificado cabeza abajo

«las puertas del hotel donde llegamos de noche y del que marchamos de madrugada, cuarto a oscuras, amor de luz, sábanas mojadas, revueltas, sin mancha, solo la huella de un milagro...»




Casi comienza febrero y tú, ¿dónde estás?, recuerdo tu cara entre mis manos y se me llenan los dedos del polen de tu sonrisa, apenas quiero hablar para no esparcir mi emoción, la que me produces, esa maravillosa sensación de estar en las nubes, flotando, encantado, suspendido de un cordel anudado en el cielo, con las piernas colgando, moviendo los brazos como un muñeco italiano, pinocho que no dice mentiras, chato, mudo para no cambiar nada, con autorización para ir a las viñas, bailarín sobre el río helado de tus ausencias parisinas, romanas, limeñas, de tu particular sentido de esta pasión, de tus encantos que me atraen como si fueran salmos de ancianos sacerdotes con barba blanca, druidas en la noche tan negra, la madurez de las uvas, la lactancia de las vacas, tu colección de estudiantes en fila, a veces me los imagino formando largas hileras, en un paisaje en gris, como en una vieja película de Murnau, con faroles combados que deforman la luz, con sombras alargadas, hombres con bombín, mujeres con mantillas lúgubres, niños serios que se meten el dedo en la nariz, hembra hermosa, debo escribir a tantas personas que me honran con sus cartas pero no puedo, no quiero, solo te escribo a ti, solo me salen palabras para girar a tu alrededor, como giran los ángeles, solo cabeza y alas, en esa hornacina de Santiago, para envolverte como copos de nieve, Rosebud, esfera con paisaje lunar detenido, pisapapeles con flores secas, cabezas de toros cárdenos colgadas de la pared, cuernos rasgando el pecho azul y femenino de los toreros, puñales que se clavan en la cortina roja de terciopelo, arriba el telón, empieza la función y los actores están dormidos, abajo el telón y una yegua marrón corre por la playa con las crines al viento de levante, sobre él una mujer, que no eres tú, me mira y ríe, me deja ver sus piernas desnudas, me lanza guiños, insinuantes miradas de andaluza, sonidos de sus dedos deslizándose por los belfos del animal, sus pies golpeando las ancas, olé las niñas bonitas, dice el barquero, olé las niñas que no pagan dinero al barquero, Caronte herido, tapándose un ojo con la mano derecha, la izquierda empuña el remo, de esta tempestad no salimos, olas que salpican a mil peces enterrados, con sus aletas dorsales sobresaliendo en la arena, esperando nuestros pies incautos, preciosa mía, tú y yo sorteando el veneno, saltando como atletas etíopes, como antílopes suicidas sobre las fauces de los leones de la duda, quiéreme amor, quiéreme como si tu brazo pidiera ayuda, el resto de tu cuerpo sumergido en un lago de Escocia, el brazo que empuña la espada de la epopeya, la que deberás extraer de la piedra, la que cortará de un solo tajo el aburrimiento de esperar en un mirador de madera y cristales que reflejan el sol de abril, no, no sabrías esperar, dama inquieta, que estabas ahí, fumando sin parar, abrazada a Miller, viajando a Madrid, a Madrid, volviendo, que habías olvidado la voz ronca de un desconocido atropellando tus oídos, sus manos ásperas recorriéndote, su olor de otro, tu garganta emitiendo suspiros, tu pecho temblando de impaciencia por el que llegará a las once y cuarto, ni un minuto después, esa sensación en la boca del estómago, ese hombre tumbado sobre ti, ochenta kilos inmovilizándote, liberándote, haciéndote ascender a los cielos vestida con una túnica nívea, alrededor música de laúdes, un diablo escondido detrás de la biblioteca, se le ve el rabo, se le ve el tridente, huele a azufre, y esas nubes rojas, como el humo que salía de las chimeneas de la acería cuando soplaban oxígeno en los hornos con el caldo burbujeante, escandalosas nubes venenosas de las que nadie protestaba, como tú que no protestas de mi mirada que te ve como si fueras de cristal, te veo las tripas, te oigo el corazón, te puedo decir cuántas costillas tienes, puedo dibujar tu sexo de memoria, con la mano izquierda, con lápices que no dejen sombras, que iluminen, que rayen el cielo, que dividan, en ese cuarto el paraíso, el limbo el resto, tú y yo un universo a escala, modelo C para armar, lámina recortable como la casa Gaudí, para nuestras tijeras de dulzura, para el pegamento de amarnos como papagayos ensimismados, sin saber siquiera si volamos o ha llegado el crepúsculo y este es otro plano y esas voces es que vienen a prendernos y las antorchas hieren el rostro ingenuo de esas monjas que miran sin saber, sin ver y esos cinco ciegos en fila amarrados con cuerdas de necesidad, tomados del hombro, cae uno caen todos, caen en el pozo donde se entierran los presagios, tiré una piedra y no la escuché llegar al fondo, me tiré yo y me rompí los dos brazos, no puedo abarcarte, no puedo obligarte al beso, tú martillando mi cabeza como un obrero de la construcción haciendo zanjas y laberintos en mi cerebro, estoy así, abierto y expuesto, apuntalando el viernes, temiendo el vacío sin ti hasta el miércoles próximo, oh puente que apenas cruza la distancia, oh puente que no llega hasta allí, bombas sobre mi ciudad vacía, todavía está muy lejos la paz, todavía está el frente de batalla desde el no hasta el quién sabe, kilómetros de alambradas, aviones sobrevolando la Ciudad Jardín, sirenas dando música a las miradas perdidas y recoger los enseres y ponerse a salvo, esto no era pero derivó hacia los cuentos de mi infancia y ¿qué quieres? no se puede detener el rumor de los recuerdos, las tardes junto a mi madre, mirando por la ventana, reviviendo carreras por la calle Aragón de Barcelona, el olor en los refugios, esa flecha se ha clavado cerca de mi corazón y la sangre gotea, plof, plof, dama en la almena, me gustas cuando te vistes de señora, me gustas cuando te desnudas de niña, me gustas cuando me enseñas la diferencia entre un melancólico y un hombre triste, cuando me tiras de la oreja porque olvido un acento, cuando me corriges un por qué, cuando esparces tu pelo por mi espalda, cuando me das aceite entre los dedos de los pies, cuando me afeas que pasee ante ti con la evidencia erecta de mi pasión, mujer salada como el océano en el cuenco de tus manos, mujer palmera llena de pájaros, mujer imán para mis dedos de alfileres, para mi corazón de hierro, para mi cuerpo que se derrite en tu agosto en tu agosto constante, que estaría horas y horas trepando a tus balcones, bajando a tus sótanos, construyendo ladrillo a ladrillo el edificio de amor que nos cobija, peregrinos de otras vírgenes, romeros a galope entre el polvo del camino que lleva a dónde, refugio de golondrinas perdidas, de escritores franceses a los que ya nadie lee, de filósofos centroeuropeos perdidos en los anaqueles de librerías cerradas al terminar la guerra, no tienes imaginación, o mejor, la usas parcialmente, solo para lo que quieres, para lo que la tienes programada, por eso no quieres fantasear que entras con tu corto vestido de flores en bares llenos de humo y hombres que te rozan al pasar murmurándote vagas obscenidades al oído, yo a tu lado, defendiéndote, por eso no quieres imaginarte en la penumbra, en una cama de sábanas amarillas, con dulces olores de sándalo, con esa mujer que también te acaricia y te besa, se disputa conmigo tu cuerpo trémulo y lleno de ansiedad, ni siquiera sabes que te amaré en todas las posturas y maneras y te aprisionaré, te sujetaré, te haré mía con la rudeza del hombre del camión, y mucho menos consientes en sentirte con los ojos tapados por un pañuelo de seda mientras te despojo de la ropa lentamente y así, tendida, abierta al quizás, notas sobre ti manos que no conoces, olores que no distingues, voces y susurros que se superponen a la mía y quisieras gritar y marcharte si no fuera por esa dulce inquietud que te invade, por ese intensísimo placer que te aprisiona y te anula, y me llamas y te respondo y escuchas otras respiraciones y atrapas mi mano y no puedes hacer otra cosa que sentirte y contener el grito y ya, que llega la fiesta, que calle esa orquesta que quiero soñar, que se abran a la realidad, ahora sí, las puertas del hotel donde llegamos de noche y del que marchamos de madrugada, recepcionista somnoliento, cuarto a oscuras, amor de luz, sábanas mojadas, revueltas, sin mancha, solo la huella de un milagro, palomas saliendo por la ventana, conejos debajo de la cama, ojos detrás de los cuadros, ruidos en el pasillo, gemidos en la habitación de al lado, sonidos sucios en la de arriba, campanas en la iglesia al final de la calle, y volver, de puntillas, entrar en casa antes de que amanezca, shisssst, todos están dormidos, tu olor en mis dedos, tu aroma en mi alma, tu recuerdo fluorescente sentado en el sofá, tu imagen invisible recostada bajo las cortinas y saber que esta noche tampoco podré dormir, insomne, crucificado cabeza abajo por tu recuerdo.


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El autor de estar carta es Pedro Mª Martínez, protagonista -con su Glup2- de una de las aventuras literarias más prolíficas y, también, más atractivas y delirantes que uno pueda encontrarse en la Red.


A él nuestro agradecimiento.