martes, 28 de febrero de 2012

Carta a su hermana (o) de un soldado alemán desde el frente de Stalingrado









"Es bueno que papá y mamá no sepan que Hermann y yo nunca volveremos a casa..."

 
...Hoy hablé con Hermann. Está al sur del frente. A unos cientos de metros de mí. No queda mucho de su regimiento. Pero el hijo de B. el panadero todavía está con él. Hermann aún tenía la carta en la que nos contabas la muerte de papá y mamá. Le hablé una vez más, por ser el hermano mayor, e intenté consolarle, aunque yo también estoy al límite. Es bueno que papá y mamá no sepan que Hermann y yo nunca volveremos a casa. Es muy duro el que tengas que cargar con el peso de cuatro personas muertas a lo largo de toda tu vida.
...Yo quería ser teólogo, papá quería tener una casa, y Hermann quería construir fuentes. Nada ha salido como debiera. Tú sabes como está la cosa en casa, y nosotros sabemos demasiado bien lo que está pasando aquí. No, la verdad es que esas cosas que planeamos no han salido como imaginábamos. Nuestros padres están enterrados bajo las ruinas de su casa, y nosotros, aunque suene irónico, estamos enterrados con unos cientos o más de hombres en una trinchera en la parte sur de la bolsa. Y pronto, estas trincheras estarán llenas de nieve....





























***


Antony Reevor,
 Las últimas cartas de Stalingrado,
Destino, 1963.
Muchos soldados alemanes escribieron cartas a sus familiares y amigos durante el largo y trágico asedio de Stalingrado, en las que relataban las condiciones dantescas en las que vivían y su premonición de una muerte cercana.Cuando el último avión despegó de la ciudad en enero de 1943, llevaba siete enormes sacas de cartas que nunca fueron entregadas, porque rezumaban desmoralización y críticas al Reich. Todas ellas aparecieron después, en 1954, y fueron publicadas en 1958 por Einaudi en el volumen Cartas desde Stalingrado. Volvió a hacerse otra edición en 1963, Las últimas cartas de Stalingrado, a cargo de la editorial Destino. Las cartas que editamos han sido recogidas del blog Cartas desde el frente. Y las hemos ilustrado con Imágines de la segunda guerra mundial.








lunes, 27 de febrero de 2012

Carta de Concha García a Carlos Morales



"Nos sentamos uno enfrente del otro. Tus ojos llenos de curiosidad , sólo recuerdo eso. Supongo que hablamos y hablamos de muchas cosas, ¿dónde están aquellas conversaciones? ¿y aquellas bocas jóvenes de las que creíamos que salían verdaderos momentos sagrados?"...



Querido Carlos,

Te escribo desde la pequeña ciudad de Atlántida, muy cerca de Montevideo, donde,  por fin,  he podido establecerme durante largas temporadas. En esta población dispongo de más tiempo que en Barcelona, quizás porque todo es mucho más fácil. Quiero decir que tanto el paisaje como la gente,  parecemos encajar en el lugar donde estamos y nada se violenta. Lo que allí, en la ciudad de Barcelona, eran prisas y malestar, aquí se convierte en un rito acompañado de cierto placer,  el hecho de salir a la calle.
Mi casa tiene una sola planta y está rodeada de un pequeño jardín donde crecen ceibos y jazmines. En un ángulo he plantado hierbas aromáticas por el mero placer de olerlas, aunque aquí, cerca del mar, no acaban de enraizarse. Necesitan otras latitudes para fortalecerse  -como algunas personas-. Varias veces me habría gustado compartir este lugar con poetas amigos, pero cada vez quedan menos. Tú eres especial, aunque nunca hayamos compartido la misma ciudad, siempre has estado cerca.
Recuerdo el día que nos conocimos después de una lectura poética en Madrid. No recuerdo bien a los demás. Estabas alegre y encendido, había un deseo de hacer cosas que nunca se separó de ti, desde la dirección de la colección de poesía El toro de barro”, hasta la voluntad de formar parte en diversos proyectos poéticos. Ahora mismo tengo ante mí  algunos ejemplares de tu colección de poesía. Entra una luz muy azul que inunda mi estancia de briznas impalpables.
Recuerdo también el día que me pediste que escribiera algo para aquella colección de poesía que dirigías con tanto cuidado y amor: Cuadernos del Mediterráneo.  Número 26, Cuenca, 2002. Han pasado diez años, Carlos. Certeza, contenía poemas inéditos que apuntaban hacia donde iba a ir mi poesía poco después, y es que la escritura, como sabes, des-vela,     incluso, y aunque no me guste mucho esa expresión, des-territorializa.  Lejanía se titulaba uno de los poemas. Terminaba con estos versos: Y te levantas zarandeando/ parte de las sábanas/ porque hay un polvillo/ todavía incrustado/ en el reflejo/ de la tela.   El recorrido de los sueños marca una ruta valiosa solo para nosotros. Son tantas las enseñanzas de la poesía que no pueden de ninguna manera ordenarse en libro alguno. Y eso siempre lo hemos sabido.
 La segunda  vez que nos vimos también fue en Madrid. Tu barba nunca ha faltado en tu rostro; no te imagino sin ella. Un joven atento en compañía de otra mujer. Un bar y muchas personas conocidas después de una lectura poética, en aquel Madrid de los noventa.   Nos sentamos uno enfrente del otro. Tus ojos llenos de curiosidad , sólo recuerdo eso. Supongo que hablamos y hablamos de muchas cosas, ¿dónde están aquellas conversaciones? ¿y aquellas bocas jóvenes de las que creíamos que salían verdaderos momentos sagrados?  El paso del tiempo nos deja el polvillo del que hablo en el poema y a veces este brilla un instante y nos traslada un presente de antes.
Carlos, ¿recuerdas la noche que cenamos, con otros poetas, en un restaurante de Barcelona? Estabas cerca, no al lado. Te vi un poco más triste. Tu barba siempre contigo, me retrotrajo a una escena de película antigua. Eras un hombre que acababas de llegar a otro continente y mirabas maravillado la lejanía. De alguna manera,  Carlos, nosotros ya habíamos coincidido en otro momento y te reconocí en aquella cena. ¿Locura? No son los grandes acontecimientos del exterior los que hacen virar nuestra existencia, sino los pequeños momentos, intuitivos, veloces como los sueños. Como escribía mi admirado Deleuze, uno se ha vuelto como todo el mundo, pero precisamente ha hecho de ese todo-el-mundo, un devenir imperceptible, clandestino.  Y no somos todo el mundo. Somos nosotros que hemos coincidido en este lugar y este tiempo de nuevo.

Escucho el tronar de una tormenta que se avecina. 
El tiempo es muy cambiante en esta zona cerca de Montevideo, Aquí son muy densas y te impresionaría el juego de luces que forman las nubes cuando está a punto de estallar.   Otro de los poemas que publicaste se titulaba Sucedió

Conmigo. Y el resto
de este cielo quebrado
entre un sol y otro astro.
Mucho más lejos
la vista acapara
el pequeño porvenir
de los pliegues que la ladera
dibuja. Como si el paso
de este tiempo
fuera exactamente
el tiempo.    

Y así ha sucedido. Tú en Tarancón, cerca de Cuenca; yo en el Río de la Plata. En el salón de mi casa convoco a veces a amigos para tomar un asado y leer poemas. Aquí la poesía está muy presente y en todas partes. Espero que vengas algún día no muy lejano a verme. Me despido de ti mirando hacia la lejana consistencia del agua, hoy más azul que nunca.

Concha                                                                                                             


***


Nacida en La Rambla (Córdoba) en 1956, vive en Barcelona desde su infancia. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona, es miembro fundador del Aula de Poesía de Barcelona y de la Asociación Mujeres y Letras, cuyo objetivo fundamental es dar a conocer la obra de mujeres poetas. Colabora como crítica literaria en el suplemento cultural del diario Avui y también en ABC Cultural. Sus trabajos sobre poesía se han publicado en revistas como Ínsula, Revista de la Universidad de México, Taifa, Zurgai y Cuadernos Hispanoamericanos. También codirige la revista de literatura Ficciones. Ha publicado los siguientes poemarios: por mi no arderán los quicios ni se quemarán las teas; Premio de poesía Aula Negra (Universidad de León, 1984); Otra ley (Valencia, Ed. Víctor Orenga, 1987); Ya nada es rito, Primer premio de poesía Barcarola (Albacete, 1988); Desdén (Madrid, Ediciones Libertarias, 1990); Pormenor, Madrid, Ediciones Libertarias, 1992); Ayer y calles, Primer premio Gil de Biedma (Visor, 1995); Cuántas llaves (Barcelona, Icaria, 1998); Árboles que ya florecerán (Montblanc, Igitur, 2001), y la novela Miamor.doc (Barcelona, Plaza y Janés, DeBolsillo, noviembre 2001). Su obra figura en diversas antologías en castellano (Conversaciones y poemas, Madrid, Siglo XXI, 1991; La prueba del nueve, Madrid, Cátedra, 1994; Ellas tienen la palabra, Madrid, Hiperión, 1994; Historia de la literatura española, Crítica, Madrid, 2000) y también extranjeras: Poesia espanhola de agora, editada por Joaquín Manuel Magalhaes (Lisboa, Relógio d’Agua Editores, 1997), Agenda. An Anthology of Spanish Poetry, vol. 35. 2, Londres, 1997; Antologia della poesia spagnola dal 1961 ad oggi (Cittadella, Italia, Nove Amadeus Edizioni, 1996), Sette poeti spagnoli d’oggi (Emilio Coco, traductor. San Marco in Lamis, FG, Italia, de Carolis, 2001). 


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

sábado, 25 de febrero de 2012

Carta de Frida Kalo a Carlos Noyola Fuentes

 

 

Frida en la playa





Carlos:


Hoy conocí a Chavela Vargas
Extraordinaria, lesbiana, es mas
se me antojo Eroticamente,
no se si ella sintio lo que
yo, pero creo que es una
mujer lo Bastante liberal
que si me lo pide no
dudaria un segundo en
desnudarme ante ella
cuantas veces no se te
antojo un acoston y ya.
Ella repito es erotica.
acaso es un regalo que
el cielo me envia.
Frida K




(Transcripción literal)







Chavela Vargas

***

 Todavía persiste la polémica abierta en agosto de 2011 por la crítica Raquel Tibol al afirmar que el paquete de unas sesenta cartas de Frida Kahlo que en su día fue propiedad del anticuario Carlos Noyola no era otra cosa que una acumulación de cartas apócrifas. El coleccionista y receptor de esta carta, ha manifestado de forma reiterada su oposición frontal a dichos argumentos en diversos escritos enviados a los medios escritos mexicanos, entre ellos La Jornadaque aquí queremos señalar como guía fidedigna para obtener una información fiable sobre las circunstancias del legado de Frida y su importancia en el conjunto de la obra de esta mujer de culto. 




miércoles, 22 de febrero de 2012

Carta a Urbi de Enzia Verduchi...Las violetas son para el invierno...







"Mientras escribo, escucho tu llave girar en la cerradura, me percato que amo al que conocí, amo al que estoy conociendo y entra en la casa."


Urbi:
Esta mañana regué las plantas de la casa, observé cómo en algunas macetas han brotado hojitas minúsculas que alegre y desesperadamente buscan la luz. Como un milagro, las violetas florecen en invierno. Luego, a sorbitos, empecé a tomar el café y recordé que me esperaban cuartillas por corregir. Tomé el plumín rojo. Mi intención era retomar la cotidianidad, ser la persona de hace un mes, inútil. Soy como las violetas en medio del frío, tras la ventana, los botones asoman lentamente a través de los días y despuntan en tonalidades cárdenas, rosas y granas. 



Con el plumín en una mano y un cigarro en la otra, empecé a leer, a revisar las trescientas y tantas planas… ¿Sabías que el cuerpo humano aproximadamente tiene 650 músculos?, ¿y en un beso se utilizan sólo 34? Por supuesto me refiero a esos besos con los que te sube la presión sanguínea y el pulso se acelera a 150 pulsaciones, eso es lo que indica el libro de fisiología que estoy revisando. El músculo orbicularis oris es el más importante para besar. 




Pienso en el póster de “El beso” de Robert Doisneau que tenemos colgado en la habitación. Doisneau retrató la perfecta utilización de 34 músculos, inmortalizó el orbicularis oris. Hace unos años me enteré que fue una puesta en escena del fotógrafo para la revista America’s Life, esa imagen es tan bella que qué importa. Deberíamos tener esa imagen en nuestras casas, en la oficina o llevarla en la cartera. Con el tiempo las parejas se besan menos y, sin embargo, gente que apenas conoces te orilla instintivamente para que la beses en la mejilla. Es una convención social que no entiendo. El beso es el inicio de todo, el principio de la intimidad y el deseo, cuando buscas con apremio rozar los labios y la piel del otro. El beso lleva a la caricia. 


¿Te besé en la mejilla cuando nos conocimos? Estoy casi segura que no. Sabemos que la capacidad de la memoria es relativa, que tus cien mil millones de neuronas y cien billones de interconexiones pueden disentir o conciliar con las mías sobre un momento preciso, una misma experiencia compartida. La certeza es que hemos sido amigos de tantas maneras, hemos reído, guardado silencio y abrazado en momentos cruciales. Es extraño pero la vida nos une en momentos decisivos, con naturalidad volvemos a una conversación donde la última frase se verbalizó unos años antes, volvemos, quizá con distinta madurez, bordando nuestra complicidad. 








Quisiera recordar todo tal cual sucedió-sucede, Urbi, persistir en la premura del primer beso, la suavidad de la primera caricia. El olor de tu nuca en la funda de la almohada, el modo de tomar la taza del café, las maneras de acomodarte en el sillón cuando lees, esa forma peculiar de decirme: “Ven…”. Mientras escribo esta carta, me percato nuevamente de que las violetas han floreado en invierno sin evocar la alegoría de la primavera y no por ello el color de sus pétalos son menos intensos y su forma perfecta. Mientras escribo, escucho tu llave girar en la cerradura, me percato que amo al que conocí, amo al que estoy conociendo y entra en la casa.



Enzia 


***



Aunque nació en Italia, la poeta y editora Enzia Verduchi (Roma, 1967) reside en México desde los cinco años. Estudió Periodismo y Ciencias de la Comunicación en el Instituto Campechano. En 2004 entro a formar parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha colaborado en distintas revistas y suplementos culturales nacionales e internacionales. Obtuvo en 1992 el Premio Nacional de Cuento Efraín Huerta. Entre su obra destacan Cartas de usurpación (UNAM, 1992) y El bosque de la hormiga (Ediciones sin Nombre, 2002).





Fuentes: Milenio





Carta de Tomas Moro a Pedro Gilles







Mi querido Pedro Gilles:
Mucho que me avergüenza enviarte, con el retraso de casi un año, este librito sobre la república utopiana. Sin duda lo esperabas en el plazo de seis semanas. Sabías, en efecto, que no me quedaba nada por inventar ni ordenar en esta obra. Sólo me faltaba redactar lo que tú y yo juntos habíamos oído de labios de Rafael.
No había tampoco razón alguna para pulir el estilo. Primero, porque era imposible reproducir la palabra de un hombre que repentizaba e improvisaba. Y después, lo sabéis muy bien, porque su léxico era más bien el de un hombre menos versado en latín que en griego. Mi única preocupación era y sigue siendo que cuanto más me acercase en el decir a su descuidada naturalidad, más cercano estaría a la verdad.
Confesaré, pues, mi querido Pedro, que después de todos estos preparativos ya no me quedaba casi nada por hacer. No ignoras que la invención del tema y su disposición son suficientes para ocupar el tiempo y la dedicación de cualquier espíritu brillante e ilustrado. Si además hubiera de añadir la elegancia al rigor del lenguaje, te confieso que jamás habría rematado mi intento, por mucho tiempo y dedicación que te hubiere consagrado.
Libre ya de estas tensiones que tanto hacen sudar, era mínimo lo que me quedaba. No tenía, pues, dificultad alguna para escribir con sencillez lo oído. Y sin embargo, todas las demás cosas parecen conjurarse para no dejarme un momento, ni siquiera un momento cuando trato de acabar este asuntillo. No hay día que no tenga que defender pleitos o asistir -a ellos.
Unas veces hago de árbitro, otras las resuelvo como juez. Visito a unos y a otros tanto por compromisos como en función de mi cargo. Paso casi toda la jornada fuera de casa. Y el resto lo dedico a los míos, sin que para mí, es decir, para mis aficiones literarias, me quede nada.
Una vez vuelto a casa hay que hablar con la mujer, hacer gracias a los hijos, cambiar impresiones con los criados. Todo ello forma parte de mi vida, cuando hay que hacerlo, y hay que hacerlo a no ser que quieras ser extraño en tu propia casa. Hay que entregarse a aquellos que la naturaleza, el destino o uno mismo ha elegido como compañeros. Y te has de comportar con la mayor amabilidad, atento siempre a no corromperlos por una excesiva familiaridad. Y, si de criados se trata, evitar que una demasiada indulgencia, los convierta en señores.
Así discurren los días, los meses, los años. ¿Cuándo, pues, escribir? Y hazte cuenta que no he mencionado el sueño, ni siquiera la comida, que para muchos consume tanto tiempo como el sueño. ¡Y éste roba casi la mitad de la vida!
En cuanto a mí, sólo dispongo del tiempo que hurto al sueño y a la comida. Y esto, que aunque poco, es algo, ha hecho que terminara al fin Utopía. Ahí te la envío, mi querido Pedro, para que la leas y me digas si algo se me ha pasado por alto, Pues aunque sobre este punto no desconfío totalmente de mí -ojalá tuviera algún talento y saber, pues memoria no me falta- no llego, sin embargo, a creer que no se me haya podido escapar algo.
Mi paje Juan Clemente me ha dejado muy perplejo. (Sabes, en efecto, que él también asistió a la conversación. No consiento que esté ausente de una conversación de la que puede sacar algún provecho. Pues de este tallo de trigo todavía verde en las letras griegas y latinas, me prometo algún día una cosecha extremadamente hermosa.) Creo recordar que Hitlodeo nos dijo que el puente de Amaurota, que atraviesa el río Anhidro, tenía quinientos pasos de largo. Mi paje Juan pretende que hay que quitar doscientos, pues la anchura del ríoen este lugar no pasa de los trescientos. Recuerda este detalle, por favor. Pues si tú estás de acuerdo con él, yo me plegaré a vosotros y reconoceré haberme equivocado. Pero si no te acuerdas ya de nada, me atendré a mi primera redacción, que me parece más conforme a lo que yo recuerdo. Trataré con todas mis fuerzas de evitar que el libro diga algo falso. Por tanto, caso de dudar en algún punto, prefiero decir una mentira a mentir, pues prefiero ser honrado u honesto a prudente. De todos modos, no será difícil poner remedio, si se lo preguntas a Rafael, bien de viva voz -si todavía está por ahí-, bien por carta. -Y harás bien en hacerlo, a causa de cualquier otro detalle, y que ignoro si su falta se debe a mí, a ti o a Rafael. No se nos ocurrió preguntar, ni Rafael pensó en decírnoslo, en qué parte del Nuevo Mundo está situada Utopía. Daría mi modesta fortuna para que no se produjera tal omisión.
Y me avergüenza no saber en qué mar se encuentra una isla sobre la que doy tantos detalles. Pues varias personas de estos pagos -y sobre todo un hombre piadosísimo, teólogo de profesión- arden en deseos de dirigirse a Utopía. Les arrastra no una vana curiosidad de ver cosas nuevas, sino el deseo de despertar nuestra religión que tan buenos comienzos tuvo allí. Para proceder canónicamente, este nuestro teólogo pidió del Pontífice ser enviado y nombrado obispo de los Utopianos. No se paró en barras ante el escrúpulo de solicitar para sí mismo este episcopado. Considera como una santa ambición un proyecto nacido no del deseo de honores o de riquezas, sino de una profunda piedad.
Por todo esto, te ruego, mi querido Pedro, insistas ante Hitlodeo, sea de viva voz, si lo puedes hacer fácilmente, sea por escrito, si está ausente, para que por todos los medios, mi obra no contenga error alguno, ni le falte nada de verdad. Me pregunto incluso si no seríaútil presentarle el libro. Nadie más indicado que él para realizar las correcciones pertinentes. Y sólo podrá hacerlo leyendo lo que he escrito. Por ello, podrás saber además si le agrada mi idea, o si no ve con buenos ojos el que yo haya escrito esta obra. Quiero decir que si se ha decidido a escribir la historia de sus aventuras, quizás no quiera -y yo tampoco lo querría- que yo divulgue los secretos de la república de los utopianos o que estropee su historia privándose de la gloria que reporta la novedad.
Aunque, a decir verdad, ni yo mismo estoy muy seguro de quererla publicar. Pues los paladares de los mortales son tan distintos, sus molieras tan torpes, los espíritus tan desagradecidos y los juicios tan absurdos, que no me parece descaminado imitar a aquellos que mantienen su buen humor y su sonrisa abandonándose a su inclinación natural. Seria mejor que imitar a los que se molestan por publicar algo que pueda ser útil o agradable a seres ingratos y que no se contentan con nada.
La mayoría no conoce la literatura, y muchos la desprecian. El bárbaro rechaza como difícil lo que no es totalmente bárbaro.
Los sabihondos desprecian como vulgar lo que no está sembrado de arcaísmos. A algunos sólo les gustan las obras clásicas, y, a la mayor parte, las suyas propias. Este es tan sombrío que no admite bromas; aquél tan insulso que carece del sentido del humor. Los hay tan tomos que huyen -cual perro rabioso del agua- de todo lo que sabe a humor. Otros son tan inestables que su juicio cambia de estar sentados a estar de pie.
Estos se sientan en las tabernas, y entre vaso y vaso emiten sus juicios sobre el talento de los escritores. Desde lo alto de su autoridad y a su antojo los condenan y dan tirones a sus escritos, como si les tiraran del cabello. Mientras tanto, ellos están bien resguardados y, como dice el proverbio, «fuera de, tiro». Pues estos hombres tienen la piel tan fina y tan afeitada que no les queda ni un pelo por donde se les pueda coger.
Hay, finalmente, seres tan desagradecidos que aunque la obra les deleite mucho, su autor les deja indiferentes. Se parecen a esos invitados mal educados, que, después de haber comido opíparamente, se van de casa hartos sin dar las gracias a su anfitrión. ¡Y ahora disponte a preparar un banquete a tus expensas para gente con un paladar tan delicado, de sustos tan variados, y de corazón tan sensible a la gratitud y al recuerdo de las atenciones!
De todos modos, mi querido Pedro, trata con Hitlodeo lo que te acabo de decir. Tendremos tiempo después para revisar este proyecto. Aunque se hará, si este es su deseo, y, aunque tarde lo veo ahora, tenga que morir por el trabajo de redactarlo. Por lo que respecta a editarlo, seguiré el consejo de los amigos, y sobre todo el tuyo.
Adiós, queridísimo Pedro Gilles. Mis mejores deseos para ti y tu excelente esposa. Quiéreme como me quieres, pues mi cariño por ti es mayor cada día.



sábado, 18 de febrero de 2012

Carta a H de Wendy Guerra




Wendy Guerra


"Tú te fuiste de esta isla pero nadie huele a Cuba como tú..."


Querido H:
Tú pensabas que esto era el infierno y de aquí te escapaste declarando a los cuatro vientos que desertabas, cubriendo de política y silencio el espacio que a los 17 yo tendía desnuda para ti en el alegre y simple boceto del amor. 


Wendy Guerra
Te fuiste abandonándome en el infierno, dejé de ser tuya para convertirme en propiedad de todos. Aquí estuve estos años, saltando entre ruinas y restauraciones. Así esperé valiente tus señales que se veían como lejanos fuegos; en un lugar de París dibujado por tu mano imprimían invitaciones y catálogos para galerías que años más tarde yo sola recorrí. 
Aquí, a tu espera, entre interrogatorios y llanto, aprendí la peligrosidad de una letra disfrazando la ira o el dolor con una frase serenada, traducida con guante blanco al lenguaje del socialismo. No delaté tus planes porque nunca los supe, no describí tu cuerpo y tus escondrijos porque nadie puede descifrar con sutileza la belleza de tu desnudez. Mucho menos la seda que nos unió, untó, embriagó como opio en la línea que el arte y la virginidad dibuja cercando con deseo cualquier suceso ajeno a la pasión. 

Escribí un libro donde apareces como héroe, cambié tu nombre para no levantar el polvo, y en los espejos de las tiendas aún elijo ropas con las que te gustaría verme pasar, recuerdo el lugar exacto de la costa donde nos bañábamos los veranos, y allí voy cada día, a zambullirme en ti. No tuve hijos y mis compromisos de esposa parecen no serlo ante todo lo que siento cuando mi cuerpo busca tu olor a paloma de río. Tú te fuiste de esta isla pero nadie huele a Cuba como tú. 
Entre las fiebres y la censura, la desesperanza y las muertes que me han atravesado me he refugiado en ti, tú fuiste mi in-xilio, te he suplicado que vuelvas para despedirnos, no rompimos, nos rompió una ley y un amorfo ideal que aún me trae desnuda y con maletas. 
Escribo tu inicial sobre los muros porque la H es muda. 
Vuelves en las noches tú, entre las lanzas de mis ojos, cuando cierro el cuaderno emborronado, vuelves a mí joven y pleno como el San Sebastián del Giotto, entre el olor a Picuala te descubro en el salitre que nubla el cristal, pero no te logro definir. No me parezco a tu hija ni sé cómo llegar a tu nueva casa, país, idioma de adopción. Hablas en la televisión y en los periódicos e intento reconocerte poco a poco desde el fondo de tus carcajadas. Cada primer domingo de julio voy al museo a ver tu obra; y ciertos días de diciembre vuelves a la jaula de mi cuerpo dormido para irte atolondrado al amanecer, con miedo a quedar preso de mi cuerpo… huyes de ti. 
Esta es mi carta de despedida, 22 años después debo decirte adiós y enterrar la niña que he sido para poder encontrar el camino al paraíso, hay un hombre en un nido que no deserta, que no escapa, yo no lo conozco, aún no se me presenta, pero si te dejo ir aparecerá entre las ruinas de mi patria para dejarme ser, por fin… 

Wendy 


***


Wendy Guerra vive en La Habana, donde nació en diciembre de 1970. Su obra poética se halla recogida en tres volúmenes: Platea oscura (Universidad Habana, 1987), Cabeza rapada (Letras Cubanas 1994) y Todos se van (Bruguera, Barcelona 2006), que obtuvo el Primer Premio de Novela de la prestigiosa editorial. 
Antologada en varios países, ha sido una de las conferenciantes más activas en la difusión de la literatura cubana en Europa y América Latina.
Acaba de publicar (2011) en la prestigiosa y española editorial Alfaguara Posar desnuda en la Habanaun inolvidable diario apócrifo de la controvertida y admirada Anaïs Nin, para cuya compleja investigación historiográfica contó con sendas becas de la Universidad de California, de la New York Cuban Foundation Arts, y de la parisina Fundación Gilbert Brownstone. Decir no más que es una las joyas más brillantes de esa gran buscadora de talentos literarios que es Carmen Balcells.


Fuentes: Milenio
Para un mayor conocimiento de su obra y de su personalidad, se puede consultar la revista Margen Cero, y algunas entrevistas ofrecidas por la autora a algunos medios de comunicación, de las que hay profusas referencias en la red.



viernes, 17 de febrero de 2012

Carta de renuncia de una puta... (Edgar Borges)




                                                        Ruth Orkin



Querido Miguel:

Me faltó valor para decirte cara a cara lo que te dejo escrito en esta carta. Sé que mucho te afectará mi decisión de renuncia irrevocable. Ya sé cuánto hiciste por mí desde que abandoné mi anterior trabajo de asistente contable; incluso, entre tú y yo surgió un cariño poco común en este negocio. Tú me enseñaste a ser puta y yo te enseñé a escribir cartas; vaya dúo más interesante. Ya sé que es mucho lo que debo agradecerte, y lo agradezco; en los últimos cinco años me diste dinero, confianza y seguridad. Al principio me fastidió el apodo con el que me bautizaste apenas me viste con mis lentecitos, mi falda de cuadros y mi verbo a medio camino entre intelectual y vagabunda, “La estudiante”. Luego, creo que por la capacidad de inventiva que el apelativo me dio ante los clientes, me terminó gustando. 




Pero la cosa ya no es igual Migue; ya nada es como antes. El burdel se ha convertido en un fastidio atómico; creo que de seguir por ese camino las beatas lo terminarán confundiendo con un convento. Ya no nos visitan los “busca huecos compulsivos”, ahora la casa se la pasa repleta de “señoritos disfrazados de lujuriosos”. Ya sabes cómo me aburre esa gente pared, la que no oye ni ve; a mí me gusta la gente sangre, la que siente y respira. Y lamento decirte que esto va de mal en peor, Migue. Ya sé que puedo parecer contradictoria, pues, antes, como a cualquier puta, me fastidiaban los “busca huecos compulsivos”, pero hoy, mientras escribo esta carta, la verdad es que los extraño. Es posible que la causa de semejante nostalgia sea la invasión de esos señoritos bien peinados y bañados en colonia importada. No puedo más Migue, estoy hasta la coronilla de estos tipejos. El negocio se fue al demonio cuando empezaron con el no hagas esto y no hagas lo otro; no fumes, no te drogues, no tomes licor, no andes en bragas por la casa. ¿Qué más nos van a prohibir Migue? Un día de estos nos van a quitar el derecho a dar el culo. O mejor dicho, el culo sólo se les podrá dar a los supervisores del Gobierno. ¡Señoritas y señores, todos contra la pared, en la mano el carnet de salud y el culo bien arriba y apretado viendo al sargento!, dirán los vigilantes de la supervisión made in fastidio. Ya sé que estos cuentos de monjas no los inventaste tú, Migue, también sé que si te opones a las normas caería sobre tu negocio una sanción y a la mierda tu sustento. 


Jan Saudek


Pero no puedo más Migue; te quiero y te deseo lo mejor del mundo, que es lo que mereces, pero no puedo acompañarte en este fastidio. El burdel se jodió, todo se jodió. Tú me conoces bien y sabes que siempre me anoté entre quienes piensan que los límites los pone uno con su cabeza y la educación que te dieron tus padres. Así no más Migue, con puritanismos no se cambia el mundo. Y los “señoritos disfrazados de lujuriosos” me provocan frigidez; si te digo la verdad Migue, yo que nunca he sido floja, con estos malandrines de poca monta me da flojera abrir las piernas. Esos tipejos hasta son brutos, no tienen calle, no tienen historia, no tienen sangre, les falta calidad. El otro día un tipejo de esos me dijo que era un libre pensador, yo, muerta de la risa, caí patas arriba en la cama. Pero, mucho rato después, cuando por fin se me calmó la moridera de risa, el muy imbécil seguía viéndose al espejo como si nada le quebrara su payasa presencia. En cambio, los “busca huecos compulsivos” eran tipos rudos y mal educados pero era unos niños malos en busca de amor. Y eso, en el fondo, también somos nosotras, niñas malas en busca de amor. Por lo menos eso, el deseo de encontrar amor, es algo mucho más sangrante que esos muñequitos vacíos. Y yo sangro Migue, tú bien sabes que yo sangro, necesito sangrar, todos necesitamos sangrar. Pero esa gente no sangra Migue, no sangra, son un fastidio. Son unos muertos ambulantes, en las venas sólo tienen aceite. 



                                              Helmut Newton

A partir de ahora veré cómo me ganó la vida, Migue, es posible que haga una prueba de presentadora de telemercadeo o me dedique a escribir libros de autoayuda. Cualquier cosa es preferible antes de ser una puta desabrida. Recuerdo que cuando me hiciste perder el miedo al trabajo te lo dije: oye Migue, si voy a ser puta seré puta completa, puta al cien por ciento. Y ese es el gran problema de estos tipejos, Migue: son maricas a medio camino. Y en esta vida o juegas tu juego al máximo o no eres nada. Yo no quiero terminar como la pobre Paquita; por más que las muchachas digan que se ahorcó por una deuda, bien sabes Migue que las putas no nos quitamos la vida por deudas. Yo creo que Paquita se ahorcó por fastidio; últimamente mucha gente sangre se está ahorcando. Y yo quiero vivir Migue, por eso renuncio a ser puta a medio camino. Y por favor Migue, no me busques, pues jamás me reconocerías. Te juro Migue, por la madre que me parió sin fastidio y con pasión, que cuando leas esta carta, “la estudiante” se habrá evaporado entre la gente pared de este mundo aburrido. Gracias, millones de gracias mi querido Migue. Tu amiga,






Edgar Borges, por Nathalie Riera
Edgar Borges nació en Caracas, Venezuela, en 1966. Es escritor y periodista. Su radioserie La fuga de don Quijote fue transmitida en 2005 por Radio Exterior de España, en el marco del IV Centenario del Quijote. Ha publicado los libros de relatos Sueños desencantados, Mis días debajo de tu falda y El vuelo de Caín y otros relatos, el monólogo Lavoe contra Lavoe, la tragedia del cantante y las novelas La monstrua, la mujer que jamás invitaron a bailar y ¿Quién mató a mi madre?, finalista en 2008 del III Premio Nacional de Novela Ciudad Ducal de Loeches. 


Nuestro agradecimiento al escritor José A. Pamies.






“La estudiante”.

"Y en esta vida o juegas tu juego al máximo o no eres nada."

"Carta en mano" de Julio Cortázar a Felisberto Hernández






«... las más sutiles relaciones de las cosas, la dama sin ojos de los más antiguos elementos; el fuego y el humo inaprensibles; la alta cúpula de la nube y el mensaje del azar en una simple hierba; todo lo maravilloso y oscuro del mundo estaba en ti...»





Felisberto, tú sabes (no escribiré "tú sabías"; a los dos nos gustó siempre transgredir los tiempos verbales, justa manera de poner en crisis ese otro tiempo que nos hostiga con calendarios y relojes), tú sabes que los prólogos a las ediciones de obras completas o antológicas visten casi siempre el traje negro y la corbata de las disertaciones magistrales, y eso nos gusta poquísimo a los que preferimos leer cuentos o contar historias o caminar por la ciudad entre dos tragos de vino. Descuento que esta edición de tus obras contara con los aportes críticos necesarios; por mi parte prefiero decirles a quienes entren por estas páginas lo que Antón Webern le decía a un discípulo: "Cuando tenga que dar una conferencia, no diga nada teórico sino más bien que ama la música". Aquí para empezar no habrá ni sospecha de conferencia, pero a vos te divertirá el buen consejo de Webem por la doble razón de la palabra y la música, y sobre todo te gustara que sea un músico el que nos abra la puerta para ir a jugar un rato a nuestra manera rioplatense.


Esto de abrir la puerta no es un mero recuerdo infantil. En estos días en que andaba dándole la vuelta a la máquina de escribir como un perrito necesitado de árbol, encontré cosas tuyas y sobre vos que no conocía en los remotos tiempos en que por primera vez leí tus libros y escribí páginas que tanto te buscaban en el terreno de la admiración y del afecto. Y te imaginarás mi sorpresa (mezclada con algo que se parece al miedo y a la nostalgia frente a lo que nos separa) cuando llegué a un epistolario recogido por Norah Giraldi, en el que aparecen las cartas que le escribiste a tu amigo Lorenzo Destoc mientras hacías una gira musical por la provincia de Buenos Aires. Como si nada, sin el menor respeto hacia un amigo como yo, fechas una carta en la ciudad de Chivilcoy, el 26 de diciembre de 1939. Así, tranquilamente, como hubieras podido fecharía en cualquier otro lado, sin demostrar la menor preocupación por el hecho de que en ese año yo vivía en Chivilcoy, sin inquietarte por la sacudida que me darías treinta y ocho años más tarde en un departamento de la calle Saint-Honoré donde estoy escribiéndote al filo de la medianoche.


No es broma, Felisberto. Yo vivía entonces en Chivilcoy, era un joven profesor en la escuela normal, vegeté allí desde el 39 hasta el 44 y podríamos habernos encontrado y conocido. De haber estado a fines de ese diciembre no hubiera faltado al concierto del Terceto Felisberto Hernández, como no faltaba a ningún concierto en esa aplastada ciudad pampeana por la simple razón de que casi nunca había concierto, casi nunca pasaba nada, casi nunca se podía sentir que la vida era algo más que enseñar instrucción cívica a los adolescentes o escribir interminablemente en un cuarto de la Pensión Varzilio. Pero habían empezado las vacaciones de verano y yo aprovechaba para volver a Buenos Aires donde me esperaban mis amigos, los cafés del centro, amores desdichados y el último número de Sur. Vos tocaste con tu terceto en eso que llamas a secas "el club" y que conocí muy bien, el Club Social de Chivilcoy detrás de cuyo amable nombre se escondían las salas donde el cacique político, sus amigos, los estancieros y los nuevos ricos se trenzaban en el póquer y el billar. Cuando en tu carta le decís a Destoc que la discusión para que te aceptaran y te pagaran el concierto se libró junto a una mesa de billar, no me enseñas nada nuevo porque en ese club todas las cosas se libraban así. Muy de cuando en cuando, a regañadientes pero obligados a cuidar la fachada de las "actividades culturales", los dirigentes accedían a un concierto o a una velada presuntamente artística, que pagaban mal y sin ganas y que escuchaban apoyándose entredormidos en el hombro de sus nobles esposas.


Si te hablara de algunas cosas que vi y escuché en esos tiempos no te sorprenderían demasiado y en todo caso te divertirían, vos que les contabas tantos cuentos a tus amigos como un preludio para aflojar los dedos antes de refugiarte en tu cuarto de hotel y escribir tus cuentos, justamente ésos que hubiera sido imposible contar sin destruir su razón más profunda. En esos mismos salones donde tocaste con tu terceto yo escuché, entre otras abominaciones, a un señor que primero contempló al público con aire cadavérico (probablemente tenía hambre) y luego exigió silencio absoluto y concentración estética pues se disponía a interpretar la... sinfonía inconclusa de Schubert. Yo me estaba frotando todavía los oídos cuando arrancó con un vulgar potpourri en el que se mezclaban el Ave María, la Serenata, y creo que un tema de Rosamunda; entonces me acordé de que en los cines andaban pasando una película sobre la vida del pobre Franz que se llamaba precisamente La sinfonía inconclusa, y que este desgraciado no hacía más que reproducir la música que había escuchado en ella. Inútil decirte que en el selecto público no hubo nadie a quien se le ocurriera pensar que una sinfonía no ha sido escrita para el piano.


En fin, Felisberto, ¿vos te das cuenta, te das realmente cuenta de que estuvimos tan cerca, que a tan pocos días de diferencia yo hubiera estado ahí y te hubiera escuchado? Por lo menos escuchado, a vos y al "mandolión" y al tercer músico, aunque no supiera nada de vos como escritor porque eso habría de suceder mucho después, en el cuarenta y siete, cuando Nadie encendía las lámparas. Y sin embargo creo que nos hubiéramos reconocido en ese club donde todo nos habría proyectado el uno hacia el otro, yo te habría invitado a mi piecita para darte cana y mostrarte libros y quizá, vaya a saber, alguno de esos cuentos que escribía por entonces y que nunca publiqué. En todo caso hubiéramos hablado de música y escuchado los discos que yo pasaba en una vitrola más que rasposa pero de donde salían, cosa inaudita en Chivilcoy, cuartetos de Mozart, pailitas de Bach y también, claro, Gardel y Jelly Roll Morton y Bing Crosby. Sé que nos hubiéramos hecho amigos, y anda a imaginar lo que habría salido de ese encuentro, cómo habría incidido en nuestro futuro después de conocernos en Chivilcoy; pero claro, justamente entonces yo tenía que irme a Buenos Aires y a vos se te ocurría elegir ese hueco para dar tu concierto. Fíjate que las órbitas no solamente se rozaron ahí sino que siguieron muy cerca durante una punta de meses. Por tus cartas sé ahora que en junio del 40 estabas en Pehuajó, en julio llegaste a Bolívar, de donde yo había emigrado el año anterior después de enseñar geografía en el colegio nacional, horresco referens. Andabas dando tumbos musicales por mi zona, Bragado, General Villegas, Las Flores, Tres Arroyos, pero no volviste a Chivilcoy, la batalla junto a la mesa de billar había sido demasiado para vos. Todo eso asoma ahora en tus cartas como de un extraño portulano perdido, y también que en Bolívar paraste en el hotel La Vizcaína, donde yo había vivido dos años antes de mi pase a Chivilcoy, y no puedo dejar de pensar que a lo mejor te dieron la misma pieza flaca y fría en el piso alto, allí donde yo había leído a Rimbaud y a Keats para no morirme demasiado de tristeza provinciana. Y el nuevo propietario, que se llamaba Musella, te acompañó sin duda hasta tu pieza, frotándose las manos con un gesto entre monacal y servil que bien le conocí, y en el comedor te atendió el mozo Cesteros, un gallego maravilloso siempre dispuesto a escuchar los pedidos más complicados y traer después cualquier cosa con una naturalidad desarmante. Ah, Felisberto, qué cerca anduvimos en esos años, qué poco faltó para que un zaguán de hotel, una esquina con palomas o un billar de club social nos vieran damos la mano y emprender esa primera conversación de la que hubiera salido, te imaginas, una amistad para la vida.


Porque fíjate en esto que mucha gente no comprende o no quiere comprender ahora que se habla tanto de la escritura como única fuente válida de la crítica literaria y de la literatura misma. Es cierto que a mí no me hizo falta encontrarte en Chivilcoy para que años más tarde me deslumbraras en Buenos Aires con El acomodador y Menos Julia y tantos otros cuentos; es cierto que si hubieras sido un millonario guatemalteco o un coronel birmano tus relatos me hubieran parecido igualmente admirables. Pero me pregunto si muchos de los que en aquel entonces (y en éste, todavía) te ignoraron o te perdonaron la vida, no eran gentes incapaces de comprender por qué escribías lo que escribías y sobre todo por qué lo escribías así, con el sordo y persistente pedal de la primera persona, de la rememoración obstinada de tantas lúgubres andanzas por pueblos y caminos, de tantos hoteles fríos y descascarados, de salas con públicos ausentes, de billares y clubs sociales y deudas permanentes. Ya sé que para admirarte basta leer tus textos, pero si además se los ha vivido paralelamente, si además se ha conocido la vida de provincia, la miseria del fin de mes, el olor de las pensiones, el nivel de los diálogos, la tristeza de las vueltas a la plaza al atardecer, entonces se te conoce y se te admira de otra manera, se te vive y convive y de golpe es tan natural que hayas estado en mi hotel, que el gallego Cesteros te haya traído las papas fritas, que los socios del club te hayan discutido unas pocas monedas entre dos golpes de billar. Ya casi no me asombra lo que tanto me asombró al leer tus cartas de ese tiempo, ya me parece elemental que anduviéramos tan cerca. No solamente en ese momento y esos lugares; cerca por dentro y por paralelismos de vida, de los cuales el momentáneo acercamiento físico no fue más que una sigilosa avanzada, una manera de que a tantos años de una mesa de billar, a tantos años de tu muerte, yo recibiera fuera del tiempo el signo final de la hermandad en esta helada medianoche de París.


Porque además también viviste aquí, en el barrio latino, y como a mí te maravilló el metro y que las parejas jóvenes se besaran en la calle y que el pan fuera tan rico. Tus cartas me devuelven a mis primeros años de París, tan poco tiempo después que vos; también yo escribí cartas afligidas por la falta de dinero, también yo esperé la llegada de esos cajoncitos en los que la familia nos mandaba yerba y café y latas de carne y de leche condensada, también yo despaché mis cartas por barco porque el correo aéreo costaba demasiado. Otra vez las órbitas tangenciales, el roce sigiloso sin que nos diéramos cuenta; pero qué querés, a mí me tocaría encontrarte en tus libros y a vos no encontrarme en nada; en ese territorio en que habitamos eso no tuvo ni tiene importancia, como no la tiene el que ahora yo no lleve esta carta al correo. De cosas así vos sabías mucho, bien que lo mostrás en Las manos equivocadas y en tantos otros momentos de tus relatos que al fin y al cabo son cartas a un pasado o a un futuro en los que poco a poco van apareciendo los destinatarios que tanto te faltaron en la vida.


Y hablando de faltas, si por un lado me duele que no nos hayamos conocido, más me duele que no encontraras nunca a Macedonio y a José Lezama Lima, porque los dos hubieran respondido a ese signo paralelo que nos une por encima de cualquier cosa, Macedonio capaz de aprehender tu búsqueda de un yo que nunca aceptaste asimilar a tu pensamiento o a tu cuerpo, que buscaste desesperadamente y que el Diario de un sinvergüenza acorrala y hostiga, y Lezama Lima entrando en la materia de la realidad con esas jabalinas de poesía que decosifican las cosas para hacerlas acceder a un terreno donde lo mental y lo sensual cesan de ser siniestros mediadores. Siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos a la hora de Menos Irene y de La casa inundada.


Bueno, se me acaba el papel y ya sabemos que el franqueo es caro, por lo menos el que paga el lector con su atención. Acaso hubiera sido preferible callar cosas que siempre supiste mejor que los demás, pero confesa que la historia de la sinfonía inconclusa te hizo reír, y que seguro te gustó saber que habíamos estado tan cerca allá en las pampas criollas. Esta carta te la debía aunque no sea ni de lejos las que te escriben otros más capaces. A mí me pasó lo que vos mismo dijiste tan bien: "Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado". Ahora llega el otro sueño, el de las dos de la mañana. Dejame que me despida con palabras que no son mías pero que me hubiera gustado tanto escribirte. Te las escribió Paulina también de madrugada, como un resumen de lo que había encontrado en vos: Las más sutiles relaciones de las cosas, la dama sin ojos de los más antiguos elementos; el fuego y el humo inaprensibles; la alta cúpula de la nube y el mensaje del azar en una simple hierba; todo lo maravilloso y oscuro del mundo estaba en ti.


Te querrá siempre
Julio Cortázar





Los muchos dineros que costaba el franqueo postal en aquellos años, impidieron a Julio Cortázar hacer llegar esta larga carta a su destinatario, escrita en una madrugada de París allá por los ochenta y dirigida a su amigo y gran cuentista y músico uruguayo Felisberto Hernández, que había muerto 17 años antes. En ella, el autor de Rayuela relata los hilos dorados que le unieron a la mano que talló Menos Irene muchos años antes de que compartieran su primer mate caliente, bien aderezado con música y palabras. La carta aparece recogida en la Obra crítica de Cortázar (Alfagara), aunque nosotros la rescatamos de la casa inundada de Patricia Damiano, cuyas habitaciones -llenas de lugares secretos y no pocos placeres- conviene transitar en la hora que no es de los búhos ni de las alondras...