Mostrando entradas con la etiqueta *.Cartas del Holocausto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta *.Cartas del Holocausto. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de septiembre de 2014

Carta a su esposa de un niño que sobrevivió a Auschwitz


Rodin
«Pronuncié la palabra "mama". Por primera vez, al lado de todos, dije "mama" y lloré. "Vencí, gané, mama, ¡estoy vivo!". Y lloré, y todos lloraron conmigo. Todos lloran conmigo ahora, mama...»
 
«Berko», uno de los 130 niños
que sobrevivieron a Auschwitz ,
escribe a su esposa


Querida mía:
      En Stutthoff nos separaron de las madres. No te lo conté jamas. Había que elegir con quien quedarse. Yo era hijo único, y preferí quedarme con papa. Sabía que no iba a poder arreglarse solo. Era un distraído. Un estudioso. Pensé que no iba a poder arreglarse a solas. Yo era grande, tenía once años y entendía que debía cuidar de él. Después de dos semanas en el tren también nos separaron. Fue como si me echaran el peso del mundo encima. Me cerré, me quedé encerrado en mí mismo. No me interesó ya nada. Sentía que todo se había terminado. Tenía miedo. Mi ser estaba desnudo. Solo. Fragmentado. No deseaba nada. Nada. Después me desperté a la fuerza y me convertí en una especie de bestia. Un instinto vivo. Un caballo con el yugo al cuello, arrastrando cadáveres a los crematorios. Hurtaba comida. Robaba de todo. ¿Cómo pueden los padres hacer algo así...cómo pueden abandonar a un niño solo?

Recién ahora, últimamente, me sigo preguntando eso una y otra vez…No logro encontrar respuesta. No volví a pensar en mis padres desde entonces. No recordaba. Me había prohibido recordar. Todo en mí se había acabado desde aquel momento en que mama despareció. Se habían terminado mis sentimientos. Desde aquel momento estuve solo. Hasta este viaje con estos chicos. Ahora. Cuando hablas a veces con tus padres, cuando te diriges a ellos, yo no siento nada. No siento. Soy huérfano. Cómo pueden los padres hacer algo asi? Piensa en nuestras gemelas, que no dejan de cuidarme durante todo el viaje.


Sólo ahora, gracias al viaje con estos jóvenes, esta nueva familia que me nació en el viaje, se me despierta algo antiguo, algo de aquella antigua ternura. Hasta este viaje había cortado todo, había bajado un telón, como si hubiera decidido que tras él no existía nada, que tras él jamás existió nada, que todo era vacío, limpio…Ya lo sabes, ninguna memoria quedó en mi de los años de antes de. No el jardín de la infancia. No la escuela. Una vez un caballo me desgarró la camisa. Fuera de eso, nada. Todo borrado. ¿Cómo pueden los padres abandonar así a sus hijos? Hubieran podido huir conmigo, si lo hubieran pensado a tiempo ¿no es asi?
A Israel llegué para volver a empezar. Guardé silencio. No tenía nada que decir. ¿Quién me hubiera creído? Una vez, mientras viajaba en autobús, iba sentada a mi lado una muchacha, que me preguntó qué era ese numero que llevaba grabado en la mano. Le dije que era un numero de telefono que había anotado para no olvidarlo y ella se lo creyó. Como bien sabes, no he vuelto jamás a este lugar desde que me separaran de mis padres en la estación de tren. Hoy, junto a estos chicos, me quebré. Por primera vez todo volvió. Recité la plegaria de Kadish. Pronuncié la palabra "mama". Por primera vez, al lado de todos, dije "mama" y lloré. "Vencí, gané, mama, ¡estoy vivo!" Y lloré, y todos lloraron conmigo. Todos lloran conmigo ahora, mama.





Grandes Obras de
El Toro de Barro


PVP: 10 euros Pedidos a:
edicioneseltorodebarro@yahoo.es




Berko es el seudónimo bajo el que se esconde el anciano real que escribió esta carta y quien, siendo todavía un niño, logró sobrevivir al infierno de Auschwitz. En un dramático–y real– camino de retorno, él y otros supervivientes volvieron de nuevo a aquel Apocalipsis con un grupo de estudiantes israelíes de secundaria, en el que se encontraban sus hijas. El encontronazo de dos generaciones distintas con aquella memoria de dolor provocó una gigantesca catarsis individual, cuya historia fue relatada por la psicóloga infantil Amela Einat en La cicatriz del humo, una novela que fue incorporada por la Editorial El Toro de Barro a su Biblioteca del Holocausto, y de cuyas páginas se ha extraído esta conmovedora epístola real, que pone de manifiesto la pervivencia real del Holocausto en todas las generaciones del Israel contemporéno.


Amela Einat.



"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci










jueves, 28 de agosto de 2014

Dos de las últimas Cartas de Eva Braun


Eva Braun


"Lo que sufro personalmente viendo al Führer, es algo que no puedo describir (...) ¿Qué más puedo decirte? No llego a comprender que todo esto pueda ocurrir de este modo; no se puede creer en Dios (...) Muero como he vivido. No es una carga, tú lo sabes bien.Te saluda de todo corazón y te abraza, tu Eva"



«Berlín, 22-IV-45.

Querida pequeña Herta:        
            Estas son las últimas líneas, y también la última señal de vida por mi parte. No me atrevo a escribir a Gretl; debes hacerle comprender todo esto con cuidado a causa de su estado. Voy a mandaros mis joyas, y os ruego que las distribuyáis según mi testamento, que se encuentra en la Wasserburgerstrasse. Espero que con esas joyas podáis manteneros a flote durante un tiempo. Os ruego que bajéis de la montaña, ya que es un sitio muy peligroso para vosotros, si todo debe terminar. Aquí combatiremos hasta el fin, pero temo que ese fin se acerca cada vez más peligrosamente. Lo que sufro personalmente viendo al Führer, es algo que no puedo describir. Perdóname si escribo algo confuso, pero a mi lado están los seis niños de G. y no se quedan tranquilos. ¿Qué más puedo decirte? No llego a comprender que todo esto pueda ocurrir de este modo; no se puede creer en Dios. Un hombre espera esta carta. Todo, todo el cariño y la bondad para ti, mi fiel amiga. Saluda a mi padre y a mi madre, que deben regresar a Munich o a Traunstein. Saluda a todos mis amigos. Muero como he vivido. No es una carga, tú lo sabes bien.Te saluda de todo corazón y te abraza, tu Eva.
P. D. — Conserva esta carta sin divulgarla, hasta que sepas de nuestro fin. Sé que es mucho pedirte, pero eres valiente. Quizá todo pueda terminar felizmente aún, pero ÉL ha perdido la fe, y nosotros, me temo, aguardamos inútilmente.

 

«Berlín, 23-IV-45.

Mi querida hermanita:           
No sabes cómo me apena que tengas que recibir estas líneas de mi parte. Pero no puede ser de otro modo. Con cada día, con cada hora que pasa, puede llegar el fin para nosotros, y por consiguiente debo aprovechar la última ocasión para decirte lo que hay que hacer todavía. Para empezar, Hermann no está con nosotros. Salió hacia Nauen a fin de organizar un batallón o algo por el estilo. Quiere abrirse camino luchando para continuar la resistencia en Baviera, al menos durante algún tiempo. El Führer ha perdido toda esperanza en una solución feliz del conflicto. Pero todos los que aquí estamos, incluida yo, tenemos esperanza mientras hay vida. Te ruego que mantengas en alto la cabeza y que no desesperes. Aún quedan alimentos, pero es evidente que no vamos a dejar que nos capturen vivos. La fiel Liesl no quiere abandonarme. Le he dicho muchas veces que se marche. Quisiera regalarle mi reloj de oro, pero por desgracia se lo legué a Miezi. Tú podrás dar a Miezi algo de igual valor, entre mis joyas. Arregla las cosas equitativamente. Quisiera llevar hasta el fin la pulsera de oro con la gema verde. Me la quitarás, y la llevarás siempre, como yo la llevé. También eso estaba destinado a Miezi, en el testamento, así que haz igual que antes. Mi reloj de brillantes se encuentra por desgracia en reparación. Al final de la carta te pongo la dirección exacta. Tal vez tengas suerte y podrás recuperarlo. Debe pertenecerte, pues siempre te gustó. También la pulsera de diamantes y el colgante de topacio, regalo de Hitler en mí último cumpleaños, te pertenecen. Espero que mis deseos sean respetados por los otros. Por otra parte, debo rogarte que te ocupes de lo siguiente: Destruye toda mi correspondencia privada, y sobre todo los papeles de negocios. Bajo ninguna circunstancia deberán ser halladas las facturas de la Heise. Destruye también un sobre que está dirigido al Führer y que se encuentra en la caja fuerte del sótano. Ruego que no sea leído.
También te pido que con las cartas del Führer y la copia de mis contestaciones (libreta de piel azul), hagas un paquete que resista a la humedad, y que por último lo entierres bajo tierra. Te suplico que no lo destruyas. Debo a la firma Heise la factura que adjunto. Puede ser que haya otras cuentas, pero no son más de mil quinientos marcos. No sé lo que piensas hacer con las películas y los álbumes. En todo caso te ruego que lo destruyas sólo en última instancia, salvo las cartas privadas y el asunto del sobre dirigido al Führer. Esto último puedes quemarlo inmediatamente. Te mando para comer y fumar. Da también café a Kathl y a Linders. Entrega a Linders algunas conservas de mi bodega. El tabaco es para papá, y el chocolate para mamá. Hay chocolate y tabaco en el "Berg". Puedes tomarlo. Por el momento me dicen que la situación es mejor, y el general Burgdorf, que ayer nos daba un diez por ciento de posibilidades de salvación, hoy declara que las probabilidades son del cincuenta por ciento Entonces, tal vez todo termine bien. ¿Llegó Arndt con la carta y la maleta? Hemos sabido aquí que el avión se retrasó. Espero que Morell haya llegado a tu casa con mis alhajas. Sería tremendo que hubiera pasado cualquier cosa. Voy a escribir a mamá, a Herta y a Georg, si es posible mañana. Por hoy está bien. Ahora, querida hermanita, te deseo mucha, mucha suerte. Y no olvides que volverás a ver, sin duda, a Hermann. Con los saludos más cordiales, un beso de tu hermana, Eva.
«P. D. —Acabo de hablar con el Führer. Creo que hoy se ve el futuro bastante menos sombrío que ayer. La dirección del relojero es: SS Untersharf Stegemann, SS Lager Orianenburg, evacuado a Kyritz.»

 


(Fuentes: Hitler y Eva Braun: 
http://www.estudiodehitler.com/2008/11/ltimas-cartas-de-eva-braun.html)





Grandes Obras de 
El Toro de Barro
 Amela Einat, "La cicatriz del humo”, Col. «Biblioteca Internacional del Holocausto», Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales Ed., Tarancón de Cuenca, 2005. PVP 10 Euros, edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Amela Einat, "La cicatriz del humo” (Novela)
Col. «Biblioteca Internacional del Holocausto»
Ed. El Toro de Barro, Carlos Morales Ed.
Tarancón de Cuenca, 2005.
PVP 10 Euros

 
























martes, 18 de marzo de 2014

Carta a Jaime Vandor de Mery Sananes...

Camino de Treblinka





Jaime

No te conocí hasta que hurgando en las páginas de Carlos Morales, me tropecé con tu poema “Nunca Korczak llegó a Jerusalén".  Te referías a aquel gesto de Janus Korczac de acompañar a los niños que él protegía al campo de exterminio de Treblinka. Y lo que allí dices, sobre ese Mal con mayúsculas, del cual de alguna manera todos somos culpables,  me tocó de una manera tan honda que ahora te llevo conmigo cada vez que un dolor trastoca la risa de un niño, o cada vez que estalla una mina, o un disparo alcanza el asombro mayor de la vida.  

 
Janus Korzac subiendo con sus niños al tren que le llevaría a Treblinka

Al leerlo, escribí: Estas palabras estrujadas unas con otras, como los niños con Janus, quiebran todos los moldes. Se salen de las clasificaciones, se desbordan de los papeles y de las nomenclaturas. Y es lo que queda de pie como estandarte, hasta que alguna vez, -si es que alguna vez será- que nos sentemos como hermanos y el Mal con mayúscula deje de ser ese obsceno misterio que nos engulle, destroza, inhabilita, trastorna, hasta convertirnos en meros espectadores. 
En el poema de Vándor no hay nada que distraiga. Todo el texto es esa gota de dolor que hay que colocarse en la lengua, hasta que de tanto arder, entendamos que mientras nos creamos al margen, no tendremos las manos limpias y que seremos culpables hasta que podamos hablar de la última masacre del hombre contra el hombre. Esto no es literatura, y como diría León Felipe, es una estopa en la garganta.
Ahora, Jaime, me he asomado a otro poema tuyo que titulaste "Hijos",, en el cual dices: “Hijos del dolor / no es culpa vuestra / mi reloj asigna lejanos lutos / duelo de personas que no he conocido / manecillas enloquecidas me hostigan / ¡ay, ruta solitaria! / y esta alforja de plomo... Y a ellos quieres pedirles perdón.”
Y sin embargo, Jaime, todo ese dolor no es algo por lo que tengas que excusarte. Hay un destino en cada cosa, cada tiempo y cada ser. El que se extingue para reverdecer y el que sobrevive para extinguirse con el peso atroz de todo aquello de lo que fue actor y testigo, sobre una piel desguarnecida y un corazón sin costillar que lo resguarde.
 Y eres tú, Jaime, y ese penar que se cimbra sobre cada uno de tus días, el destino que nadie sino tú podías cumplir. Tú llevas en el interior de tus vacíos, la mirada de ese niño que Janus llevaba sobre su pecho, camino hacia su propia extinción, y su abrazo colgado del miedo de esos niños,  reinventando desde la muerte el contenido mayor de una alegría que te la dejó a ti, envuelta en el tremor de sus noches.
Cada uno cumpliendo el segmento de una elipse que aún no se fractura para dejar salir el canto que yace entre las cenizas, aguardando.
Qué perdón vas a pedir, si los hijos a su vez son testigos de un horror que no se acaba, de una masacre que no es la última, presenciando, como lo llamaste, el obsceno misterio de un Mal, que cambia de paisaje y de retórica, de abecedario y vestidura, pero que sigue infringiendo las mismas heridas y abriendo las mismas sepulturas.


Sólo que ahora la muerte se fracciona, se divide, para que su orfandad no sorprenda o despierte al hombre de su inútil vigilia a los márgenes del morir.Si no fuera por ti, y quienes como tú tienen la misma gota de dolor enastada en la lengua, qué de olvidos se esparcirían por las tierras para hacernos creer que alguien ha podido exterminar el mal. Has cumplido con creces tus deberes, Jaime, como si hubieses hecho el viaje con Janus y sus niños, hacia unas hogueras que no se han extinguido. Tus hijos, lejos de no perdonarte, donde quiera que estén, honrarán la dimensión de tu sacrificio, el tamaño de tu valor y tu valer, porque no sólo, al modo de Janus, tomaste para ti el peso de los ausentes, sino que asumiste esa culpabilidad que todos tenemos, en las masacres de ayer y en las de hoy, porque aún no hemos dejado que colectivamente hable el  corazón, sino a través de esa lágrima tuya, individual, única, que como la de León Felipe, no alcanza a reventar los muros del Mal.
Sólo que debes saber, en el interior de ti mismo, que tu sacrificio, como el de Janus, como el de los niños que Janus acompañó en su destino, harán posible que algún día eso ocurra, que el Mal se extinga, que prevalezca la ternura, que el Amor se haga la fuerza que mueva los engranajes del mundo.
Hoy nos dice Carlos Morales que andas aquejado de salud. Y me apresuro a escribirte porque nunca pude llegar a tus orillas a decirte cuánto significas en las propias batallas que libro contra el Mal con mayúsculas y las Males diminutos y fraccionados que se cuelan hasta por los intersticios de los ventanales en los que crecen las florerías.  
Y esa tristeza se le adhiere a los hijos y a los nietos, a quienes de alguna manera, como tú, suelo aguarles la alegría, con esa alforja de plomo que a veces se me atraviesa en la pupila.
Sólo que la recojo y la convierto en alas de pájaros para que ellos puedan sobrevivir los males de este tiempo con una dosis de magia y de misterio, con unas hojas de trébol guardadas en las páginas de un libro, y una hoja seca recogida en medio de un otoño único.
Hoy te envío todos mis talismanes enhebrados en el galope de caballitos de mar, en el piquito de un azulejo, en el suspiro que dejan en el aire las mariposas, y en el trozo de canción que le regalamos al porvenir.
Ellos llevan poderes sanadores pero por sobre todo, una melodía que acaricia el corazón, un palomar de versos inconclusos, un paisaje tallado en los ojos de un niño que aún no ha salido de su propio asombro. Es decir, Jaime, algunos de los ingredientes de los que estará hecho el porvenir.
Y te los dejo a orillas de tu tristeza, al borde de tu dolor, en el dintel de tus angustias, para que los siembres en el envés de tus pupilas, como un solar de mandarinares.

Con todo mi afecto
Mery Sananes
19 de octubre del 2012

 

 Editada en el blog Embusterías, de Mery Sananes



 Grandes Obras de
El Toro de Barro
PVP: 10 euros Pedidos a:
"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci
















sábado, 13 de abril de 2013

La última Carta de Julius Joseph a su hijo Arno, antes de ser deportado a Auschwitz






«Te estoy escribiendo en momentos difíciles para mí, ya que supongo que ésta es la última [carta] de nuestras vidas. No queremos quejarnos sobre esto…Hemos vivido nuestra vida dignamente, y quisiéramos, si no queda otra alternativa, recibir la muerte de igual modo... Tal vez no volvamos a vernos nunca. Pero con todo mi espíritu te abrazo, y apoyo mi mano sobre tu cabeza y te brindo desde la distancia una bendición de padre (...): "que Dios te bendiga y te guarde y ponga en ti su paz»

Magdeburgo, 27 de junio de 1942
¡Mi querido Arno!
La última carta que recibimos de ti fue escrita en noviembre de 1940. Era una carta destinada  a mamá con motivo de su cumpleaños, y llegó a tiempo. Mamá se puso muy feliz por las cálidas palabras que le dedicaste, y todos nos alegramos con ella. Y, por cierto, no hay madre mejor en todo el mundo como la que has tenido, y muchas lágrimas han caído por ti. Pero mamá es una mujer con mucho coraje, también hoy día. Debido al dolor y al sufrimiento que ha venido sintiendo hasta el día de hoy, se ha ganado desde hace tiempo el apelativo de “nuestra millonaria del dolor”. Pero siempre está lista para pelear contra todo lo que le fastidia, y una y otra vez se muestra preparada para enfrentarse con la vida.
¡Un luminoso ejemplo de fidelidad al deber y de fuerza para actuar! Hace casi dos años que mamá está trabajando en la fábrica de abrigos de Max Behr. Hace dos meses tuvo un accidente. Se cayó de manera tan desgraciada que tuvo que estar postrada en la cama durante siete semanas, y todavía no se ha recuperado. Sin embargo, esperamos que todo se soluciones pronto. Como ya he señalado al comienzo de esta carta, tu última misiva fue de noviembre de 1940. Por lo tanto, estamos sin noticias tuyas desde hace ya un año y medio, a pesar de que Estados Unidos se sumó a la guerra un año después. No contamos con una explicación acerca de tu silencio. No se nos ocurriría pensar que se trata de un descuido de tu parte. Pero si, a pesar de todo, ésa fuera la razón, nosotros te perdonamos en este mismo instante.
No sé cuándo llegará esta carta a tus manos. Quizás los sucesos de la guerra te hayan llevado a tierras extranjeras; quizás te veas obligado a participar activamente en combate. Si es así, aprenderás a reconocer las atrocidades de la guerra, que en todos lados son las mismas, tanto aquí como allá, así se trate de naciones supuestamente cultas o de naciones salvajes, todas tienen sus propios motivos para entrar en guerra.
Te estoy escribiendo en momentos difíciles para mí, ya que supongo que ésta es la última [carta] de nuestras vidas. No queremos quejarnos sobre esto, mi querido hijo, sino aceptar con dignidad lo que el destino nos ha deparado. Considero que hemos vivido nuestra vida dignamente, y quisiéramos, si no queda otra alternativa, recibir la muerte de igual modo. Sí, tal vez debamos agradecer a la Divina Providencia que nos haya otorgado tantos años, durante los cuales pudimos vivir con tranquilidad, mientras que hace ya mucho tiempo que cientos de miles de hermanos de sufrimiento llegaron a su amargo y precipitado final. 
Tal vez te tranquilice oír la verdad, y ésta es que durante los largos años de tu ausencia no hemos sufrido para nada. Siempre tuvimos trabajo y pan para comer, y vivimos sin ser molestados. El año 1942 también aquí trazó una línea divisoria. Incontables decretos y leyes restringieron en gran medida nuestras posibilidades de vida; uno no puede dar ni siquiera un paso sin tropezarse con un obstáculo.
El trabajo está tornándose cada vez más difícil para nosotros, debido a un sinnúmero de prohibiciones ridículas, como por ejemplo la de viajar en tranvía al lugar de trabajo, independientemente de la distancia. Ya no es posible disfrutar ni de la más modesta forma de ocio, puesto que se nos ha prohibido pisar el césped y concurrir al cine. Y mejor no hablar del tema de la alimentación. Ahora, por último, nos espera la deportación a Polonia, donde se encuentra nuestra tumba. Pero debes saber, hijo, que también en esta hora nuestro espíritu está contigo, que siempre estaremos contigo. Siempre me alegró mucho oírte decir, durante los años de tu infancia, que tu padre es tu mejor amigo. Solíamos salir a pasear por los hermosos bosques cercanos a Möser, y tú te prendías con fuerza de la manga de mi abrigo¡

Ya han pasado ocho años desde aquellos días! Si bien nos ha sido difícil separarnos de ti, no nos lamentamos de haberte enviado al otro lado del gran lago, porque gracias a ello pudiste escapar de diversas cosas aquí. Hoy ya tienes 21 años y estás hecho un hombre. Por lo tanto, ¡acepta tu destino y enfréntate a él como un hombre! No te dejes desanimar por el hecho de que la suerte haya golpeado rudamente a tus seres queridos. ¡Porque toda la humanidad ha sido herida y golpeada con crueldad! Lucha para hacer feliz a tu corazón. No pienses que ello implica deshonrar a tus familiares.
Debes estar seguro de que también aquí, a pesar de tanto sufrimiento, no hemos dejado de ser felices. A ello se dedica tu querida hermana. Mientras estuviste con nosotros, fuiste un buen muchacho y mereciste nuestro amor. Has sido una persona recta y considerada. Y nosotros esperamos que no hayas cambiado en este aspecto. ¡Sé decente en tus acciones y en tu espíritu! ¡Aléjate de toda la mugre, cualquiera sea el color de ésta! ¡Estudia, como  corresponde, y gánate siempre tu propio pan! Una ola de odio hacia Alemania se ha expandido hoy por todo el mundo. No dejes que esta ola te avasalle. ¡Porque no somos los únicos que han sido condenados a sufrir! 
Hay también millones de buenos alemanes cuya suerte les ha sido esquiva. Si nadases junto a esta ola de odio hacia Alemania, herirás también a amigos de tus padres, los cuales han mantenido su amistad hacia nosotros hasta este mismo día y, de este modo, se han arriesgado voluntariamente. Deberás agradecer por siempre a mi querido amigo el Padre Radecke y su familia, de quien recibirás esta carta y algunas otras cosas. Tampoco debes olvidar a Paul y a tía Lieschen. Todos contribuyeron para que nuestra vida fuera más soportable. Y te ofrezco otro buen consejo: Sé un buen ciudadano de tu país, pero no te metas en política. 
Hoy siento que los judíos que se dedican a la política son los enterradores de su propio pueblo. Nunca he tenido gran consideración por la religión de las letras [sic]. Sin embargo, estimo que no hay nada que ocurra meramente por azar, que detrás de cada acontecimiento se esconde un profundo significado, y que los cortos de vista no logran captarlo. Por ende, también nuestro destino nos había sido entregado ya en la cuna. No podemos escaparnos de este destino, no importa cuánto luchemos contra él. Debemos ir por el camino que nos ha sido señalado hasta su fin. Entre nosotros, mi querido hijo, se despliegan países y amplios océanos. Tal vez, no volvamos a vernos nunca. Pero con todo mi espíritu te abrazo, y apoyo mi mano sobre tu cabeza y te brindo desde la distancia una bendición de padre, la bendición con la cual nuestros ancestros bendijeron a sus hijos desde tiempos pasados: “Que Dios te bendiga y te guarde. Que Dios haga resplandecer Su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia. Que Dios alce sobre ti Su rostro, y ponga en ti paz”. Amen.
Con amor y lealtad,
Tu padre Julius Josep

Otras



Grandes Obras de
El Toro de Barro
PVP: 10 euros Pedidos a:
edicioneseltorodebarro@yahoo.es

 
En un dramático–y real– camino de retorno, algunos de los 130 niños que sobrevivieron a Auschwitz viajaron de nuevo al escenario de aquel apocalipsis con un grupo de estudiantes israelíes de secundaria, en el que se encontraban sus hijas. El encontronazo de dos generaciones distintas con aquella memoria de dolor provocó una gigantesca catarsis individual y colectiva, cuya historia fue narrada por la psicóloga infantil Amela Einat en La cicatriz del humo, Esta novela coral pone de manifiesto las diversas formas de experimentar la presencia real de aquella tragedia en todas las generaciones del Israel contemporáneo, de cuyas patologías Amela Einat es una reputada e innovadora especialista




"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci

Shalom
Yad Vashem
No olvidar