lunes 1 de febrero de 2010

Carta de un jóven filósofo a Yukio Mishima

« Repudió la Escritura en nombre de la Acción pero, a sus cuarenta y cinco, arde usted como antorcha de poética adolescente (…). Su esposa, negando su mandato, no sólo ordenó que se le enterrara con la espada sino que, sigilosamente, colocó su pluma en el uniforme guerrero. Coincido con ella y cubro su pecho con orquídeas. No superó la escritura en la acción, señor; sabía de la imposibilidad de dejar secar un río para mayor gloria de otro y eso explica el ardor de adolescente de cuarenta y cinco...»


Estimado señor:
Me dicen que para evitar que los excrementos resten honor y belleza al acto más honesto y sincero del guerrero samurái, el seppuku, es preciso taponar el orifico anal. Pudiera ser, narran algunas fuentes, que usted aconsejara el tipo de material y textura más apropiado para tal objetivo a Matsakasu Morita, su camarada firme y compañero en el sacrificio, el conjurado para colocarse a su espalda y, en el momento preciso, con golpe feroz, cortarle la cabeza evitando la amplificación de la agonía más allá de los límites del oriental decoro. Morita, su kaishaku, le acompañaría en el Acto – por definición, último - y usted redobló su magisterio con el fin de que lograra enfrentarse al reto con la dignidad que exige la Ocasión al que es (¡ahí es nada!), el jefe del Tate no kai. Sus últimos consejos de maestro fueron dirigidos al control de esfínter, quizás porque suponía que su espíritu ya estaba templado como el acero de la katana. Le honra el detalle y da veracidad a su rechazo de la Escritura en la apuesta por la Acción.
Usted y yo hemos cumplido los cuarenta y cinco y creo que sabemos que lo único que importa en la vida es coleccionar ocasiones. Y el seppuku era la Acción marcada en el calendario para que se cumpliera la Ocasión del Martirio, el enfrentamiento voluntario al suplicio que le equiparara a su querido San Sebastián, también él soldado, testigo con su sangre de una verdad más profunda que la espada y la pluma, signo de algo que eleva nuestra mísera vida y, no me cabe duda, destinataria de su último mensaje: “la vida es breve pero yo deseo vivir para siempre”.
Pero la Ocasión lo era también para la venganza. Y el reo de la venganza era el Arte, su Escritura.
De la involuntaria eyaculación ante el San Sebastián de Guido Reni en su adolescencia, la sucesión de imágenes en su álbum fotográfico nos lleva a la premeditada sangría de su destripamiento mártir. Este proceso revela que usted conservó intacta la excitación y la vergüenza de aquellos tiempos de adolescencia, mostrando con su gesto teatral el fuego de quince años que nunca le abandonó, espíritu poético que no es sino cifra y logaritmo de la perversión que nos provoca este mundo que, para usted y para mí, es en tantos sentidos páramo vacío.
Le interrogo por los límites de su esteticismo. ¿En verdad su suicidio era tan teatral y literario como muchos han querido ver? ¿No justificaría ese esteticismo infantilizado en los uniformes y en todo el incidente del secuestro del general Masuda, la risa de la soldadesca reunida en el patio del cuartel para escuchar su mensaje, el masivo “gilipollas” que llegó a sus oídos en el último suspiro? Los uniformes, usted lo sabe, en contexto indebido provocan risa. Todo parecía muy literario, señor, en aquel 25 de Noviembre. Extraño montaje postrero para alguien que domina el arte de la literatura y el teatro tanto como el de la espada.
No pudo ser usted tan ingenuo. ¿Olvidó que en la batalla huele a sudor y sangre tanto como a heces y orines porque el valor del guerrero no se encuentra encerrado en su capacidad de retención de fluidos sino en el vigor de su espada? ¿No sabía que siempre es ridículo el acto sublime redescrito en un contexto ajeno? Si el resultado va a ser siempre el olor nauseabundo de la sangre y los excrementos, ¿por qué el decoro del taponamiento anal? Literatura, acento circunflejo en la barbarie. El detalle que nos delata que usted no quería superar la Escritura en la Acción sino fusionarlas. Y todo intento, hasta la fecha, de unir vida y arte ha conducido al ridículo.
Usted sabía que la Acción sustrae belleza al Arte. Por eso el consejo del taponamiento anal previo al combate. Un detalle. La Acción del martirio nos coloca más allá de la cómoda armonía de la frase bien hecha y del verso. El harakiri ejecutado en la vorágine de la batalla perdida, implica un espacio de estética diverso al que estamos acostumbrados a vivir los civiles. Un contexto en el que el hedor, la mierda y los coágulos de sangre emborronan la percepción heroica del Acto, rasgando abismalmente el lienzo del martirio. Necesitamos, por eso, la flor, el crisantemo o el taponamiento.
Señor: asombra su magisterio. Repudió la Escritura en nombre de la Acción pero, a sus cuarenta y cinco, arde usted como antorcha de poética adolescente. Usted no podía, como hará Kawabata, meter la cabeza en el horno para terminar con la angustia y el vacío, porque en su rebelión latían todos aquellos años en los que el púber sólo se reconocía en las torpes letras y en el camino del Arte. No pudo morir a los veinte por el Emperador porque, usted lo sabe, en aquellos años estaba en las garras de la Palabra, el Simulacro teatral y el Arte.¿Qué sucede con todos estos sus valores en el Acto final, convertidos en aire de gemido, convulsión de la agonía o los colores de la sangre y las heces? Usted se inflamó en la Acción, en el cuerpo que se modela con el ejercicio, con el dolor seco del movimiento violento y los brillos de una katana de más de cuatrocientos años. ¿Seguía presa del esteticismo, señor Mishima?¿O pudo asumir la basura de sus intestinos, las risas de los soldados, la chapuza de Morita al cortarle el pescuezo?¿Estaba usted preparado para la Acción que siempre es ridícula, innoble y con geometría de aborto cuando llega la hora de la verdad en el campo de batalla? Creo que sí; tras su espíritu trágico percibo un perfume de ironía. Amaba usted la estética de lo burlesco.
Su esposa, negando su mandato, no sólo ordenó que se le enterrara con la espada sino que, sigilosamente, colocó su pluma en el uniforme guerrero. Coincido con ella y cubro su pecho con orquídeas. No superó la escritura en la acción, señor; sabía de la imposibilidad de dejar secar un río para mayor gloria de otro y eso explica el ardor de adolescente de cuarenta y cinco. Pero creo que en verdad asumió la suciedad de la acción, acción sucia sin mayúscula que, en verdad, quizás sí pueda redimir a la Escritura.

Que su espíritu vibre cada vez que la espada corte el aire.




***

La tortuga bicéfala. Así se llama el blog de viento del filósofo Luis G. Santamaría, cuyas reflexiones en torno a la perversión de la belleza, o a la capacidad de la belleza para sustraerse de las fuerzas destructoras de la realidad, constituyen a nuestro parecer un buen punto de partida para el conocimiento del hecho de vivir en medio de la devastación. Su reflexión en esta epístola póstuma sobre la naturaleza de la obra del poeta Jukio Mishima y sobre el sentido último de su suicidio, es -sin duda- un gesto indudable de especial valor crítico y literario para la comprensión del grandísimo y ya fallecido poeta.



Nuestro sincero agradecimiento.









Carta del amante crucificado cabeza abajo

«las puertas del hotel donde llegamos de noche y del que marchamos de madrugada, cuarto a oscuras, amor de luz, sábanas mojadas, revueltas, sin mancha, solo la huella de un milagro...»





Casi comienza febrero y tú, ¿dónde estás?, recuerdo tu cara entre mis manos y se me llenan los dedos del polen de tu sonrisa, apenas quiero hablar para no esparcir mi emoción, la que me produces, esa maravillosa sensación de estar en las nubes, flotando, encantado, suspendido de un cordel anudado en el cielo, con las piernas colgando, moviendo los brazos como un muñeco italiano, pinocho que no dice mentiras, chato, mudo para no cambiar nada, con autorización para ir a las viñas, bailarín sobre el río helado de tus ausencias parisinas, romanas, limeñas, de tu particular sentido de esta pasión, de tus encantos que me atraen como si fueran salmos de ancianos sacerdotes con barba blanca, druidas en la noche tan negra, la madurez de las uvas, la lactancia de las vacas, tu colección de estudiantes en fila, a veces me los imagino formando largas hileras, en un paisaje en gris, como en una vieja película de Murnau, con faroles combados que deforman la luz, con sombras alargadas, hombres con bombín, mujeres con mantillas lúgubres, niños serios que se meten el dedo en la nariz, hembra hermosa, debo escribir a tantas personas que me honran con sus cartas pero no puedo, no quiero, solo te escribo a ti, solo me salen palabras para girar a tu alrededor, como giran los ángeles, solo cabeza y alas, en esa hornacina de Santiago, para envolverte como copos de nieve, Rosebud, esfera con paisaje lunar detenido, pisapapeles con flores secas, cabezas de toros cárdenos colgadas de la pared, cuernos rasgando el pecho azul y femenino de los toreros, puñales que se clavan en la cortina roja de terciopelo, arriba el telón, empieza la función y los actores están dormidos, abajo el telón y una yegua marrón corre por la playa con las crines al viento de levante, sobre él una mujer, que no eres tú, me mira y ríe, me deja ver sus piernas desnudas, me lanza guiños, insinuantes miradas de andaluza, sonidos de sus dedos deslizándose por los belfos del animal, sus pies golpeando las ancas, olé las niñas bonitas, dice el barquero, olé las niñas que no pagan dinero al barquero, Caronte herido, tapándose un ojo con la mano derecha, la izquierda empuña el remo, de esta tempestad no salimos, olas que salpican a mil peces enterrados, con sus aletas dorsales sobresaliendo en la arena, esperando nuestros pies incautos, preciosa mía, tú y yo sorteando el veneno, saltando como atletas etíopes, como antílopes suicidas sobre las fauces de los leones de la duda, quiéreme amor, quiéreme como si tu brazo pidiera ayuda, el resto de tu cuerpo sumergido en un lago de Escocia, el brazo que empuña la espada de la epopeya, la que deberás extraer de la piedra, la que cortará de un solo tajo el aburrimiento de esperar en un mirador de madera y cristales que reflejan el sol de abril, no, no sabrías esperar, dama inquieta, que estabas ahí, fumando sin parar, abrazada a Miller, viajando a Madrid, a Madrid, volviendo, que habías olvidado la voz ronca de un desconocido atropellando tus oídos, sus manos ásperas recorriéndote, su olor de otro, tu garganta emitiendo suspiros, tu pecho temblando de impaciencia por el que llegará a las once y cuarto, ni un minuto después, esa sensación en la boca del estómago, ese hombre tumbado sobre ti, ochenta kilos inmovilizándote, liberándote, haciéndote ascender a los cielos vestida con una túnica nívea, alrededor música de laúdes, un diablo escondido detrás de la biblioteca, se le ve el rabo, se le ve el tridente, huele a azufre, y esas nubes rojas, como el humo que salía de las chimeneas de la acería cuando soplaban oxígeno en los hornos con el caldo burbujeante, escandalosas nubes venenosas de las que nadie protestaba, como tú que no protestas de mi mirada que te ve como si fueras de cristal, te veo las tripas, te oigo el corazón, te puedo decir cuántas costillas tienes, puedo dibujar tu sexo de memoria, con la mano izquierda, con lápices que no dejen sombras, que iluminen, que rayen el cielo, que dividan, en ese cuarto el paraíso, el limbo el resto, tú y yo un universo a escala, modelo C para armar, lámina recortable como la casa Gaudí, para nuestras tijeras de dulzura, para el pegamento de amarnos como papagayos ensimismados, sin saber siquiera si volamos o ha llegado el crepúsculo y este es otro plano y esas voces es que vienen a prendernos y las antorchas hieren el rostro ingenuo de esas monjas que miran sin saber, sin ver y esos cinco ciegos en fila amarrados con cuerdas de necesidad, tomados del hombro, cae uno caen todos, caen en el pozo donde se entierran los presagios, tiré una piedra y no la escuché llegar al fondo, me tiré yo y me rompí los dos brazos, no puedo abarcarte, no puedo obligarte al beso, tú martillando mi cabeza como un obrero de la construcción haciendo zanjas y laberintos en mi cerebro, estoy así, abierto y expuesto, apuntalando el viernes, temiendo el vacío sin ti hasta el miércoles próximo, oh puente que apenas cruza la distancia, oh puente que no llega hasta allí, bombas sobre mi ciudad vacía, todavía está muy lejos la paz, todavía está el frente de batalla desde el no hasta el quién sabe, kilómetros de alambradas, aviones sobrevolando la Ciudad Jardín, sirenas dando música a las miradas perdidas y recoger los enseres y ponerse a salvo, esto no era pero derivó hacia los cuentos de mi infancia y ¿qué quieres? no se puede detener el rumor de los recuerdos, las tardes junto a mi madre, mirando por la ventana, reviviendo carreras por la calle Aragón de Barcelona, el olor en los refugios, esa flecha se ha clavado cerca de mi corazón y la sangre gotea, plof, plof, dama en la almena, me gustas cuando te vistes de señora, me gustas cuando te desnudas de niña, me gustas cuando me enseñas la diferencia entre un melancólico y un hombre triste, cuando me tiras de la oreja porque olvido un acento, cuando me corriges un por qué, cuando esparces tu pelo por mi espalda, cuando me das aceite entre los dedos de los pies, cuando me afeas que pasee ante ti con la evidencia erecta de mi pasión, mujer salada como el océano en el cuenco de tus manos, mujer palmera llena de pájaros, mujer imán para mis dedos de alfileres, para mi corazón de hierro, para mi cuerpo que se derrite en tu agosto en tu agosto constante, que estaría horas y horas trepando a tus balcones, bajando a tus sótanos, construyendo ladrillo a ladrillo el edificio de amor que nos cobija, peregrinos de otras vírgenes, romeros a galope entre el polvo del camino que lleva a dónde, refugio de golondrinas perdidas, de escritores franceses a los que ya nadie lee, de filósofos centroeuropeos perdidos en los anaqueles de librerías cerradas al terminar la guerra, no tienes imaginación, o mejor, la usas parcialmente, solo para lo que quieres, para lo que la tienes programada, por eso no quieres fantasear que entras con tu corto vestido de flores en bares llenos de humo y hombres que te rozan al pasar murmurándote vagas obscenidades al oído, yo a tu lado, defendiéndote, por eso no quieres imaginarte en la penumbra, en una cama de sábanas amarillas, con dulces olores de sándalo, con esa mujer que también te acaricia y te besa, se disputa conmigo tu cuerpo trémulo y lleno de ansiedad, ni siquiera sabes que te amaré en todas las posturas y maneras y te aprisionaré, te sujetaré, te haré mía con la rudeza del hombre del camión, y mucho menos consientes en sentirte con los ojos tapados por un pañuelo de seda mientras te despojo de la ropa lentamente y así, tendida, abierta al quizás, notas sobre ti manos que no conoces, olores que no distingues, voces y susurros que se superponen a la mía y quisieras gritar y marcharte si no fuera por esa dulce inquietud que te invade, por ese intensísimo placer que te aprisiona y te anula, y me llamas y te respondo y escuchas otras respiraciones y atrapas mi mano y no puedes hacer otra cosa que sentirte y contener el grito y ya, que llega la fiesta, que calle esa orquesta que quiero soñar, que se abran a la realidad, ahora sí, las puertas del hotel donde llegamos de noche y del que marchamos de madrugada, recepcionista somnoliento, cuarto a oscuras, amor de luz, sábanas mojadas, revueltas, sin mancha, solo la huella de un milagro, palomas saliendo por la ventana, conejos debajo de la cama, ojos detrás de los cuadros, ruidos en el pasillo, gemidos en la habitación de al lado, sonidos sucios en la de arriba, campanas en la iglesia al final de la calle, y volver, de puntillas, entrar en casa antes de que amanezca, shisssst, todos están dormidos, tu olor en mis dedos, tu aroma en mi alma, tu recuerdo fluorescente sentado en el sofá, tu imagen invisible recostada bajo las cortinas y saber que esta noche tampoco podré dormir, insomne, crucificado cabeza abajo por tu recuerdo.



***

El autor de estar carta es Pedro Mª Martínez, protagonista -con su Glup2- de una de las aventuras literarias más prolíficas y, también, más atractivas y delirantes que uno pueda encontrarse en la Red.


A él nuestro agradecimiento.


miércoles 20 de enero de 2010

Carta de Adriano a Marco








«Clavado en el cuerpo querido como un crucificado a su cruz, he aprendido algunos secretos de la vida que se embotan ya en mi recuerdo, sometido a la misma ley que quiere que el convaleciente, una vez curado, cese de reconocerse en las misteriosas verdades de su mal, que el prisionero liberado olvide la tortura, o el vencedor ya sobrio la gloria....»


Querido Marco:

...El juego misterioso que va del amor a un cuerpo al amor de una persona me ha parecido lo bastatante hermoso como para consagrarle parte de mi vida. Las palabras engañan, puesto que la palabra placer abarca realidades contradictorias, comporta a la vez las nociones de tibieza, dulzura, intimidad de los cuerpos, y las de violencia, agonía y grito. La extraña frasecita de Posidonio sobre el frote de dos prcelas de carne -que te he visto copiar en tu cuaderno escolar como un niño aplicado- no define el fenómeno del amor, así como la cuerda rozada por el dedo no explica el milagro infinito de los sonidos. Esa frase no insulta a la voluptuosidad sino a la carne misma, ese instrumento de músculos, sangre y epidermis, esa nube roja cuyo relámpago es el alma.

Reconozco que la razón se confunde frente al prodigio del amor, frente a esa extraña obsesión por la cual la carne, que tan poco nos preocupa cuando compone nuestro propio cuerpo, y que sólo nos mueve a lavarla, a alimentarla y, llegado el caso, a evitar que sufra, puede llegar a inspirarnos un deseo tan apasionado de caricias, simplemente porque está animada por una individualidad diferente a la nuestra (...). Aquí la lógica humana se queda corta, como en las revelaciones de los misterios. Y no se ha engañado la tradición popular que siempre vio en el amor una forma de iniciación, uno de los puntos de contacto de lo secreto y lo sagrado. (...) Al igual que la danza de las ménades o el delirio de los coribantes, nuestro amor nos arrastra a un universo diferente, donde en otros momentos nos está vedado penetrar, y donde cesamos de orientarnos tan pronto el ardor se apaga o el goce se disuelve. Clavado en el cuerpo querido como un crucificado a su cruz, he aprendido algunos secretos de la vida que se embotan ya en mi recuerdo, sometido a la misma ley que quiere que el convaleciente, una vez curado, cese de reconocerse en las misteriosas verdades de su mal, que el prisionero liberado olvide la torutura, o el vencedor ya sobrio la gloria.

He soñado a veces con elaborar un sistema de conocimiento humano basado en lo erótico, una teoría del contacto en la cual el misterio y la dignidad del prójimo consistirían precisamente en ofrecer al Yo el punto de apoyo de ese otro mundo. En una filosofía semejante, la voluptuosidad sería una forma más completa, pero también más especializada, de ese acercamiento al Otro, una técnica al servicio del conocimiento de aquello que no es uno mismo. Aun en los encuentros menos sensuales, la emoción nace o se alcanza por el contacto: la mano un tanto repugnante de esa vieja que me presenta un petitorio, la frente húmeda de mi padre agonizante, la llaga de un herido que curamos (...)
En el caso de la mayoría de los seres, los contactos más ligeros y superficiales bastan para contentar nuestro deseo, y aún para hartarlo. Si insisten, multiplicándose en torno de una criatura única hasta envolverla por entero; si cada parcela de un cuerpo se llena para nosotros de tantas significaciones tastornadoras como los rastos de un rostro; si un solo ser, en vez de inspirarnos irritación, placer o hastío, nos hostiga como una música y nos atormenta como un problema; si pasa de la periferia de nuestro universo a su centro, llegando a sernos más indispensable que nuestro propio ser, entonces tiene lugar el asombroso prodigio en el que veo, más que un simple juego de la carne, una invasión de la carne por el espíritu...

***

Carta transcirta de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, traducidas por Julio Cortázar y editadas en Barcelona por Ediciones Orbis, en el año 1988. Acompañamos esta carta con fotografías de la autora en los tiempos en que se ocupaba en su escritura, con la portada de El Mundo de Marguerite Yourcenar, y con la delicadísima reproducción de sus manos ancianas corriendo sobre el papel voluptuosamente sobrio de su vida.
Ella inspiró este proyecto dedicado a la literatura epistolar.
Mi homenaje.
Y mi agradecimiento.





lunes 18 de enero de 2010

Carta de Karl Marx a Jenny von Westphalen

21 de junio de 1856

Querida mía:

De nuevo te escribo porque me encuentro solo y porque me apena siempre tener que charlar contigo sin que lo sepas ni me oigas, ni puedas contestarme. Por más malo que sea tu retrato, me sirve perfectamente, y, ahora, comprendo por qué perfectamente, y por qué hasta las "lóbregas madonnas", las más imperfectas imágenes de la Madre de Dios, podían encontrar celosos y hasta más numerosos admiradores que las imágenes buenas. En todo caso, ninguna de esas oscuras imágenes de madonna ha sido tan besada, ninguna ha sido mirada con tanta veneración y enternecimiento, ni adorada tanto como esta foto tuya, que si bien no es lóbrega, sí es sombría, y en modo alguno representa tu hermoso, encantador y "dulce" rostro que parece haber sido creado para los besos. Yo perfecciono lo que estamparon mal los rayos del sol y llego a la conclusión de que mi vista, por muy descuidada que esté por la luz del quinqué y el humo del tabaco, es capaz de representar imágenes no sólo en sueños, sino también en la realidad.


Te veo, siento, toda delante de mí, como de carne y hueso... el falso y vacío mundo se forma una idea superficial y equivocada de las personas. ¿Quién entre mis numerosos calumniadores y maldicientes enemigos me ha reprochado alguna vez valer para el papel de primer galán en cualquier teatro de segunda categoría? Pero es que soy así. Si esos canallas tuvieron siquiera una gota de sentido del humor, habrían garrapateado en el anverso "relaciones de producción y cambio" y en el reverso me habrían dibujado postrado a tus pies, "mire este dibujo y el otro", rezaría la inscripción. Pero los canallas son tontos y seguirán siendo necios in secula seculorum.*

La separación temporal es útil ya que la comunicación constante origina la apariencia de monotonía que lima la diferencia entre las cosas. Hasta las torres de cerca no parecen tan altas, mientras que las minucias de la vida diaria, al tropezar con ellas, crecen desmesuradamente. Lo mismo sucede con las pasiones: los hábitos consuetudinarios que, como resultado de la proximidad se apoderan del hombre por entero y toman forma de pasión, dejan de existir tan pronto desaparece del campo visual su objeto directo. Las pasiones profundas, que como resultado de la cercanía de su objetivo se convierten en hábitos consuetudinarios, crecen y recuperan su vigor bajo el mágico influjo de la ausencia.

Así es mi amor. Al punto que nos separa el espacio, me convenzo de que el tiempo le sirve a mi amor tan solo para lo que el sol y la lluvia le sirven a la planta: para que crezca. Mi amor por ti, cuando te encuentras lejos de mí, se presenta tal y como es en realidad: como un gigante; en él se concentra toda mi energía espiritual y todo el vigor de mis sentimientos.

Adiós, querida mía, te mando a ti y a nuestras hijas miles y miles de besos.


Tu Carlos.

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En 1843, Carlos Marx contrajo matrimonio con Jenny von Westphalen, una joven perteneciente a una aristocrática y reaccionaria familia prusiana a la que había conocido en su más tierna infancia. Con ella tuvo dos hijas, Laura y Eleanor, con las que aparece, junto a su gran amigo Engels, en esta última foto familiar obtenida en1864. Esta mujer, magníficamente educada por su padre, sería la infalible compañera, esposa y colaboradora de Marx durante toda su vida. Presentamos, además, una de las escasas representaciones gráficas de Carlos Marx en su juventud universitaria.
 
 
 
 
 
 
 

sábado 16 de enero de 2010

Carta allende el mar de Carlos de la Fe.


«El pacto podemos firmarlo sobre la cama y bajo las cobijas. Tú eliges las armas; me apadrina el amor y todo lo que no puedo decir por incapacidad bocal. Te apadrinan tus besos. Será un duelo sin funeral pero con velas y la única muerte será chiquita, une petitte morte...»

Hoy mi deber, aunque me discutas y me pelees, aunque me quieras y/o me odies, aunque no existan ni el deber ni la culpa y las palabras que busco no pueden explicar ni la mitad de lo quisiera, ni la cuarta parte y mitad de lo que sabemos y alguna vez hablamos y siempre sentimos premeditada y anticipadamente, hoy, repito, te digo que sé que nada de lo que te diga será creíble porque no estoy más que soñando tu abrazo.
Es tan estúpido, tan inútil negar lo que sé, decir que no a lo que se siente que dan ganas de inventar un dios, de tener fe, de saber que tarde o temprano podremos volver a mordernos antes del primer café de la mañana.
Pienso que todo vale la pena, a pesar de esta pésima frase hecha, a no ser que el sustantivo sea verdaderamente latino, americano y sirva para flagelarme por la ausencia.
Volamos abrazos, mandamos besos “volaos”, nos encontramos en continentes distintos pero con contenidos casi iguales hasta que por fin llegamos a coincidir en el mismo espacio y por todo tiempo. Entonces ¿por qué será que esta noche las libélulas azules parecen distraídas o distantes? Otra vez se nos cruzó el mar de por medio, pero ya estoy seguro, y quisiera tanto pluralizar, de que es muy distinto a la primera y que nada será comparable con la próxima, que no será la última porque siempre habrá un motivo, aunque nunca tan especial como el de hoy, o casi.
Experto en ciencias casi exactas como sabes que soy, cosas así como la patafísica cardiopática, ginecopatías varias y locuras mínimas me pongo a sumar dos más dos y el resultado me sigue pareciendo inexacto. Pero tampoco me extraña porque pocas cosas nos hacían sospechar, excepto que lo deseábamos ansiosamente, que nuestros cuerpos fueran a encajar como la pieza perdida de ese rompecabezas arreglacorazones que habíamos arrinconado en el sótano de los recuerdos.
Si tú puedes aprender a tomar una copa yo debo empecinarme en ser feliz, en aprender a querer aprender a decir las cosas de la manera más simple, con menos palabras y más besos, más cerca, más nosotros. Será cuestión de seguir practicando en todas las reencarnaciones venideras y a diario, de día y de noche, incluso por las tardes.
Pero quizás porque no nos gustan los adverbios que implican momentos precisos, lugares exactos, vidas marcadas, por todas esas cosas que me enseñaste y todo lo que quisiste aprender sé que todo llegará, como sé que siempre ha estado ahí, que nunca se irá, que nada volverá a ser como era.
Soy mi propio enemigo y planeo ataques mortales para no dejar heridos, con estrategias estudiadas hasta el más mínimo detalle para evitar el fuego amigo, los consejos familiares, las estupideces cotidianas. Mientras gano esta guerra te planteo una tregua: el pacto podemos firmarlo sobre la cama y bajo las cobijas. Tú eliges las armas; me apadrina el amor y todo lo que no puedo decir por incapacidad bocal. Te apadrinan tus besos. Será un duelo sin funeral pero con velas y la única muerte será chiquita, une petitte morte.




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El autor de esta carta es el narrador canario Carlos de la Fe, y está a la espera de la edición simultánea de un antología de microrrelatos en México (donde ahora reside), España, Colombia, Venezuela y Estados Unidos de América. Retazos de su literatura pueden encontrarse en estado puro en su blog La ínsula negra (http://www.carlosdelafe.com/).









lunes 11 de enero de 2010

En memoria de Auschwitz



«Pronuncié la palabra "mama". Por primera vez, al lado de todos, dije "mama" y lloré. "Vencí, gané, mama, ¡estoy vivo!". Y lloré, y todos lloraron conmigo. Todos lloran conmigo ahora, mama...»


«Berko», uno de los 130 niños que sobrevivieron a Auschwitz,
escribe a su esposa


Querida mía:
En Stutthoff nos separaron de las madres. No te lo conté jamas. Había que elegir con quien quedarse. Yo era hijo único, y preferí quedarme con papa. Sabía que no iba a poder arreglarse solo. Era un distraído. Un estudioso. Pensé que no iba a poder arreglarse a solas. Yo era grande, tenía once años y entendía que debía cuidar de él. Después de dos semanas en el tren también nos separaron. Fue como si me echaran el peso del mundo encima. Me cerré, me quedé encerrado en mí mismo. No me interesó ya nada. Sentía que todo se había terminado. Tenía miedo. Mi ser estaba desnudo. Solo. Fragmentado. No deseaba nada. Nada. Después me desperté a la fuerza y me convertí en una especie de bestia. Un instinto vivo. Un caballo con el yugo al cuello, arrastrando cadáveres a los crematorios. Hurtaba comida. Robaba de todo. ¿Cómo pueden los padres hacer algo así...cómo pueden abandonar a un niño solo?
Recién ahora, últimamente, me sigo preguntando eso una y otra vez…No logro encontrar respuesta. No volví a pensar en mis padres desde entonces. No recordaba. Me había prohibido recordar. Todo en mí se había acabado desde aquel momento en que mama despareció. Se habían terminado mis sentimientos. Desde aquel momento estuve solo. Hasta este viaje con estos chicos. Ahora. Cuando hablas a veces con tus padres, cuando te diriges a ellos, yo no siento nada. No siento. Soy huérfano. Cómo pueden los padres hacer algo asi? Piensa en nuestras gemelas, que no dejan de cuidarme durante todo el viaje.
Sólo ahora, gracias al viaje con estos jóvenes, esta nueva familia que me nació en el viaje, se me despierta algo antiguo, algo de aquella antigua ternura. Hasta este viaje había cortado todo, había bajado un telón, como si hubiera decidido que tras él no existía nada, que tras él jamás existió nada, que todo era vacío, limpio…Ya lo sabes, ninguna memoria quedó en mi de los años de antes de. No el jardín de la infancia. No la escuela. Una vez un caballo me desgarró la camisa. Fuera de eso, nada. Todo borrado. ¿Cómo pueden los padres abandonar así a sus hijos? Hubieran podido huir conmigo, si lo hubieran pensado a tiempo ¿no es asi?
A Israel llegué para volver a empezar. Guardé silencio. No tenía nada que decir. ¿Quién me hubiera creído? Una vez, mientras viajaba en autobús, iba sentada a mi lado una muchacha, que me preguntó qué era ese numero que llevaba grabado en la mano. Le dije que era un numero de telefono que había anotado para no olvidarlo y ella se lo creyó. Como bien sabes, no he vuelto jamás a este lugar desde que me separaran de mis padres en la estación de tren. Hoy, junto a estos chicos, me quebré. Por primera vez todo volvió. Recité la plegaria de Kadish. Pronuncié la palabra "mama". Por primera vez, al lado de todos, dije "mama" y lloré. "Vencí, gané, mama, ¡estoy vivo!" Y lloré, y todos lloraron conmigo. Todos lloran conmigo ahora, mama.


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“Berko” es el seudónimo bajo el que se esconde el anciano que escribió esta carta y quien, siendo todavía un niño, logró sobrevivir al infierno de Auschwitz. En un dramático–y real– camino de retorno, él y otros supervivientes volvieron de nuevo a aquel Apocalipsis con un grupo de estudiantes israelíes de secundaria, en el que se encontraban sus hijas. El encontronazo de dos generaciones distintas con aquella memoria de dolor provocó una gigantesca catarsis individual, cuya historia fue relatada por la psicóloga infantil Amela Einat en La cicatriz del humo, una novela que fue incorporada por la Editorial El Toro de Barro a su Biblioteca del Holocausto, y de cuyas páginas se ha extraído esta conmovedora epístola real.

viernes 25 de diciembre de 2009

Cartas de Seda al esposo, de Alessandro Barico


«... morderé la piel que late sobre tu corazón, ..., y con el corazón entre mis labios tú serás mío de verdad, con mi boca en el corazón tú serás mío para siempre...»


Amado señor mío,

no tengas miedo, no te muevas, permanece en silencio, nadie nos verá.

Sigue así, quiero mirarte, yo te he mirado mucho, pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate donde estás, tenemos una noche para nosotros, y yo quiero mirarte, nunca te he visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos, y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si te es posible, y acaríciate, son tan hermosas tus manos, he soñado con ellas tantas veces, ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, te lo ruego, continúa, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate, amado señor mío, acaricia tu sexo, te lo ruego, despacio, es hermosa tu mano en tu sexo, no te detengas, a mí me gusta mirarla y mirarte, amado señor mío, no abras los ojos, todavía no, no debes tener miedo, estoy cerca de ti, ¿me sientes?, estoy aquí, te puedo rozar, esto es seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, de repente sentirás el calor de mis labios sobre ti, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de repente, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las pestañas, sentirás entrar el calor en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea en tu sexo, apoyaré mis labios, allá abajo, y los abriré bajando poco a poco, dejaré que tu sexo entreabra mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva descenderá por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te deseo, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te deseo, y con el corazón entre mis labios tú serás mío de verdad, con mi boca en el corazón tú serás mío para siempre, si no me crees abre los ojos, amado señor mío, y mírame, soy yo, quién podrá borrar este instante que sucede, y este cuerpo mío ya sin seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que te deslizas debajo de mí, aferras mis caderas, me levantas, dejas que me deslice sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote lentamente, tus manos en mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves lentamente pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me alza, tus brazos que no dejan que me marche, los golpes dentro de mí, es violencia dulce, veo tus ojos que buscan en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde quieras, amado señor mío, no hay final, no acabará, ¿lo ves?, nadie podrá borrar este instante que sucede, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos separando las lágrimas de mis pestañas, mi voz dentro de la tuya, tu violencia que me tiene aferrada, no queda ya tiempo para huir ni fuerza para resistirse, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, amado señor mío, este instante existirá, de ahora en adelante, existirá, hasta el final.

No nos veremos más, señor. Lo que era para nosotros, lo hemos hecho, y vos lo sabéis. Creedme: lo hemos hecho para siempre. Preservad vuestra vida resguardada de mí. Y no dudéis un instante, si fuese útil para vuestra felicidad, en olvidar a esta mujer que ahora os dice, sin añoranza, adiós. "

Seda
 
 
 
***
 
Esta bellísima carta es la cima absoluta de Seda, la novela de Alessandro Barico. Aquí se transcribe la obtenida en el espacio http://pajaroalviento.blogspot.com/, reproducción perfecta de la tradución de la novela en Argentina. La primera de las ilustraciones corresponde a un fotograma de Memorias de una Geisha. Y la última, es un shunga chino proporcionado por Malena Ezcurra (http://lartpassion.blogspot.com/). A todos ellos, mi agradecimiento...
 
 

jueves 24 de diciembre de 2009

De Carlos Morales a Juan Ramón Mansilla


«... En mi vida todo está en el mismo sitio en que la dejó la pasión de un hombre que se dedicó a crecer demasiado hacia lo alto sin percatarse de que lo preciso, y lo precioso, era crecer hacia dentro...»


Tarancón, 24 de diciembre de 2009, a la una y cuarto de la madrugada.

Caro amigo:

A ciertas horas de la noche, las manos suelen adentrarse en la biblioteca como aquellos siervos de confianza a los que su Señor ordenaba colgar un farolillo rojo en la puerta de la concubina que había elegido para amar y despertar de nuevo en los primeros instantes del amanecer. Al modo de una aparición que recorre la oscuridad de los pasillos de mi casa, el siervo ha puesto esta noche oscura su farol en los lomos de Fugaz y de tus Días rotos, y en las espaldas de tu maravilloso Retrato de Gustav Mahler en su último regreso a Europa. Libros redentores, Juan Ramón, poemas para la recapitulación y para el retorno.

Me he arrojado sobre sus versos como un pesado fardo de linfas y de sangre que alguien hubiera dejado caer desde su ventana. No ha sido, como otras muchas veces, la necesidad de confortar mi espíritu por las pocas joyas cuyo brillo he podido rescatar -como editor- del sopor y del silencio. Tampoco el gesto de un hombre sorprendido de pronto por las lluvias torrenciales de la melancolía. Ni siquiera la necesidad terrible de estar junto al amigo, mano a mano y Dios mediando en la cocina con una copa de orujo, "sentados frente al mundo, pequeños y solos", en torno a una taza de café caliente.
En realidad, Juan Ramón, no he sido yo, sino él, el que se ha ofrecido como una rada antigua para que yo pudiera guarecer mi barco, desde cuyas sentinas llevo tiempo percibiendo tan sólo el rumor de la extinción y de la renuncia.

Y es que también me pregunto como Mahler en esta larga noche –en esta demasiado larga noche- por quién contemplará las obras que sólo para el viento quise…Por eso he abierto tus poemas, Juan Ramón, porque mi voz ha cesado; porque mi voz no es otra que “la voz alta de quien ya no oye nada” salvo esas notas de deserción que se arrojan sobre mí con la vertiginosa cadencia de una vetana que se cierra.

En mi vida todo está en el mismo sitio en que la dejó la pasión de un hombre que se dedicó a crecer y crecer demasiado hacia lo alto sin percatarse de que lo preciso, y lo precioso, era crecer hacia dentro. Te lo digo porque me he pasado la vida empeñado en escalar enormes montes, olvidándome de las pequeñas mesetas que podrían de haberme otorgado, de haberlas abrazado como abraza un hombre de tierra adentro, el privilegio de una dicha mínima y real.
Me pregunto ahora qué es lo que me condujo a pasarme días enteros a recopilar, estudiar y comprender la poesía a que dió lugar el Holocausto; me pregunto, también, las razones que me llevaron a participar, como editor, en la disolución de los mitos culturales y religiosos que separan a los pueblos de Israel y Palestina. ¿Una suerte de complejo de culpa heredado de otra vida? ¿Acaso la conciencia del dolor del mundo como el origen de mi insatisfacción, incurable e infinita? Soberbia, Juan Ramón, soberbia; la soberbia de quien se creyó capaz, como la burra de Giotto, de soportar a solas el peso del mundo sobre sus espaldas, y de acarrearlo sin descanso ni demora, al modo de un escueto Sísifo, a las cimas de una salvación imposible…

¿Qué queda de ese “subidor montanyas” del que habla nuestra querida Margalit Matitiahu?
Un hombre que necesita acogerse a sí mismo con un poco de piedad.
Un hombre que ha perdido la voz y no acierta a saber adónde cojones ir para encontrarla.
Las "notas de una deserción".
Los "sonidos de una clausura".
"La cadencia de un postigo que se cierra"...

Tuyo.
Carlos.

Postdata.- Mañana iré a tu casa con un queso. ¿Pones tú el vino?


domingo 20 de diciembre de 2009

Carta de amor de la dama japonesa Shigenari al señor Kimura Shigenari




«... Te estaré esperando al final de lo que llaman el camino hacia la muerte...»



Mi señor:

Sé que cuando dos caminantes "se cobijan bajo el mismo árbol y sacian su sed bajo el mismo rio" todo ha sido determinado por su karma de una vida anterior. Durante los últimos años tú y yo hemos compartido la misma almohada como marido y mujer que han decidido vivir y envejecer juntos, y  me he apegado tanto a ti como tu propia sombra. Eso es lo que yo creía y pienso que que ésa era tu impresión sobre nosotros.

Pero ahora he sabido de la empresa final que has decidido emprender, y aunque no podré estar contigo para compartir el gran momento, me regocijo sólo con saberlo. Se dice que (en la víspera de su batalla final) el general de China, Hsiang Yü, aunque era un valiente guerrero, se lamentaba profundamente de dejar a la señora Yü, y que (en nuestro propio país) Kiso Joshinaka lamentaba separse de la señora Matsudono. He abandonado toda esperanza sobre nuestro futuro común en este momento, y (atenta a su ejemplo) he resuelto dar el último paso mientras todavía vives. Te estaré esperando al final de lo que llaman el camino hacia la muerte. Rezo para que nunca, nunca olvides la gran recompensa, profunda como el océano, alta como las montañas, que nos ha sido concedida durante tantos años por nuestro señor, el príncipe Hideyori.

Al señor Shigenarimg Gobernador de Nagato,
de su esposa



Traduccion de Vicent Tuset
Ilustracion: Acuarela China

jueves 17 de diciembre de 2009

Dos cartas tumultuosas de Henry Miller a Anaïs Nin

«... Ayer pensé en ti, en cómo ciñes las piernas en torno a mí, de pie, en cómo se tambalea la habitación, en cómo caigo sobre ti en la oscuridad sin saber nada...»


Terriblemente, terriblemente vivo, afligido, absolutamente consciente de que te necesito. He de verte, te veo brillante y maravillosa y al mismo tiempo le he escrito a June y me siento desgarrado, pero tú lo entenderás, debes entenderlo. Anais, no te apartes de mí. me envuelves como una llama brillante. Anais, por Dios, si supieras lo que siento en este momento. Quiero conocerte mejor. Te quiero. Te quise cuando viniste a sentarte en mi cama -esa segunda tarde fue toda como una cálida neblina- y de nuevo oigo cómo pronuncias mi nombre, con ese extraño acento tuyo. Despiertas en mí tal mezcla de sentimientos que no sé cómo acercarme a ti. Ven a mí, aproxímate a mí, será de lo más hermoso, te lo prometo. No sabes cuánto me gusta tu franqueza, es casi humildad. Sería incapaz de oponerme a ella. Esta noche he pensado que debería estar casado con una mujer como tú. O es que el amor, al principio inspira siempre esos pensamientos?. No temo que quieras herirme. Veo que tú también posees fuerza, de distinto orden, más escurridiza. No, no te romperás. Dije muchas tonterias sobre tu fragilidad. Siempre he sentido un poco de vergüenza, pero la última vez menos. Acabará desapareciendo toda.
Tienes un sentido del humor delicioso; lo adoro. Quiero verte reir siempre. Te lo mereces. He pensad
o en sitios a donde deberíamos ir juntos, sitios oscuros, aquí y allí, en París, por el simple hecho de decir "aquí vine con Anaïs", "aquí comimos, bailamos o nos emborrachamos juntos".
Ay!, verte borracha alguna vez, qué privilegio!, casi me da miedo de proponértelo
; pero Anais, cuando pienso cómo aprietas contra mí, cuán ansiosamente abres las piernas y qué humeda estás, Dios, me vuelvo loco de pensar en cómo serías cuando todo se disuelve. Ayer pensé en ti, en cómo ciñes las piernas en torno a mí, de pie, en cómo se tambalea la habitación, en cómo caigo sobre ti en la oscuridad sin saber nada. Y me estremecí y gemí de placer.
Pienso que si he de pasar todo el fin de semana sin verte, resultará intolerable. Si es preciso, iré a Versailles el domingo - lo que sea, pero he de verte. No temas tratarme con frialdad. Me bastará con estar cerca de ti, con mirarte admirado. Te quiero, eso es todo.

(Esta carta fue remitida a Anaïs por Henry Miller cuando éste no era todavía un fuego editorial)

***


«... Es hermoso amar y ser libre al mismo tiempo....»


Quiero decir que no puedo ser absolutamente leal, no está dentro de lo que soy capaz. Me gustan las mujeres, o la vida, demasiado… No sé cual de las dos cosas. Pero ríe, Anaïs. Me encantaría oírte reír. Eres la única mujer que tiene un sentido de la alegría, una sabia tolerancia; no, es más, parece que me instas a que te traicione. Por eso te amo. Y ¿qué es lo que te lleva a hacer eso, el amor? Es hermoso amar y ser libre al mismo tiempo.
No sé lo que espero de ti, pero es algo parecido a un milagro. Te voy a exigir todo, hasta lo imposible, porque me animas a ello. Eres realmente fuerte. Me gusta incluso tu engaño, tu traición. Me parece aristocrático (¿suena inapropiada la palabra aristocrático en mi boca?).
Sí, Anaïs, pensaba en como traicionarte, pero no puedo. Te deseo. Quiero desnudarte, vulgarizarte un poco… no sé, ay, lo que me digo. Estoy un poco bebido porque tú no te encuentras aquí. Me gustaría dar una palmada y Voilà, ¡Anaïs! Quiero que seas mía, usarte, follarte, enseñarte cosas. No, no siento aprecio por ti, ¡no lo permita Dios! Tal vez quiera hasta humillarte un poco, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué no me arrodillo ante ti y te adoro? No puedo, te amo alegremente ¿Te gusta eso? Y querida Anaïs, soy tantas cosas. Ves solamente las cosas buenas ahora, o al menos eso es lo que me haces creer. Quiero tenerte al menos un día entero conmigo. Quiero ir a sitios contigo, poseerte. No sabes lo insaciable que soy, ni lo misera
ble, además de egoísta.
Me he portado bien contigo. Pero te advierto, no soy ningún ángel. Pienso principalmente que estoy un poco borracho. Me voy a la cama; resulta demasiado doloroso permanecer despierto. Soy insaciable. Te pediré que hagas lo imposible. No sé lo que es. Probablemente tú me lo dirás. Eres más rápida que yo. Me encanta tu coño, Anaïs, me vuelve loco. Y tu manera de pronunciar mi nombre. ¡Dios mío, parece irreal! Escucha, estoy muy ebrio. No soporto estar aquí solo. Te necesito. ¿Puedo pedírtelo todo? Puedo ¿Verdad? Ven enseguida y fóllame. Descarga conmigo. Rodéame con las piernas. Caliéntame.



Henry y June. Anaïs Nin (Diario íntimo)

miércoles 16 de diciembre de 2009

Carta de Gandhi a Adolf Hitler


«... En la táctica no violenta, como he dicho, no existe la derrota. Todo es "Vencer o morir" sin matar ni hacer daño ...»


24 de diciembre de 1940


Algunos amigos me han instado a escribirle en nombre de la humanidad. Pero me he resistido a su petición, porque me parecía que una carta mía sería una impertinencia. Con todo, algo me dice que no tengo nada que calcular para hacer un llamiento por todo cuanto merezca la pena.

Está muy claro que es usted hoy la única persona en el mundo que puede impedir una guerra que podría reducir a la humanidad al estado salvaje. ¿Tiene usted que pagar ese precio por un objetivo, por muy digno que pueda parecerle? ¿Querrá escuchar el llamamiento de una persona que ha evitado deliberadamente el método de la guerra, no sin considerable éxito? De todos modos, cuento de antemano con su perdón si he cometido un error al escribirle.

Yo no tengo enemigos. Mi ocupación en la vida durante los últimos treinta y tres años ha sido ganarme la amistad de toda la humanidad confraternizando con los seres humanos, sin tener en cuenta la raza, el color o la religión.

Espero que tenga usted el tiempo y el deseo de saber cómo considera sus actos una buena parte de la humanidad que vive bajo la influencia de esa doctrina de la amistad universal. Sus escritos y pronunciamientos y los de sus amigos y admiradores no dejan lugar a dudas de que muchos de sus actos son monstruosos e impropios de la dignidad humana, especialmente en la estimación de personas que, como yo, creen en la amistad universal. Me refiero a actos como la humillación de Checoslovaquia, la violación de Polonia y el hundimientode Dinamarca. Soy consciente de que su visión de la vida considera virtuosos tales actos de expoliación. Pero desde la infancia se nos ha enseñado a verlos como actos degradantes para la humanidad. Por eso no podemos desear el éxito de sus armas.

Pero la nuestra es una posición única. Resistimos al imperialismo británico no menos que al nazismo. Si hay alguna diferencia, será muy pequeña. Una quinta parte de la raza humana ha sido aplastada bajo la bota británica empleando medios que no superan el menor examen. Ahora bien, nuestra resistencia no significa daño para el pueblo británico. Tratamos de convertirlos, no de derrotarlos en el campo de batalla. La nuestra es una rebelión no armada contra el gobierno británico. Pero los convirtamos o no, estamos totalmente decididos a conseguir que su gobierno sea imposible mediante la no colaboración no violenta. Es un método invencible por naturaleza. Se basa en el conocimiento de que ningún expoliador puede lograr sus fines sin un cierto grado de colaboración, voluntaria u obligatoria, por parte de la víctima. Nuestros gobernantes pueden poseer nuestra tierra y nuestros cuerpos, pero no nuestras almas. Pueden tener lo primero sólo si destruyen por completo a todos los indios: hombres, mujeres y niños. Es cierto que no todos podrán llegar a tal grado de heroísmo, y que una buena dosis de temor puede doblegar la revolución; pero eso es irrelevante. Pues si en la India hay un número suficiente de hombres y mujeres que están dispuestos, sin ninguna mala voluntad contra los expoliadores, a entregar sus vidas antes que doblar la rodilla ante ellos, habrán mostrado el camino hacia la libertad de la tiranía de la violencia. Le pido que me crea cuando digo que encontrará usted un inesperado número de tales hombres y mujeres en la India. Durante los últimos veinte años han estado formándose para ello.


Durante el último medio siglo hemos estado intentando liberarnos del gobierno británico. El movimiento por la independencia no ha sido nunca tan fuerte como ahora. El Congreso Nacional Indio, que es la organización política más poderosa, está tratando de conseguir este fin. Hemos logrado un éxito muy apreciable por medio del esfuerzo no violento. Estamos buscando los medios correctos para combatir la violencia más organizada en el mundo, representada por el poder británico. Usted le ha desafiado. Ahora queda por ver cuál es el mejor organizado: el alemán o el británico. Sabemos lo que la bota británica significa para nosotros y las razas no europeas del mundo. Pero nunca desearíamos poner fin al gobierno británico con la ayuda de Alemania. En la no violencia hemos encontrado una fuerza que, si está organizada, sin duda alguna puede enfrentarse a una combinación de todas las fuerzas más violentas del mundo. En la táctica no violenta, como he dicho, no existe la derrota. Todo es «Vencer o morir» sin matar ni hacer daño. Se puede usar prácticamente sin dinero y, claro está, sin la ayuda de la ciencia de la destrucción que tanto han perfeccionado ustedes.

Me asombra que no perciba usted que esa ciencia no es monopolio de nadie. Si no son los ingleses, será otra potencia la que ciertamente mejorará el método y les vencerá con sus propias armas. Además, no está dejando a su pueblo un legado del que pueda sentirse orgulloso, pues no hay posibilidad de orgullo en tener que de recitar una larga lista de crueldades, por muy hábilmente que hayan sido planeadas.

Por consiguiente, apelo a usted, en nombre de la humanidad, para que detenga la guerra. No perderá nada si pone todos los asuntos en litigio entre usted y Gran Bretaña en manos de un tribunal internacional elegido de común acuerdo. Si tiene éxito en la guerra, ello no probará que usted tenía razón. Sólo probará que su poder de destrucción era mayor. Por el contrario, una sentencia de un tribunal imparcial mostrará, en la medida en que es humanamente posible, cuál de las partes tenía razón.

Sepa que, no hace mucho tiempo, hice un llamamiento a todos los ingleses para que aceptaran mi método de resistencia no violenta. Lo hice porque los ingleses saben que soy un amigo, pese a ser un rebelde. Soy un desconocido para usted y para su pueblo. No tengo coraje suficiente para hacerle el llamamiento que hice a todos los ingleses, aunque lo aplique con la misma fuerza a usted que a los británicos.

Durante esta estación, cuando los corazones de los pueblos de Europa ansían la paz, hemos suspendido incluso nuestra pacífica lucha. ¿Es demasiado pedir que haga un esfuerzo por la paz en un tiempo que tal vez no signifique nada para usted personalmente, pero que significa mucho para los millones de europeos cuyo mudo grito de paz oigo, pues mis oídos pueden escuchar la voz de millones de personas mudas?

***




No está claro, pero parece ser que la carta fue requisado por los servicios secretos británicos, y que nunca llegó a su destino. Sus palabras ponen en evidencia, en todo caso, las presuntas connivencias entre ambos personajes destacadas por algunos historiadores.




sábado 1 de diciembre de 2007

"Carta en mano" de Julio Cortázar a Felisberto Hernández


«... las más sutiles relaciones de las cosas, la dama sin ojos de los más antiguos elementos; el fuego y el humo inaprensibles; la alta cúpula de la nube y el mensaje del azar en una simple hierba; todo lo maravilloso y oscuro del mundo estaba en ti...»



Felisberto, tú sabes (no escribiré "tú sabías"; a los dos nos gustó siempre transgredir los tiempos verbales, justa manera de poner en crisis ese otro tiempo que nos hostiga con calendarios y relojes), tú sabes que los prólogos a las ediciones de obras completas o antológicas visten casi siempre el traje negro y la corbata de las disertaciones magistrales, y eso nos gusta poquísimo a los que preferimos leer cuentos o contar historias o caminar por la ciudad entre dos tragos de vino. Descuento que esta edición de tus obras contara con los aportes críticos necesarios; por mi parte prefiero decirles a quienes entren por estas páginas lo que Antón Webern le decía a un discípulo: "Cuando tenga que dar una conferencia, no diga nada teórico sino más bien que ama la música". Aquí para empezar no habrá ni sospecha de conferencia, pero a vos te divertirá el buen consejo de Webem por la doble razón de la palabra y la música, y sobre todo te gustara que sea un músico el que nos abra la puerta para ir a jugar un rato a nuestra manera rioplatense.

Esto de abrir la puerta no es un mero recuerdo infantil. En estos días en que andaba dándole la vuelta a la máquina de escribir como un perrito necesitado de árbol, encontré cosas tuyas y sobre vos que no conocía en los remotos tiempos en que por primera vez leí tus libros y escribí páginas que tanto te buscaban en el terreno de la admiración y del afecto. Y te imaginarás mi sorpresa (mezclada con algo que se parece al miedo y a la nostalgia frente a lo que nos separa) cuando llegué a un epistolario recogido por Norah Giraldi, en el que aparecen las cartas que le escribiste a tu amigo Lorenzo Destoc mientras hacías una gira musical por la provincia de Buenos Aires. Como si nada, sin el menor respeto hacia un amigo como yo, fechas una carta en la ciudad de Chivilcoy, el 26 de diciembre de 1939. Así, tranquilamente, como hubieras podido fecharía en cualquier otro lado, sin demostrar la menor preocupación por el hecho de que en ese año yo vivía en Chivilcoy, sin inquietarte por la sacudida que me darías treinta y ocho años más tarde en un departamento de la calle Saint-Honoré donde estoy escribiéndote al filo de la medianoche.

No es broma, Felisberto. Yo vivía entonces en Chivilcoy, era un joven profesor en la escuela normal, vegeté allí desde el 39 hasta el 44 y podríamos habernos encontrado y conocido. De haber estado a fines de ese diciembre no hubiera faltado al concierto del Terceto Felisberto Hernández, como no faltaba a ningún concierto en esa aplastada ciudad pampeana por la simple razón de que casi nunca había concierto, casi nunca pasaba nada, casi nunca se podía sentir que la vida era algo más que enseñar instrucción cívica a los adolescentes o escribir interminablemente en un cuarto de la Pensión Varzilio. Pero habían empezado las vacaciones de verano y yo aprovechaba para volver a Buenos Aires donde me esperaban mis amigos, los cafés del centro, amores desdichados y el último número de Sur. Vos tocaste con tu terceto en eso que llamas a secas "el club" y que conocí muy bien, el Club Social de Chivilcoy detrás de cuyo amable nombre se escondían las salas donde el cacique político, sus amigos, los estancieros y los nuevos ricos se trenzaban en el póquer y el billar. Cuando en tu carta le decís a Destoc que la discusión para que te aceptaran y te pagaran el concierto se libró junto a una mesa de billar, no me enseñas nada nuevo porque en ese club todas las cosas se libraban así. Muy de cuando en cuando, a regañadientes pero obligados a cuidar la fachada de las "actividades culturales", los dirigentes accedían a un concierto o a una velada presuntamente artística, que pagaban mal y sin ganas y que escuchaban apoyándose entredormidos en el hombro de sus nobles esposas.

Si te hablara de algunas cosas que vi y escuché en esos tiempos no te sorprenderían demasiado y en todo caso te divertirían, vos que les contabas tantos cuentos a tus amigos como un preludio para aflojar los dedos antes de refugiarte en tu cuarto de hotel y escribir tus cuentos, justamente ésos que hubiera sido imposible contar sin destruir su razón más profunda. En esos mismos salones donde tocaste con tu terceto yo escuché, entre otras abominaciones, a un señor que primero contempló al público con aire cadavérico (probablemente tenía hambre) y luego exigió silencio absoluto y concentración estética pues se disponía a interpretar la... sinfonía inconclusa de Schubert. Yo me estaba frotando todavía los oídos cuando arrancó con un vulgar potpourri en el que se mezclaban el Ave María, la Serenata, y creo que un tema de Rosamunda; entonces me acordé de que en los cines andaban pasando una película sobre la vida del pobre Franz que se llamaba precisamente La sinfonía inconclusa, y que este desgraciado no hacía más que reproducir la música que había escuchado en ella. Inútil decirte que en el selecto público no hubo nadie a quien se le ocurriera pensar que una sinfonía no ha sido escrita para el piano.

En fin, Felisberto, ¿vos te das cuenta, te das realmente cuenta de que estuvimos tan cerca, que a tan pocos días de diferencia yo hubiera estado ahí y te hubiera escuchado? Por lo menos escuchado, a vos y al "mandolión" y al tercer músico, aunque no supiera nada de vos como escritor porque eso habría de suceder mucho después, en el cuarenta y siete, cuando Nadie encendía las lámparas. Y sin embargo creo que nos hubiéramos reconocido en ese club donde todo nos habría proyectado el uno hacia el otro, yo te habría invitado a mi piecita para darte cana y mostrarte libros y quizá, vaya a saber, alguno de esos cuentos que escribía por entonces y que nunca publiqué. En todo caso hubiéramos hablado de música y escuchado los discos que yo pasaba en una vitrola más que rasposa pero de donde salían, cosa inaudita en Chivilcoy, cuartetos de Mozart, pailitas de Bach y también, claro, Gardel y Jelly Roll Morton y Bing Crosby. Sé que nos hubiéramos hecho amigos, y anda a imaginar lo que habría salido de ese encuentro, cómo habría incidido en nuestro futuro después de conocernos en Chivilcoy; pero claro, justamente entonces yo tenía que irme a Buenos Aires y a vos se te ocurría elegir ese hueco para dar tu concierto. Fíjate que las órbitas no solamente se rozaron ahí sino que siguieron muy cerca durante una punta de meses. Por tus cartas sé ahora que en junio del 40 estabas en Pehuajó, en julio llegaste a Bolívar, de donde yo había emigrado el año anterior después de enseñar geografía en el colegio nacional, horresco referens. Andabas dando tumbos musicales por mi zona, Bragado, General Villegas, Las Flores, Tres Arroyos, pero no volviste a Chivilcoy, la batalla junto a la mesa de billar había sido demasiado para vos. Todo eso asoma ahora en tus cartas como de un extraño portulano perdido, y también que en Bolívar paraste en el hotel La Vizcaína, donde yo había vivido dos años antes de mi pase a Chivilcoy, y no puedo dejar de pensar que a lo mejor te dieron la misma pieza flaca y fría en el piso alto, allí donde yo había leído a Rimbaud y a Keats para no morirme demasiado de tristeza provinciana. Y el nuevo propietario, que se llamaba Musella, te acompañó sin duda hasta tu pieza, frotándose las manos con un gesto entre monacal y servil que bien le conocí, y en el comedor te atendió el mozo Cesteros, un gallego maravilloso siempre dispuesto a escuchar los pedidos más complicados y traer después cualquier cosa con una naturalidad desarmante. Ah, Felisberto, qué cerca anduvimos en esos años, qué poco faltó para que un zaguán de hotel, una esquina con palomas o un billar de club social nos vieran damos la mano y emprender esa primera conversación de la que hubiera salido, te imaginas, una amistad para la vida.

Porque fíjate en esto que mucha gente no comprende o no quiere comprender ahora que se habla tanto de la escritura como única fuente válida de la crítica literaria y de la literatura misma. Es cierto que a mí no me hizo falta encontrarte en Chivilcoy para que años más tarde me deslumbraras en Buenos Aires con El acomodador y Menos Julia y tantos otros cuentos; es cierto que si hubieras sido un millonario guatemalteco o un coronel birmano tus relatos me hubieran parecido igualmente admirables. Pero me pregunto si muchos de los que en aquel entonces (y en éste, todavía) te ignoraron o te perdonaron la vida, no eran gentes incapaces de comprender por qué escribías lo que escribías y sobre todo por qué lo escribías así, con el sordo y persistente pedal de la primera persona, de la rememoración obstinada de tantas lúgubres andanzas por pueblos y caminos, de tantos hoteles fríos y descascarados, de salas con públicos ausentes, de billares y clubs sociales y deudas permanentes. Ya sé que para admirarte basta leer tus textos, pero si además se los ha vivido paralelamente, si además se ha conocido la vida de provincia, la miseria del fin de mes, el olor de las pensiones, el nivel de los diálogos, la tristeza de las vueltas a la plaza al atardecer, entonces se te conoce y se te admira de otra manera, se te vive y convive y de golpe es tan natural que hayas estado en mi hotel, que el gallego Cesteros te haya traído las papas fritas, que los socios del club te hayan discutido unas pocas monedas entre dos golpes de billar. Ya casi no me asombra lo que tanto me asombró al leer tus cartas de ese tiempo, ya me parece elemental que anduviéramos tan cerca. No solamente en ese momento y esos lugares; cerca por dentro y por paralelismos de vida, de los cuales el momentáneo acercamiento físico no fue más que una sigilosa avanzada, una manera de que a tantos años de una mesa de billar, a tantos años de tu muerte, yo recibiera fuera del tiempo el signo final de la hermandad en esta helada medianoche de París.

Porque además también viviste aquí, en el barrio latino, y como a mí te maravilló el metro y que las parejas jóvenes se besaran en la calle y que el pan fuera tan rico. Tus cartas me devuelven a mis primeros años de París, tan poco tiempo después que vos; también yo escribí cartas afligidas por la falta de dinero, también yo esperé la llegada de esos cajoncitos en los que la familia nos mandaba yerba y café y latas de carne y de leche condensada, también yo despaché mis cartas por barco porque el correo aéreo costaba demasiado. Otra vez las órbitas tangenciales, el roce sigiloso sin que nos diéramos cuenta; pero qué querés, a mí me tocaría encontrarte en tus libros y a vos no encontrarme en nada; en ese territorio en que habitamos eso no tuvo ni tiene importancia, como no la tiene el que ahora yo no lleve esta carta al correo. De cosas así vos sabías mucho, bien que lo mostrás en Las manos equivocadas y en tantos otros momentos de tus relatos que al fin y al cabo son cartas a un pasado o a un futuro en los que poco a poco van apareciendo los destinatarios que tanto te faltaron en la vida.

Y hablando de faltas, si por un lado me duele que no nos hayamos conocido, más me duele que no encontraras nunca a Macedonio y a José Lezama Lima, porque los dos hubieran respondido a ese signo paralelo que nos une por encima de cualquier cosa, Macedonio capaz de aprehender tu búsqueda de un yo que nunca aceptaste asimilar a tu pensamiento o a tu cuerpo, que buscaste desesperadamente y que el Diario de un sinvergüenza acorrala y hostiga, y Lezama Lima entrando en la materia de la realidad con esas jabalinas de poesía que decosifican las cosas para hacerlas acceder a un terreno donde lo mental y lo sensual cesan de ser siniestros mediadores. Siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos a la hora de Menos Irene y de La casa inundada.

Bueno, se me acaba el papel y ya sabemos que el franqueo es caro, por lo menos el que paga el lector con su atención. Acaso hubiera sido preferible callar cosas que siempre supiste mejor que los demás, pero confesa que la historia de la sinfonía inconclusa te hizo reír, y que seguro te gustó saber que habíamos estado tan cerca allá en las pampas criollas. Esta carta te la debía aunque no sea ni de lejos las que te escriben otros más capaces. A mí me pasó lo que vos mismo dijiste tan bien: "Yo he deseado no mover más los recuerdos y he preferido que ellos durmieran, pero ellos han soñado". Ahora llega el otro sueño, el de las dos de la mañana. Dejame que me despida con palabras que no son mías pero que me hubiera gustado tanto escribirte. Te las escribió Paulina también de madrugada, como un resumen de lo que había encontrado en vos: Las más sutiles relaciones de las cosas, la dama sin ojos de los más antiguos elementos; el fuego y el humo inaprensibles; la alta cúpula de la nube y el mensaje del azar en una simple hierba; todo lo maravilloso y oscuro del mundo estaba en ti.

Te querrá siempre
Julio Cortázar



Los muchos dineros que costaba el franqueo postal en aquellos años, impidieron a Julio Cortázar hacer llegar esta larga carta a su destinatario, escrita en una madrugada de París allá por los ochenta y dirigida a su amigo y gran cuentista y músico uruguayo Felisberto Hernández, que había muerto 17 años antes. En ella, el autor de Rayuela relata los hilos dorados que le unieron a la mano que talló Menos Irene muchos años antes de que compartieran su primer mate caliente, bien aderezado con música y palabras. La carta aparece recogida en la Obra crítica de Cortázar (Alfagara), aunque nosotros la rescatamos de la casa inundada de Patricia Damiano, cuyas habitaciones -llenas de lugares secretos y no pocos placeres- conviene transitar en la hora que no es de los búhos ni de las alondras...










martes 27 de noviembre de 2007

Carta a mí mismo, compartida

«...Trágico sarcasmo que un ser que creó la hermosura con su mirada hubiera de destruirla a continuación con sus propias manos...»

Juan BLANCO

E
n este lado de la mar Océana, las lluvias me trajeron un largo resfrío que me recordó una vez más que he de dejar el tabaco. También las lluvias trajeron una vez más ese olor de tiempo que vuelve y a la vez evidencia que los otros ya no volverán. Pero sigue la vida, sigo a la vida, y llega otro otoño y yo también tengo el dulce amor, la curiosidad y el ímpetu, tengo los árboles y las montañas y las nubes y las estrellas y los gatos y tantas músicas y el revuelto de espárragos con vino joven de Cádiz, pero qué hacer si todos los buenos momentos tienen la anuencia del olvido, el resquemor de la renuncia implícita a romper la baraja. Qué hacer si no es posible ser feliz en este caldero labrado a golpes, si es imposible encontrar en el incendio la paz que otros dicen encontrar, si habría de enterrar el mundo bajo toneladas de sombras, y aún así llegarían los llantos de los dolientes y la enhiesta codicia de los que los hacen doler, y aún si no llegaran, el propio túmulo que los ocultare sería un grito a los cielos, cerrados siempre a cal y canto...

A fin de cuentas, no puedo celebrar más que mi privilegio, y eso no sería digno. Quizá, celebrar el sentir del puro eco de mis pies aún en la tierra cuando todo parece temblar. A lo demás, no hay asidero suficiente, no es posible salir del círculo de la muerte que mata antes y después de llegar, que es convocada aún cuando no es su hora, la muerte innecesaria que corrompe todos los espejos donde se contempla este vano animal enloquecido, este desdichado semidiós que cada día empuja al mundo inocente hacia el abismo, después de haber empujado cada milenio a todos sus moradores. Pues conculcó el único orden posible y que le preexistía, aquel que dicta "Hacer sólo lo necesario. Sufrir sólo lo imprescindible".

Únicamente un planeta sin humanos devolvería al mundo esa belleza que los autoproclamados "poetas" pugnamos por convocar, que creemos encontrar cada vez que cerramos las ventanas y hacemos garabatos autistas sobre el papel, la pantalla o la memoria. Trágico sarcasmo que un ser que creó la hermosura con su mirada hubiera de destruirla a continuación con sus propias manos... Entretanto, todo lo hermoso es melancólico, todo lo feo es ridículo, todo lo horrible es absurdo. Y toda celebración, un amago de salvación individual que contemplo con la curiosidad humillante del etólogo, con la estricta moral del agorero que sabe que no hay salvación posible si no nos salvamos todos.

Tras esta enésima catarsis, enciendo otro cigarro y contemplo en el don del atardecer mi propia ceremonia del olvido.


Abrazos
Juan

miércoles 24 de octubre de 2007

De Martin Heidegger a Hannah Arendt




«...sólo tenemos el derecho de existir si somos capaces de que nos importe...»

Queridísima! Gracias por tu carta. Si solamente pudiera decirte cómo soy feliz contigo, acompáñándote mientras tu vida y tu mundo se abren de nuevo. Apenas puedo ver cuánto has entendido y cómo todo es providencial. Nadie aprecia jamás cómo es la experimentación consigo mismo, por esa circusntancia, todos los compromisos, técnicas, moralización, escapismo, cierran nuestro crecimiento, inhibiendo y torciendo la providencia de Ser. Y esta distorsión gira en torno a cómo, a pesar de todos nuestros sustitutos para la "fe," no tenemos ninguna fe genuina en la existencia en sí misma y no entendemos cómo sostener cualquier cosa como ésa por nosotros mismos. Esta fe en la providencia no excusa nada, y no es un escape que me permita terminar conmigo de una manera fácil. Solamente esa fe -que como fe en en el otro es amor- puede realmente aceptar al "otro" totalmente. Cuando veo que mi alegría en ti es grande y creciente, es que también tengo fe en todo lo que sea tu historia. No estoy erigiendo un ideal ni me estoy dejando caer en la tencación de educarte, o a cualquier cosa que se asemeja a eso. Por suerte, a ti -tal y como eres y seguirás siendo con tu historia- así es cómo te quiero. Sólo así es el amor fuerte para el futuro, y no sólo el placer efímero de un momento: sólo entonces es el potencial del otro también movido y consolidado para las crisis y las luchas que siempre se presentan. Pero tal fe también se guarda de emplear mal la confianza del otro en el amor. El amor que pueda ser feliz en el futuro es el amor que ha echado raíz. El efecto de la mujer y su ser es mucho más cercano a los orígenes para nosotros, menos transparentes, es más providencial, pero también más fundamental. Tenemos un efecto solamente en cuanto somos capaces de dar: si el regalo es aceptado siempre inmediatamente, o en su totalidad, es una cuestión de poca importancia. Y nosotros, cuanto mucho, sólo tenemos el derecho de existir si somos capaces de que nos importe. Nosotros podemos dar solamente lo que pedimos de nosotros mismos. Y es la profundidad con la cual yo mismo puedo buscar mi propio Ser, que determina la naturaleza de mi ser hacia otros. Y ese amor es la herencia gratificante de la existencia, que puede ser. Y así es que la nueva paz se desprende de tu rostro, el reflejo no de una felicidad que flota libremente, pero sí de la resolución y la bondad en las que tú eres enteramente tú.





Tu Martin.


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Pocas historias de amor han causado tanta polvareda como la que unió desde 1924 a Martin Heidegger con Hanna Arendt; el primero era militante nazi, y unos de los filósofos sobre los que el nazismo había levantado su particular visión del mundo; la otra, era una joven judía que, no tardando mucho, se convirtió en la conciencia fustigante de aquellos judíos que no habían -según ella- tenido el valor de rebelarse contra el nazismo.

viernes 19 de octubre de 2007

Franz Kafka a Max Brod

«Lo que he escrito fue hecho en un baño tibio, no he vivido el infierno eterno de los verdaderos escritores, a excepción de unos pocos arrebatos que puedo ignorar en mi juicio, a pesar de su fuerza quizá infinita...»


Carta de Franz Kafka a Max Brod
Sanatorio naturista Jungborn en el Harz 22 VII 1912

Mi muy querido Max, ¿jugamos una vez más al juego de los niños infelices? Uno señala al otro y recita su antiguo verso. Tu opinión actual sobre ti mismo es un capricho filosófico, mi mala opinión sobre mí mismo no es una mala opinión trivial. En esta opinión quizá se halle mi única virtud, después de haberla delimitado adecuadamente en el transcurso de mi vida, es aquello en lo que jamás, jamás he tenido que dudar, me da un orden para mí mismo y me tranquiliza suficientemente, a mí, que me rindo de inmediato ante la falta de claridad. Estamos suficientemente cerca uno de otro como para poder ver los entresijos en la argumentación de la opinión del otro. Yo incluso he llegado a detalles y ellos me han alegrado más de lo que tú aprobarías -¿de qué otro modo podría seguir sosteniendo la pluma en mano? Nunca he sido de aquellos que sacan adelante alguna cosa a cualquier precio. Pero precisamente de eso se trata. Lo que he escrito fue hecho en un baño tibio, no he vivido el infierno eterno de los verdaderos escritores, a excepción de unos pocos arrebatos que puedo ignorar en mi juicio, a pesar de su fuerza quizá infinita, debido a su escasa frecuencia y a la debilidad con que se manifestaron. También aquí escribo, muy poco desde luego, me lamento de mí mismo y también me alegro; éste es el modo en que las mujeres piadosas rezan a Dios, pero en las historias bíblicas se deberá pasar mucho tiempo antes de que pueda mostrar lo que ahora te escribo a ti, y aunque sólo sea por mí. Está elaborado sobre la basede pequeñas piezas más bien alineadas que entrelazadas; durante mucho tiempo seguirá por un camino recto, antes de llegar a formar el círculo deseado, y en aquel instante, en función del cual trabajo, las cosas no resultarán en absoluto más fáciles, mucho más probable es que, habiendo sido inseguro, pierda la cabeza. Por esto, será algo de lo que se podrá hablar solamente cuando concluya la primera versión.
¿No hiciste mecanografiar el Arche? ¡Esto si que lo ha golpeado! Y yo no le escribo y no le escribo. Por favor, diles a la Srta. T. y a Weltschy, y si es posible, a los Baum que los quiero a todos y que el cariño no tiene nada que ver con escribir cartas. Dile de tal forma que sea acogido mejor y más amablemente que tres cartas reales. Si quieres, puedes hacerlo. En nuestra historia común me ha alegrado únicamente, aparte de algunos detalles, el estar sentado junto a ti los domingos (haciendo excepción, desde luego, de los ataques de desesperación) y esta alegría me seduciría de inmediato y me arrojaría a continuar el trabajo. Pero tú tienes cosas más importantes que hacer, aunque sólo fuera el Ulises. Carezco de todo talento organizativo y por eso ni siquieras oy capaz de inventar un título para el anuario. Pero no olvides que en la invención los títulos mediocres o incluso malos alcanzan un buen prestigio por influencias probablemente caprichosas de la realidad. ¡No digas nada contra la sociabilidad! También vine aquí por la gente y estoy satisfecho de que al menos en esto no me haya equivocado. ¡Cómo vivo en Praga! Esta necesidad que tengo de la gente y que se transforma en temor tan pronto se satisface, sólo está a gusto durante las vacaciones; sin duda que he cambiado un poco. Por otra parte, no leíste con atención mi horario, hasta las 8 escribo poco, pero después de las 8 nada, aunque es cuando más libre me siento. Escribiría más sobre esto si no hubiera pasado todo el día tan tontamente con juegos de balón y de naipes y sentado y recostado en el prado. ¡No hago excursiones! El mayor peligro es que ni siquiera veré el fragmento. ¡Si supieras cómo transcurre este corto tiempo! ¡Si fluyera con tanta claridad como el agua, pero se escurre como el aceite! El sábado por la tarde me iré de aquí (pero hasta entonces me gustaría mucho recibir una tarjeta tuya), me quedaré el domingo en Dresde y llegaré por la noche a Praga. No iré por Weimar únicamente por una debilidad que vislumbro a distancia. Recibí una pequeña carta suya con saludos de propia mano de la madre y tres fotografías. En las tres se la ve en distintas posiciones, en relación con las fotografías anteriores son incomparablemente nítidas y ¡es bella!. Y yo iré a Dresde fingiendo obligación y visitaré el jardín zoológico ¡que es donde debiera estar!


Franz





OOO


Esta misiva es una de de las que aparecen en el libro Franz Kafka, Cartas a Max Brod (1904-1924), traducidas por Pablo Diener-Ojeda para Grijalbo-Mondadori. Nos ha facilitado mucho su traducción su aparición en ese amplísimo territorio que es
Factor Serpiente que Patricina Damiano dirige desde Argentina, y cuyo espacio animamos jubilosamente a visitar.




miércoles 10 de octubre de 2007

Stéphane Mallarmé a Henri Cazalis


«Lo que mi ser ha sufrido durante esta larga agonía es inenarrable, aunque, afortunadamente, estoy perfectamente muerto, y la región más impura a donde mi Espíritu podría aventurarse es la Eternidad»


Besanzón, viernes [martes] 14 de mayo de 1867.
Rue de Poithune, 36.

Querido y más querido:

Me aprovecho, para responderte, de la fascinante emoción que produjo en mi tu carta. Tienes razón, ¿qué podemos decirnos? Mientras que, si estuviéramos juntos, nos dejariamos llevar de la mano en interminables conversaciones, por un largo sendero de árboles que desembocaría en un surtidor de agua, por ahora el pavor de una hoja de papel blanco, que parece reclamar los versos por tanto tiempo soñados, y que no obtendrá más que unas cuantas líneas de una amistad que ha llegado a ser tan parte de uno mismo que la he olvidado, como al resto de mi, ¡me libra casi de un sacrilegio!
Acabo de superar un año pavoroso: mi Pensamiento se pensó a si mismo y arribó a una Concepción Pura. Lo que, por repercusión, mi ser ha sufrido, durante esta larga agonía, es inenarrable, aunque, afortunadamente, estoy perfectamente muerto, y la región más impura a donde mi Espíritu podría aventurarse es la Eternidad; mi Espíritu, ese solitario asiduo de su propia Pureza, a la que ni siquiera el reflejo del Tiempo oscurece. Desgraciadamente, llegué ahí a través de una horrible sensibilidad, y ya es tiempo de que la envuelva en una indiferencia exterior, que suplirá en mí la fuerza gastada. Actualmente me hallo, luego de una síntesis suprema, en esta lenta adquisición de fuerza -incapacitado como ves para distraerme. Cuánto más lo estaba, hace varios meses, inmerso en mi lucha terrible contra ese plumaje viejo y perverso, felizmente ya derribado, Dios. Mas como esta lucha se mantuvo sobre su ala huesuda que, en una agonía más vigorosa de lo que podría haber esperado de él, me arrojó a las Tinieblas caí, perdida e infinitamente victorioso -hasta que, por fin, un día me miré frente a mi espejo veneciano, tal como me había olvidado meses atrás.
Confieso, por lo demás, pero a ti solamente, que aún tengo necesidad, así de grandes han sido los deterioros de mi triunfo, de mirarme en ese espejo para pensar, y que si no estuviera colocado frente a la mesa en donde te escribo esta carta, yo me volvería a convertir en la Nada. Así te hago saber que soy actualmente impersonal, ya no más el Stéphane que tú conociste -sino una aptitud que posee el Universo Espiritual de contemplarse y desarrollarse, a través del que yo fui.
Frágil tal cual es mi aparición terrestre, sólo puedo padecer los desarrollos absolutamente necesarios para que el Universo reencuentre, en este yo, su identidad. De tal manera, a la hora de la Sintesis, acabo de delimitar la obra que será la imagen de ese desarrollo. Tres poemas en verso, cuya Obertura será Herodias, pero con una pureza que el hombre jamás ha alcanzado -y quizá jamás alcance, pues podría ser que yo no fuese más que el juguete de una ilusión, y que la máquina humana no sea lo suficientemente perfecta para llegar a semejantes resultados. Y cuatro poemas en prosa, sobre la concepción espiritual de la Nada. Me hacen falta diez años: ¿los tendré? Padezco en todo momento del pecho, no es que esté infectado, pero es de una delicadeza terrible, que el clima sombrío, húmedo y glacial de Besanzón cultiva en mi. Quiero mudarme de esta ciudad hacia el sur, a los Pirineos quizá, en las vacaciones, e irme a sepultar, hasta dar termino a mi Obra, en un Tarbes cualquiera, si hallo lugar. Esto es imprescindible, porque moriría de un invierno más en Besanzón. Por desgracia, no dispondré de dinero suficiente para ir a París, pues vivo muy miserablemente, aquí, donde todo es exageradamente caro, incluso las chuletas. Así que más valdría que me vinieses a visitar, o corremos el serio riesgo de jamás reunirnos. Lefébure va a pasar un mes con nosotros, ¿por qué no haces lo mismo? Tus vacaciones comienzan pronto, creo. Así que ven.
Para terminar con lo mío, te cuento que Marie y Genevieve’ están en la etapa del crecimiento, y son tremendas, lo que me resulta menos penoso que en otro tiempo, ahora que mi sistema nervioso ha vuelto a mí, por así decirlo, y sólo alguna cosa absurda me produce el daño que hace un año me provocaban los gritos de estas niñas. -iSi supieras cuánto te agradecemos la Aritmética de Mademoiselle Lili! Perdóname, Henri, por no haberte transmitido antes mis gracias.
-Ahora, a lo tuyo. Tus títulos y proyectos poéticos me fascinan. He realizado un descenso a la Nada lo suficientemente largo para poder hablar con certeza. No existe nada más que la Belleza; -que tiene sólo una expresión perfecta, la Poesía. Todo lo demás es engaño -a excepción, para quienes viven del cuerpo, del amor, y de ese amor del espíritu que es la amistad.
Espero que tu reina de Saba9 y mi Herodías sean amigas. -Ya que eres lo suficientemente dichoso como para, además de la Poesía, poder tener amor, ama: en ti, el Ser y la Idea habrían hallado ese paraiso, que la pobre humanidad anhela solamente para su muerte, por ignorancia y pereza, y, cuando sueñes con la Nada futura, con esas dos dichas cumplidas, no estarás triste y la Nada te parecerá incluso muy natural
-Para mi, la poesía ocupa el lugar del amor, porque está apasionada de sí misma y su voluptuosidad recae deliciosamente [en] mi alma: pero confieso que la Ciencia que he adquirido, o reencontrado en el fondo del hombre que fui, no me será suficiente, y que no será sin una verdadera angustia que ingrese yo en la Desaparición suprema, si no he concluido mi obra, que es la Obra, la Gran Obra, como decían los alquimistas, nuestros ancestros.
Así, aunque el Poeta tenga a su mujer en el Pensamiento y a su hijo en la Poesía, adora tú a Ettie,” a quien yo amo como a una rara hermana ¿O no está ligada a toda mi infancia, como tú, Henri -pues antes de mis primeros versos, que remontan al tiempo en que te conocí, no éramos más que los fetos de nuestros espíritus -fetos muy sabáticos, recuerdas?
Adiós, Geneviéve y yo te mandamos un abrazo, y Marie un beso a Ettie.


TU Stéphane

ooo


En 1995, Gallimard editó Mallarmé. Correspondance. Lettres sur la poesía, un volumen que incluía esta carta en la que el poeta dibujaba a su viejo y gran amigo Henri Cazalis los perfiles de su combate contra Dios y de su encuentro con la Nada. La misiva, que apareció traducida al castellano por Jaime Moreno Viurrey en la revista Letras libres allá por el año 2005, fue escrita al final de ese periodo que la historiografía a identificado como "La crisis de Mallarmé", en la que el poeta, en medio de la pobreza, y tras un complicado triunfo en su particular guerra con Dios, encontraría en la abrasión del "yo" el único camino posible para acceder a su ambicionada poesía pura.





lunes 8 de octubre de 2007

Pedro Salinas y Katherine Whitmore






«De ti sólo puede venir la luz del paraíso»



Pedro SALINAS




Madrid, 1 de agosto de 1932

Desgarramiento. Una mujer, una Katherine, se queda allí, metida en aquel cajón de madera, entre seres desconocidos, frente a una noche triste e incógnita. Allí hay que dejarla. Fatalmente. Y la otra mujer, la otra Katherine, permanece invisible y presente a mi lado, se viene conmigo, alegremente colgada de mi brazo, mirándome en la mirada noble, pura y honda de siempre. No, en la estación, en la despedida no hay una separación simple de ser con ser, no, cada uno de nosotros nos separamos no de la otra criatura querida sino también de aquella parte nuestra que ella quiere y que se va con ella. ¿Verdad que anoche tú no te has separado de mí, ni yo de ti? Más bien yo me he separado de mí mismo, eso siento, y tú de ti misma. Y tengo, anoche, hoy, la sensación de andar entre fantasmas y sombras, con alguien al lado, a quien no puedo estrechar, pero que vive en torno mío, y se me escapa cada vez que quiero cogerlo. Sensación angustiosa y dulce a la vez, caricia desgarradora. Además, qué pena anoche, aquellos momentos últimos, atropellados por la estupidez y el desorden. ¡Qué ira sentí contra toda aquella gentuza innoble, qué ganas de látigo, de echarlos a todos, de hacerte sitio, un gran sitio, un tren sólo para ti! Al salir todos mis sentidos se complacían, ¿sabes en qué? En sentir en el bolsillo, junto al pecho, el bulto de tu carta. ¡Qué mentira eso de que el papel no pesa! Anoche el papel de tu carta me pesaba como la más hermosa y grave de las realidades. Lo sentía allí, en el bolsillo, como una prueba material de que eras, de que habías existido. Porque, ¿sabes?, empecé a dudar. A dudar de todo, de tu realidad, de la mía, del mundo, de los días recientes... Sólo el peso de tu carta en el bolsillo me servía de prenda, de prueba. Vivía yo en ese rectángulo de papel. Era el lugar más cierto del mundo. Y antes de poder abrirla, así, cerrada y en el bolsillo, tu carta era el puente con la vida, el sí que me daba la vida a la pregunta atormentada: «¿Soy? ¿Es? ¿Somos?». Sí, sí, sí. Todo, sí. Todo, sí, oye, todo sí. Y luego en mi cuarto la leí. La he leído. La leeré. ¡Cuántas delicias! Primero la delicia de ir aprendiendo tu escritura, tu letra, de tropezar en una palabra y descifrarla, por fin. ¡Tu escritura, un modo más de ti, una manera más de vivir tú! Primera carta tuya, en inglés. Júbilo, júbilo, alegría. ¡Sensación festival, inaugural, de promesa, de fiesta! No importa que toda tu carta esté teñida de una sombra de melancolía, tierna y suave. Así debía ser, así. Pero por encima de esa melancolía, hay algo que me da un gozo sin límite. Esto. «You have taken away the cynicism which was growing upon me.» ¿Es posible? ¿Tendré yo la suerte de ser elegido para en un momento difícil de tu vida salvarte de algo? ¡Qué gran justificación, ya, de mi papel a tu lado, de mi compañía! Ya no es por egoísmo, por lo que debo seguirte a lo lejos en la vida, es por bien tuyo. Soy capaz de serte espiritualmente útil. Y me preparo, ¿sabes?, ante esta espléndida tarea: ayudarte a vivir, arrancarte de las fuerzas negras, de los poderes sombríos que te amenazaban. Y eso por ti, no por mí, ¿sabes? ¡Oh, si tú me hicieras ese favor, dejarme que te sirva! Qué cosa más justa, que tú, que no imaginas tal entusiasmo por la vida, recojas, devuelto a través de mí, ese entusiasmo que es tuyo. No, no, tú no has nacido ni para el escepticismo cínico, ni para la frivolidad desengañada, no. No te rindas nunca a eso. No te puedo imaginar paseando tu spleen, por terrazas de grandes hoteles, con cualquier ser insignificante. Nunca. Cree en ti, cree en tu valor único, en tu distinción suprema, en la nobleza de tu alma. Y vive de ella. Yo de lejos, de cerca, te ayudaré. Hasta que no me necesites más. Y mira, no tengas temor, oye, de quitar a nadie nada, queriéndome, no. ¡Me lo dices tan delicadamente en tu carta! No, yo no soy ni seré peor para nadie por ti, no. Lo que tú me pides, lo que yo te doy en nada atenta a lo que debo a los demás. Tú en mí no serás nunca nada malo, nada que robe algo a alguien, no. No tengas miedo. Seré cada día mejor. Tú me has alumbrado una nueva riqueza y por eso lo que a ti te doy a nadie se lo quito. ¿Comprendes? Nunca sufras por eso. Eres pura, leal, clara. De ti sólo puede venir luz alta, luz de paraíso.





*En los márgenes: Adiós. Perdona esta carta tan larga y esta letra tan mala. ¿Sabrás leerla? Pero aún me parece que te he escrito muy poco. Quiero más, más, más. Gracias, gracias, siempre. Viviré dándote gracias. Hasta mañana, ¿sabes? hasta ahora, te escribiré.



ooo



Esta misiva ha sido extraída de Cartas a Katherine Whitmore, editado por Tusquets en el año 2002, que recoge, ordenadas por Enric Bou, más de ciento cincuenta cartas de las más de trescientas hasta ahora inéditas dirigidas por Pedro Salinas a la profesora estadounidense, a la que conoció en el verano de 1932, y cuya relación amorosa perduraría durante más de quince años, hasta ese fatídico día en que, enterada de las cosas, la esposa del poeta intentó suicidarse. Aquella incendiaria -pero platónica- relación a distancia, en la que el poeta acabaría encontrando su "infinito", no tardó en convertirse en el epicentro de los más conmovedores poemarios de amor nacidos de la mano de Salinas. En la red, el joven periodista alicantino Juan José Payá ha trazado un breve recorrido por los senderos dramáticos por los que caminó tan fragante como fallido amor, cuyo trascendencia espiritual y literaria es ponderada con actitud muy crítica por Juan Malpartida en la revista Letras libres y por Ángel S. Arguindey en El Confesionario.








sábado 22 de septiembre de 2007

de Albert Cohen a Esther Bendahán



«Le confieso que el genio es tener

el corazón lleno de amor y
la oreja mala...ser otro»

Albert COHEN




Corfú, 19 de febrero de 1978

Mi querida niña:
Le escribo en un momento de tranquilidad y sosiego tan difíciles de encontrar en esta vejez dolorosa. Sí, la vejez es ausencia dolorosa. Vuelvo continuamente a mi madre muerta. Marcel ya no está, mi amigo Marcel Pagnol, con el que compartí infancia nunca volverá. Pienso en ellos a todas horas cuando no me duele el cuerpo. ¿Sabe lo presente que se hace el dolor? Oh Dios mío, te pido una vez más creer en ti. Espero creer que los volveré a ver, sólo así este dolor que me rompe podrá hacerse llevadero. Escribo anotaciones en un cuaderno(1), disculpe, la escribo prolongado mi diario, imaginándomela.
Me miro al espejo para acompañarme y la soledad me duele en la espalda. Oh juventud. Mujeres jóvenes. Perdóneme y gracias por atender a este viejo que en otro tiempo sabría seducirla. Me dice que escribe una tesis sobre mí, pobre escritor del dolor y del amor. Me pregunta sobre el «otro» en mi obra. Me pregunta sobre la mujer como un «otro» al que seducir y si existe fuera del deseo. Me pregunta por qué sitúo Bella del señor durante unos años antes de la Guerra si terminé de escribirla y se publica en el 68. ¿Por qué no aprovechar para denunciar y recordar?
¡Ah señorita! imagino sus ojos negros con esa oscuridad transparente del Mediterráneo. Mujeres sefarditas como mi madre que era Ferro, mujeres que dejan ahora la cocina para escribir tesis. Escúcheme atentamente, la miro a los ojos, acérquese, lástima que no pueda visitarme, mis amigos me traicionan, otros mueren. Y la vida trascurre en esta sala de estar y la atiendo vestido con mi bata de seda azul. El azul de Corfú. ¿Sabe cómo huele mi isla? ¡Oh Dios! Permite que crea en un paraíso junto al mar de mi isla, sentir de nuevo las manos de mi madre. Me esperaba hasta el amanecer con la sopa templada. Nunca dijo nada a este desagradecido que se avergonzaba de su acento. Mi acento lo traicioné en mi décimo cumpleaños. Llegué a Marsella, emocionado y el Camelot, el vendedor ambulante, me insultó, rechazó mis monedas gritando, “judío, judío vete”. Me apartó del mundo y me encerró en una habitación, quería gritar desde lo alto de una montaña a los humanos, decir que también nosotros lo judíos somos humanos, judíos como Jesús su dios.
No he dejado de gritar. Desde entonces decidí ser un francés que hablara como ellos. Señorita, qué bella me parece, perdone que la imagine. Dice que es de Tetuán, sí, Ud. también dejó el paraíso. Ahora volvería a esas mujeres, mujeres como mi madre, sencillas y entregadas al amor bíblico, mujeres que no saben del amor occidental.
Joven tenga cuidado, hay muchos hombres que querrán acercarse, pero ese amor es engañoso, teatro. Dirán que la aman, que la desean, sí, la desearan con intensidad hasta que la posean. Tenga mucho cuidado señorita, es un juego peligroso, puede perder el alma. ¡Ah cómo buscaba yo ese juego, aún conociendo sus trucos y sabiendo como sé que es un engaño!
¿Sabe a quién le hablaba en mi obra? Siempre a una mujer, a Elizabeth, a Yvonne. Escribir es seducir a una mujer. Que sentido tendría si no, ellas escuchaban y yo hablaba durante horas y ellas recogiendo cada palabra, rendidas. ¿Recuerda como empieza Bella del Señor? El viejo judío intenta seducir a la bella protestante. Pero no, ella sólo desea la belleza, el poder, los dientes blancos y la sonrisa experta. Que diferente hubiera sido si pudiera querer a ese viejo, con sus dolores. No, somos babuinos orgullosos, eso es lo que las atrae. Solal se quita el disfraz y Ariane se rinde.
Dice que habló con mi hija. Pobre Myriam. Se aleja de mí. Cree que no amo a nadie. Cree que soy incapaz de amar. Qué sabe ella. Yo sólo soy un hijo y un amigo. No soy escritor. Sólo quería que me amaran como mi madre muerta hace treinta cinco años. Después de O vous freres humaines, escribí para ella Le livre de ma mère, salió en el 54, es mi mejor libro, allí esta todo, pero no pudo devolverla a la vida. Y no podré jamás hablar con ella. Sonrisa que iluminaba mi vida. Nadie, mama, me esperará como tú. Señorita cuide a su madre. Dígale cuanto la ama. No se impaciente. Cuando descubra en ella ese rasgo inconveniente, la falda manchada de harina por ejemplo, no se ruborice, esa harina es la vida. Su madre esta manchada de vida, de amor a su hijo. Perdone, me desvío. La imagino tan hermosa. Me turba su sonrisa. Dice que es sefardí, hoy tienen Uds. una mezcla peligrosa. Mujeres que saben de almendras y se visten como sus hermanas occidentales.
Le confesaré que el genio es tener el corazón lleno de amor y la oreja mala. El genio es ser otros, una dulce mujer llena de fe, a la vez que un niño ilusionado. Nosotros los sefardíes debemos hacer que nos escuchen, que los judíos que comen carpas agrias no digan por nosotros, nos olviden y desprecien.
Mi novela habla del amor-pasión, de la imposibilidad de mantener ese instante efímero. Anna Karenina, Bovary pobres estúpidas. Creyeron que podrían tenerlo siempre. Se equivocaron, es una ficción y el mago se marcha cuando acaba la ilusión. Eso sé del amor occidental. Para ellas escribo. Para ti, dulce niña que me mira con ojos bañados en almíbar, no llores. Ven. Voy a morir pronto. Seré un muerto más. No existiré, mi cuerpo deshecho, este cuerpo que tanto amó. Este viejo te espera ahora, ya soy ese viejo del principio de mi novela. Pero deseo responderte. ¿Por qué sitúo la obra antes de la guerra? Yo hablaba de y para humanos. Quería gritar al Camelot que era un malvado, pero un malvado humano. Yo hablaba con humanos. Grité. Grité desde lo alto de mi montaña para que me escucharan. Pero, ¿son acaso humanos quienes devoraron a niños y ancianos? No, no podía hablar de esa atrocidad y mis palabras ya no servían porque es un lenguaje que se dirigía a los hermanos humanos y quienes cometieron la aniquilación infame ya no lo son. Hay un vacío en la historia donde no existió lo humano. Espero responder a sus preguntas, pero espero también no hacerlo. Deseo que venga, Oh mujer, tal vez en Ud. encuentre esa esencia que quise rescatar en su eterna huida. Venga a mí con su sonrisa tímida. Escribo la novela que espera que la copie Ud. La espero para acariciarla, no se asuste, acariciar con mis palabras de la que será, si viene, mi última novela.



(1).- El autor se refiere a su obra Carnnet 1978, que escribía en el periodo al que corresponde esta carta, y que fue publicada por Gallimard.



*


Esta conmovedora carta, en la que su autor daba cuenta ya de la premonición de su muerte, forma parte de la correspondencia epistolar que mantuvo con él la novelista sefardí Esther Bendahán, cuando ésta estaba comenzado su tesis doctoral sobre el creador de O vous freres humaines, que llevaría por título El otro en la obra de Albert Cohen.





Virginia Wolf y Vita Nicholson




«Abre el primer botón de tu blusa y allí me verás anidando, como una ardilla de hábitos inquisitivos pero de todos modos adorable...»

Virginia WOLF

De Virginia a Vita, Martes 5 de enero 1927

¿Por qué piensas que no siento o que hago las frases? “Frases encantadoras”, dices, que le roban la realidad a las cosas. Es todo lo contrario. Siempre, siempre trato de decir lo que siento. Por alguna razón, todo es aburrido y triste. Te he echado de menos. Te echo de menos. Te echaré de menos. A medida que te alejas me resulta más difícil visualizarte, y pensar en ti con fondo de pirámides y camellos me abruma un poco. Pero vamos a dejar eso y a concentrarnos en el presente ¿Qué he hecho? He sido muy laboriosa. Creo que en parte debes haber desorganizado mi vida doméstica, porque en cuanto te fuiste cayó sobre mí un torrente de obligaciones. No tienes idea la cantidad de colchones, mantas, sábanas, fundas y enaguas que he tenido que comprar. Por algún motivo mi incompetencia y el hecho de que los vendedores no me crean me transforman en una arpía fastidiosa. Escribo rápido, todo de golpe, (¿Has visto lo apretado de mis letras?) Es porque quiero decir muchas cosas pero no aburrirte. Entonces pienso que, si las aprieto bien, no verás lo larga que es esta carta. ¿Si he visto a alguien? Sí, a muchos. Hay tantos manuscritos que leer y cartas que escribir, y Doris, una pobre y desaliñada mujer que tuvo la increíble impertinencia, en parte falta de educación y también lo que ella cree talento y yo considero un cerebro respetablemente despierto pero vulgar, de decir: pero, señora Wolf ¿tengo, en su opinión, talento suficiente para dedicar mi vida a la literatura? A lo que con mi voz más decidida respondí que mejor se hiciese cocinera. En cuanto a mis encuentros, no me he enamorado de nadie… aunque ésa no es mi línea exactamente. ¿Lo habías adivinado? No soy fría; no soy farsante, ni débil, ni sentimental. Qué soy. Quiero que me lo digas tú.…Voy a tener un pequeño grupo dramático. Me gusta la profusión de esas pobres criaturas: pintadas e irreales, todas desesperadas porque no tienen trabajo o están enamoradas. Creen que soy una gárgola grotesca, semihumana, rígida como un demonio en una catedral. A ellas les parece increíblemente excitante que yo mueva las piernas y hable como un libro. Pero no durará mucho. Es parte de mi esnobismo adornar toda la sociedad salvo la mía propia. Pero (volviendo a tu carta) siempre supe que eras distante. Sólo que me dije: insisto por pura amabilidad. Con ese objetivo fui a verte.


* Abre el primer botón de tu blusa y allí me verás anidando, como una ardilla de hábitos inquisitivos pero de todos modos adorable.

*


Trieste, Milán. De Vita a Virginia, 21 de enero 1926.

Estoy reducida a ser una cosa que quiere a Virginia. Escribí una carta durante las opresivas horas insomnes de la noche, y todo se ha ido: sólo te extraño de una manera desesperadamente humana. Tú con todas tus expresivas cartas, jamás escribirías una frase tan elemental como ésa. Probablemente ni siquiera la concebirías. De todas maneras creo que serías capaz de hacerte cargo de un pequeño bache. Pero tú lo cubrirías de frases tan exquisitas que terminaría por perder un poco de su realidad, en tanto que conmigo es algo absolutamente implacable: te extraño aún mas de lo que hubiera creído, y estaba preparada para extrañarte mucho. Esta carta es tan solo un aullido de dolor. Es increíble cuan imprescindible te has vuelto para mí. Supongo que tú estás acostumbrada a que la gente te diga eso. Maldición, criatura peligrosa. No lograré que me ames más, entregándome a mi misma de esta forma. Pero oh, mi amor, no puedo ser lista e indiferente contigo: te amo demasiado para eso. Verdaderamente. Tú no tienes ni idea de cuan indiferente puedo ser con la gente que no amo. Lo he convertido en una especie de exquisita destreza. Pero has derribado todas mis defensas. Y realmente no lo resisto. De todos modos no te aburriré más.
Reemprendemos el viaje, el tren nuevamente se mueve, tendré que escribir en la estaciones –que son muchas afortunadamente a lo largo de las llanuras lombardas. Venecia. Las estaciones eran muchas, pero no contaba con el hecho que el Orient Express no se detendría en ellas. Y aquí estamos en Venecia tan sólo por diez minutos. Unos desgraciados minutos durantes los que puedo intentar escribir. Ni siquiera tengo tiempo para comprar una estampilla italiana, así que esto tendré que enviarlo desde Trieste. Las cascadas en Suiza estaban heladas, convertidas en una especie de iridiscentes y compactas cortinas de hielo, colgando sobre las rocas; realmente encantador.
Italia está toda cubierta de nieve. Nuevamente reemprendemos el viaje. Tendré que esperar hasta mañana en Trieste. Por favor Perdóname por escribir una carta tan mísera.
V.”

*

Hannover, de Vita a Virginia, 29 de enero de 1927.

Trabajaré duro, en parte para complacer, en parte para complacerme, en parte para hacer que pase el tiempo, en parte para tener algo con lo que compensarte. Atesoro tu repentino discurso sobre literatura de ayer en la mañana, una especie de afectuosa despedida, como un Polonio a Laertes. Es más que una verdad que tú has influido intelectualmente en mí infinitamente más que cualquier otra persona, y por eso te amo, y siento endurecerse mis músculos.


'Il poeta e un' artiere’
Che al mestiere
Fece i muscoli d'acciaio . . . .'


Sí, mi Virginia muy querida, estaba en una encrucijada en el momento justo en que te conocí. ¿A ti te gustaría que yo escribiera bien, o no? Y yo detesto escribir mal –y haber escrito tan mal en el pasado. Pero ahora, al igual que la Reina Victoria seré buena. ¡Diablos! Desearía que estuvieras aquí –el grupo de potros da brincos con ímpetu. Envíame cualquiera de tus papeles y envía “Sobre la lectura”. Por favor. Espero que mis cartas te lleguen rápido y pronto. Dime si escribo demasiado a menudo, te amo.
V.


De Virginia a Vita, miércoles 2 de Febrero.
No hubo carta tuya ni hoy ni ayer. Me desperté muy melancólica en medio de la noche. Se está yendo el efecto de mi narcótico. ¿Por qué se ríe de mí la gente?, pregunto. Sabes, es una gran cosa ser un eunuco, como yo; quiero decir, no saber cuál es el derecho o revés de una falda, eso hace que las mujeres confíen en mí. Aquí en mi cueva, veo las cosas cuya luz vosotras, criaturas resplandecientes, ocultáis tras vuestra luz.
No, no tengo un resfriado pero estar aquí escribiéndote en medio de todo este desorden, es como tener uno. Hasta el momento no he podido abrir un libro sin ser interrumpida. Y luego tú no estás… Me encuentro a merced de la gente, sola. Como un objetivo lamentable, incapaz de expresar sus necesidades. Cómo me has desmoralizado. En cierta época yo era una mujer vigorosa, pero ahora todo me resulta frágil y laborioso mientras pierdo el tiempo levantando la tapa de mi cerebro para ver si hay allí un pez flotando, un nuevo libro. No, por el momento no hay nada.

*


De Virginia a Vita. 6 de Marzo de 1927

Este año me pareces más inalcanzable, empolvada, con las piernas más blancas, más galante y aventurera que nunca. Me echo en la cama e invento historias sobre ti. Envíame un montón de hechos: ya sabes cómo los amo… He tenido una semana aburrida. Ninguna fiesta salvo una, ofrecida por L. para seducirme y obligarme a gustar de un rosado muchacho suyo –uno nuevo, claro- pero fue inútil, estos sodomitas siempre están medio dormidos y resultan fatigosos. ¿Es que agotan su encanto en narices y cosas así?
Han surgido dos mujeres extrañas: una de ellas es una mala cantante, que me pide vaya a verla en la cama ¿lo haré? La otra ¡qué importa! Yo quiero a Vita; quiero al insecto, al crepúsculo. Dejo ésta abierta a la espera de las tuyas. Ninguna. Ahora debo terminar esta carta. Y no he dicho mucho de nada ni te he dado una idea de las altísimas y aterradoras olas y los profundos pozos infernales a los que asciendo y desciendo en pocos días. Como todos. Subimos y bajamos violenta, incesantemente, y me siento algo avergonzada, ahora que trato de escribirlo, de ver qué minúsculo egoísmo hay en el fondo de todo eso, por lo menos en mi caso: que no puedo escribir mi novela, que debo salir a tomar el té, que tendría que comprar un sombrero. Ah, pero también está Vita. Quererla no es un egoísmo minúsculo.
¿Sabes que esta mañana sufrí un verdadero golpe de decepción? Estaba segura de que tendría una carta tuya, la abrí, y en su lugar encontré la carta de una mujer que hace diez años se sentó frente a mí en un ómnibus azul y que ahora quiere venir a hacer un busto mío. Pero la adulación implícita me enfadó tanto, que otra vez estuve maldiciendo: no hay intimidad, siempre hay gente que viene y no hay carta tuya. ¿Por qué no? Sólo una nota y un gemido salvaje y melancólico a lo lejos.Y tampoco ninguna fotografía.
Adiós, queridísima criatura lanuda.


* Es increíble lo esencial que te has vuelto para mí… Maldita seas, criatura mimada. No conseguiré que me ames más traicionándome así.



Reflexiones de Virginia Woolf en su diario: “Estas lesbianas estiman a las mujeres. Con ellas, la amistad siempre queda teñida de pasión y de deseo. Me gusta Vita y me gusta estar con ella y su esplendor, me gusta su caminar a grandes pasos con sus largas piernas que parecen hayas, una Vita rutilante, rosada, abundosa como un racimo, con perlas por todos lados. ¿Qué efecto me produce todo eso? Muy ambiguo. Veo una Vita florida, madura, con su abundante pecho: sí, como un gran velero con las velas desplegadas, navegando, mientras que yo me alejo de la costa. Quiero decir que tiene mundo, que sabe estar… en una palabra: ella es (y yo no lo he sido nunca) una mujer de verdad. Mentalmente no tiene mi clarividencia, pero bien, ella se da cuenta de todo y me prodiga esta protección maternal que, por los motivos que sea, es lo que más he deseado siempre, de quien fuese. Vita, a su manera, me da aquello que me dan Leonard y Nessa, mi hermana...”

*

Londres. De Virginia a Vita, de octubre de 1927
Voy a ir al funeral a ver qué hacen con los cuerpos de los ateos. ¡Qué divertido! ¡Cómo adoro las ceremonias y las extrañas colocaciones (¿es correcto eso?) de la especie humana! Estoy segura de que te habrás ido con otra el próximo jueves (tú misma lo dices, mala, al final de tu última carta, donde la víbora deja su mordedura); como nuestra relación está teñida por la melancolía, tal vez ganamos en intensidad lo que perdemos en las sobrias y confortables virtudes de una amistad prolongada y segura y respetable y casta y fría.
Escribo a gran velocidad. Empiezo por tercera vez una frase. La verdad es que estoy tan inmersa en Orlando que no puedo pensar en nada más. Ha desplazado al romance, la psicología y todo el resto de aquel libro odioso. Mañana comienzo el capítulo que describe el encuentro entre Violet y tú. Es necesario repasarlo bien todo. Dame alguna pista del tipo de peleas que tenían. Y también, ¿por qué cualidad específica te eligió ella?…
Será un libro pequeño, como mucho unas 30.000 mil palabras, y tal como voy, escribiendo febrilmente (sólo pienso en ti durante el día, en diferentes disfraces, y en Violet, el hielo, y Elizabeth y George III) lo habré terminado para navidad.
Orlando será un libro, con dibujos y uno o dos mapas. Lo escribo por la noche en la cama, mientras camino por la calle, en todas partes. Quiero verte a la luz de las lámparas, con tus esmeradas. En realidad creo que nunca he deseado tanto verte, sólo para sentarme y mirarte y hacerte hablar y después, rápida y secretamente, corregir ciertos puntos. Ahora vamos a tus dientes y tu temperamento. ¿Es verdad que rechinas los dientes por las noches? ¿Es verdad que te gusta causar dolor?.
Esto está escrito a 500 palabras por minuto con Leonard mirándome con suspicacia desde el sofá, Pinker roncando y Nelly arriba, escuchando fox-trots en el gramófono. ¡Cómo me intranquilizas!. Este lugar está embrujado. Visto contigo es adorable; visto con Leonard es absolutamente detestable. Dime cuándo vendrás y por cuánto tiempo. Si te has entregado a Campbell, no tendré nada más que ver contigo y así quedará escrito, claramente, en Orlando para que todos puedan verlo.
Por favor dime si vendrás y cuándo, porque ya me siento bastante acosada por actrices en decadencia, y funcionarios públicos.



Queridísima señora Nicholson, buenas noches.



***


Nuestro agradecimiento a la mano que mece la pluma en La Exhibición Perturbada, uno de los espacios más insólitos e inquietantes que nos ofrece La Red. En él encontramos algunas de estas cartas, que nos sitúa de lleno frente a la relación amorosa que unió a Wirginia Wolf con Vita Nicholsón y sin la que no se podría entender el orgien de su recordado Orlando...








Mi querida:
Esperaba despertarme menos deprimida esta mañana, pero no fue así. Me fui a la cama anoche tan oscura en pensamientos como el fango. La tremenda monotonía de Westfalia lo hace aún peor: ciudades de fábricas, montones de escoria, país plano, y algunos remiendos de nieve sucia. Y tú vas a lo de los Webbs. Bien, bien... ¿Por qué no estás aquí conmigo? ¿Oh, por qué? Te deseo terriblemente. La única cosa que me causa algún placer es Leigh.
Se ha comprado una especie de capa hecha de piel de oveja con la que se hace a la idea de que es un pastor húngaro, pero unos anteojos con bordes de astas, y unos bombachos un tanto llamativos destruyen el efecto. Dottie por otro lado se ha aparecido con un largísimo gabardo de piel que le llega hasta los tobillos, tan apretado como para hacerla aparecer rolliza, y con el que luce como una gran duque prusiano. Estamos todos un tanto malhumorados y tenemos trifulcas por los equipajes. Deseo más que nunca viajar contigo. Me parece que eso es la cumbre de todos mis deseos. Y me desespero pensando como puedo hacerlo realidad. ¿Puede ser posible, qué piensas? Oh mi encantadora Virginia, te extraño terriblemente. Y cualquier cosa que la gente hable o diga me suena aburrido y estúpido. Cada vez deseo más y más que no viajes a América; estoy segura de que sería demasiado agotador para ti, de todos modos creo además que no te agradaría. ¿Vendrías a Beirut en cambio?
Así que vagamos a través de Alemania, y es realmente aburrido. ¿Realmente habré perdido mi entusiasmo por viajar? No, no es eso, es simplemente que deseo estar contigo y con nadie más. Pero te vas a aburrir si sigo diciendo cosas como esas –sólo que vuelven y vuelven una y otra vez hasta que brotan de mi lápiz. ¿Te das cuenta que debo esperar quince días hasta que nuevamente sepa algo de ti? Pobre de mí. No había pensado en eso antes de dejarte, pero ahora es una carga enorme, y horrible. ¿Qué no te podría ocurrir en el transcurso de una quincena? Podrías enfermarte, enamorarte. ¡Sólo Dios lo sabe!.