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viernes, 19 de abril de 2013

Carta de madera olorosa de Pablo Neruda a Matilde Urrutia...


Matilde y Pablo en Isla Negra

"...Construí con hacha, cuchillo, cortaplumas, estas madererías de amor y edifiqué pequeñas casas de catorce tablas para que en ellas vivan tus ojos que adoro y canto"


Señora mía muy amada, gran padecimiento tuve al escribirte estos mal llamados sonetos y harto me dolieron y costaron, pero la alegría de ofrecértelos es mayor que una pradera. Al proponérmelo bien sabía que al costado de cada uno, por afición electiva y elegancia, los poetas de todo tiempo dispusieron rimas que sonaron como platería, cristal o cañonazo. Yo, con mucha humildad hice estos sonetos de madera, les di el sonido de esta opaca y pura substancia y así deben llegar a tus oídos. Tu y yo caminando por bosques y arenales, por lagos perdidos, por cenicientas latitudes, recogimos fragmentos de palo puro, de maderos sometidos al vaivén del agua y la intemperie. De tales suavizadísimos vestigios construí con hacha, cuchillo, cortaplumas, estas madererías de amor y edifiqué pequeñas casas de catorce tablas para que en ellas vivan tus ojos que adoro y canto. Así establecidas mis razones de amor te entrego esta centuria: sonetos de madera que sólo se levantaron porque tú les diste la vida.[1]
                                                                                   
 Octubre de 1959
De su libro
Cartas de amor (2010)



FINAL 

"Fue tan bello vivir 
cuando vivías! 
El mundo es más azul y más terrestre 
de noche, cuando duermo 
enorme, adentro de tus breves manos".


De El mar y las campanas.


Otras cartas de
 

Matilde y Pablo en Isla Negra






[1] Transcribimos la carta publicada por Mundo Poesía, en la que Pablo Neruda (1904-1973) se refiere a los Cien sonetos de amor, uno de los libros – el otro fue Los versos del capitán- que el poeta dedicó a Matilde Urrutia (1912-1985), con quien vivió el amor más largo, variado y prolíficamente literario de toda su vida. Por su interés, recogemos aquí las palabras editadas el 5 de febrero de 2010 por El Cultural del diario español EL MUNDO,  con motivo de la publicación por Seix Barral de sus inéditas Cartas de amor. E igualmente aconsejamos detenerse en el espléndido trabajo editorial del diario español El PAÍS, con los originales y su transcripción de algunas de sus cartas bellamente encarnados en formato PDF. Hemos querido cerrar la carta que sacamos con los versos finales de el poema FINAL, que probablemente fuera el último de los que escribiera el poeta, y que salió a la luz en su libro póstumo El mar y las campanas.










jueves, 20 de septiembre de 2012

Cartas de una madre argentina a un hijo exiliado



"...tiempo después no se la vio más por el barrio y la policía y los soldados rodearon varias veces la manzana buscándola. Y pagaron justos por pecadores.... Pero usted ya sabe cómo son la policía y los soldados (..) si les mandan a prender a alguien, no se pueden volver al cuartel con las manos vacías..."


         



   23 de octubre de…
Querido hijo,
 Espero que esté bien de salud, yo estoy bien gracias a Dios. Bueno, quiero decirle que no sé qué tiene usted contra su madre, porque sé muy bien  que mis cartas le llegan y hasta me imagino que lo alegran, pero que es tan testarudo en su enojo que no quiere contestarme. Mudo, se queda mudo cuando se enoja por algo y en eso es igual a su padre, pero casi prefiero no hablar de él, de un hombre que prefería andar con sus amigotes del sindicato de no sé qué diablos, de vagos digo yo, antes que dedicarse a su familia. Bueno, cambiando de tema, le contaré que su abuela está cada día más vieja y más loca y que es muy poco lo que me ayuda, ya no me sirve para nada y ésta es otra de las cargas que me dejó su padre. Mire, se encierra con su hermano, ¿se acuerda de su hermano menor?, claro que él era muy chico cuando usted se fue, pero bueno, el caso es que se encierran en el dormitorio de él y no sé de qué hablan y se lo pasan cuchicheando horas y horas y cuando entro en la pieza, chiquero mejor dicho, los dos se callan. Muchas veces se me ha ocurrido, y que Dios me perdone por lo que pienso, que su hermano se hace el loco para pasarla bien o tal vez sólo para hacerme renegar.
Hijo, perdóneme, y se lo digo por lo mucho que usted quería a su padre, y todo lo que le admiraba, pero ese hermano suyo es otra desgracia que él me dejó y que también le dejó a usted, porque cuando yo me muera se tendrá que ocupar de cuidarlo, al fin y al cabo es su hermano, es de la misma sangre, porque si no fuera así, no me importaría nada. Pero, para qué le digo estas cosas, si es como hablar al aire, yo no sé si usted me oirá o no, porque nunca me escribió una línea siquiera. ¿Tanto mal le ha hecho su madre? Le diré una cosa, para que mentirle, pero hace mucho que ya no lloro más por usted, sólo que me gustaría verlo, aunque más no fuese mándeme una foto si no quiere o no puede venir. Estoy vieja y achacosa y no viviré mucho tiempo más, por favor, hijo.
Como le iba diciendo, su hermano que quedó tocado al desaparecer su padre y después usted, se cree todo lo que lee o le cuenta su abuela. Ahora la vieja, en vez de ayudarme en las cosas de la casa, se va a la iglesia, pero ya no a rezar como antes. ¿Se acuerda de lo santurrona que era? El caso es que no sé que pasó un día, pero después de hablar horas y horas con su hermano, salió llorando de la pieza de una manera rarísima. Yo creo que él debió de contarle un sueño que había tenido o algo así, pero lo cierto es que desde entonces no rezó más el rosario a la noche ni a ninguna hora más, y agarró la costumbre de irse a las escalinatas de la iglesia a tejer requechos de lana. Si al menos lo que teje sirviera para algo, pero no, teje algo parecido a una bufanda larguísima y cuando se queda sin lana desteje un trozo y sigue así hasta que consigue más. Está loca de remate. Yo le pregunté un día si era una promesa o una penitencia pero no me contestó, ni siquiera me miró, como si yo fuera un perro, hijo. Y estoy segura de que su hermano lo sabe, pero tampoco él me dirá nada. Seguirá encerrado en su pieza, hablándome apenas para decirme que no me metiera en su isla y que en adelante él era Robinson Crusoe, imagínese qué loco está. 
Su abuela le leyó el libro hace mucho y él un buen día llenó de trastos y porquerías la habitación. Hasta se ensucia en ella y con la ayuda de la vieja ha metido un montón de animales. Además del perro y dos gatos, tiene una gallina, cuatro palomas, un pato y un loro. Aquello es un asco, yo no lo soporto, va más allá de mis fuerzas y por si fuera poco, cuando entro a limpiar todo, incluido a su hermano, que dicho se de paso invierno y verano permanece desnudo, él me mira de una forma que me hace temblar. No sé si debería decirlo, pero es la misma mirada que tenía su padre la última vez que lo vi y también la suya, antes de marcharse. Es la misma mirada de odio, porque yo sé que todos ustedes me acusan de la desaparición de su padre, creen que yo tuve la culpa de que nos abandonara. Bueno, yo le diré, hijo, que si él no regresó nunca fue porque eligió irse con sus amigotes del sindicato, porque los quería más a ellos que a nosotros, pero se fue dejando la cizaña en sus hijos. Él es el único culpable, se lo digo yo, su madre, créame hijito, créame.
Pasando a otro tema, le diré que aquí las cosas están muy difíciles, cada día la vida está más cara. Para comer los tres tengo que trabajar duro. Cocino, lavo, plancho y coso para afuera durante todo el día, no tengo ni un minuto de descanso y para colmo cuando llego a casa me encuentro con su odio, con su desprecio, pero claro, comen lo que traigo, a la comida no la desprecian. Aquí todo el mundo habla de crisis, aunque sólo es para algunos, porque yo veo los almacenes, los cines, los restaurantes, todos los lugares de diversión llenos hasta los topes y yo me pregunto cómo hacen si a nadie le alcanza el sueldo para nada. Algunos de nuestros vecinos tiene su coche, bueno, cualquiera puede tenerlo, lo compran a cuotas, se empeñan en un crédito y listo, pero después para comer esperan que les caiga una mosca del cielo. Otra cosa, ¿se acuerda de aquella chica que decía ser su novia? Matilde, creo que se llamaba. Bueno, hace algunos meses se me acercó y me preguntó por usted, por su paradero. Fíjese qué desfachatada, nunca me saludó, tiene novio y encima me pregunta por usted. Le dije que era una descarada, en fin, le dije de todo y se fue sin decir ni pío. Supongo que el cura, el padre Tomás, después se lo habrá dicho, porque también él me preguntó por usted. Yo me figuraba que ella le preguntaba por algo, a lo mejor para comprometerlo en algún asunto raro, porque tiempo después no se la vio más por el barrio y la policía y los soldados rodearon varias veces la manzana buscándola. Y pagaron justos por pecadores, porque como no la encontraron a ella se llevaron a los pobres padres y sus dos hermanos más chicos, que eran gente buena y no tenían nada que ver con las andanzas de ella. Pero usted ya sabe cómo son la policía y los soldados; ellos tienen que cumplir con lo que les han ordenado y, si les mandan a aprender a alguien, no se pueden volver al cuartel con las manos vacías. Si lo sabré yo todo esto, que vinieron por su padre primero y por usted después y tuve que ir yo, aunque entonces no eran como ahora. Lo digo yo porque me soltaron y a su hermano y a la vieja, es decir, a la familia no le hicieron nada. El caso es que los familiares de esa chica no han aparecido hasta el día de hoy.
Y bueno, no sigo más con cosas tristes, al fin y al cabo a lo mejor a usted ya no le importan, como parece que no le importo yo, su madre, ya que no me escribe nunca. ¿Ha pensado alguna vez que puede estar equivocado? Era tan joven, tan apasionado, tan metido en sus cosas, en sus libros, en sus ideas, cuando se fue. No se pregunte cómo sé donde está viviendo ahora, las madres siempre nos enteramos, pero tengo miedo de no volverlo a ver, todo pasa muy rápido, el barrio está cambiando, hay mucha gente que se ha muerto y se sigue muriendo, otra que se ha ido, en fin, que por la calle he empezado a ver caras nuevas y cómo demuelen las casas como la nuestra. Por ejemplo, en la esquina, en donde estaba el almacén del ruso, ahora se levanta un edificio de catorce pisos de un banco de no sé dónde. Sólo va quedando nuestra casa, pero tengo miedo de que usted no la encuentre, porque casi se pierde entre tanto edificio nuevo.
Hijo, le contaré un secreto para que vea cuánto lo quiere su madre y cómo se pasa las horas pensando en usted. Cuando llega la noche y me voy a la cama, demoro mucho, mucho, tratando de imaginarlo hecho todo un hombre, pero se me hace muy difícil, nunca alcanzo a verle la cara, es como una sombra que al aclararse tiene la misma carita del chico que se fue hace tantos años, hijo, antes de despedirme quiero pedirle una cosa y es que no se olvide de su madre.
Un beso grande
                                                                                                                             Mamá
p/d. El nombre actual de nuestra calle es Mártires del Ejército de la Patria, nº 498, aunque ya todo el mundo le dice calle Mártires nada más. El barrio se llama ahora Nueva Nación. Más besos de su madre que lo quiere mucho.



   3 de julio de…

Querido hijo,

 Espero que esté bien de salud, yo sigo bien gracias a Dios. Por aquí todo sigue igual, está tranquilo y los diarios ya no traen, como cuando usted estaba, noticias de tantos muertos, claro que tampoco sale nadie a la calle después de las siete de la tarde, aunque el gobierno ya ha levantado el toque de queda. Hijo, su madre lo extraña mucho. De su padre no tengo noticias desde que nos abandonó dejándome con la carga de todos ustedes, usted, su hermano y su abuela. Las de penurias que he pasado apechugando yo sola el hogar y para colmo de males tengo la desgracia de su hermano, que no sé qué le pasó pero después de la gran procesión, hace tantos años ya, se desnudó, se encerró en su pieza y allí sigue frente a la ventana. No sé si ya se lo conté, pero fue el último día que se orinó, con perdón, en la cama y le pegué pero no mucho, bueno, ya sabe usted cómo eran mis palizas. Muchas veces pienso que este chico tiene algo contra mí, porque ni siquiera me habla, sólo lo hace con su abuela y se pasa el resto del tiempo mirando por la ventana. Hijo mío, dígame qué puedo hacer. Su hermano está largo y flaco, casi no come y está parado y como ausente todo el día. El año pasado lo quise mandar a la escuela pero fue inútil, creo que cuando se lo dije ni siquiera me escuchó y ya le digo, sólo habla con su abuela, ni siquiera con el padre Tomás, del que era muy amigo, que dicho sea de paso también ha desaparecido hace algún tiempo. Hijo ¿le parece bien que haga eso conmigo que soy su madre? Y como si éste fuera poco suplicio, la vieja, su abuela, desde que su hijo nos abandonó no hace otra cosa que tejer en la escalinata del templo, porque no sé quién le dijo que cuando regresara tendría mucho frío, menos mal que tiene momentos en que se la puede hablar y al menos rezamos por todos ustedes o mejor dicho rezábamos porque ya no quiere saber nada de rezos ni santos, pero las pocas veces que consigo que lo haga no me siento tan sola. Manuel, ¿por qué no viene a ver a su madre? Se lo ruego, hijo, no sea así, por favor.
Bueno, le contaré que a la vieja la sorprendieron los otros días espiando la antigua torre de la iglesia y me la trajo un soldado. Menos mal que así fue porque, si le pasa algo, la responsable soy yo, quien la tiene a su cargo. Pasando a otra cosa y hablando de la gente, le contaré hijito que sigue muy supersticiosa y todos los años dice lo mismo, que la nieve será muy fuerte porque la guerra no ha terminado, pero eso no es cierto porque hay tranquilidad porque, bueno, usted ya me entiende.
No sé si ya se lo conté pero casi me echan de la casa. Resulta que un día vinieron muchos soldados a buscarse muchas cosas que decían eran suyas y que eran malas, peligrosas. Yo nunca le conocí cosas malas, le dije, pero ellos insistieron y se llevaron sus libros del colegio, sus versos, esos tan bonitos que escribía cuando estaba con su madre, y quemaron todo en la calle. También requisaron una máquina de afeitar eléctrica de su padre, el televisor y ya no me acuerdo qué más. Muchas, muchas cosas se llevaron, y si quedó su hermano fue porque se dieron cuenta de que vivía en un chiquero y que estaba mal de la cabeza. El caso es que la casa me quedó vacía y rota, porque para llevarse la pianola tuvieron que romper la puerta. Cuando la dueña de la casa vio los destrozos no quiso creerme de que había sido la autoridad, y eso que estaba los vecinos de testigos, y estuvo a un tris de ponerme en la calle con su abuela, su hermano y los pocos trastos que me quedaban. Con los pocos ahorros que tenía pagué los daños y pude quedarme. Su padre ya nos había abandonado, pero esto me parece que ya se lo conté cuando estudiaba en la ciudad, no recuerdo bien, porque me vinieron muchas cartas devueltas porque el correo decía que yo no ponía su dirección en el sobre. Pero eso es mentira, yo siempre la ponía. Lo que pasaba es que por aquellos días el correo no quería llevárselas a usted. Estoy segura, hijito, estoy segura y se lo juro por la luz que me alumbra de que yo ponía su dirección, pero eran días en que pasaban cosas raras, como aquella vez que la encuentro a esa amiga suya, Matilde creo que se llamaba, y que le gustaba tanto a usted, y me dijo «voy a la panadería» y después no la vi nunca más. ¡Pobre, era tan linda! ¡Vaya uno a saber adónde se le dio por irse! A lo mejor tuvo la misma locura suya y de su padre, porque no me dirá que eso no es una locura, pero claro, estaba de moda en aquellos días, a todos se les daba por escaparse. Y no se iban como quien se va a trabajar a otro lado, no, se iban como ladrones, sin decir nada a nadie. Por eso yo ya no creo en la gente. Nadie se ha portado en estos tiempos como antes, como su abuelo o como su bisabuelo, que un día reunió a todos sus hijos, varones y mujeres, y les dijo que iba a la guerra, a matar indios por el bien de la patria y que tal vez no lo volverá a ver nunca más. Eran hombres nobles y usted habrá visto su uniforme tan bonito, que conservamos lleno de sangre y suciedad de la última pelea que tuvo con los infieles. Se llamaba como usted y murió como un héroe degollando enemigos. Yo le mandé a usted hijo un retrato antiguo que un artista amigo le pintó antes de marcharse. Según me contaba mi madre, así era él, arrogante y orgulloso como en el cuadro. Pero ahora la gente es toda cobarde.

 
     A veces me pongo a  pensar, cuando me queda tiempo después de fregar todo el santo día, si su hermano no es más que un vago que sólo quiere vivir bien servido, un desvergonzado que maltrata a su pobre madre y que no le importa que los vecinos lo vean desnudo. Si hasta he tenido que cubrir la mitad de la ventana para que no le vean sus vergüenzas, con perdón. Hay chicas que dicen que lo han visto hacerse cosas sucias. Es un degenerado. Yo no sé si está loco o se hace, pero creo que un día de éstos me hará morir, porque no tiene piedad de mí, de su madre que trabaja en lo que puede para alimentarlo y él siempre allí, sin trabajar, sin estudiar, sin hacer nada. A la única que escucha es a la abuela, que también está medio loca. Yo sé que lo hacen para hacerme sufrir. Y yo sé también que hablan de su padre, que nos abandonó. Los he escuchado, pero claro, cuando me ven se hacen los locos y hablan de que si ha sido un sueño o que lo han visto, de esto o lo otro; hablan todo el tiempo de un hombre, de eso estoy segura y supongo que es de su padre, pero además dicen muchas otras cosas que son incomprensibles para mí.
Hijo mío, hijito de alma, ¿por qué no se viene a ver a su madre? Ya no hay peligro de nada, yo le cuidó mucho sus libros, pero como una estúpida no los escondí. En realidad yo no creía que vinieran por ellos, aunque las columnas de humo se elevaban por encima de todas las casas de la ciudad. Todos los vecinos, cuando las veían decían «son libros», pero yo disimulaba y contaba que en casa nunca hubo libros. Pero un día llegaron los soldados. Yo no pude hacer nada. Tampoco podía estar en todas, además ni su abuela ni su hermano, como hizo su padre antes, se preocuparon de nada. Yo sola me enfrenté con los soldados y no sé cómo no me fusilaron, como hicieron con el chico del panadero porque había escondido el Manual del joven tornero debajo del colchón y se lo descubrieron. El pobre padre, que como todo hombre estaba junto a su familia en los momentos de peligro, le ofreció a la patrulla cincuenta kilos de pan por la vida del hijo, pero fue inútil. Se lo mataron allí mismo y encima le arruinaron dos bolsas de harina con la sangre. Dios mío qué espantoso fue aquello. También se llevaron todo el pan que quisieron. Y ya le digo, yo hice lo que pude.
Manuel, hijito, si he hecho algún mal le pido que me perdone. Soy vieja y he tenido que luchar sola. Se lo ruego, venga a ver a su madre. Usted era muy joven cuando se fue y han pasado tantas cosas que yo misma no reconozco el lugar en donde he vivido todos los días de mi vida.


 ***


Hospital San Roque, 17 de agosto de…

Estimado señor:

Con sumo pesar le comunico el fallecimiento de su señora madre, el día 4 del mes pasado, en la cama 15, sala 2 de este Hospital.
La causa de su deceso ha sido un paro cardíaco provocado por un cáncer esofágico.
Entre los documentos que nos entregó al ingresar a este Hospital, dejó las instrucciones para su entierro, habiendo pagado los impuestos municipales pertinentes in eternum, como así también todos los gastos a una funeraria local, por el féretro y su traslado al cementerio católico.
Me he permitido adjuntarle una carta que su señora madre estaba escribiéndole. La dirección ya la había escrito en varios sobre que también le adjunto. El resto de la documentación que nos entregó y la correspondiente a su enfermedad obra en poder de este Hospital a su entera disposición.
Acompañándole en su dolor, quedo como su atento servidor:


                                                                              Dr. (firma ilegible)

                       




***

Las cartas que una madre escribió a su hijo exiliado, y que aparecieron en las páginas de la novela El día en que llegó la nieve (1987), no pueden entenderse fuera del contexto que marcó el  drama que sacudió Argentina desde finales de los años sesenta. Tras el "Cordobazo", en 1969, sublevación popular que hizo caer la dictadura del general Onganía en Argentina, la violencia social y política aumentó progresivamente. Las elecciones de 1973 parecieron abrir un paréntesis esperanzador. Sin embargo, los gobiernos peronistas resultantes no sólo no hallaron los recursos para la pacificación del país sino que, el presidido por el general Perón y luego por su viuda, desencadenó una violenta represión contra los sectores progresistas, incluidos a sus mismos elementos de izquierda. La aparición de grupos paramilitares, como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), fundada por López Rega, secretario personal del general Perón, dio lugar a una creciente escalada de asesinatos de opositores que significó el principio de la llamada «guerra sucia». En este contexto, el golpe militar de 1976 inauguró oficialmente uno de los períodos más dramáticos de la historia reciente del país. Sus acciones contra la guerrilla y la población civil, con el apoyo de la jerarquía eclesiástica y de EE.UU., articularon el andamiaje de un poderoso Estado terrorista. La represión sistemática de los militares dejó como saldo miles de personas encarceladas, torturadas y asesinadas en cuarteles, comisarías y campos de concentración, cuyos cuerpos fueron arrojados desde aviones al Río de la Plata o al océano o enterrados en cementerios clandestinos, y miles más obligadas al exilio.
Como consecuencia de las constantes amenazas a que fue sometido por la «Triple A», el novelista, poeta y narrador argentino Antonio Tello tuvo que abandonar su país natal en 1975, exiliándose primero en París y, más tarde, en Barcelona, donde vive desde entonces. Después de publicar en Argentina un primer libro de cuentos, El día en que el pueblo reventó de angustia, en 1987 Tusquets Editores inició su colección "La flauta mágica" con su primera novela, De cómo llegó la nieve, en cuyas páginas fueron publicadas estas dos cartas que hemos querido recoger, como ejemplos vivos de un texto creado sin otra voluntad de estilo que la de sujetarse a los límites estrictos del habla cotidiana popular. A ésta siguió en 1989 el volumen de cuentos El interior de la noche. Su segunda novela, El hijo del arquitecto fue publicada en 1993 por Anaya & Mario Muchnik, y la siguiente, Los días de la eternidad, por Muchnik Editores en 1997. En 2004, la editorial Candaya editó su magnífico poemario Sílabas de arena. En 2009, la misma editorial reunió bajo el título de El mal de Q. sus cuentos completos, y la editorial argentina Cartografías publicó el poemario Conjeturas acerca del tiempo, el amor y otras apariencias. Asimismo ha publicado los ensayos “Extraños en el paraíso, El Quijote a través del espejo e Historia breve de Argentina. Claves de una impotencia, entre otras obras.




























martes, 18 de septiembre de 2012

Carta de Adolfo Bioy Casares a Elena Garro


 

"Ayer, cuando me dormía, así te vi y te oí de pronto: desperté sobresaltado y quedé muy acongojado, pensando en ti con mucha ternura y también en mí y en cómo vamos perdiéndolo todo".... 




Mi querida



Aquí estoy recorriendo desorientado las tristes galerías del barco y no volví a Víctor Hugo. Sin embargo, te quiero más que a nadie... Desconsolado canto, fuera de tono, Juan Charrasqueado (pensando que no merezco esa letra, que no soy buen gallo, ni siquiera parrandero y jugador) y visito de vez en vez tu fotografía y tu firma en el pasaporte. Extraño las tardes de Víctor Hugo, el té de las seis y con adoración a Helena. Has poblado tanto mi vida en estos tiempos que si cierro los ojos y no pienso en nada aparecen tu imagen y tu voz. Ayer, cuando me dormía, así te vi y te oí de pronto: desperté sobresaltado y quedé muy acongojado, pensando en ti con mucha ternura y también en mí y en cómo vamos perdiendo todo....
Elena Garro, bellísima.

Te digo esto y en seguida me asusto: en los últimos días estuviste no solamente muy tierna conmigo sino también benévola e indulgente, pero no debo irritarte con melancolía; de todos modos cuando abra el sobre de tu carta (espero, por favor que me escribas) temblaré un poco. Ojalá que no me escribas diciéndome que todo se acabó y que es inútil seguir la correspondencia... Tú sabes que hay muchas cosas que no hicimos y que nos gustaría hacer juntos. Además, recuerda lo bien que nos entendemos cuando estamos juntos... recuerda cómo nos hemos divertido, cómo nos queremos. Y si a veces me pongo un poco sentimental, no te enojes demasiado... 
Me gustaría ser más inteligente o más certero, escribirte cartas maravillosas. Debo resignarme a conjugar el verbo amar, a repetir por milésima vez que nunca quise a nadie como te quiero a ti, que te admiro, que te respeto, que me gustas, que me diviertes, que me emocionas, que te adoro. Que el mundo sin ti, que ahora me toca, me deprime y que sería muy desdichado de no encontrarnos en el futuro. 
Te beso, mi amor, te pido perdón por mis necedades.


Adolfo



Otras cartas de Adolfo Bioy Casares
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________________________
© Herederos de Adolfo Bioy Casares
© Herederos de

En caso de reproducción, rogamos se cite su autoría.









lunes, 26 de septiembre de 2011

Carta de Ana Bolena a Enrique VIII




Verano de 1526
Señor, 

Corresponde solamente a la augusta mente de un gran rey, a quien la naturaleza ha dado un corazón lleno de generosidad hacia mi sexo, compensar con favores tan extraordinarios una conversación ingenua y corta con una muchacha. Inagotable como es el tesoro de  generosidad de su majestad, le ruego considerar que pueda no ser suficiente para su generosidad; porque, si usted recompensa tan leve conversación por regalos tan grandes, ¿qué podrá usted hacer por los que están listos consagrar su obediencia entera a sus deseos? Cuán grandes pueden ser las obsequios que he recibido, la alegría que siento por ser amada por un rey a quien adoro, y a quien con placer sacrificaría mi corazón. Si la fortuna lo ha hecho digno de ofrecerlo, estaré infinitamente agradecida. El mandato de dama de honor de la reina me induce a pensar que su majestad tiene cierta estima por mí, y puesto que mi ocupación me da medios de verle frecuentemente, podré asegurarle por mis propios labios (lo cual haré en la primera oportunidad) que soy la más atenta y obediente sierva de su majestad, sin ninguna reserva 


Ana Bolena. 






miércoles, 27 de julio de 2011

Carta a Adolf Hitler de la Baronesa Else Hagen von Kilvein


Carlos Morales (el judío) y Julio Clemente Lourtau (el nazi) e
n diferentes momentos de la representación de la obra de teatro 
Guantes de Piel humana....


"No tengo otro Dios que usted, y ningún otro Evangelio que su doctrina. Soy suya hasta la muerte"


Herr Hitler: 


No tengo en claro cómo debo empezar esta carta. Largos, largos años de difíciles experiencias, de tormentos y preocupaciones humanas, de desconocimiento de mí misma, de búsqueda de algo nuevo, todo ello ha pasado de golpe en el instante en que he comprendido que lo tengo a usted, Herr Hitler. Sé que usted es una grande y poderosa personalidad, y yo sólo una mujer sin importancia, que vive en un lejano país extranjero, del que quizás no podré alejarme, pero debe comprenderme. ¡Cuán grande es la felicidad si se encuentra de pronto la meta de la vida, si de pronto un rayo de luz clara penetra las nubes tenebrosas y se vuelve más y más clara! Así conmigo : todo está tan iluminado por un gran amor, el amor a mi Führer, a mi maestro, que a veces quisiera morir teniendo su imagen ante mí, para que no pueda ver más nada que no sea usted. Le escribo no como canciller de un poderoso imperio –quizás no tengo derecho a ello–, le escribo sencillamente a un ser humano que me es querido y que siempre lo será hasta el fin de mi vida. No sé si usted cree en la mística, en algo superior que nos rodea y permanece invisible y que sólo se puede sentir. Yo creo en ello, siempre creí en ello y siempre creeré en ello. Sé que hay algo en el mundo que vincula mi vida con la suya.
¡Dios mío, que no pueda yo sacrificar mi vida por usted, a pesar de que mi mayor felicidad sería morir por usted, por su doctrina, por sus ideas, mi Führer , mi noble caballero, mi Dios!
Es muy posible que estas líneas no le alcancen nunca, Herr Hitler, pero no me arrepiento de escribir esta carta. En estos instantes experimento una alegría tan maravillosa, una seguridad y una paz tales en mi lucha moral, que hasta en ellas encuentro mi felicidad.
No tengo otro Dios que usted, y ningún otro Evangelio que su doctrina. 
Suya hasta la muerte, Baronesa Else Hagen von Kilvein.












Las fotografías han sido tomadas de la representación  en Tarancón de la obra GUANTES DE PIEL HUMANA,   en la que se escenifica el encuentro entre un nazi y su víctima, interpretados ambos por Julio Clemente Lourtau (el nazi) y Carlos Morales (el judío armenio). Aquí  podéis ver un amplio resumen del guión y del montaje escénico final, que tuvo lugar en noviembre de 2007 
Decir, por lo demás, que la carta fue obtenida en un interesantísimo artículo  Ricardo Bada publicado en México con motivo de la edición de las Cartas a Hitler en el año 2007, un extenso trabajo antológico que vino de la mano de Henrik Eberle. 









viernes, 12 de marzo de 2010

Carta a Simone de Beauvoir de una mujer con turbante





Giraste la cabeza para mirarme así. Y fui un naipe marcado. No me encerraba en el baño a anestesiarme con el adorable canto con arpa de la Sirenita imaginada por Andersen o las previsibles peripecias de una Cenicienta rescatada del barro por los zapatos sin ruta confeccionados por Perrault (un par de proto-Blahniks que jamás calzaría una operaria o una pantera). Me acompañaba La Invitada.
En ese baño convertido en templo ninguna mujer era salvada por un hombre. Las mujeres se salvaban solas y decidían exiliarse de la maternidad, extenuar los verbos en un café-bunker y tomar partido. Hacía equilibrio sobre el bidet para alcanzar a mirarme en el espejo, con unos viejos retazos de cortinas de tul devenidos turbante de guerrera en Montparnasse. Las ficciones temblaban, a la Sirenita la ahorcaban las cuerdas cándidas del arpa y Cenicienta se partía la boca contra el piso al pretender caminar con tacos. Un final ejemplar para un par de babiecas. ¿Por qué me miraste así, Simone?. Tu vocación sísmica clausuró la edad de la inocencia y colgó de un clavo oxidado mis juguetes.

Me amordazaron en las clases de catequesis, por difundir el embarazo de la Virgen por causas y goces naturales y trepanarle los sesos a la catequista para que hiciera de María una amante insumisa, sublevada contra el martirio impuesto por las jerarquías patriarcales. Te anudabas el pelo con pañuelos de escándalo. Courbet se equivocó. El origen del mundo no es el útero sino la cabeza. El rictus de una boca que no cede, ojos como estiletes encendidos en la gruta y la determinación de ser obra en perpetua construcción, mordiendo los barrotes de la jaula.
Nunca están dadas las condiciones. Papá se declara en bancarrota y mamá nos quiere docentes y decentes. La lucha en el hipotálamo puede graduar su intensidad pero no ahorra las obsesiones, el terror y el insomnio. En París suena el jazz, las vanguardias pulverizan la forma establecida de mirar y el Titanic no imagina el bloque mortífero de hielo. Pero el combate se libra entre las sienes y el París de tu casa y de tu cama puede temblar antes de que lo pise la bota nazi. ¿Cuántas veces te escondiste a llorar en el baño, Simone? ¿Cuántos años se tarda en nacer, cuando nacer significa hacerse e independizar la lengua, sin impostar la propia voz ni lamer las ajenas?

Mi infatigable Castor, inmersa en la aventura estremecedora de pensar junto a un hombre feo como un sapo que jamás sería príncipe, sin ser absorbida por su pensamiento ni convertirse en su florero, su trofeo o su anexo. Siguiendo la ley de tus propios pactos y abriéndole tu segundo sexo a un chico musculoso de Chicago, al que le escribiste cartas de amor ridículas, como todas las cartas de amor. Estados Unidos te electrizaba la piel que no mostrabas en la sesuda Europa de Jean Paul. Confesá, Simone, confesá. Te quiero aunque escribieras públicamente tu Lado A como una reina indómita y, en secreto, tu Lado B suplicando mimitos. ¿Quién renunciaría a que lo cuiden salvajemente?
Pobres las que cayeron en tus redes de entomóloga. Supiste ser malísima y complotar con el sapo la prolija destrucción de corazones, rendidos ante un tándem explosivo de cerebros. Mi amazona ofídica, con un puñal envuelto en el pañuelo. Fuiste todo mezclado, refulgente y revuelto.
Te encantará saber que, aunque persistan en expulsarlas del catecismo y la academia, las chicas no bajan la guardia y son las únicas que sacuden la historia tras la toma del Palacio de Invierno, montadas (aunque no lo sepan) en la turbulencia incandescente de tu estela. Tu turbante es la contraseña de las que empujan los límites.
Dejo sobre la tumba inquieta del Castor y su sapito nudos de tul de las cortinas rasgadas de la infancia, con las que todavía vendo, blindo y asomo mi cabeza al estrépito formidable del mundo. Intentando mantener y simultáneamente romper el equilibrio, para no avergonzarme ante el espejo que jamás perdona.

Fotos: Remains (family II), Annette Messager, 2000.
We don’t need another hero, Barbara Kruger, 1987.
Candy cigarette, Sally Mann, 1989.

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Mariel Manrique nació y vive en Buenos Aires. Estudió leyes e Historia. Escribe ensayos sobre literatura, cine y pintura para distintos medios de Argentina, Brasil y España. En 2009 publicó su primer poemario, La constelación de Andrómeda (Editorial Crack-up). Su segundo poemario, Rehenes, se encuentra actualmente en prensa. Mantiene los blogs en castellanohttp://pajarodechina.blogspot.com yhttp://putasdebabilonia.blogspot.com y, en italiano y con Ruth Llana, http://pensieriinvoloradente.blogspot.com. Su escritura posee la delicadeza del brillo afilado de una navaja de plata. Su tajo es perdurable, pero limpio. Y quema.