sábado, 8 de mayo de 2010

Carta de Giovanna Tornabuoni a Cindy Sherman (una mujer con peluca)








"No es la castidad, la pulcritud y la belleza lo que nos rige. Es la vanidad que ardió en las hogueras implacables de Savonarola, el fanático fraile dominico que cazaba espejos, cosméticos e instrumentos musicales para verlos arder..."


Muerta como estoy desde hace siglos, acuso recibo de tu operación de desmantelamiento. Ésta es la voz brumosa de una boca hecha cenizas aún cuando podía moverse y el movimiento de una lengua que perfora la lápida que le talló su época. Así me pintó para eternizarme, en 1488, Domenico Ghirlandaio, hijo de un orfebre con tienda sobre el Ponte Vecchio, maestro de un Miguel Angel niño y víctima de la peste que asoló Florencia en 1494.
Lo que muestra la tabla es una imagen geométrica de ensueño que no me pertenece. El fragmento de epigrama en latín escrito por Marcial, que ves a la derecha, afirma que si pudiera pintarse el alma no habría en la tierra un cuadro más hermoso. No le creas.
Esta hermosura es la representación rígida e inerte de un deseo. Un refinado perfil de moneda romana, que solo muestra el anverso inasible de la mujer que suponen que fui. Con un pañuelo blanco entre las manos, mi vestido con soles y palomas, los lazos y las flores bordados en las mangas, un rubí y tres perlas sobre mi pecho y, sobre el estante en el fondo uniforme y oscuro, otro rubí y un par de perlas montados sobre un dragón de oro, que no me llevó a ninguna parte, y mi devocionario, el libro de horas equivalente a una cadena de la que no supe o no pude soltarme y cuyas horas, quizá conscientemente, me negué a contar.   
Fui la octava de doce hijas mujeres. Aprendí a leer de la mano de mi haya, como toda obediente señorita de la aristocracia florentina. Papá amaba los clásicos y los buenos negocios financieros. De los fastos de mi boda con Lorenzo Tornabuoni, laboriosamente premeditada, se habló durante un siglo y se acuñaron medallas. No vi a los gitanos hacinados en el extrarradio de la ciudad gloriosa y cruenta de los Médici. Y, si lo hice, fue como si no los viera.
Rozaba los veinte años cuando me enterraron definitivamente, poco después de parir mi primer hijo. El destino me mostró sus favores, sin entregármelos. Lo dice el poeta Poliziano, en mi epitafio.
No estoy en la capilla familiar, tras la fachada de mármol de Santa María Novella. Estoy en la violencia que, en el S. XX, has ejercido sobre mí. En tu acto de fotografiarte travestida de reverso de retrato clásico. En tu peluca, tus prótesis, tus trapos y tus joyas de bisutería. Te esperé tanto tiempo, hibernando en mi tumba multiplicada por doce, por cientos y por miles de tumbas dóciles y domesticadas. Soy la grotesca máscara a punto de partirse. Tenías que llegar para vengarme.    
No es la castidad, la pulcritud y la belleza lo que nos rige. Es la vanidad que ardió en las hogueras implacables de Savonarola, el fanático fraile dominico que cazaba espejos, cosméticos e instrumentos musicales para verlos arder, persiguiendo los excesos babilónicos en mi ciudad de origen como si no supieran reproducirse y consistir, básicamente, en estos tristes abalorios de comedia que te adornan.
Tu parodia no es inofensiva. Es la resuelta exhibición de nuestra ridiculez irremediable. En mi retrato nada fluye, se mueve ni se arquea. Todo se alza, encorsetado, en su dignísimo esplendor vertical que tranquiliza y blinda la mirada. En tu retrato el mundo se desorganiza, como un puñado de detritus en plena descomposición horizontal que arrastra al ojo del que mira, perturbado y diciendo que no. Que no le gusta, que no te quiere, que quién podría colgarte en un museo o en su casa.
Te observan diciendo que ellos no son así. Que no son eso. Pero no pueden dejar de observarte, lo sé. Con la fascinación morbosa de quien observa a los enfermos graves, sintiéndose a salvo del mordisco de la realidad. ¿Ves, a mis espaldas, ese collar de cuentas de coral? A mis espaldas y no en mi cuello, como en el cuello del pequeño Jesús en tantos cuadros renacentistas. Es el talismán que te protege de las acechanzas del Maligno, el amuleto entregado a los recién nacidos para ahorrarles la degradación y el sufrimiento.
El coral es el rojo de la sangre de Medusa decapitada por Perseo y el rojo de las gotas de sangre de Cristo. Yo no lo llevo puesto. A mí no me alcanzó.
Ultrájame en tu siglo. Dinamita mi rostro sereno y coloca tu ortopedia invertida, tus harapos y tus perlas de outlet en su lugar, por mí y en mi iracundo nombre.
Viola el canon para que alguien sepa que, parada en el centro inapelable el dolor, mi cabellera suelta no fue la de esa Diana cazadora frente a quien retrocedían las bestias del bosque. Y mi cabellera recogida en un nudo dorado no fue la de esa Venus cortesana que eclipsaba a los cuerpos celestes.
Muéstrales el eclipse de espanto del que nadie se libra, tritura sin piedad los tristísimos talismanes del marketing inútil que se han organizado como estrategas ciegos y escupe, escupe con todas tus fuerzas, a los poetas que nunca miran hacia abajo.
Beso tu frente descarriada. Junto a esta carta van mis huesos, para que los sumerjas, como los restos fosforescentes de un naufragio, en el cuarto más insumiso y oscuro de tu laboratorio fotográfico.
    



***






Esta carta inédita ha sido escrita por la abrumadora poeta argentina Mariel Manrique 
  



viernes, 16 de abril de 2010

Carta de Dido a Eneas, por Isabel Barceló





Cartago está en sombras y dentro de unas horas partirán tus naves. Mi alma está en sombras también. Adiós, Eneas. Ojala no te hubiera conocido nunca ni mis labios hubieran bebido el veneno de los tuyos. Me has arrebatado la luz al mismo tiempo que el amor, o es que amor y luz eran la misma cosa. No lo sé. ¡Ay, ya no sé nada!  ¿A dónde habrán ido a parar todas mis certezas? 
Creí consolar a un perdido, acoger en mi seno a un sediento de amor y paz. Me soñé madre tuya y esposa tuya, hermana, amiga, amada, me di a ti sin reservas con todas las infinitas clases de amor de las que soy capaz. Sorda fui a las advertencias. Y generosa hasta extremos que no había alcanzado nunca. Tu boca buscaba mis pezones como un recién nacido ávido de amor y yo, confiada, te los ofrecía. Ay, qué fuego incendiaba mi cuerpo, cómo ardían mis entrañas deseosas de ti, enloquecidas por el anhelo de poseerte. Mi corazón gritaba: ¡adiós, Pasado! ¡No vengas aún, Futuro! ¡Vete, Razón, y no regreses nunca! Y vosotros, Pudor, Responsabilidad, Prudencia, no me importunéis ahora, alejaos de mí. Arranqué de mi alma todas las virtudes que hasta entonces habían sido mías y las sacrifiqué ante ti. Tan engañada estaba que me creí rica en amor y digna de envidia.




 Ahora todo es noche. Noche negra y sombría como tu corazón, que por fin conozco. Para transitar por él he necesitado de la oscuridad, como quien se halla a plena luz del día y al entrar en su casa ha de moverse a tientas hasta que sus ojos aprenden a ver en la penumbra. Me estremezco al pensar que esa casa que visitaba alegre y deslumbrada, ha resultado ser la guarida de un monstruo. Sí, por fin he visto los tenebrosos túneles en los que se retuerce tu corazón, he experimentado el vértigo al borde de sus simas. ¡Qué gran maestro del engaño has sido! El griego Odiseo, a quien tanto odias y me hiciste odiar, debió aprender de ti sus argucias. Pero tú eres mil veces más infame, pues no has obrado así para acabar una guerra sino, fingiendo amor por mí, asegurarte un descanso más agradable y ameno. ¡Ah, cuánto dolor me causas y cuán grande es tu indiferencia! Con ella hurgas en mi herida y la colmas de sal. Dime, hombre: a ti, ¿qué te conmueve? Si el dejar a una mujer indefensa ante sus enemigos no te inmuta; si después de compartir mi lecho no te importa abandonarme a un matrimonio odioso; si, sabiendo cuánto te amo, no tienes reparo en alejarte y permitir que sea víctima de la lascivia de otro, ¿habrá algo en el mundo capaz de hacerte sentir piedad o un poco de pesadumbre?

¡Vete! ¡Vete! Pero ¿qué digo? Ya te has ido. Miro por todas partes y no estás. No hay rastro tuyo en Cartago. Sólo en mi propio corazón te encuentro. Pero ¡ay! mi corazón ya no será refugio para ti ni para nadie. Ha quedado reducido a una pulpa ardiente, una masa informe de dolor, un lugar inhóspito e inhabitable. Rendido y sin fuerzas, apenas alcanza a latir. Para mí has muerto, Eneas. Ya no existes. ¡Vete, sombra! Yo también me iré, viuda inconsolable, a donde no pueda alcanzarme un nuevo marido. Sí, esa será mi eterna pena y tu culpa eterna: sabrán las generaciones venideras que por tu causa pereció la reina Dido. 


A la izquierda, Sarah Connolli en el papel de Dido.
 ***
De algún modo, la carta que nos deja la mano serenísima de Isabel Barceló, culmina y cierra la historia de Dido, la reina de Cartago, cuyas páginas novelescas la han convertido ya en una autora de culto. La mano que teje los hilos del blog de las Mujeres de Roma, uno de los más coherentes y brillantes de la red, ha dado la vuelta al mito que, en su Eneida, sirvió a Virgilio para contemplar de cerca la fundación de Roma. Dido ya no es la mujer perversa que utiliza su poderío sexual y todas las añagazas tenidas desde antiguo como propias de la hembriedad para evitar la fundación de Roma que el Destino estaba empeñada en consumar, sino una mujer embaucada por las arterías de un hombre inteligente y ajeno a cuanto no fueran sus propios intereses personales. Isabel Barceló ha redimido así a una de las protagonistas legendarias de nuestra historia de los tintes oscuros y malévolos con que los creadores de los mitos antiguos –desde Eva a Helena de Troya- habían dibujado la naturaleza femenina. Algo muy parecido a lo que el Bidgwaltige Borockoper intentó en su día al construir su extraordinario montaje de la historia de esta reina a través de la gran ópera de Henry Pourcel, algunas de cuyas imágenes recogemos aquí.






domingo, 4 de abril de 2010

Carta De Simone de Beauvoir a Jean Paul Sartre


 "Me estaba preguntando qué cara pondría si le propusiera acostarse conmigo". Y replicó: "Yo estaba pensando que usted pensaba que tenía ganas de besarla y no me atrevía".

Querido pequeño Ser:

Quiero contarle algo extremadamente placentero e inesperado que me pasó: hace tres días me acosté con el pequeño Bost. Naturalmente fui yo quien lo propuso, el deseo era de ambos y durante el día manteníamos serias conversaciones mientras que las noches se hacían intolerablemente pesadas. Una noche lluviosa, en una granja de Tignes, estábamos tumbados de espaldas a diez centímetros uno del otro y nos estuvimos observando más de una hora, alargando con diversos pretextos el momento de ir a dormir. Al final me puse a reír tontamente mirándolo y él me dijo: "¿De que se ríe?". Y le contesté: "Me estaba preguntando qué cara pondría si le propusiera acostarse conmigo". Y replicó: "Yo estaba pensando que usted pensaba que tenía ganas de besarla y no me atrevía". Remoloneamos aún un cuarto de hora más antes de que se atreviera a besarme. Le sorprendió muchísimo que le dijera que siempre había sentido muchísima ternura por él y anoche acabó por confesarme que hacía tiempo que me amaba. Le he tomado mucho cariño. Estamos pasando unos días idílicos y unas noches apasionadas. Me parece una cosa preciosa e intensa, pero es leve y tiene un lugar muy determinado en mi vida: la feliz consecuencia de una relación que siempre me había sido grata. Hasta la vista querido pequeño ser; el sábado estaré en el andén y si no estoy en el andén estaré en la cantina. Tengo ganas de pasar unas interminables semanas a solas contigo.
Te beso tiernamente, tu Castor.



















lunes, 29 de marzo de 2010

Carta (sin esperanza de acuse) a Eladio Cabañero



  "Te recuerdo con ese abrazo grande y leal, como todo tu cuerpo, y con esa bondad que te rebosaba por el traje, porque hay hombres tan grandes que no caben dentro de su propio pellejo".

   Pues eso que te cuento, mártir Eladio amigo, que ha llegado el momento de ponerme a escribirte. Esta carta ya sé que llega tarde, con demasiados años de retraso, pero es que a veces uno se da cuenta de que se va haciendo tarde para todo; tan tarde, que no sólo empezamos a acudir a algunas citas con retraso, sino que también comenzamos a llegar a destiempo a algunas cosas de la vida.
   Eran demasiados años sin dirigirte unas palabras, bribón, y ya iba siendo hora, que aunque no me respondas sé que habrás de escucharlas. Todavía guardo, sin dedicar, tu último libro, aquella primera y única antología de tus versos que publicaste en vida, y de cuya introducción me he permitido la libertad de entresacar alguna frase y algunos adjetivos tuyos, porque nadie te ha definido nunca mejor que tú mismo.
   Eladiete gandul, ese ejemplar del que te hablo se me quedó sin dedicar, y no por tu pereza, que siempre tuviste mucha para coger la pluma, sino porque aquella tarde no estabas ya para caligrafías. Aquel día tus manos grandes y huesudas, de viñador de invierno, se estaban ya enfriando. Lo único que me dejaste impreso en su primera página fue tu último aliento de moribundo, que aún me llega, como una vaharada de afecto, cada vez que vuelvo a tu poesía, que es bastante a menudo.
   Por aquí sigue todo como tú lo dejaste. Todo sigue en su sitio, nombre más o nombre menos, aunque van siendo ya demasiados los que llevamos tachados en nuestras agendas. Pero se te recuerda, Eladio, fiera amatoria, guácharo de Quijote, se te recuerda. No me refiero a ese mundo viciado de las antologías, que nunca estarán completas si tú faltas; ni tampoco a esos escenarios ficticios con que los críticos de turno decoran sus manuales de farsa y opereta. Me refiero a los amigos, en los que dejaste, si cabe, una huella más honda que en la literatura. A Carlos Sahagún, a Félix Grande, a Joaquín Benito de Lucas, a Angel García López, a Manuel Alcántara, y a tantos otros para los que tampoco te has ido nunca del todo. Algunos, más impacientes, ya se han ido marchando a hacerte compañía, a oír tus chascarrillos, a jugar al dominó, a recordar viejos tiempos de trenes y de andamios, o simplemente a compartir contigo aquellas sobremesas de café que tenían el sabor dulciamargo de los recuerdos.
    Por aquí hogaño llueve como nunca, que diría Vallejo. Llueve como en los días más oscuros y lejanos de tu infancia huérfana. Llueve tanto que este año – como tú solías decir- las uvas van a venir como melones. Ay, las dos uvas solares de tu Marisa Sabia, ¿recuerdas? ¿Y recuerdas también aquellas ugüas que doraban el aire de tu Tomelloso de entonces, aquel Tomelloso de calles anchas y de cal restallante, aquel Tomelloso de trenes íntimos y viñas maternales? Este año está lloviendo tanto, que los ríos y hasta los arroyos andan desbordados por las anchuras solares de La Mancha, de esa Mancha tuya y nuestra en la que siempre es otoño al declinar la tarde.
   ¿Por donde andas, zascandil? Vas a perderte la mejor cosecha. Te echo de menos, zapatones, viejo gruñón, tercuzo; hay que ver cómo se nos van pasando los años. Te recuerdo yendo y viniendo, siempre entre socarrón y cordial, tan de tu tierra siempre, con un verso o algún chascarrillo entre los labios, y con unos brazos muy largos que parecían reclamar siempre el afecto que nunca te dieron sobrado. Te recuerdo solo desde que te conocí, en aquellos lejanos principios de los 80, y te sigo recordando solo años después, cuando (a buenas horas...) decidiste echarte compañera. 
   Te recuerdo con ese abrazo grande y leal, como todo tu cuerpo, y con esa bondad que te rebosaba por el traje, porque hay hombres tan grandes que no caben dentro de su propio pellejo. Tú siempre preferiste poner en tus versos un adjetivo menos y una emoción más, de ahí la temperatura afectiva, como de mano siempre tendida, que rezuman tus poemas. Y a esa mano que nos dejaste tendida en letra impresa, vuelvo de vez en cuando, que nunca fui contigo desleal, y no hay deslealtad peor que la del olvido.  
   Tú escribiste que la poesía es cosa cordial y que a ti te servía para vivir más y para ser mejor de lo que eras. No sé si te sirvió para vivir más, porque de pronto te entraron las prisas, tampoco sé si te sirvió para que fueras todavía mejor. Sólo sé que sin tu voz habríamos estado un poco más solos y más desamparados.
   No quiero que me escribas, Eladiete gandul, ya sé que no tendrás a mano papel y tinta. Pero aunque los tuvieras, sé que tampoco te pondrías a acusarme recibo. Déjalo para luego. Prefiero que, cuando volvamos a vernos, ya sin ninguna prisa, tengas más cosas que contarme.

Tu amigo
Pedro

***

Desde que leí y releí su Diván sumergido (1999), he sentido una especial veneración por el poeta Pedro Antonio González Moreno, que no hizo sino acentuarse con los años cuando, un poco por sorpresa, tuve entre mis manos aquel magnífico, y tan suyo, Calendario de sombras (2005). Nacido en 1960 en Calzada de Calatrava (Ciudad Real), su obra presenta, dejando aparte los múltiples premios que le ha colgado en su cuello, otros poemarios de largo recorrido y voz reconocible, como pueden ser sus Señales de ceniza (1986) y su Pentagrama para escribir silencios (1987). Como narrador, ha publicado también Los puentes rotos (2007), que no he tenido todavía oportunidad  de atravesar. Heredero del neoromanticismo, y especialmente perceptivo de todo cuanto de pérdida tiene el crecimiento del espíritu del hombre,  ha escrito una carta que nunca tendrá respuesta al poeta manchego Eladio Cabañero (Tomelloso, 1930-Madrid, 2000), una de las cumbres más poderosas y menos transitadas de la literatura castellano-manchega contemporánea; un poeta cabal de sobria urdimbre y afilado filo que ya mereció en 1963 el Premio Nacional de Literatura y, en 1970, pero que hoy atraviesa el paisaje del silencio...

lunes, 22 de marzo de 2010

Carta de amor de Juan Rulfo a Clara Aparicio








"He aprendido a decir tu nombre mientras duermo... y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara: hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre"



Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua. Clara: corazón, rosa, amor...
 Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña. Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba. Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?
He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde... y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara: hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre



Juan


Carta de amor de Juan Rulfo a Clara Aparicio (1)

Carta de amor de Juan Rulfo a Clara Aparicio (2)

Carta de amor de Juan Rulfo a Clara Aparicio (3)


Grandes Obras de 
El Toro de Barro
PVP: 8 euros Pedidos a:
edicioneseltorodebarro@yahoo.es



Yo, que he sobrevivido a cien lanzas
y he hecho temblar el vientre
del desierto con uno solo de mis carros,
perdí ante tus ojos mi última batalla.
Ser cobarde en amor equivale a estar muerto.




Otros poemas de

 
 
 
 
 













viernes, 12 de marzo de 2010

Carta a Simone de Beauvoir de una mujer con turbante





Giraste la cabeza para mirarme así. Y fui un naipe marcado. No me encerraba en el baño a anestesiarme con el adorable canto con arpa de la Sirenita imaginada por Andersen o las previsibles peripecias de una Cenicienta rescatada del barro por los zapatos sin ruta confeccionados por Perrault (un par de proto-Blahniks que jamás calzaría una operaria o una pantera). Me acompañaba La Invitada.
En ese baño convertido en templo ninguna mujer era salvada por un hombre. Las mujeres se salvaban solas y decidían exiliarse de la maternidad, extenuar los verbos en un café-bunker y tomar partido. Hacía equilibrio sobre el bidet para alcanzar a mirarme en el espejo, con unos viejos retazos de cortinas de tul devenidos turbante de guerrera en Montparnasse. Las ficciones temblaban, a la Sirenita la ahorcaban las cuerdas cándidas del arpa y Cenicienta se partía la boca contra el piso al pretender caminar con tacos. Un final ejemplar para un par de babiecas. ¿Por qué me miraste así, Simone?. Tu vocación sísmica clausuró la edad de la inocencia y colgó de un clavo oxidado mis juguetes.

Me amordazaron en las clases de catequesis, por difundir el embarazo de la Virgen por causas y goces naturales y trepanarle los sesos a la catequista para que hiciera de María una amante insumisa, sublevada contra el martirio impuesto por las jerarquías patriarcales. Te anudabas el pelo con pañuelos de escándalo. Courbet se equivocó. El origen del mundo no es el útero sino la cabeza. El rictus de una boca que no cede, ojos como estiletes encendidos en la gruta y la determinación de ser obra en perpetua construcción, mordiendo los barrotes de la jaula.
Nunca están dadas las condiciones. Papá se declara en bancarrota y mamá nos quiere docentes y decentes. La lucha en el hipotálamo puede graduar su intensidad pero no ahorra las obsesiones, el terror y el insomnio. En París suena el jazz, las vanguardias pulverizan la forma establecida de mirar y el Titanic no imagina el bloque mortífero de hielo. Pero el combate se libra entre las sienes y el París de tu casa y de tu cama puede temblar antes de que lo pise la bota nazi. ¿Cuántas veces te escondiste a llorar en el baño, Simone? ¿Cuántos años se tarda en nacer, cuando nacer significa hacerse e independizar la lengua, sin impostar la propia voz ni lamer las ajenas?

Mi infatigable Castor, inmersa en la aventura estremecedora de pensar junto a un hombre feo como un sapo que jamás sería príncipe, sin ser absorbida por su pensamiento ni convertirse en su florero, su trofeo o su anexo. Siguiendo la ley de tus propios pactos y abriéndole tu segundo sexo a un chico musculoso de Chicago, al que le escribiste cartas de amor ridículas, como todas las cartas de amor. Estados Unidos te electrizaba la piel que no mostrabas en la sesuda Europa de Jean Paul. Confesá, Simone, confesá. Te quiero aunque escribieras públicamente tu Lado A como una reina indómita y, en secreto, tu Lado B suplicando mimitos. ¿Quién renunciaría a que lo cuiden salvajemente?
Pobres las que cayeron en tus redes de entomóloga. Supiste ser malísima y complotar con el sapo la prolija destrucción de corazones, rendidos ante un tándem explosivo de cerebros. Mi amazona ofídica, con un puñal envuelto en el pañuelo. Fuiste todo mezclado, refulgente y revuelto.
Te encantará saber que, aunque persistan en expulsarlas del catecismo y la academia, las chicas no bajan la guardia y son las únicas que sacuden la historia tras la toma del Palacio de Invierno, montadas (aunque no lo sepan) en la turbulencia incandescente de tu estela. Tu turbante es la contraseña de las que empujan los límites.
Dejo sobre la tumba inquieta del Castor y su sapito nudos de tul de las cortinas rasgadas de la infancia, con las que todavía vendo, blindo y asomo mi cabeza al estrépito formidable del mundo. Intentando mantener y simultáneamente romper el equilibrio, para no avergonzarme ante el espejo que jamás perdona.

Fotos: Remains (family II), Annette Messager, 2000.
We don’t need another hero, Barbara Kruger, 1987.
Candy cigarette, Sally Mann, 1989.

***
Mariel Manrique nació y vive en Buenos Aires. Estudió leyes e Historia. Escribe ensayos sobre literatura, cine y pintura para distintos medios de Argentina, Brasil y España. En 2009 publicó su primer poemario, La constelación de Andrómeda (Editorial Crack-up). Su segundo poemario, Rehenes, se encuentra actualmente en prensa. Mantiene los blogs en castellanohttp://pajarodechina.blogspot.com yhttp://putasdebabilonia.blogspot.com y, en italiano y con Ruth Llana, http://pensieriinvoloradente.blogspot.com. Su escritura posee la delicadeza del brillo afilado de una navaja de plata. Su tajo es perdurable, pero limpio. Y quema.



domingo, 28 de febrero de 2010

Carta que no se echa al correo y postdata que sí se echa, de Amador Palacios


«… recompongo el atuendo con mis manos menudas hasta extraer un nuevo cigarrillo y sentarme a tu lado, observando, en la espera, los ubicuos emblemas del infinito. Si tú desbocases tu malestar suspenso, que no ha tenido sino falsas motivaciones, y demudases el rostro y hundieses de repente las turbias palabras en mi pecho con un arrojo inoportuno, la esperanza en la noche y la dicha del instante inmediato se desmoronarían con triste impunidad. Porque me agrada un poco tu pequeño tormento de hombre. ..»


Querido amador:

Tú te comportas en ocasiones como un niño oscuro. Yo pronto suelo apercibirme y a no ser que los vientos vengan trocados, actúo con maestría y amabilidad. Tú andas por la casa entonces cargando en las espaldas un saco de silencios, yendo de un lado a otro con pasos ancestrales, temiendo por los lodos prestos en la inocente superficie. Yo impongo desde un dominio natural y recóndito, es decir, poniendo en uso una condescendencia elegantísima; los espejos reflejan mi hermosura creciente y, mientras me retoco, ensayo con celo la mueca exacta del amor. Tú, en la sala, fumas y escuchas el tango, el jazz, con apariencia complaciente, contestas las llamadas telefónicas, abres un diario y un volumen, bebes del vaso con bonanza, asientes, en circunspecto fingimiento, a las requisitorias de tu mujer, escueto y desviando, bajo pobres pretextos, la mirada. Yo, en ropa interior, he recorrido las habitaciones y ahora acabo ese largo maquillarse; recompongo el atuendo con mis manos menudas hasta extraer un nuevo cigarrillo y sentarme a tu lado, observando, en la espera, los ubicuos emblemas del infinito. Si tú desbocases tu malestar suspenso, que no ha tenido sino falsas motivaciones, y demudases el rostro y hundieses de repente las turbias palabras en mi pecho con un arrojo inoportuno, la esperanza en la noche y la dicha del instante inmediato se desmoronarían con triste impunidad. Porque me agrada un poco tu pequeño tormento de hombre, tu doblez, aunque incomprensible, irremediable y temperamental; y además conozco lo secreto de esas leves actitudes mohínas, pero pido a los dioses que derrochen templanza en ti, guapo muchacho que me adora y me teme y que me pide al fin mi menuda mano capaz de absolver los absurdos distanciamientos, deshaciendo los nudos. Y una vez en terreno desahogado, cuando el peligro ha vuelto una vez más al fondo del océano, acaricio tu cutis rasurado y recibo de lleno toda la silenciosa admiración que me es debida, y humildemente inclino la cabeza y recojo en mi frente el beso-colofón.
Eso era ayer. Hoy es mi cumpleaños y estás a mi lado, agasajándome.
Todo el amor de
Amanda

POSDATA.- Luego de ensimismarme durante largo rato con el ceño fruncido, me levanto de la dura silla y comienzo a pintar.
Ubíqueseme en una espesa sobremesa del mes de julio, cuando los platos, ya en la platera, sueltan sus gotas últimas, cuando en la sombra de las ventanas las rendijas deslumbran, cuando al asfalto se le supone descompuesto bajo la cal. En la dura silla rumio mi enojo mientras él en la alcoba rumia el suyo. Turbada, una sonrisa irónica empieza con blandura a dibujárseme a la vez que consumo cigarrillos y de café una taza más. Ya basta, pienso, y dejo de mirar el mobiliario y aparto el puño de mi rostro y me levanto con decisión de la dura silla. En la penumbra de la alcoba se destacaba tu silueta bonita, escribe él mientras recuerda la impresión instantánea de mis cabellos en desorden, el concierto indolente de mis hombros desnudos, mis pies descalzos y mis pequeñas manos recogidas en el abdomen mostrando aún restos de pintura verde, y tu seno que esclarecía la penumbra, balbuciendo en los pliegues del vestido entreabierto. Él aparta el bolígrafo, se recuesta, cierra los ojos y permite que su memoria reproduzca con nitidez el contorno perfecto de mi culo palpitando en el borde de la cama. Vale.

***


Siempre he sentido una particular admiración por la poesía antiheroica de Amador Palacios, un autor de biografía ya inabarcable y en cuya amplísima creación literaria El Toro de Barro ha tenido mucho que ver. Hemos ilustrado la extraordinaria carta de Amanda con algunas -que, con la única excepción de su posdata, nunca llegó a la boca del buzón- algunas fascinantes iluminaciones del gran fotógrafo Helmut Newton. Quede aquí constancia de nuestro agradecimiento a ambos. Y de nuestras alegría....


lunes, 22 de febrero de 2010

Cata con besos de Lewis Caroll a Gertrude Chataway
































































«…Entonces recordé una pequeña caja que compré una vez en Dover, pensando que podría regalarla alguna vez a alguna niña u otra persona. Así que los empaqué -los besos- bien cuidadosamente. Dígame si le llegan bien o si alguno se pierde en el camino...»



Christ Church, Oxford, 28 de octubre de 1876




Mi muy querida Gertrude:


Usted estará apesadumbrada, sorprendida, y desconcertada, al oír la extraña enfermedad que tengo desde que usted se fuera. Mandé buscar al doctor, y dije, "Deme alguna medicina porque me siento cansado". Él dijo, "¡Estupideces sin sentido! Usted no necesita la medicina: ¡vaya a la cama!"
Dije, "No; no es la clase de cansancio que pide la cama. Mi rostro trasunta cansancio." Él se veía con expresión grave, y dijo, "Oh, es su nariz la que está cansada: una persona habla a menudo demasiado cuando piensa que tiene todo claro." Dije, "No, no es la nariz. Quizás sea el pelo." Entonces él se vio algo serio, y dijo, "Ahora sí entiendo: usted estuvo peinando el pianoforte."
"No –dije-, de hecho no lo he hecho, y no es exactamente el pelo: más bien sobre la nariz y el mentón." Entonces él se rió durante largo rato, y dijo, "¿Ha estado usted caminando mucho con la barbilla?. Dije, "No." "Bien!", dijo él, "esto me desconcierta mucho.
“¿Usted cree que el problema estará en los labios?" preguntó.
“Por supuesto” dije. "¿Qué es exactamente?"
Entonces él se vio muy serio, por cierto, y dijo, “Yo creo que ha estado dando demasiados besos...”
"Bueno", dije, "le di un beso a un niña, una pequeña amiga mía."
"Piense otra vez, " dijo él, "¿está seguro de que haya sido solo uno?"
Pensé otra vez, y dije, “puede que hayan sido once veces”.
Entonces el doctor dijo: “Usted no debe darle ni uno más hasta que sus labios se hayan recuperado”.
“Pero ¿cómo hago?” le dije “ ¡le debo ciento ochenta y dos besos más!
Entonces se vio tan serio que las lágrimas corrían por sus mejillas, y me dijo “Mándeselos en una caja”.
Entonces recordé una pequeña caja que compré una vez en Dover, pensando que podría regalarla alguna vez a alguna niña u otra persona. Así que los empaqué bien cuidadosamente. Dígame si le llegan bien o si alguno se pierde en el camino.






















































































El reverendo Charles Dodgson, más conocido como Lewis Carroll, conoció a la pequeña Gertrude Chataway en 1875, y la convirtió en una de sus más cercanas “amigas niñas”, y en la fuente de inspiración de su Alicia...