martes, 5 de julio de 2011

Carta de Fernando Solana a Marguerite Yourcenar









Así pues, querida Yourcenar, desde donde ahora usted se encuentre le ruego que me conceda el derecho a decir lo mismo que le fuera permitido al emperador Adriano al morir, para así saber que hasta el final yo también fui amado... y pronunciar  como él aquella oración que garantiza el tránsito completo hacia lo que nos espera, habiendo dejado todo esto atrás: “Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos...”


Querida Yourcenar: 


Déjeme llamarla así y no maestra, lo cual sería exacto pero innecesariamente distante, tampoco Nuestra Señora de las Letras, una precisa fórmula devocional que creo haber acuñado yo mismo entre nosotros, así fuera tan natural y lógica como simplemente pensarla, pues ella la alejaría todavía más de los modestos afanes que hoy, 8 de junio de 2009, cuando se cumplen 106 años de su nacimiento, quiero confiarle. (...)
Una tradición oriental muy apreciable y cercana para usted afirma que el adepto se hace a sí mismo, que no se le convierte en tal. Así fue entre los dos cuando hace más de treinta años encontré, en una librería de la ciudad de México que ya no existe, un libro suyo de tapas negras publicado no casualmente por una editorial llamada Hermes, dios de la escritura, y traducido al español, tampoco casualmente, por otro gran escritor, Julio Cortázar: Memorias de Adriano. Fue entonces que me hice adepto de su obra, primero, y luego de usted misma, pues nunca he podido ni he querido disociar una de la otra. Comprendí entonces una vez más aquella sentencia de Schopenhauer: “Todo encuentro casual es una cita”. La nuestra, querida Yourcenar, aquella tarde se había cumplido. (...)
Tiempo después, al ir leyendo toda su obra, llegaría a mis manos un libro de entrevistas hechas por Matthieu Galey, Con los ojos abiertos, donde usted establecería el sentido de tal encuentro, para mí trascendente, enseñándome el gran respeto que debe tenérsele al azar. “Creo en esa aceptación de los objetos dados -respondió entonces-, y de la vida dada, y que se la debe tomar tal como viene. Un escritor a quien mucha gente negaría la calidad de filósofo, sólo porque se trata de Casanova, habla con frecuencia de esa obediencia al destino, del amor fati. No emplea esa fórmula que luego Nietzsche volvió solemne. Lo dice mucho mejor: sequere deum, seguir al dios. Digamos entonces que “el dios” me llevó a América...”.
A mí, en cambio, habiendo nacido en América, el dios me llevó hasta usted. Y debo confesarle, querida Yourcenar, que dicho encuentro ha sido esencial para mi paso por este mundo, donde uno llega como el viento y se marcha como el agua: podría dedicarme solamente a releer sus obras en los años que me restan de vida porque creo fervientemente que en ellas están depositadas todas las reflexiones necesarias, y acaso ciertas respuestas esenciales, ante el misterioso asunto de haber estado durante una vida aquí. (...)
Hablo entonces de una dura pedagogía. La he leído a usted no tanto para aprender cómo escribir sino para constatar lo que nunca podré escribir, las hondas meditaciones que su genio alcanzó. Y si las urgencias compulsivas de una biografía definida como la de un escritor, aquella que me ha tocado y que yo mismo, un tanto frívolamente, he construido, no exigiera de mí engarzar palabras para mercer tal término designativo, me bastaría con pronunciar a menudo la siguiente proposición suya para curarme radicalmente de tal aflicción: “...en el fondo, sólo tengo un interés limitado en mí misma. Tengo la impresión de ser un instrumento a través del cual han pasado corrientes, vibraciones. Esto vale para todos mis libros, y aún diría que para toda mi vida. Quizá para cualquier vida, y los mejores entre nosotros, quizá son también sólo cristales conductores. Así, a propósito de mis amigos, vivos o muertos, me repito con frecuencia la admirable frase (...) de Saint Martin: ‘Hay seres a través de los cuales Dios me ha amado’. Todo viene de más lejos y va más lejos que nosotros. Dicho de otro modo, todo nos rebasa, y uno se siente humilde y maravillado de haber sido así rebasado y atravesado”.
Lección inmensa: todo está bien. Dios me ha amado a través de sus páginas incandescentes, icásticas, imborrables, y me siento humilde y maravillado por haber sido tocado con la gracia que alienta en ellas. Tiene razón sobrada Borges, un hombre de letras cuya obra usted asimismo admiraba: no me enorgullezco de lo que he escrito sino de lo que he leído. Y usted, querida Yourcenar, es uno de mis irrenunciables orgullos. No solamente porque a través suyo conocí y aprendí sobre el budismo, esa doctrina del espíritu tan cara para los dos, sino porque, imitando su temple y gran sabiduría, cuando yo muera confío en que algunos piadosos recuerdos vendrán hasta mí para aligerar el paso, para estimular el tránsito, para reforzar mi atención (un término axial que usted, además, convirtió en suprema técnica literaria), para vivir aquello con pleno conocimiento, con el corazón en paz y el alma serena. (...)
Así pues, querida Yourcenar, desde donde ahora usted se encuentre le ruego que me conceda el derecho a decir lo mismo que le fuera permitido al emperador Adriano al morir, para así saber que hasta el final yo también fui amado humanamente, pues entonces pronunciaré, con voz apenas audible pero con mente plena y agradecida, aquella oración que garantiza el tránsito completo hacia lo que nos espera, habiendo dejado todo esto atrás: “Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos...”.
Sólo eso le pido, querida Yourcenar: no es poco, pero no es mucho: ser una lámpara para nosotros mismos.




Fernando









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En caso de reproducción, rogamos se cite su autoría.







viernes, 24 de junio de 2011

Carta de Emily Dickinson a Susan Gilbert



"y contigo, yo pasaré esta mi hora preciosa, la más preciosa de todas las horas"



Están limpiando la casa hoy, Susie, y he hecho un rápido bosquejo de mi cuarto, donde con afecto, y contigo, yo pasaré esta mi hora preciosa, la más preciosa de todas las horas que marcan los días al vuelo, y el día tan querido, que por él cambiaría todo, y tan pronto como pase, suspiraré otra vez por él. No puedo creer, Susie querida, que casi he permanecido sin tí un año entero; el tiempo parece a veces corto, y mi recuerdo de ti caliente como si te hubieras ido ayer, y otras veces si los años y los años recorrieran su camino silencioso, el tiempo parecería menos largo. Y ahora como pronto te tendré, te sostendré en mis brazos; perdonarás las lágrimas, Susie, acuden tan felices que no está en mi corazón reprenderlas y enviarlas a casa. 
No sé por qué es -pero hay algo en tu nombre, ahora estás tomando de mí, que llena mi corazón por completo, y mi ojo, también. No es que mencionarlo me aflija, no, Susie, pero pienso en cada "sitio soleado" donde nos hemos sentado juntos, y no sea que no haya no más; conjeturo que ese recuerdo me hace llorar. Mattie estuvo aquí la tarde pasada, y nos sentamos en la piedra de la puerta delantera, y hablamos de vida y de amor, y susurramos nuestras suposiciones infantiles sobre tales cosas dichosas - la tarde se fue tan pronto, y caminé a casa con Mattie debajo de la luna silenciosa, y sólo faltabas tú, y el cielo. Tú no viniste, querida, pero un poquito de cielo sí , o eso nos pareció a, pues caminamos de un lado a otro y nos preguntábamos si ese gran bendición que puede ser nuestra alguna vez, se concederá ahora, a alguno. ¡Esas uniones, mi Susie querida, por las cuales dos vidas son una, esta adopción dulce y extraña en donde podemos mirar, y todavía no se admite, cómo puede llenar el corazón, y hacerlos en pandilla latir violentamente, cómo nos tomará un día, y nos hará suyos, y no existiremos lejos de él, sino que quedaremos quietas y seremos felices!


Parece que Susan Gilbert mantenía una muy íntima relación con Emily Dickinson, que era la espsoa de su hermano.

viernes, 17 de junio de 2011

Cartas de René Letona a Antonio Brañas








"la vida no responde con la voz que querríamos oír y, a veces, es sólo un silencio"

                                      

Madrid, 3 de febrero de 1990




Querido Antonio:

  … El caso, Antonio, es que la vida no responde con la voz que querríamos oír y, a veces, es sólo un silencio: un silencio de muerto o agonizante que no termina de morir. Así me ha resultado y así tengo que padecerlo. (…) …aparte es un escritor que quiere hacerse libremente, que de modo pertinaz ansía retirar los límites con que pretenden constreñirle, ahogarle  y  anularle, y aparte son ésos que se pliegan al escalafón, que prefieren, de cualquier manera, los sitios del retículo que la sociedad les destina. (…) No quieren darse cuenta que no corresponde al proceso de una Cultura modernamente entendida, que la burocratización cultural –de Juegos florales, de ediciones oficiales, de actos y celebraciones ceremoniosas–, es  sólo eso:  burocratización, y no Cultura de la que puedan ufanarse, es decir, lucidez de ideas, frente amplia, clara y libre, no dispuesta a inclinarse ni ser rebajada. Y no significa que apueste yo por un romanticismo cultural: son los escritores e intelectuales centroamericanos los que confunden el patronazgo oficial y empresarial de sus sociedades con las función moderna de un Estado de Bienestar, cuya obligación es proteger la Cultura y dar un sitio digno a los escritores, artistas e intelectuales en general.  (Si  digo empresarial, es porque ahora empieza: ¿quieren que se fomente la Cultura en Centroamérica? Estamos dispuestos a ayudarles  –dicen los empresarios. ¡Y a frotarse las manos!).
  Para mí ni la historia  de la literatura ni la crítica literaria son oficios académicos, cuadrículas que hay que rellenar, como los son para mis coetáneos. (…) Su manera de desplegarlas obedece a otros designios que no tienen que ver con la domesticación filológica-explicativa de los procesos literarios, sociales y culturales de la “nacionalidad”. (…) …así como a los dieciocho o veinte años de edad comprendí estas complicaciones, aunque no supiera darles razones concretas, pronto comprendí que la literatura, y en general la Cultura, no podían vivir sin una relación constante con el mundo y la vida. No entiendo el escribir sin una confrontación. 





 ***

Madrid, 28 de abril de 1990.




Estimadísimo Antonio:
   
      La carta que escribo es la última sobre estos asuntos. No tema, por tanto, y lea confiado, que no habrá más cartas de marear para borrascas públicas o privadas. Es tiempo ya de que tome yo de mis propias medicinas.
      Carlos Fuentes en más de una entrevista ha dicho hace unos días, en Madrid, que la intervención constante de los escritores latinoamericanos en las cuestiones políticas se debe a una "debilidad de las sociedades civiles", al escaso peso específico de ellas en sus respectivos países. Si ésta puede ser una explicación, no creo que sea la más completa. En Latinoamérica, las tradiciones de la alta cultura deben mucho al origen de una Cultura que estuvo integrada en la esfera de acción político-administrativa de los tiempos coloniales y que, por tanto, tenía su finalidad fuera de sí misma. En ello está su pecado y su penitencia. La posición de los escritores se encuadra y determina dentro de esa circunstancia
condicionante. Esto parece ser cierto, al menos para el área centroamericana.
       De mí le diré que como escritor tengo los caminos cegados... Escribir para el olvido es tónico que aprendí a beber hace mucho. Como decía en 1892 el crítico idiota de la Athlantic Monthly, Bayley Aldrich, sobre Miss Emily Dickinson: su vecindad sería el olvido.  ¿Es una suerte? Ni siquiera vecino, sólo mi destinatario. Y ya lo es.
       Un apretón de manos, hasta siempre,
                                                                                        
                                                                                                                                                                              René.

PD: Madrid, 27 de julio. Como verá por la fecha, he dudado en enviarle esta carta. Si algo le molesta de ella, discúlpeme y piense que, como decía Ausias March, y es mi mejor defensa, en tot fet hagué lo cor salvatge: en todo he puesto mi salvaje corazón.





***



Escritas y fechadas en Madrid entre febrero y abril de 1990, estás fueron las dos últimas cartas que el poeta guatemalteco René Letona escribió al ya venerable poeta y compatriota Antonio Brañas (1919-1998) antes de que la muerte sorprendiera a éste en Escuintla. Ambos estuvieron estrechamente unidos desde que se conocieron a comienzos de los años setenta, cuando Brañas era ya un poeta reconocido y en plena madurez. La correspondencia entre ambos se inició en 1974 y culminó en los años 90. 

Antonio Brañas (del que hemos recogido un retrato a pluma realizado por Carlos Castaneda) nació en Antigua Guatemala en 1919 y murió en la villa de Escuintla en 1998. Publicó su primer libro de poemas, Isla en mis anos, en 1958, al que siguieron un segundo poemario, Transportes y mudanzas, en 1967, y un tercero, Acceso, en 1972. Su obra completa se editó en 1999 con el título La palabra justa.
El poeta, ensayista y traductor René Letona nació en Guatemala en 1951, aunque vive en España desde  1976. Es Doctor en  Filología Hispánica por Universidad Complutense de Madrid. Su tesis de doctorado, aún inédita, versa sobre la obra en prosa de Gabriela Mistral. Trabajó como profesor ayudante en la Facultad de Letras de la Universidad de Valladolid donde efectuó estudios de Licenciatura en  Filología Hispánica. Fue fundador, junto a Ramiro Lagos, del Centro de Estudios Poéticos Hispánicos que dirige actualmente el catedrático -y también poeta de El toro de barro-, Octavio Uña Juárez. Es director de Hartz - Revista digital española de poesía. Ha publicado: Ocho poetas hispanoamericanos en Madrid (1986), Doce en punto (1992), Fragmentos y monólogos (1999), además de artículos, ensayos y poemas en periódicos y revistas de España y América.