miércoles, 20 de julio de 2011

Cartas de Isidro Fabela al Presidente Cárdenas sobre Manuel Azaña




Isidro Fabela, embajador de México en España en el invierno de 1939

"El segundo enemigo de la victoria fué la desorganización política del Gobierno. Desde el principio de la lucha hasta ahora que nos vimos obligados a abandonar Cataluña, nunca tuvimos un Gobierno fuerte, porque las autoridades, de diferentes ideas sociales y políticas, no tuvieron la cohesión necesaria ni la disciplina requerida para imponerse al pueblo y al ejército."
CARTA NUM. 9
Señor Presidente.
Ginebra, febrero 8 de 1939.
Ayer supe que el señor Presidente de la República española, don Manuel Azaña, había llegado a Collonges, pequeña población francesa que está a unos minutos de Ginebra. Considerando de mi deber ponerme a su disposición y presentarle mis respetos hoy mismo me trasladé a su residencia -la casa de su cuñado el señor Rivas Cherif-, donde tuve el honor de conocerlo personalmente y saludarlo, en nombre de nuestro Gobierno y en el mío propio.
El señor Azaña me hizo la mejor impresión: es un hombre de una inteligencia vivaz, de vasta cultura y de una extraordinaria facilidad de expresión. A pesar de las graves y trascendentales circunstancias en que se encuentra su país y su Gobiemo, lo hallé fuerte en su salud y sereno de espíritu; pero no optimista.

El Presidente Azaña me habló abiertamente, pintándome la situación tal como es: cree que, desgraciadamente para su patria y para las democracias, la guerra está perdida. Nosotros perdimos la guerra en la batalla del Ebro -me dijo-; cuando los invasores y su aliado Franco separaron Cataluña de Valencia y del Centro, prácticamente nos habían derrotado.
***
El Presidente considera que por orden de importancia, los enemigos del Gobierno republicano han sido cuatro. Primero, la Gran Bretaña; segundo, las disensiones políticas de los mismos grupos gubernamentales que provocaron una anarquía perniciosa que fué total para las operaciones militares de Italia y Alemania en favor de los rebeldes; tercero la intervención armada ítalo-alemana, y cuarto, Franco.
Don Manuel Azaña, con certeras apreciaciones, examinó cada uno de estos tres factores.
La política británica es la gran culpable del desastre español. Si en el momento oportuno después del levantamiento de julio, Inglaterra hubiera permitido a Francia ayudar al Gobierno de Madrid, la República se habría salvado. Francia no contaba con el pueblo, sino con el viejo ejército monarquista, con la nobleza y con la clerecía, que no hubieran tenido por sí solos la fuerza bastante para dominar a las autoridades legítimas, porque con éstas estaba el pueblo, es decir, la masa compacta de la nación.
Francia estaba dispuesta y lista para enviar material de guerra a los republicanos, cuando el embajador inglés en París opuso el veto del Foreign Office al Presidente Blum. Y como Francia no podía ni puede maniobrar en su política exterior sin la conformidad plena de Inglaterra, quedó con las manos atadas, manos que estaban dispuestas a tenderse política y amistosamente en favor del Gobierno constitucional.
Todavía después, cuando gruesos contingentes de soldados italianos y técnicos alemanes llegaron al campo rebelde y cuando aviones, tanques y cañones de toda especie salieron de las costas italianas para reforzar a los franquistas; todavía entonces, con todo derecho, puesto que el Comité de No-Intervención funcionaba estatuyendo la no-intervención; todavía entonces -me dijo-, los Gobiernos de Londres y París pudieron haber reaccionado para no dejarse burlar, con lo que la causa de España y de la democracia se habría salvado.
No lo hicieron, y las consecuencias las vamos a pagar por igual, nosotros los republicanos y las dos grandes potencias occidentales. En efecto, señor ministro -me dijo el Presidente-, el triunfo completo de Franco será seriamente perjudicial y quizá fatal para los imperios británico y francés, y, en particular, para sus intereses en el Mediterráneo que se van a ver grandemente comprometidos. Los ejércitos de Italia, instalados en las Canarias, en el Marruecos español, en las Baleares y en la Península, probablemente, por no decir seguramente, no abandonarán sus posiciones estratégicas hasta no cobrar en alguna forma práctica la ayuda eficacísima que prestaron a los rebeldes hispanos. Claro es que Inglaterra, con esa conducta equivocada, ha pretendido evitar la guerra, pero nosotros, deseando equivocarnos, creemos que después de haber hundido al Gobierno español, no evitará la guerra, y suponiendo que la evitara, la evitaría al duro precio de dejar establecido en la Península ibérica un régimen totalitario semejante al de Hitler y Mussolini, régimen que constituye una amenaza para Francia y, consiguientemente, para la Gran Bretaña, y que significaría el fracaso de la libertad europea.
El segundo enemigo de la victoria fué la desorganización política del Gobierno. Desde el principio de la lucha hasta ahora que nos vimos obligados a abandonar Cataluña, nunca tuvimos un Gobierno fuerte, porque las autoridades, de diferentes ideas sociales y políticas, no tuvieron la cohesión necesaria ni la disciplina requerida para imponerse al pueblo y al ejército.
En otras palabras, el régimen de legalidad absoluta que ha seguido el Gobierno ha sido una rémora tremenda para las operaciones guerreras y para la disciplina y obediencia indispensables en toda guerra civil, y con mayor razón en una guerra internacional. Los Gabinetes que se han sucedido en el poder, representantes de los diversos partidos que integran las Cortes, pugnaban siempre por hacer prevalecer sus ideas y hacer dominar a los hombres de su partido, causando con esto, frecuentemente y sobre todo en un principio, serias divisiones que a veces se traducían en verdaderos pleitos que menoscababan la disciplina militar y el respeto a las autoridades civiles superiores.
¿Era posible gobernar así, luchar así y vencer así? Imposible. Y sin embargo, las Cortes funcionaban, los ministros seguían con su responsabilidad ante el Parlamento y el Presidente de la República no podía hacer prácticamente nada sino sostenerse en el Poder Ejecutivo para dar la impresión en el extranjero de que nuestro régimen constitucional seguía en pie.
A pregunta especial mía, me contestó el Presidente Azaña: -No fué posible establecer una dictadura militar como la requerían las circunstancias históricas. Los jefes de partido con sus líderes querían seguir imponiendo su voluntad hasta donde les era posible; y lo más que hicieron fué irse plegando poco a poco a la autoridad máxima del Presidente del Consejo, que constantemente tenía que transigir con la incomprensión y el fanatismo de muchos políticos que hasta el fin quisieron conservar el mando de sus huestes.
Para darle a usted un ejemplo palpitante de este caótico estado de cosas voy a referirle lo que pasó en Barcelona hace poco:
El cierre de la frontera francesa que se hizo cada día más riguroso y nuestra incomunicación con Valencia, fue creándonos paso a paso una situación de hambre. Todos los artículos de primera necesidad fueron escaseando, hasta que el pan faltó. Entonces nos preocupamos urgentemente de traer harina de Francia; y estábamos en esto cuando supimos que un acaparador tenía en depósito una enorme cantidad de quintales de harina. Inmediatamente dimos órdenes de incautación de aquella harina, y cuando creí cumplidas las órdenes en beneficio de una colectividad hambrienta, se me vino a anunciar que aquella existencia pertenecía a determinado sindicato que no estaba dispuesto a entregarla; y como esta actitud venía respaldada por un ministro del Gabinete que a su vez no pudo convencer a sus correligionarios de ceder la harina al Gobierno, éste tuvo que aceptar aquella absurda injusticia en favor de un grupo de privilegiados.
Yo acepto -me expresó el señor Azaña con acento solemne y profunda emoción- las responsabilidades históricas que me correspondan; pero créame usted que del drama español yo no soy el único responsable. Cuando se haga la historia de estos años de espantosa tragedia, muchas cosas se sabrán que explicarán al mundo por qué nuestras divisiones intestinas, nuestra pluralidad de ismos minó la posibilidad de defensa de nuestra noble causa.
***
El tercer enemigo nuestro ha sido la doble intervención de Italia y Alemania en los destinos de España. Sin la ayuda del fascismo italiano ni del nazismo alemán, la República habría vencido, a la corta o a la larga, la insurrección. ¿Por qué? Porque el Gobierno contaba con el pueblo y Franco con las clases privilegiadas; y las masas populares son siempre las que dominan y deciden de su suerte, claro está, cuando se les deja opinar y obrar libremente. El Gobierno de Madrid contaba con suficientes hombres, armas y pertrechos de guerra para haber vencido a Franco, si Franco hubiese luchado solo; pero era imposible aniquilarlo con la ayuda de ejércitos invasores pertrechados de manera formidable y constante, a pesar del Comité de No-Intervención.
Estoy íntimamente convencido -agregó el señor Azaña- de que la generalidad del pueblo español era leal al Gobierno, lo mismo en nuestro territorio que en el campo dominado por los rebeldes. Y aún más; sé que el verdadero pueblo de España se alegró real y positivamente de que Franco se hubiese levantado en armas, porque dijo: -ahora vamos a tener la oportunidad de vencer para siempre a nuestros verdaderos enemigos: los militares del antiguo régimen, la nobleza inútil, el clero fanático, el capitalista explotador. Y es que al alegrarse de la rebelión, las clases trabajadoras jamás pensaron que ejércitos extranjeros invadirían nuestra patria para sumarse a sus enemigos tradicionales.
La lucha en tales condiciones era muy desigual, y lógicamente tenía que resolverse en favor de los rebeldes. La cantidad de cañones de grueso calibre, de tanques grandes y pequeños, de aviones de toda especie y de municiones inacabables que, provinientes de Italia y de Alemania llegaron a poder de Franco y los ejércitos de esos países que se aliaron a nuestros enemigos, nos colocaron en una inferioridad tal que nuestra firme resolución y el heroísmo admirable de nuestras tropas no podía humanamente contrarrestar.
Los actos de sublime heroísmo que han llenado las páginas de la historia de España en esta fatídica guerra son dignos de la gloriosa tradición española. El señor Azaña, al pintarme el coraje, la abnegación, el patriotismo sagrado y típico del pueblo hecho ejército, se mostraba verdaderamente conmovido y orgulloso de su raza y de sus correligionarios. Pero habiéndolos dejado solos el resto de Europa, era imposible que vencieran. Por eso sucumbieron.
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En cuarta categoría, otro enemigo para el Gobierno español fué Franco. Este general, sin el auxilio poderoso que le prestó la política británica y, consiguientemente la de Francia, y sin el apoyo decidido de Mussolini y de Hitler, resueltos a dominar, primero a España y después en el Mediterráneo, y aun más allá; sin esos aliados, Franco jamás nos habría vencido.
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El Presidente Azaña sale en la noche para París. En la Embajada de España se encontrará con el Presidente del Consejo, doctor Negrín, y con Alvarez del Vayo, para decidir cuál ha de ser su conducta futura.
El señor Azaña, convencido de que la guerra está perdida, lo que desea es "humanizar la paz"; es decir, negociar las mejores condiciones de un armisticio para entregar a Franco el territorio dominado por la República, salvando a todas aquellas personas, civiles y militares, que corran peligro de ser fusiladas si la capitulación se hiciera sin condiciones.
El Presidente no sabe si el Gobierno decidirá trasladarse a Valencia o a Madrid para continuar la lucha. Eso es lo que él sabrá en París.
Desgraciadamente, no está seguro de que haya uniformidad de criterio en su Gabinete; y en esa virtud, la suerte del Gobierno y de los millones de hombres que están todavía bajo su mando, es una incógnita.
Después de mi interesante entrevista con el señor Presidente Azaña, que duró más de una hora y media, le reiteré lo que le manifestara en un principio, esto es: que yo estaba seguro de interpretar los sentimientos de usted, señor Presidente, al decirle que el Gobierno mexicano y usted en lo personal, lamentan con toda sinceridad el curso doloroso que han tomado los acontecimientos militares en España, no sólo por tratarse de que las autoridades por él presididas representan la legalidad, sino también porque sus ideas están basadas en la defensa de los principios democráticos en contra de una invasión extraña que deseaba establecer en su país un sistema ajeno a los deseos y a las justas aspiraciones del pueblo español.
Terminé diciéndole a don Manuel Azaña que yo estaba seguro de que si él, por las circunstancias en que el destino lo ha colocado, se ve obligado a expatriarse, usted en lo personal, como Presidente de la República y como amigo, y el Gobierno mexicano, igualmente, lo recibirían con los brazos abiertos.
El Presidente Azaña me contestó en los términos del más cordial reconocimiento, que no olvidaría jamás el generoso e histórico gesto de México hacia su Gobierno, ni la actitud de usted, señor Presidente, hacia su persona; y que, si el porvenir lo decidiera a ir a México ya sabía, desde ahora, que en nuestra tierra encontraría nobles amigos y un espíritu hospitalario y cordial.
***
En carta posterior me permitiré exponer a usted, señor Presidente, mis opiniones personales sobre la dramática crisis del Gobierno español en relación con la actitud de Francia, de Inglaterra, de los Gobiernos totalitarios, y, fundamentalmente, en la actitud que asuma el propio Gobierno español después de las trascendentes conversaciones que comenzarán mañana, en París, entre los Presidentes Azaña y Negrín con Alvarez del Vayo, y de éstos con el Gobierno de Daladier.
Con mi respetuosa estimación de siempre, quedo de usted, señor Presidente, su amigo devoto y atento seguro servidor.
P.D.- Febrero 9.
Mañana temprano salgo para Perpignan y otros lugares de la frontera franco-española, a fin de prestar nuestra modesta ayuda a los refugiados que más lo necesiten y hasta donde nuestras circunstancias personales lo permitan.
Acabo de recibir su cablegrama de hoy mismo que le agradezco mucho, señor Presidente. Con todo gusto, apenas regrese, le enviaré un extenso informe sobre la situación que prevalezca hasta entonces en España, así como sobre la situación de los refugiados españoles en Francia.

Fuente:
Isidro Fabela. CARTAS AL PRESIDENTE CÁRDENAS. Offset Altamira. México, 1947. pp.107-117.

lunes, 18 de julio de 2011

Carta de Lou Andreas Salomé a Rainer María Rilke


"este inquietante, desorientador fenómeno, de ordinario no se disipa completamente más que en el comportamiento amoroso de otro, y es sólo él quien legitima de manera soportable nuestro cuerpo en tanto que «nosotros-mismos»".


Göttingen, 27 de junio de 1914
sábado por la mañana



Querido Rainer, fue solo hace unos días, una vez enviada mi carta, cuando empecé a vivir con el poema mismo, pues en los primeros momentos su sentido objetivo me subyugó demasiado como para poder hacerlo. Y ahora lo leo, o mejor: no paro de recitármelo a mí misma. Hay en él como un reino recientemente conquistado, todavía no se distinguen bien sus fronteras, se extiende más allá del espacio que se puede recorrer en él; se lo adivina más amplio; se presienten muchos viajes y peregrinaciones por hacer a través de caminos en los que las brumas jamás se disipan. Y solo un poco de fulgor diurno, justo el necesario para avanzar un paso, sería —de un poema al otro— como un modo real nunca practicado de seguir asentándose en un terreno donde (al contrario que en el simple «arte») el esclarecimiento y la acción siguen siendo una y la misma cosa; esto sólo puede ser poema en la medida en que se lo vuelva a conquistar en provecho de la experiencia vivida. En alguna parte, en la profundidad, todo arte vuelve a empezar como en sus más remotos orígenes, tal la fórmula mágica, el conjuro —evocación de la vida bajo su forma humana desde el fondo de sus abismos hasta entonces impenetrables—. En efecto, en aquello en que la oración y la suprema explosión de potencia no eran todavía más que una y la misma cosa.
No me canso de reflexionar sobre esto.


Luego volví a leer, súbitamente, el poema de Narciso cuyo texto me escribiste el verano pasado. Y vi entonces en él como la prehistoria de la Muñeca. Ya que, por el efecto que produce este poema, parece que hubiera en él como una singular profundización de la tristeza de Narciso (esa tristeza emanada de la leyenda y del amor rechazado sobre sí mismo) en favor de lo inorgánico, por decirlo así, de lo no-viviente en que se contempla. («Ahora eso yace en el agua indiferente y dispersada... allí donde no hay más que la igualdad de humor de las piedras arrojadas»). 
Esta parte de él mismo que huye al exterior, no detenida por el «flexible medio», sólo adquiere su pleno efecto en virtud de lo-que-está-muerto, en lo que esta parte fugitiva se detiene, para convertirse así en lo-que-le-hace-frente. Al mismo tiempo, sin embargo, aparece alusivamente en lo-que-huye-al-exterior el por qué es así, el por qué esta experiencia llena de tristeza es talmente ineluctable: el hecho de que él mismo se disuelva también en el sentido creador («en el aire y en el sentimiento de los bosques»), el hecho de que no se enfrente a ninguna hostilidad—, el hecho de que por su parte dé vida a lo que se declaró muerto, a lo exterior, a lo-que-le-hace-frente, llegando a extinguirse su vida más allá de todo esto. Y en tercer lugar aparece, además, cómo esos dos procesos se
acrecientan imperceptiblemente en un punto determinado, transformándose así en una tristeza erótica: «Lo que se forma ahí y me es seguramente semejante, y asciende temblando entre signos ahogados en lágrimas, pudiera ser que naciera así en el interior de una mujer, esto permanecía inaccesible». El hecho de enfrentarse a lo inorgánico, el hecho de convenirse en muñeca, expresado al mismo tiempo como el hecho de enfrentarse a nuestro propio cuerpo, que (aunque sea lo orgánico viviente) no deja de ser para nosotros lo exterior y lo externo en el sentido más íntimo, la primera cosa diferenciada con relación a nosotros mismos en tanto que nosotros somos los interiorizados que habitamos en el interior del cuerpo, como la cara del erizo; y sin embargo, lo que concierne precisamente a nuestro cuerpo, nuestros pies, nuestros ojos, nuestras orejas, nuestras manos, es ciertamente lo que se dice ser «nosotros-mismos»; este inquietante, desorientador fenómeno, de ordinario no se disipa completamente más que en el comportamiento amoroso de otro, y es sólo él quien legitima de manera soportable nuestro cuerpo en tanto que «nosotros-mismos». En lugar de eso, las partes integrantes se asocian y disocian de nuevo en el «creador»: por ello lo que viene de él es una realidad nueva en vez de una simple repetición. 
Es eso lo que a ti te hace daño; a través de tu mal presiento la felicidad.


Perdóname.


Lou



Extraída de la correspondencia entre Rainer María Rilke y Lou Andrés-Salomé, establecida y publicada por Ernst Pfeiffer (Rainer María Rilke/Lou Andrés-Salomé: Briefwechsel. Max Niehans Verlag Zurich u. Insel Verlag Wiesbaden 1952). Publicada con el título Correspondencia en España por Hesperus (1997), en Barcelona, en traducción de José María Foucé.
 http://es.scribd.com/doc/21361683/Andreas-Salome-Lou-Y-Rilke-Rainer-Maria-Correspondencia
 http://bibliotecaignoria.blogspot.com/2010/09/carta-de-lou-andreas-salome-rilke-en.html#ixzz1RECo5a2J

domingo, 17 de julio de 2011

Carta a la juventud de Emile Zola

"carta a la juventud"
por Emile Zola.


Este texto apareció publicado como folleto, y se puso a la venta el 14 de diciembre de 1897.
Como no encontré ningún periódico dispuesto a aceptar mis artículos, y además deseaba sentirme del todo libre, proyecté continuar mi campaña mediante una serie de folletos. Primero quise lanzarlos un día fijo, con regularidad, uno por semana. Después preferí controlar las fechas de publicación, de modo que pudiese elegir el momento a intervenir según los temas y sólo los días que me parecieran útiles.
 
¿Adónde vais, jóvenes, adónde vais, estudiantes que corréis en grupos por las calles, manifestándoos en nombre de vuestras iras y de vuestros entusiasmos, sintiendo la necesidad irresistible de lanzar públicamente el grito de vuestras conciencias indignadas?
¿Vais a protestar contra algún abuso del poder, han ofendido vuestro anhelo de verdad y equidad, ardiente aún en vuestras almas jóvenes, almas que ignoran los arreglos politicos y las cobardías cotidianas de la vida?
¿Vais a reparar una injusticia social, vais a poner la protesta de vuestra juventud vibrante en la balanza desigual donde, con tanta falsedad, se pesa el sino de los afortunados y de los desheredados de este mundo?
¿Vais, para defender la tolerancia y la independencia de la raza humana, a silbar a algún sectario de la inteligencia, de estrecha mollera, que ha pretendido conducir vuestras mentes liberadas hacia el antiguo error proclamando la bancarrota de la ciencia?
¿Vais a gritar, al pie de la ventana de algún personaje esquivo a hipócrita, vuestra fe inquebrantable en el porvenir, en ese siglo venidero que representáis y que ha de traer la paz al mundo en nombre de la justicia y del amor?
¡No, no! ¡Vamos a abuchear a un hombre, a un anciano que, tras una larga vida de trabajo y de lealtad, imaginó que podía sostener impunemente una causa generosa, que podia querer que se hiciera la luz y se reparara un error, por el mismo honor de la patria francesa!
¡Ah!, cuando yo era joven, vi cómo se estremecía el Barrio Latino con las orgullosas pasiones de la juventud, el amor a la libertad, el odio a la fuerza brutal que aplasta cerebros y oprime almas. Lo vi, bajo el Imperio, entregado de lleno a su esforzada labor de oposición, a veces incluso injusto, pero siempre por un exceso de amor a la libre emancipación humana. Silbaba a los autores gratos a las Tullerías, se ensañaba con los profesores cuyas enseñanzas le parecian sospechosas, se alzaba contra cualquiera que se declarase en favor de las tinieblas y de la tiranía. En él ardia el fuego sagrado de la hermosa locura de los veinte años, cuando todas las esperanzas son realidades, cuando el mañana aparece como el triunfo indudable de la Ciudad perfecta .
Y si nos remontáramos más atrás en esta historia de las nobles pasiones que han alzado a la juventud de las universidades, veríamos a ésta siempre indignada ante la injusticia, estremecida y sublevada a favor de los humildes, de los abandonados, de los perseguidos, contra los crueles y los poderosos. Se ha manifestado en favor de los pueblos oprimidos, ha abrazado la causa de Polonia, de Grecia, se ha erigido en defensora de cuantos sufrían, de cuantos agonizaban bajo la brutalidad de una masa o de un déspota. Si corría la voz de que el Barrio Latino estaba en ascuas, no había duda de que detrás ardía una llama de justicia juvenil, ajena a precauciones, que acometía con entusiasmo obras dictadas por el corazón. ¡Y qué espontaneidad entonces, qué torrente desbordado corría por las calles!
Ya sé que hoy el pretexto sigue siendo la patria amenazada, Francia entregada al enemigo vencedor por una pandilla de traidores. Yo sólo le pregunto al país dónde podremos encontrar la clara intuición de las cosas, la sensación instintiva de lo que es verdad, de lo que es justo, como no sea en esas almas nuevas, en esos jóvenes que nacen a la vida pública y a quienes nada debería ofuscar su razón recta y buena. Que los políticos deteriorados por años de intriga, que los periodistas desequilibrados por todas las componendas de su oficio puedan aceptar las mentiras más impúdicas, puedan hacer la vista gorda ante abrumadoras evidencias, es explicable, comprensible. Pero ¿la juventud? Muy gangrenada ha de estar para que su pureza, su candor natural no se reconozca a simple vista en medio de los inaceptables errores y no se enfrente directamente a lo que es evidente, a lo que está claro, luminoso como la luz del día. La historia es sencilla. Han condenado a un oficial y a nadie se le ocurre sospechar de la buena fe de sus jueces. Lo han castigado siguiendo el dictado de sus conciencias, basándose en pruebas que creyeron veraces. Después, un día, sucede que un hombre, que varios hombres, tienen dudas y acaban por convencerse de que una de las pruebas, la más importante, la única al menos en la que se apoyaron públicamente los jueces, ha sido atribuida erróneamente al condenado, y que no cabe duda de que esa prueba procede de la mano de otro. Y lo dicen, y ese otro es denunciado por el hermano del preso, cuyo estricto deber era hacerlo; y así, a la fuerza, empieza un nuevo juicio que, si resultase en una condena, conllevaría la revision del primer caso. ¿No es todo esto perfectamente diáfano, justo y razonable? ¿Dónde ven la maquinación, el perverso complot para salvar a un traidor? Simplemente deseamos, ¿quién lo niega?, que el traidor sea un culpable y no un inocente que expía el crimen. Ya lo tendréis a vuestro traidor; la cuestión está en que os den el auténtico.
¿No debería bastar un mínimo de sentido común? ¿A qué móvil obedecerían, así pues, los hombres que persiguen la revision del caso? Descartad el antisemitismo estúpido, cuya cruel monomania no ve en eso más que un complot judío, el oro judío, que trata de sustituir en el calabozo a un judío por un cristiano. No existe base alguna, las inverosimilitudes y las imposibilidades se derrumban unas tras otras, ni todo el oro del mundo podría comprar ciertas conciencias. Y hay que llegar a la realidad, que es la expansion natural, lenta, invencible de todo error judicial. La historia es eso. Un error judicial es una fuerza que avanza: unos hombres con conciencia se ven sometidos, asediados, se entregan con creciente obstinación, arriesgan su fortuna y su vida para que se haga justicia. Y no hay otra explicación posible a lo que hoy está pasando; el resto se limita a abominables pasiones políticas y religiosas, al torrente desbordado de calumnias a injurias.
Pero ¿qué excusa tendría la juventud si sus ideas de humanidad y de justicia se hubieran debilitado por un instante? En la sesión del 4 de diciembre, una Cámara francesa se cubrió de oprobio al votar una orden del día "que condena a los instigadores de la odiosa campaña perturbadora de la conciencia pública . Lo digo en voz alta, con vistas al futuro que, espero, ha de leerme: un votación como ésa es indigna de nuestro generoso país, y quedará como una mancha imborrable. Los instigadores son los hombres con conciencia y con valentía que, seguros de un error judicial, lo han denunciado para que se repare, en la convicción patriótica de que una gran Nación donde un inocente agoniza entre torturas sería una nación condenada. La odiosa campaña es el grito de la verdad, el grito de la justicia emitido por esos hombres, es el empeño con que desean que Francia siga siendo, ante los pueblos que la contemplan, la Francia humana, la Francia que ha logrado la libertad y que impartirá la justicia. Y, ya lo veis, seguramente la Cámara ha cometido un crimen, porque ha corrompido incluso a la juventud de nuestras universidades, y ésta, engañada, extraviada, desbocada por nuestras calles, se manifiesta, cosa aún nunca vista, en contra de lo más orgulloso, de lo más valiente, de lo más divino que pueda tener el alma humana.
Después de la sesión del Senado del día 7, la gente habló de hundimiento refiriéndose a Monsieur Scheurer Kestner. ¡Oh, sí, qué hundimiento en su corazón, en su alma! Imagino su angustia, su tormento al ver cómo se desploma a su alrededor cuanto ha amado de nuestra República, cuanto ha ayudado a conquistar para ella en la gran lucha que ha sido su vida: la libertad, primero, y después las viriles virtudes de la lealtad, de la franqueza y del valor cívico.
Es uno de los últimos que quedan de su preclara generación. Bajo el Imperio, supo lo que era un pueblo sometido a la autoridad de uno solo, y se consumía de fiebre y de impaciencia, la boca brutalmente amordazada, ante las injusticias. Con el corazón desgarrado, vio nuestras derrotas, conoció las causas, todas originadas por la ceguera y la imbecilidad despóticas. Más adelante, fue de los que con mayor inteligencia y ardor trabajaron para levantar el país de sus escombros, para devolverle su lugar en Europa. Procede de los tiempos heroicos de nuestra Francia republicana, a imagino que debía de considerarse autor de una obra buena y sólida: el despotismo expulsado para siempre, la libertad conquistada, me refiero a esa libertad humana que permite que cada conciencia ejercite su deber en medio de la tolerancia de las demás opiniones.
¡Sí! Todo pudo conquistarse, pero todo vuelve a estar por los suelos una vez más. En torno a él, dentro de él, no hay más que ruinas. Haber sucumbido al anhelo de verdad es un crimen. Haber exigido justicia es un crimen. Retornó el horrible despotismo, la mordaza más dura acalla otra vez las bocas. Quien aplasta la conciencia pública no es ya la bota de un César, sino toda una Cámara que condena a quienes se enardecen por el deseo de lo justo. ¡Prohibido hablar! Los puños machacan los labios de quienes han de defender la verdad, se amotina a las masas para que reduzcan al silencio a los aislados. Nunca se había organizado una opresión tan monstruosa y dirigida contra la libre discusión. Y reina el más vergonzoso terror, los más valientes se vuelven cobardes, nadie se atreve ya a decir to que piensa por miedo a que le denuncien acusándole de vendido y traidor. Los escasos periódicos que conservan cierta honestidad se humillan ante sus lectores, quienes se han vuelto locos con tantos chismes estúpidos. Ningún pueblo, creo yo, ha pasado por un momento más confuso, más absurdo, más angustioso para su razón y su dignidad.
Por lo tanto, es cierto, todo el leal y prestigioso pasado de Monsieur Scheurer Kestner ha debido de hundirse. Si todavía cree en la bondad y en la equidad de los hombres, es que posee un sólido optimismo. Lleva tres semanas viendo cómo le arrastran por el fango porque ha puesto en juego el honor y la alegría de su vejez, porque quiso ser justo. No existe aflicción más dolorosa para un hombre honrado que sufrir martirio a causa de su honradez. Es asesinar en ese hombre su fe en el mañana, envenenarle la esperanza; y si muere dirá: ¡Se acabó, ya no queda nada, todo lo bueno que hice se va conmigo, la virtud solo es una palabra, el mundo es sólo tinieblas y vacío!
Y para vilipendiar al patriotismo, se ha elegido a ese hombre que es el último representante de Alsacia-Lorena en nuestras Asambleas. ¡Un vendido, él, un traidor, un ofensor del ejército, cuando la simple mención de su nombre debería bastar para tranquilizar las más sombrias inquietudes! No cabe duda de que cometió la ingenuidad de creer que su calidad de alsaciano y su fama de ardiente patriota le valdrían como garantía de su buena fe en sus delicadas funciones de justiciero. Que se ocupase de este caso, ¿no venía a significar que una pronta conclusion le parecía necesaria para el honor del ejército, para el honor de la patria? Dejad que el caso siga arrastrándose más semanas, intentad sofocar la verdad, impedid que se haga justicia y veréis cómo nos habréis convertido en el hazmerreír de toda Europa, cómo habréis situado a Francia a la cola de las Naciones.
¡No, no! ¡Las estúpidas pasiones políticas y religiosas no quieren comprender nada, y la juventud de nuestras universidades ofrece al mundo el espectáculo de ir a abuchear a Monsieur Scheurer Kestner, el traidor, el vendido que insulta el ejército y que compromete a la patria!
Ya sé que el grupo de jóvenes que se manifiesta no representa a toda la juventud y que un centenar de alborotadores por la calle causan más ruido que diez mil trabajadores que se quedan en su casa. Pero cien alborotadores son ya demasiados, y ¡qué desalentador es el síntoma de que ese movimiento, por reducido que sea, se produzca hoy en el Barrio Latino!
Antisemitas jóvenes. ¿Existen, pues, esas cosas? ¿Hay cerebros nuevos, almas nuevas desequilibradas por ese veneno idiota? ¡Qué triste, qué inquietante para el siglo XX que va a iniciarse! Cien años después de la Declaración de los Derechos del Hombre , cien años después del acto supremo de tolerancia y emancipación, volvemos a las guerras de religión, al más odioso y necio de los fantasmas. Eso es comprensible en algunos hombres que desempeñan su papel, que tienen que mantener una actitud y satisfacer una ambición voraz. Pero ¡en los jóvenes, en los que nacen y ayudan a que se desarrollen y expandan todos los derechos y libertades que habíamos soñado ver surgir, fulgurantes, en el próximo siglo! Eran los trabajadores que esperábamos y, en cambio, se declaran ya antisemitas, o sea, que comenzarán el siglo exterminando a todos los judíos porque son ciudadanos de otra raza y de otra fe. ¡Buen principio para la Ciudad de nuestros sueños, la Ciudad de la igualdad y la fraternidad! Si la juventud llegara de veras a ese extremo, sería para echarse a llorar, para negar toda esperanza y toda felicidad humanas.
¡Oh juventud, juventud! Te to ruego, piensa en la gran labor que te espera. Eres la futura obrera, tú pondrás los cimientos de este siglo cercano que, estamos profundamente convencidos, resolverá los problemas de verdad y de equidad planteados por el siglo que termina. Nosotros, los viejos, los mayores, te dejamos el formidable cúmulo de nuestras investigaciones, tal vez muchas contradicciones y oscuridades, pero ciertamente también te dejamos el esfuerzo más apasionado que nunca siglo alguno haya realizado en pos de la luz, los más honestos y más sólidos documentos, los fundamentos mismos de este vasto edificio de la ciencia que tienes que seguir construyendo en pro de tu honor y tu felicidad. Y sólo te pedimos que seas más generosa aún que nosotros, más abierta de espíritu, que nos superes con tu amor a una existencia pacífica, dedicando tu esfuerzo al trabajo, esa fecundidad de los hombres y de la tierra que por fin sabrá lograr que brote la desbordante cosecha de alegría bajo el resplandeciente sol. Nosotros te cederemos fraternalmente el puesto, satisfechos de desaparecer y descansar de nuestra parte de labor en el sueño gozoso de la muerte, si sabemos que tú continuarás y harás realidad nuestros sueños.
¡Juventud, juventud! Acuérdate de lo que sufrieron tus padres, y de las batallas terribles que tuvieron que vencer, para conquistar la libertad de que gozas ahora. Si te sientes independiente, si puedes ir y venir a voluntad o decir en la prensa lo que piensas, o tener una opinion y expresarla públicamente, es porque tus padres contribuyeron a ello con su inteligencia y su sangre. No has nacido bajo la tiranía, ignoras lo que es despertarse cada mañana con la bota de un amo sobre el pecho, no has combatido para escapar al sable del dictador, a la ley falaz del mal juez. Agradéceselo a tus padres y no cometas el crimen de aclamar la mentira, de alinearte junto a la fuerza brutal, junto a la intolerancia de los fanáticos y la voracidad de los ambiciosos. La dictadura ha tocado a su fin.
¡Juventud, juventud! Mantente siempre cerca de la justicia. Si la idea de justicia se oscureciera en ti, caerías en todos los peligros. No me refiero a la justicia de nuestros Códigos, que no es sino la garantía de los lazos sociales. Por supuesto, hay que respetarla; sin embargo, existe una noción más elevada de justicia, la que establece como principio que todo juicio de los hombres es falible y la que admite la posible inocencia de un condenado sin por ello insultar a los jueces. ¿No ha ocurrido ahora algo que por fuerza ha de indignar tu encendida pasión por el Derecho? ¿Quién se alzará para exigir que se haga justicia sino tú, que no estás mezclada en nuestras luchas de intereses ni de personas, que no te has aventurado ni comprometido en ninguna situación sospechosa, que puedes hablar en voz alta, con toda honestidad y buena fe?
¡Juventud, juventud! Sé humana, sé generosa. Aunque nos equivoquemos, permanece a nuestro lado cuando decimos que un inocente sufre una pena atroz y que se nos parte de angustia nuestro corazón sublevado. Basta admitir por un instante el posible error frente a un castigo tan desmesurado para que se encoja el corazón y broten lágrimas de los ojos. Cierto, los carceleros son insensibles, pero tú, ¡tú que aún lloras, tú, afectada ante cualquier miseria, cualquier piedad! ¿Por qué no realizas este sueño caballeresco de defender su causa y liberar al mártir que en algún lugar sucumbe al odio? ¿Quién sino tú intentará la sublime aventura, se lanzará a defender una causa peligrosa y soberbia, se enfrentará a un pueblo en nombre de la justicia ideal? ¿No te avergüenza que sean unos viejos, unos mayores, los que se apasionen, los que cumplan tu tarea de generosa locura?
¿Adónde vais, jóvenes, adónde vais, estudiantes que corréis por la calle manifestándoos, enarbolando en medio de nuestras discordias el valor y la esperanza de vuestros veinte años?
¡Vamos a luchar por la humanidad, la verdad, la justicia!.

Carta de un soldado a su padre, escrita antes de morir (de Alessandro Barico)

"...Gracias por esta vida que aferro. Gracias por estos ojos que ven, estas manos que tocan, esta mente que comprende. Gracias por los días y por los años. Gracias porque éramos nosotros. Gracias mil veces. Para siempre."



   Padre:

Os doy las gracias. Gracias por haberme acompañado al tren, el primer día de guerra. Gracias por la maquinilla de afeitar que me regalasteis. Gracias por las jornadas de caza, por todas. Gracias porque nuestra casa era cálida, y los platos no estaban desportillados. Gracias por aquel domingo bajo el haya de Vergezzi. Gracias por no haber levantado nunca la voz. Gracias por haberme escrito cada domingo desde que estoy aquí. Gracias por haber dejado siempre la puerta abierta cuando me iba a dormir. Gracias por haberme enseñado a amar los números. Gracias por no haber llorado nunca. Gracias por el dinero metido entre las páginas del manual. Gracias por aquella velada en el teatro, vos y yo, como príncipes. Gracias por el olor de las castañas, cuando regresaba del colegio. Gracias por las misas al fondo de la iglesia, siempre de pie, nunca de rodillas. Gracias por haber llevado el traje blanco, y por la melancolía. Gracias por este nombre que llevo. Gracias por esta vida que aferro. Gracias por estos ojos que ven, estas manos que tocan, esta mente que comprende. Gracias por los días y por los años. Gracias porque éramos nosotros. Gracias mil veces. Para siempre. 



Esta historia
De Alessandro Barico




Otras cartas de Alessandro Barico



Grandes Obras de 
El Toro de Barro

PVP: 8 euros Pedidos a:
edicioneseltorodebarro@yahoo.es



Yo, que he sobrevivido a cien lanzas
y he hecho temblar el vientre
del desierto con uno solo de mis carros,
perdí ante tus ojos mi última batalla.
Ser cobarde en amor equivale a estar muerto.




Otros poemas de


"El Profeta", de Carlos Morales. De su Libro "S". Ilustración Leonardo da Vinci





 
 
 
 
 
 
 













jueves, 7 de julio de 2011

Carta de Anaïs Nin a un coleccionista


Sólo la unión de los latidos del sexo y del corazón puede crear el éxtasis”.

Querido coleccionista:

Le odiamos. La sexualidad pierde su fuerza y su magia cuando se hace explícita, automática, exagerada; cuando se convierte en una obsesión mecánica, llega a ser aburrida. Usted nos ha enseñado mejor que nadie lo erróneo que es no combinarla con la emoción, la sed, el deseo, la lujuria, los antojos, los caprichos, los lazos personales, las relaciones más profundas que cambian su color, su sabor, sus ritmos y sus intensidades.
No sabe usted lo que se pierde con su análisis microscópico de la actividad sexual y la exclusión de todo lo demás, sin el combustible que la enciende: lo intelectual, lo imaginativo, lo romántico, lo emotivo. 
Es todo esto lo que da a la sexualidad sus sorprendentes texturas, sus sutiles transformaciones, sus elementos afrodisiacos. Usted reduce el mundo de sus sensaciones. Lo está marchitando, lo hace pasar sed, lo deja sin sangre [...] No hay dos pieles que tengan la misma textura, nunca hay la misma luz, ni la misma temperatura ni las mismas sombras, ni tampoco el mismo gesto; porque el amante, cuando está encendido por un verdadero amor, puede recorrer la interminable historia de tantos siglos de cuentos de amor. Una enorme gama, enormes cambios de época, variaciones de madurez e inocencia, perversidad y arte, animales graciosos y naturales.
Nos hemos sentado para charlar durante horas preguntándonos qué aspecto debe tener usted. Si usted ha cerrado sus sentidos a la seda, la luz, el color, el olor, el carácter, el temperamento; usted debe estar ahora completamente apergaminado. Hay muchísimos sentidos secundarios que fluyen como afluentes de la corriente principal del sexo, alimentándola. Sólo la unión de los latidos del sexo y del corazón puede crear el éxtasis”.


Anaïs