lunes, 29 de marzo de 2010

Carta (sin esperanza de acuse) a Eladio Cabañero



  "Te recuerdo con ese abrazo grande y leal, como todo tu cuerpo, y con esa bondad que te rebosaba por el traje, porque hay hombres tan grandes que no caben dentro de su propio pellejo".

   Pues eso que te cuento, mártir Eladio amigo, que ha llegado el momento de ponerme a escribirte. Esta carta ya sé que llega tarde, con demasiados años de retraso, pero es que a veces uno se da cuenta de que se va haciendo tarde para todo; tan tarde, que no sólo empezamos a acudir a algunas citas con retraso, sino que también comenzamos a llegar a destiempo a algunas cosas de la vida.
   Eran demasiados años sin dirigirte unas palabras, bribón, y ya iba siendo hora, que aunque no me respondas sé que habrás de escucharlas. Todavía guardo, sin dedicar, tu último libro, aquella primera y única antología de tus versos que publicaste en vida, y de cuya introducción me he permitido la libertad de entresacar alguna frase y algunos adjetivos tuyos, porque nadie te ha definido nunca mejor que tú mismo.
   Eladiete gandul, ese ejemplar del que te hablo se me quedó sin dedicar, y no por tu pereza, que siempre tuviste mucha para coger la pluma, sino porque aquella tarde no estabas ya para caligrafías. Aquel día tus manos grandes y huesudas, de viñador de invierno, se estaban ya enfriando. Lo único que me dejaste impreso en su primera página fue tu último aliento de moribundo, que aún me llega, como una vaharada de afecto, cada vez que vuelvo a tu poesía, que es bastante a menudo.
   Por aquí sigue todo como tú lo dejaste. Todo sigue en su sitio, nombre más o nombre menos, aunque van siendo ya demasiados los que llevamos tachados en nuestras agendas. Pero se te recuerda, Eladio, fiera amatoria, guácharo de Quijote, se te recuerda. No me refiero a ese mundo viciado de las antologías, que nunca estarán completas si tú faltas; ni tampoco a esos escenarios ficticios con que los críticos de turno decoran sus manuales de farsa y opereta. Me refiero a los amigos, en los que dejaste, si cabe, una huella más honda que en la literatura. A Carlos Sahagún, a Félix Grande, a Joaquín Benito de Lucas, a Angel García López, a Manuel Alcántara, y a tantos otros para los que tampoco te has ido nunca del todo. Algunos, más impacientes, ya se han ido marchando a hacerte compañía, a oír tus chascarrillos, a jugar al dominó, a recordar viejos tiempos de trenes y de andamios, o simplemente a compartir contigo aquellas sobremesas de café que tenían el sabor dulciamargo de los recuerdos.
    Por aquí hogaño llueve como nunca, que diría Vallejo. Llueve como en los días más oscuros y lejanos de tu infancia huérfana. Llueve tanto que este año – como tú solías decir- las uvas van a venir como melones. Ay, las dos uvas solares de tu Marisa Sabia, ¿recuerdas? ¿Y recuerdas también aquellas ugüas que doraban el aire de tu Tomelloso de entonces, aquel Tomelloso de calles anchas y de cal restallante, aquel Tomelloso de trenes íntimos y viñas maternales? Este año está lloviendo tanto, que los ríos y hasta los arroyos andan desbordados por las anchuras solares de La Mancha, de esa Mancha tuya y nuestra en la que siempre es otoño al declinar la tarde.
   ¿Por donde andas, zascandil? Vas a perderte la mejor cosecha. Te echo de menos, zapatones, viejo gruñón, tercuzo; hay que ver cómo se nos van pasando los años. Te recuerdo yendo y viniendo, siempre entre socarrón y cordial, tan de tu tierra siempre, con un verso o algún chascarrillo entre los labios, y con unos brazos muy largos que parecían reclamar siempre el afecto que nunca te dieron sobrado. Te recuerdo solo desde que te conocí, en aquellos lejanos principios de los 80, y te sigo recordando solo años después, cuando (a buenas horas...) decidiste echarte compañera. 
   Te recuerdo con ese abrazo grande y leal, como todo tu cuerpo, y con esa bondad que te rebosaba por el traje, porque hay hombres tan grandes que no caben dentro de su propio pellejo. Tú siempre preferiste poner en tus versos un adjetivo menos y una emoción más, de ahí la temperatura afectiva, como de mano siempre tendida, que rezuman tus poemas. Y a esa mano que nos dejaste tendida en letra impresa, vuelvo de vez en cuando, que nunca fui contigo desleal, y no hay deslealtad peor que la del olvido.  
   Tú escribiste que la poesía es cosa cordial y que a ti te servía para vivir más y para ser mejor de lo que eras. No sé si te sirvió para vivir más, porque de pronto te entraron las prisas, tampoco sé si te sirvió para que fueras todavía mejor. Sólo sé que sin tu voz habríamos estado un poco más solos y más desamparados.
   No quiero que me escribas, Eladiete gandul, ya sé que no tendrás a mano papel y tinta. Pero aunque los tuvieras, sé que tampoco te pondrías a acusarme recibo. Déjalo para luego. Prefiero que, cuando volvamos a vernos, ya sin ninguna prisa, tengas más cosas que contarme.

Tu amigo
Pedro

***

Desde que leí y releí su Diván sumergido (1999), he sentido una especial veneración por el poeta Pedro Antonio González Moreno, que no hizo sino acentuarse con los años cuando, un poco por sorpresa, tuve entre mis manos aquel magnífico, y tan suyo, Calendario de sombras (2005). Nacido en 1960 en Calzada de Calatrava (Ciudad Real), su obra presenta, dejando aparte los múltiples premios que le ha colgado en su cuello, otros poemarios de largo recorrido y voz reconocible, como pueden ser sus Señales de ceniza (1986) y su Pentagrama para escribir silencios (1987). Como narrador, ha publicado también Los puentes rotos (2007), que no he tenido todavía oportunidad  de atravesar. Heredero del neoromanticismo, y especialmente perceptivo de todo cuanto de pérdida tiene el crecimiento del espíritu del hombre,  ha escrito una carta que nunca tendrá respuesta al poeta manchego Eladio Cabañero (Tomelloso, 1930-Madrid, 2000), una de las cumbres más poderosas y menos transitadas de la literatura castellano-manchega contemporánea; un poeta cabal de sobria urdimbre y afilado filo que ya mereció en 1963 el Premio Nacional de Literatura y, en 1970, pero que hoy atraviesa el paisaje del silencio...

lunes, 22 de marzo de 2010

Carta de amor de Juan Rulfo a Clara Aparicio








"He aprendido a decir tu nombre mientras duermo... y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara: hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre"



Desde que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye. Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba. Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua. Clara: corazón, rosa, amor...
 Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña. Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida. Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida. Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara. No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba. Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada. ¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?
He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada. Lo han aprendido ya el árbol y la tarde... y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara: hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre



Juan


Carta de amor de Juan Rulfo a Clara Aparicio (1)

Carta de amor de Juan Rulfo a Clara Aparicio (2)

Carta de amor de Juan Rulfo a Clara Aparicio (3)


Grandes Obras de 
El Toro de Barro
PVP: 8 euros Pedidos a:
edicioneseltorodebarro@yahoo.es



Yo, que he sobrevivido a cien lanzas
y he hecho temblar el vientre
del desierto con uno solo de mis carros,
perdí ante tus ojos mi última batalla.
Ser cobarde en amor equivale a estar muerto.




Otros poemas de

 
 
 
 
 













viernes, 12 de marzo de 2010

Carta a Simone de Beauvoir de una mujer con turbante





Giraste la cabeza para mirarme así. Y fui un naipe marcado. No me encerraba en el baño a anestesiarme con el adorable canto con arpa de la Sirenita imaginada por Andersen o las previsibles peripecias de una Cenicienta rescatada del barro por los zapatos sin ruta confeccionados por Perrault (un par de proto-Blahniks que jamás calzaría una operaria o una pantera). Me acompañaba La Invitada.
En ese baño convertido en templo ninguna mujer era salvada por un hombre. Las mujeres se salvaban solas y decidían exiliarse de la maternidad, extenuar los verbos en un café-bunker y tomar partido. Hacía equilibrio sobre el bidet para alcanzar a mirarme en el espejo, con unos viejos retazos de cortinas de tul devenidos turbante de guerrera en Montparnasse. Las ficciones temblaban, a la Sirenita la ahorcaban las cuerdas cándidas del arpa y Cenicienta se partía la boca contra el piso al pretender caminar con tacos. Un final ejemplar para un par de babiecas. ¿Por qué me miraste así, Simone?. Tu vocación sísmica clausuró la edad de la inocencia y colgó de un clavo oxidado mis juguetes.

Me amordazaron en las clases de catequesis, por difundir el embarazo de la Virgen por causas y goces naturales y trepanarle los sesos a la catequista para que hiciera de María una amante insumisa, sublevada contra el martirio impuesto por las jerarquías patriarcales. Te anudabas el pelo con pañuelos de escándalo. Courbet se equivocó. El origen del mundo no es el útero sino la cabeza. El rictus de una boca que no cede, ojos como estiletes encendidos en la gruta y la determinación de ser obra en perpetua construcción, mordiendo los barrotes de la jaula.
Nunca están dadas las condiciones. Papá se declara en bancarrota y mamá nos quiere docentes y decentes. La lucha en el hipotálamo puede graduar su intensidad pero no ahorra las obsesiones, el terror y el insomnio. En París suena el jazz, las vanguardias pulverizan la forma establecida de mirar y el Titanic no imagina el bloque mortífero de hielo. Pero el combate se libra entre las sienes y el París de tu casa y de tu cama puede temblar antes de que lo pise la bota nazi. ¿Cuántas veces te escondiste a llorar en el baño, Simone? ¿Cuántos años se tarda en nacer, cuando nacer significa hacerse e independizar la lengua, sin impostar la propia voz ni lamer las ajenas?

Mi infatigable Castor, inmersa en la aventura estremecedora de pensar junto a un hombre feo como un sapo que jamás sería príncipe, sin ser absorbida por su pensamiento ni convertirse en su florero, su trofeo o su anexo. Siguiendo la ley de tus propios pactos y abriéndole tu segundo sexo a un chico musculoso de Chicago, al que le escribiste cartas de amor ridículas, como todas las cartas de amor. Estados Unidos te electrizaba la piel que no mostrabas en la sesuda Europa de Jean Paul. Confesá, Simone, confesá. Te quiero aunque escribieras públicamente tu Lado A como una reina indómita y, en secreto, tu Lado B suplicando mimitos. ¿Quién renunciaría a que lo cuiden salvajemente?
Pobres las que cayeron en tus redes de entomóloga. Supiste ser malísima y complotar con el sapo la prolija destrucción de corazones, rendidos ante un tándem explosivo de cerebros. Mi amazona ofídica, con un puñal envuelto en el pañuelo. Fuiste todo mezclado, refulgente y revuelto.
Te encantará saber que, aunque persistan en expulsarlas del catecismo y la academia, las chicas no bajan la guardia y son las únicas que sacuden la historia tras la toma del Palacio de Invierno, montadas (aunque no lo sepan) en la turbulencia incandescente de tu estela. Tu turbante es la contraseña de las que empujan los límites.
Dejo sobre la tumba inquieta del Castor y su sapito nudos de tul de las cortinas rasgadas de la infancia, con las que todavía vendo, blindo y asomo mi cabeza al estrépito formidable del mundo. Intentando mantener y simultáneamente romper el equilibrio, para no avergonzarme ante el espejo que jamás perdona.

Fotos: Remains (family II), Annette Messager, 2000.
We don’t need another hero, Barbara Kruger, 1987.
Candy cigarette, Sally Mann, 1989.

***
Mariel Manrique nació y vive en Buenos Aires. Estudió leyes e Historia. Escribe ensayos sobre literatura, cine y pintura para distintos medios de Argentina, Brasil y España. En 2009 publicó su primer poemario, La constelación de Andrómeda (Editorial Crack-up). Su segundo poemario, Rehenes, se encuentra actualmente en prensa. Mantiene los blogs en castellanohttp://pajarodechina.blogspot.com yhttp://putasdebabilonia.blogspot.com y, en italiano y con Ruth Llana, http://pensieriinvoloradente.blogspot.com. Su escritura posee la delicadeza del brillo afilado de una navaja de plata. Su tajo es perdurable, pero limpio. Y quema.



domingo, 28 de febrero de 2010

Carta que no se echa al correo y postdata que sí se echa, de Amador Palacios


«… recompongo el atuendo con mis manos menudas hasta extraer un nuevo cigarrillo y sentarme a tu lado, observando, en la espera, los ubicuos emblemas del infinito. Si tú desbocases tu malestar suspenso, que no ha tenido sino falsas motivaciones, y demudases el rostro y hundieses de repente las turbias palabras en mi pecho con un arrojo inoportuno, la esperanza en la noche y la dicha del instante inmediato se desmoronarían con triste impunidad. Porque me agrada un poco tu pequeño tormento de hombre. ..»


Querido amador:

Tú te comportas en ocasiones como un niño oscuro. Yo pronto suelo apercibirme y a no ser que los vientos vengan trocados, actúo con maestría y amabilidad. Tú andas por la casa entonces cargando en las espaldas un saco de silencios, yendo de un lado a otro con pasos ancestrales, temiendo por los lodos prestos en la inocente superficie. Yo impongo desde un dominio natural y recóndito, es decir, poniendo en uso una condescendencia elegantísima; los espejos reflejan mi hermosura creciente y, mientras me retoco, ensayo con celo la mueca exacta del amor. Tú, en la sala, fumas y escuchas el tango, el jazz, con apariencia complaciente, contestas las llamadas telefónicas, abres un diario y un volumen, bebes del vaso con bonanza, asientes, en circunspecto fingimiento, a las requisitorias de tu mujer, escueto y desviando, bajo pobres pretextos, la mirada. Yo, en ropa interior, he recorrido las habitaciones y ahora acabo ese largo maquillarse; recompongo el atuendo con mis manos menudas hasta extraer un nuevo cigarrillo y sentarme a tu lado, observando, en la espera, los ubicuos emblemas del infinito. Si tú desbocases tu malestar suspenso, que no ha tenido sino falsas motivaciones, y demudases el rostro y hundieses de repente las turbias palabras en mi pecho con un arrojo inoportuno, la esperanza en la noche y la dicha del instante inmediato se desmoronarían con triste impunidad. Porque me agrada un poco tu pequeño tormento de hombre, tu doblez, aunque incomprensible, irremediable y temperamental; y además conozco lo secreto de esas leves actitudes mohínas, pero pido a los dioses que derrochen templanza en ti, guapo muchacho que me adora y me teme y que me pide al fin mi menuda mano capaz de absolver los absurdos distanciamientos, deshaciendo los nudos. Y una vez en terreno desahogado, cuando el peligro ha vuelto una vez más al fondo del océano, acaricio tu cutis rasurado y recibo de lleno toda la silenciosa admiración que me es debida, y humildemente inclino la cabeza y recojo en mi frente el beso-colofón.
Eso era ayer. Hoy es mi cumpleaños y estás a mi lado, agasajándome.
Todo el amor de
Amanda

POSDATA.- Luego de ensimismarme durante largo rato con el ceño fruncido, me levanto de la dura silla y comienzo a pintar.
Ubíqueseme en una espesa sobremesa del mes de julio, cuando los platos, ya en la platera, sueltan sus gotas últimas, cuando en la sombra de las ventanas las rendijas deslumbran, cuando al asfalto se le supone descompuesto bajo la cal. En la dura silla rumio mi enojo mientras él en la alcoba rumia el suyo. Turbada, una sonrisa irónica empieza con blandura a dibujárseme a la vez que consumo cigarrillos y de café una taza más. Ya basta, pienso, y dejo de mirar el mobiliario y aparto el puño de mi rostro y me levanto con decisión de la dura silla. En la penumbra de la alcoba se destacaba tu silueta bonita, escribe él mientras recuerda la impresión instantánea de mis cabellos en desorden, el concierto indolente de mis hombros desnudos, mis pies descalzos y mis pequeñas manos recogidas en el abdomen mostrando aún restos de pintura verde, y tu seno que esclarecía la penumbra, balbuciendo en los pliegues del vestido entreabierto. Él aparta el bolígrafo, se recuesta, cierra los ojos y permite que su memoria reproduzca con nitidez el contorno perfecto de mi culo palpitando en el borde de la cama. Vale.

***


Siempre he sentido una particular admiración por la poesía antiheroica de Amador Palacios, un autor de biografía ya inabarcable y en cuya amplísima creación literaria El Toro de Barro ha tenido mucho que ver. Hemos ilustrado la extraordinaria carta de Amanda con algunas -que, con la única excepción de su posdata, nunca llegó a la boca del buzón- algunas fascinantes iluminaciones del gran fotógrafo Helmut Newton. Quede aquí constancia de nuestro agradecimiento a ambos. Y de nuestras alegría....


lunes, 22 de febrero de 2010

Cata con besos de Lewis Caroll a Gertrude Chataway
































































«…Entonces recordé una pequeña caja que compré una vez en Dover, pensando que podría regalarla alguna vez a alguna niña u otra persona. Así que los empaqué -los besos- bien cuidadosamente. Dígame si le llegan bien o si alguno se pierde en el camino...»



Christ Church, Oxford, 28 de octubre de 1876




Mi muy querida Gertrude:


Usted estará apesadumbrada, sorprendida, y desconcertada, al oír la extraña enfermedad que tengo desde que usted se fuera. Mandé buscar al doctor, y dije, "Deme alguna medicina porque me siento cansado". Él dijo, "¡Estupideces sin sentido! Usted no necesita la medicina: ¡vaya a la cama!"
Dije, "No; no es la clase de cansancio que pide la cama. Mi rostro trasunta cansancio." Él se veía con expresión grave, y dijo, "Oh, es su nariz la que está cansada: una persona habla a menudo demasiado cuando piensa que tiene todo claro." Dije, "No, no es la nariz. Quizás sea el pelo." Entonces él se vio algo serio, y dijo, "Ahora sí entiendo: usted estuvo peinando el pianoforte."
"No –dije-, de hecho no lo he hecho, y no es exactamente el pelo: más bien sobre la nariz y el mentón." Entonces él se rió durante largo rato, y dijo, "¿Ha estado usted caminando mucho con la barbilla?. Dije, "No." "Bien!", dijo él, "esto me desconcierta mucho.
“¿Usted cree que el problema estará en los labios?" preguntó.
“Por supuesto” dije. "¿Qué es exactamente?"
Entonces él se vio muy serio, por cierto, y dijo, “Yo creo que ha estado dando demasiados besos...”
"Bueno", dije, "le di un beso a un niña, una pequeña amiga mía."
"Piense otra vez, " dijo él, "¿está seguro de que haya sido solo uno?"
Pensé otra vez, y dije, “puede que hayan sido once veces”.
Entonces el doctor dijo: “Usted no debe darle ni uno más hasta que sus labios se hayan recuperado”.
“Pero ¿cómo hago?” le dije “ ¡le debo ciento ochenta y dos besos más!
Entonces se vio tan serio que las lágrimas corrían por sus mejillas, y me dijo “Mándeselos en una caja”.
Entonces recordé una pequeña caja que compré una vez en Dover, pensando que podría regalarla alguna vez a alguna niña u otra persona. Así que los empaqué bien cuidadosamente. Dígame si le llegan bien o si alguno se pierde en el camino.






















































































El reverendo Charles Dodgson, más conocido como Lewis Carroll, conoció a la pequeña Gertrude Chataway en 1875, y la convirtió en una de sus más cercanas “amigas niñas”, y en la fuente de inspiración de su Alicia...














Carta de Moshe Benarroch a El Idrissi Mezouar

«… Siempre es asombrosa esa forma que tiene la literatura de entrar en la realidad, como si todo lo que la separase de la ficción no fuera más que una ventana que uno tiene que abrir de vez en cuando para no asfixiarse.
...»


Estimado Mezouar:

Me preguntas por mi infancia y yo me sorprendo de nuevo, aunque ya no debería sorprenderme de esas cosas, ni de que me preguntes justamente sobre algo que estoy escribiendo en este mismo momento, mis cinco primeros años de vida en la calle Maaraka Annoual 21. ¿Por qué habría de sorprenderme, cuando estás traduciendo al árabe los poemas de mi libro "Esquina en Tetuán"?
Y, sin embargo, siempre es asombrosa esa forma que tiene la literatura de entrar en la realidad, como si todo lo que la separase de la ficción no fuera más que una ventana que uno tiene que abrir de vez en cuando para no asfixiarse.
El texto que escribo se titula "Pasaje Benarroch", que tal vez recordaras en la calle Mohamed V, muy cerca de la morería y la judería, casi al lado del palacio del rey en Tetuán. Durante los últimos diez años creí que aquel pasaje era de mi familia, aunque hace poco, al preguntar a mi madre, me dijo que nunca tuvo nada que ver con nuestra familia. Yo recordaba haber ido con mi padre a cobrar rentas, porque resulta que mi padre sí tenía otro inmueble en la calle Mohamed V, pero no era en el pasaje. Y me parecía muy literario que el pasaje estuviese relacionado con mi entorno familiar. A veces la literatura es más lógica y, tal vez, hasta más real que la realidad misma.
Bueno, así que nací y viví hasta casi mis trece años en la calle Maaraka Annoual 21, que se llamaba antes de la Independencia Cónsul Murphy, en una casa de muy bella arquitectura andaluza construida por mi abuelo y su hermano en los años treinta. Mi abuelo, Moisés Benarroch y su hermano Abraham tenían un negocio prospero llamado "Benarroch Hermanos" que suministraba a todo el norte azúcar, aceite y harina. Mucho dinero pasó por esas manos, y con ese dinero construyó muchísimos inmuebles en lo que hoy es el centro de Tetuán., similares a los que construían los judíos que volvían por entonces de las Americas con pequeñas fortunas.
Aquí hay una buena foto del inmueble.
Abajo creo que todavía esta el negocio de bicicletas. Yo vivía en el primer piso, y desde el pequeño balcón se veían las últimas montañas rifeñas. Un piso más arriba vivían mis primos y uno mas abajo otros primos de mi padre, los Nahon y los Bibas. En la misma planta vivía un musulmán de cuyo nombre, aunque lo intente, no me acuerdo ahora, aunque sí recuerdo que era carnicero. Estaba casado, pero no tenía hijos, y vivía con su mujer. Bueno, casi siempre, porque de tanto a tanto se peleaba con ella y cortaba los papeles, o sea, que la divorciaba según la sharía para presentarse luego delante del Caddi el día siguiente y casarse de nuevo. La leyenda cuenta que el Caddi dijo una vez que ya no los casaría otra vez, y entonces el carnicero se calmó un poco. Creo que en esa casa se vivió un gran amor, muy intenso y romántico.
No creo que te acuerdes de ese negocio de mi abuelo y hermano, pero tal vez sí hayas visto los "Almacenes Sananes" de mi abuelo materno, que vivía también en la calle Maaaraka Annoual, creo que en el numero 5; ahora, en esa casa hay un hostal con más de 20 habitaciones, que hospeda trabajadores llegados de otras ciudades. La última vez que fui a Tetuán, en 1996, estaba medio construido, y le dije al dueño que aquella era una casa prolífica y de mucha bendición -mis abuelos maternos tuvieron ocho hijos - donde abundaba la riqueza y era grande la generosidad. Mi abuelo paterno se convertía todos los viernes una especie de seguridad social judía, y desde la mañana venían todos los necesitados a hablar con él y a quejarse y a salir con algunos billetes para sobrevivir la semana siguiente o para hacer un Chabbatt más lucido. A eso de las tres llegaba el turno de los nietos, y nos sentábamos todos en las escaleras y esperábamos a que nos llamara uno a uno, y cada uno recibía unas monedas. Existía toda una jerarquía en el repartimiento: los que llevaban su nombre, recibían siempre un poco más, y los hijos de los hijos recibían más que los hijos de las hijas, y los varones más que las hembras, etc… Creo que fue allí donde me rebelé por dentro y por primera vez contra la injusticia de la discriminación.
Entre la calle Mouquauma y Mohamed V, en lo que llamábamos el ensanche, habitaba toda la mi familia y casi todos los judíos que habían abandonado la judería para instalarse en la ciudad nueva. La nuestra era una vida de primos y tíos, que se desarrollaba siempre en una atmósfera extremadamente familiar. Después estaba la escuela, EL Ittihad Maroc, una escuela judía en el corazón mismo del mundo musulman que todos conocíamos como La Alianza, y en la que estudiaba algún que otro cristiano o musulmán. La institución, que fue la primera que fundó, en 1862, La Aliance Française, cerró sus puertas definitivamente en 1974. A sus aulas íbamos por lo general andando, aunque a veces volvíamos en el trolley, y casi siempre pasábamos por La glacial, que se llenaba al mediodía de alumnos que hacían interminables colas para hacerse con alguno de sus buenos helados y después llegar sin hambre al almuerzo. Los veranos veraneábamos en las playas del mediterráneo, primero en Martíl, después en Restinga y, durante los últimos años, en Cabila. Viajábamos a menudo a Tánger y a Ceuta, ya fuese para pasear, para comprar algo o para ir al dentista. Recuerdo los pasteles de Port, y la tienda Kent donde siempre se encontraba algo más de lo que se buscaba, así como los deliciosos bocadillos de Brahim. Recuerdo todos esos años en forma de fragmentos, como el de Fatima -mi segunda madre- volviendo de Bélgica con el bolso lleno con cajas de chocolates para un muchacho de ocho años que ante ella no sabía cómo reaccionar, o llevándome a la escuela...
Dame tiempo para acoplar y escribir esos fragmentos, y gracias por invitarme a recordarlos.


Mois

***

Mois Benarroch nació en Tetuán, Marruecos en 1959. A los trece años emigra con sus padres a Israel, y desde entonces vive en Jerusalén. Empieza a escribir poesía a los quince años, en Inglés primero, después en Hebreo, y finalmente en su lengua materna, el castellano. Publica sus primeros poemas en 1979. En los años 80 forma parte de varios grupos de vanguardia y edita la revista Marot. Ha publicado ocho libros de poemas en hebreo, cinco en ingles, cuatro novelas y libros de cuentos. En España ha publicado el poemario “Esquina en Tetuán” (Esquío, 2000), las novela “Lucena” (Lf ediciones, 2005) y "En las puertas de Tánger" (Destino, 2008), y acaba de publicar Amor y exilios" (Ed. Escalera, 2009). Ha sido galardonado con el Premio del Primer Ministro en Israel 2009 por su obra en prosa y poesía. Es también traductor profesional y ha traducido al hebreo la novela "Los aires dificiles" de Almudena Grandes, “los Santos Inocentes” de Miguel Delibes, Cien poemas de Bukowski, así como parte de la obra de Edmond Jabes, entre otros muchos novelistas y poetas.

viernes, 19 de febrero de 2010

Carta de Calpurnia, esposa de Cayo Julio César, a su amiga Cecilia en Hispania.





«…Sus detractores son muchos, pero ahora que ha terminado la guerra civil, que ha perdonado la vida a tantos enemigos, los sienta a nuestra mesa y hasta los ha propuesto para cargos públicos, ¿qué razones tienen para seguir odiándolo?...»





Cara Cecilia:

No sabes cuánto te echo de menos, amiga mía, y qué grande es mi deseo de que regreses pronto a Roma. Estoy muy desazonada. Ayer, mientras se celebraba la Fiesta de los Lupercos, ocurrió un incidente que no me ha dejado dormir en toda la noche, y a Cayo Julio tampoco. Aunque no suele quejarse ni hablar mucho, lo he sentido dar vueltas en el lecho e incluso murmurar en voz baja. Esta mañana tenía muy mal aspecto.

Desde hace años deseo ser madre, como sabes, así que me coloqué entre el público jus
to delante del templo de Vesta y enfrente del de Cástor y Pólux, con la intención de presenciar la carrera sagrada de los lupercos y salirles al paso para recibir su azote. Esta ha sido una de mis últimas oportunidades, pues Cayo Julio está preparando un ejército para ir a la tierra de los Partos y quién sabe cuándo regresará. En fin, recibí mi azote y deseé con todo mi corazón que propiciara mi vientre para quedar preñada. Esto te lo digo para que comprendas que estaba distraída en ese momento.

Me di cuenta, de repente, que había cesado el griterío y el público miraba hacia el templo de Cástor y Pólux, en cuyo podium Cayo Julio presidía la ceremonia junto con un grupo de magistrados y senadores. Marco Antonio había abandonado la carrera, en la que participaba en su calidad de Cónsul, y estaba de pie delante de mi marido ofreciéndole una diadema. Fue un momento terrible. La gente callaba, los senadores miraban a mi marido con odio y él se había quedado pálido como un muerto.

Cayo Julio hizo un gesto de rechazo con la mano, apartando de sí esa diadema que representa la odiada monarquía y el público rompió en aplausos. Sin embargo, Marco Antonio, no sé por qué razón, no he logrado comprenderlo ni me he atrevido a preguntarle a Cayo, volvió a ofrecérsela. Los romanos expresaron de nuevo su disgusto callando, y aplaudiendo cuando la rechazó. Y aún se repitió esta escena una tercera vez. Lo peor fue ver a mi marido alargar la cabeza hacia delante, y pasarse la mano derecha por el cuello para indicar que podían cortarle la cabeza cuando quisieran. Fue un momento espantoso que difícilmente voy a olvidar.

No sé qué pensar, amiga mía. No entiendo la conducta de Marco Antonio y me preocupa mucho la actitud de mi marido. ¿Por qué haría ese gesto de muerte? Y ¿por qué esta ciudad parece sedienta de sangre? Sus detractores son muchos, pero ahora que ha terminado la guerra civil, que ha perdonado la vida a tantos enemigos, los sienta a nuestra mesa y hasta los ha propuesto para cargos públicos, ¿qué razones tienen para seguir odiándolo? Estoy muy confusa y no sé si he logrado explicarme de manera coherente. En cualquier caso, me ha hecho bien escribirte. Contigo tan lejos, me siento muy sola en Roma y, créeme, tengo oprimido el corazón.
Escríbeme tan pronto recibas mi carta. Necesito tu consuelo.


Julio César, Joseph Mankievich (1953)





***


La fiesta de los lupercos, que se celebrara todos los 15 de febrero de cada año, era un rito iniciático en el que un grupo de jóvenes muchachos corrían entre la multitud golpeando con una tira de piel animal a las mujeres que deseaban quedarse embarazadas y a los adolescentes que querían ver crecidos su poder gerrero y su madurez viril: en ese ritual de paso se visualizaba, así mismo, el ingreso de las sociedades antiguas en la etapa más voluptuosa de la civilización. La evocación de este suceso en la vida de Cayo Julio César, que tuvo realmente lugar, ha sido sobriamente ensayada en esta epístola por la novelista valenciana Isabel Barceló, que ha sido capaz de poner en evidencia la visión de Virgilio en su novela Dido, la reina de Cartago, de cuya gestación y trabajos todos fuimos teniendo noticia, diaria y pormenorizadamente, en uno de los blogs más aclamados y hermosos de la red, que la propia Isabel dedicó a las
Quede aquí constancia de nuestro agradecimiento.

















jueves, 18 de febrero de 2010

Carta con "vino rojo" De Luis María Anson a Javier Villán

«…En nada me reconozco, pero aún tengo la llave de mi vida: morir por mi propia mano...»



Querido Javier...



En tu nuevo libro te declaras indigente y vencido, cuerpo desguazado y piltrafa. Así es que acunas tu nido en el hielo y en la lumbre mientras lamentas los cansancios del tacto adormecido. Árbol fuiste "de la fuerza del roble y de la encina, del ensueño del agua y la raíz boscosa de los vientos".
Te quejas, mi admirado poeta, de tus jardines de dicha calcinada y te preguntas, al contemplarte en el espejo, dónde está el esplendor del cuerpo que fue jóven, el vigoroso empuje del fervor y mástil vencido, mientras trizas los cristales fronterizos del fango y del incendio.
Has escrito con Aquelarre de sombras tal vez tu libreo definitivo, el más estremecedor y erizante, el más profundo y revelador, superando aquella Memoria de insonmnios, cuando te quemaba el tacto salobre y desahuciado por las ventanas de la piel, nube oscura de la herrumbre y la ceniza.
Y, claro, maldices ahora, demasiado tarde, la torpeza de tu bondad, tu generoso aliento, tu comprensión de los humanos defectos. Sabes que por delicadeza has perdido tu vida y sufres porque te has convertido en carne de bisturí cruel. Te consideras ahora modelo de urgencias y renconres. Te detestas. Aspirabas a lo eterno y con ello labraste tu desgracia. Te entristeces ante el cimbel caído, ayer tanta arrogancia y cabalgada. Estás deshabitado de tí mismo, como subrayaba Jaime Siles, el gran poeta que no sé por qué coño no está en la Academia.
No se puede escribir mejor, querido Javier Villán. No se puede alentar en más bellos versos. A la vida sólo le pides un beso por la agresión insomne de la herida. Y tienes razón, eres el que eres, camino de una tumba. Como Whitman. Como Poe. Como Cavafis. Como todos. Pero tú lo dices. "En nada me reconozco -escribes- pero aún tengo la llave de mi vida: morir por mi propia mano".
Aleja, querido amigo, los óxidos y los relámpagos que encienden la oscuridad del universo. Tus versos son impresionantes y me han estremecido. Tienes muchos años por delate de creación y vinos rojos. Estas lejos de los Poemas de la consumación de Vicente Aleixandre. Tú mismo lo has escrito. "Álzate, tus noches serán otra vez lo que ya fueron: esplendor y alborada; noches de vino y clamores de cuerpos". Ciertamente, todavía oscilan las colinas de Venus, el signo de selva de su cintura y su piel dorada de agua curva que nada en el misterio de sus ojos....


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Creador de aventuras editoriales y miembro de la Real Academia Española, Luis María Anson es, por encima de todo, un lector apasionado. En esta carta de "vinos rojos" a Javier Villán, publicada en el diario EL MUNDO y escrita con motivo de la publicación por la editorial Calambur de Aquelarre de sombras, Anson reconstruye el mundo poético del poeta castellano encadenando él mismo un particular canto a la vida. Un poema distinto. Un poema mayor...