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viernes, 14 de diciembre de 2012

Carta de Anne Finnegan a Lamberto Margulis



Colección Felipe Sérvulo


14 de Diciembre de 1987

Lamberto:



Temía este momento. Sabía que iba a llegar y ha llegado. Mi padre estuvo en Dunkerque y mi abuelo cayó en Verdún. Por lo tanto, no son las situaciones difíciles las que pueden hacer vacilar a un miembro de la familia Finnegan. Antes que nada, le agradezco la foto. No imaginaba, a través de su pulido texto, que fuese usted un atleta. Me sorprendió el grosor de sus bíceps en el acto preciso de levantar esas enormes pesas. Y la vastedad de su tórax, como así también lo notorio de la transpiración, lo que me revela un país húmedo. Advertí, asimismo, que esa foto ha sido publicada en alguna revista especializada ya que, al dorso, puede leerse parte de una suerte de tabla de posiciones de algún campeonato, se me antoja de football, nuestro deporte por antonomasia. 

Volviendo a lo que a usted lo inquieta, quiero pedirle dos cosas: primero, que tome esto que voy a decirle con serenidad y no cometa el disparate de tomar decisiones apresuradas. Segundo, que no use palabras que me obliguen a recurrir a cada momento al diccionario. Me insumió una barbaridad de tiempo hallar el significado de la palabra "capelina" que, en un primer momento, me sonó como algo muy grosero. 

Le diré, Lamberto, tengo novio. Es una relación que data de mucho tiempo atrás, doce años, para ser mas exacta. En estos momentos estamos algo distanciados ya que Edwin, tal es su nombre, reside en Brisbane, Australia, desde donde ha jurado llamarme para vivir a su lado. Yo ya estoy dudando de que cumpla con su promesa porque, desde el primer año de relación, me viene prometiendo lo mismo. Es un hombre inteligente, educado, pero algo frío en el trato, al menos así se entrevé a través de sus cartas, ya que a él también lo conocí mediante un correo postal que publicara la revista "New Commonwealth", en Belfast, en el año 75. Parece ser buena persona bajo su redacción huraña. Al menos su letra es pareja y redonda, aunque sus cartas, en lo que respecta a prolijidad dejan bastante que desear; suelen venir manchadas de tabaco y con aureolas de alcohol. Su manejo de la sintaxis es pobre y, lo compruebo ahora comparando, su temática se reduce a la descripción de matanzas de hotentotes y a la utilización comercial del cuero de cocodrilo. 

Lo advierto ahora, Lambert, cuando he decidido abrir mis fronteras y conocer nuevos mundos, nuevas sensaciones, experimentar el regocijo de contactar culturas diferentes. 

Por otra parte, lo considero a usted algo más que un amigo, Lambert. Lo que ocurre es que no hallé en el diccionario una palabra que contuviera, sin caer en excesos, mis apetitos personales. 





Annie.








 



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En caso de reproducción, rogamos se cite la autoría.

























miércoles, 28 de noviembre de 2012

Carta de Lamberto Margulis a Anne Finnegan







28 de Noviembre de 1987
Querida Annie: 


Un tumulto de sensaciones contrapuestas estremece mi alma. La comprobación de que nuestro contacto epistolar se prolonga y solidifica me ha insuflado nuevos ánimos, pintando de bellos y alegres colores el gris desvaído de mi vida. Le confieso que su carta me ha llenado de sensaciones olvidadas, me siento como un adolescente, pleno de dudas y ambivalencias. Antes que nada, quiero agradecerle enormemente su fotografía. Sé que le ha significado un esfuerzo económico enviármela. Le juro que no era mi intención inducirla a destruir su álbum, que imagino un documento familiar de insoslayable valor. Es una pena que no haya señalizado, precisamente, quién es usted dentro de ese maravilloso ramillete de jóvenes que, sin duda alguna, gozan de los placeres de un pic-nic. Pese a la oscuridad de la toma, pese a lo neblinoso que, al parecer, se presentaba el día, pese a la poca definición del foco, creo advertir que había algunos muchachos entre ustedes. No es fácil individualizarlos entre los abrigos y las capelinas. No obstante, con tenacidad detectivesca, he logrado separar una quincena de personas entre las que podría encontrarse usted, Annie, bella como siempre.
Advierto en usted un cierto regusto por el misterio, fiel a los pasos maestros de la inmortal Agatha Christie. Y no vacilo en arriesgar una posibilidad: usted es la que reposa sobre el césped, casi bajo el capot de la camioneta, envuelta su cabeza en un echarpe claro, junto a algo blanco que bien podría ser una cabra.
Le remito, en retribución de su gesto, una foto mía. Tardé mucho en seleccionarla, ya que no soy muy afecto a retratarme. El latino, bajo su aparente desfachatez y desparpajo guarda un espíritu austero, Annie, créame, tal vez heredado de José de San Martín o de Edmundo De Amicis.
Deberá disculparme por mi confusión con respecto a su nombre. Es que la excitación que me invade al recibir sus cartas me obnubila hasta el límite de la estupidez. Pero lo que le confieso me embargó de dudas, fue la denominación que usted me da de "amigo". Le aseguro que me enorgullece que usted me considere como tal, pero mi secreta ambición es constituirme en otra cosa. Un amigo, así como puede considerarse algo excelso y maravilloso también configura tan sólo una persona que queda afuera de otro tipo de sentimientos, más profundos, más complejos y más inherentes a la relación hombre-mujer. No sé si me comprende, Annie. Temo que nuestras diferencias culturales impidan que me entienda con claridad. Y si lo entiende, espero que no lo tome a mal. No quisiera ser una decepción más que le brinda alguien no sajón. Para terminar, deseo hacerle una consulta que es posible usted considere audaz o atrevida, pero que quema mi pecho si no lo hago: ¿Hay alguien más en su vida, Annie? ¿Hay otra persona en su esfera sentimental, alguien a quien usted considere más que un "amigo"? De ser así, hágamelo saber, por favor, para no alentar vanas esperanzas.
Suyo,




Lamberto








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© Cartas Roberto Fontanarrosa
 © De la fotografía Pierre Gonnord
En caso de reproducción, rogamos se cite la autoría.














miércoles, 26 de septiembre de 2012

Carta de Anne Finnegan a Lamberto Margulis (Roberto Fontarrosa)





Colección de Felipe Sérvulo


 

2 de Noviembre de 1987 



  Amigo Lamberto:




Como verá, yo también me he tomado el atrevimiento de pasar al tratamiento de "amigo", en lugar del impersonal "estimado". Es que, aunque a los súbditos de las corona nos cuesta admitir desequilibrios emocionales, le confieso que yo también aguardo con particular anhelo la llegada de sus líneas, siempre interesantes. Le aseguro que mi demora en contestar no obedece a ningún sentimiento que yo pueda albergar en desmedro de los latinos u otras sub-razas. Después de todo, no es usted un bosquimano o un malayo. Por otra parte, le aseguro que desconocía por completo la existencia de un conflicto en torno a las islas denominadas "Malvinas" o "Falklands". Es mas, ignoraba la existencia de las islas mismas ya que contemplar el mapa más abajo de la línea del ecuador me produce vértigo.
Le juro, Lamberto, que estoy estudiando con detención el mapamundi en procura de detectar la ubicación de su país. No me resulta fácil -poco propensa, como soy, a la cartografía- dilucidar dóonde se halla la Argentina entre tanta línea de puntos, ríos y elevaciones. Pero ya he señalado Guyana y Venezuela. ¿Es Argentina una superficie triangular, verde clarita? Me complacería me lo confirme. Con respecto a la servidora española, no tuvimos mas remedio que despedirla ya que nos destruyó gran parte de la vajilla al meterla dentro de la cortadora de césped con la sana intención de lavarla. El problema es que ella aduce no entender nuestro deficiente español y no se ha dado por enterada del despido. Se ha encerrado en el sótano y clama por su embajador. No es la primera desilusión que me llevo con gente no sajón, amigo Lamberto, pero espero que sea la última.
Cavilé mucho sobre su pedido de una foto mía. No soy del tipo de mujer que acostumbra a darse con facilidad, pero intuyo en usted un ser humano sensible y cuidadoso con las fotografías. Disculpe si, al arrancarla del álbum familiar, quedó adherido en el reverso un trozo de una foto de mi perro Excalibur sobre su cojín favorito. Hubiese preferido que nuestras fisonomías quedasen en el anonimato, ya que ello agudiza la imaginación y otorga un halo de misterio siempre beneficioso a una amistad, pero entiendo que un hombre desee conocer a su interlocutora. A la recíproca, también me veo movida por la curiosidad a solicitarle alguna foto a usted, ya que ignoro cuál puede ser el aspecto de alguien que viva en zonas tan alejadas.
Con respecto a la franquicia de llamarme Margery, déjeme pensarlo. Primero, porque no me gusta nada cuando las cosas se hacen de forma tan precipitada. Y segundo, porque Margery no es mi nombre. Si se fija bien en el sobre, observará que se trata del nombre de la calle, 17th Margery Street. Mi nombre es Annie.
Esperando su próxima carta, lo saluda,

Miss Finnegan.









  




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En caso de reproducción, rogamos se cite la autoría.