domingo, 4 de enero de 2026

Carta a un maestro nacional

Cartas a un maestro nacional

por: Cancerbero 18 - septiembre - 2009
XV El Maestro falangista
Somos los maestros de la España imperial, los incondicionales de Fraco, los que tenemos siempre presente que nuestro destino en este mundo es servir y amar a Dios sdobre todas las cosas, al prójimo como a hermano y a la Patria en todo momento.
Y tú, como maestro del nuevo y espléndido Estado de añejas resonáncias imperiales, has de tener las tres grandes virtudes que el invicto Caudillo está infundiendo al pueblo español: Servicio, Hermandad, Jerarquía.
Y tienes que cumplir tu servicio, maestro con la beatitud de un monje y la rigidez y la eficacia de un soldado; que, de aquí en adelante, la vida toda de los españoles será mitad cuartel y mitad convento.
Y sentirás fervorosamente el calor de hermandad, que en España, desde ahora hasta la consumación de los siglos, el bien común será antes que el tuyo propio, desenterrándose apetencias y egoísmos.
Y tienes que respetar la jerarquía, acostunbrándote a la disciplina, con renunciación completa de tu voluntad, que ha de ser la del jefe, en quien has de fundirte, obedeciendo.
Tú, maestro, tienes que saturarte de las tres grandes virtudes del nuevo Estado español: Servicio, Hermandad y Jerarquía. Si lo necesitas como ciudadano, porque con arreglo a ellas por norma, ha de desarrollarse tu vida toda, lo necesitas más aún como maestro, porque estas virtudes has de educar a las nuevas generaciones, preparando a esos niños para que vivan la única vida que vivirán ya los españoles.
Vida de servicio continuo, desde el puesto en que estén, en la oficina o en la fábrica, en el taller o en el tajo, prestado con eficacia, con voluntad enorme de servir, con alegría inmensa de estar sirviendo.
Vida de hermandad de todas las horas, que sepa sentir los gozos y pesares en común, que acuda a remediar las necesidades del cuerpo y del espiritu, que comparta la alegría fraternal de los hogares, en los que ni falte luz ni falte pan.
Vida de ordenación interminable que empieza allá arriba, en el Caudillo, y acaba en el último y más humilde ciudadano, ligados todos por ciega obediencia al que está en alto, como condición precisa para lograr la armonía y el buen concierto en esta vida que vamos a vivir.
Y nada más, maestro. Graba en el alma de tus niños esas tres hermosísimas palabras, y haz que las comprendan y las sientan.
Habrás hecho hombres capaces de cumplir su destino, levantando sus corazones hacia Dios.
Habrás hecho ciudadanos de España, que den gloria a este viejo solar.
Brazo en alto quiero verte siempre, compañero, entre los que sienten los latidos de la España Imperial.


Nuestra Pedagogía
Gonzálo Gálvez Carmona, 1938


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miércoles, 1 de julio de 2015

Carta de Carlos Morales al poeta argentino Héctor Berengüer



«Hay que ser muy fuerte para situarse en este territorio de todos y de nadie que no sabe de patrias, ni entiende de razas, religiones, clases o fronteras, pero quien lo logra, acaba siendo reconocido como propio en cualquier lugar. En eso estamos. Más solos que nunca. Más libres que nunca. Y con la conciencia de que no formamos parte de ninguna mesnada... »
                                                                                                        

En Tarancón, a 28 de junio de 2015.


C
aro amigo

Dices bien: ¡cuánto nos unen y cuánto nos separan las palabras! Hasta los antiguos tuvieron que inventarse el mito de Babel para entenderlo. Hablar el mismo idioma ni siquiera es garantía de que puedas entender y ser entendido por el semejante. Y no hay palabra humana que pueda contener semejante estropicio.  Parece mentira, pero a pesar de las muchas tragedias que nos han deparado, los grandes mitos nos siguen encerrando todavía en esas habitaciones ocultas de la irracionalidad a cuyo amparo sentimos un mínimo de sosiego: en mayor o menor medida, hoy como ayer, la raza nos separa, nos separan las ideologías, las conciencias nacionales y de clase, la orientación sexual o la experiencia religiosa. Por el "plato de lentejas" que nos ofrecen los mitos para saciar nuestra hambre de seguridad, los hombres nos hemos sometido a una mutua ablación interminable.
Bajo el peso de esos mitos, también las palabras han perdido su sentido como herramienta para la comunicación y para la creación misma, y se han convertido en navajas de filos bien cargados de veneno al servicio del conflicto y el rencor. O participas de ellos –muchos lo hacen–  o te satanizan y aíslas hasta que callas o decides arrojarte de cabeza a la gehena. Sabes bien, querido Héctor, que en el mundo de la poesía ocurre igual que en la misma vida de la que se nutre. Hay quien convierte su palabra en un tambor tan sectario como deslumbrante al servicio de galvanización de los mitos que nos separan, y los hay que, como tú, convierten la palabra en “un puente entre la virtud más grande y la mayor carencia”, esa del espíritu que somos y que nos hace, para bien y para mal, terriblemente humanos. Hay que ser muy fuerte para situarse en este territorio de todos y de nadie que no sabe de patrias, ni entiende de razas, religiones, clases o fronteras, pero quien lo logra, acaba siendo reconocido como propio en cualquier lugar. En eso estamos. Más solos que nunca. Más libres que nunca. Y con la conciencia de que no formamos parte de ninguna mesnada...
Los poetas que tuvieron la fuerza para mantenerse lejos de esos mitos sólo hablan del hombre, y lo hacen desde el hombre; no escriben del futuro, del presente o del pasado, sino de lo que permanece en el tiempo, sobre el tiempo, contra el tiempo, por encima del tiempo, inalterable como una cicatriz en los mismos testículos del alma. Por eso, como ese Zorba el Griego que se desabotona la camisa para ponerse a danzar un sirtaki sobre la arena de la playa, esos poetas son entendidos en cualquier lugar, son admitidos en cualquier lugar, son invitados a sentarse en la mesa de cualquier familia de cualquier lugar: y, al acabar su canto, se sientan sobre una piedra para dejarse llevar por eso que tú llamas –¡qué hermosura!– “el silencio reverencial de la pura creación”, y para dedicarse el viejo arte de callar sin miedo a ser olvidados, pues saben que, para decir algo que merezca la pena, es preciso haberse liberado del deseo de querer decirlo todo…




Otras cartas de
Carlos Morales












         


 

 Grandes Obras de
El Toro de Barro
Carlos Morales, "Un rostro en el jardín", Col. Cuadernos del Mediterráneo, El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000
Carlos Morales, "Un rostro en el jardín"
Col. Cuadernos del Mediterráneo.
Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000.
edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Carlos Morales, "Un rostro en el jardín", Col. Cuadernos del Mediterráneo, El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca 2000
 























 


Frida Khalo Chavela Vargas Mahmud Darwish Adonis Juan Rulfo Julio Cortázar Alejandra Pizarnik Ferico García Lorca Henry Miller Joaquin Sabina Carlos Morales Juan Manuel Serrat

lunes, 22 de septiembre de 2014

Carta Charles Bukowski a John William Corrington

Carta de Bukovski a J. W. Corrington; Libro de Referencia, Sabas Martín, "La heredad”, Col. «Novela», Carlos Morales Ed., Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca, 2001. PVP 10 euros edicioneseltorodebarro@yahoo.es



"aquella vez en el pabellón de caridad, años atrás, una chica mejicana que cambiaba las sábanas me dijo que se iba a acostar conmigo si yo mejoraba, e inmediatamente empecé a sentirme bien. Bueno, la dama borracha que se bamboleaba contra mi cama –mi esposa-, la enterré el último 22 de enero. Y nunca vi a mi chica mejicana. 
____________


A Jon Webb, 4 de Septiembre de 1962.



Con respecto a la muerte de mi mujer el 22 de enero último, no hay mucho que decir, excepto que yo ya no seré el mismo. Quizá intente escribir sobre eso, pero está todavía demasiado cerca. Puede que siempre esté demasiado cerca. Pero aquella vez en el pabellón de caridad, años atrás, una chica mejicana que cambiaba las sábanas me dijo que se iba a acostar conmigo si yo mejoraba, e inmediatamente empecé a sentirme bien.
Carta de Bukovski a J. W. Corrington; Libro de Referencia, Sabas Martín, "La heredad”, Col. «Novela», Carlos Morales Ed., Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca, 2001. PVP 10 euros edicioneseltorodebarro@yahoo.esTenía una sola visita: la mujer borracha de cara redonda y roja, una amante del pasado que a veces se bamboleaba contra la cama, y se iba sin decir nada. Seis días después yo estaba manejando un camión, levantando paquetes de 20 kilos y preguntándome si la sangre vendría otra vez. Un par de días más tarde tomé el primer trago, ése que dijeron me mataría. Una semana más tarde conseguí una máquina de escribir y, después de una pausa de diez años y de haberle vendido mis cosas a la revista "Story" y a otras, mis dedos se pusieron a construir un poema. O mejor dicho, una charla de bar. Esa cosa que no es lírica, que no canta. Los rechazos llegaron bastante pronto. Pero no me afectaron, porque yo sentía que en cada línea estaba diciendo algo. No para ellos, sino para mí mismo. Ahora puedo leer muy poca poesía o muy poco de cualquier otra cosa. 
Bueno, la dama borracha que se bamboleaba contra mi cama, la enterré el último 22 de enero. Y nunca vi a mi chica mejicana. Vi a otras, pero ella hubiera estado bien. Hoy estoy solo, casi afuera de todas ellas: de los glúteos, los pechos, los vestidos limpios como trapos nuevos en la cocina. No me tomes a mal -todavía tengo 1,80 y 90 kilos de posibilidad, pero yo podía mejor con la que ya no está.
                               
Charles



Grandes Obras de 
El Toro de Barro
Sabas Martín, "La heredad”, Col. «Novela», Carlos Morales Ed., Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca, 2001. PVP 10 euros edicioneseltorodebarro@yahoo.es
Sabas Martín, "La heredad
Col. «Novela»
Carlos Morales Ed., Ed. El Toro de Barro,
Tarancón de Cuenca, 2001.
PVP 10 euros
Sabas Martín, "La heredad”, Col. «Novela», Carlos Morales Ed., Ed. El Toro de Barro, Tarancón de Cuenca, 2001. PVP 10 euros edicioneseltorodebarro@yahoo.es