lunes, 1 de febrero de 2010

Carta de un jóven filósofo a Yukio Mishima

« Repudió la Escritura en nombre de la Acción pero, a sus cuarenta y cinco, arde usted como antorcha de poética adolescente (…). Su esposa, negando su mandato, no sólo ordenó que se le enterrara con la espada sino que, sigilosamente, colocó su pluma en el uniforme guerrero. Coincido con ella y cubro su pecho con orquídeas. No superó la escritura en la acción, señor; sabía de la imposibilidad de dejar secar un río para mayor gloria de otro y eso explica el ardor de adolescente de cuarenta y cinco...»


Estimado señor:
Me dicen que para evitar que los excrementos resten honor y belleza al acto más honesto y sincero del guerrero samurái, el seppuku, es preciso taponar el orifico anal. Pudiera ser, narran algunas fuentes, que usted aconsejara el tipo de material y textura más apropiado para tal objetivo a Matsakasu Morita, su camarada firme y compañero en el sacrificio, el conjurado para colocarse a su espalda y, en el momento preciso, con golpe feroz, cortarle la cabeza evitando la amplificación de la agonía más allá de los límites del oriental decoro. Morita, su kaishaku, le acompañaría en el Acto – por definición, último - y usted redobló su magisterio con el fin de que lograra enfrentarse al reto con la dignidad que exige la Ocasión al que es (¡ahí es nada!), el jefe del Tate no kai. Sus últimos consejos de maestro fueron dirigidos al control de esfínter, quizás porque suponía que su espíritu ya estaba templado como el acero de la katana. Le honra el detalle y da veracidad a su rechazo de la Escritura en la apuesta por la Acción.
Usted y yo hemos cumplido los cuarenta y cinco y creo que sabemos que lo único que importa en la vida es coleccionar ocasiones. Y el seppuku era la Acción marcada en el calendario para que se cumpliera la Ocasión del Martirio, el enfrentamiento voluntario al suplicio que le equiparara a su querido San Sebastián, también él soldado, testigo con su sangre de una verdad más profunda que la espada y la pluma, signo de algo que eleva nuestra mísera vida y, no me cabe duda, destinataria de su último mensaje: “la vida es breve pero yo deseo vivir para siempre”.
Pero la Ocasión lo era también para la venganza. Y el reo de la venganza era el Arte, su Escritura.
De la involuntaria eyaculación ante el San Sebastián de Guido Reni en su adolescencia, la sucesión de imágenes en su álbum fotográfico nos lleva a la premeditada sangría de su destripamiento mártir. Este proceso revela que usted conservó intacta la excitación y la vergüenza de aquellos tiempos de adolescencia, mostrando con su gesto teatral el fuego de quince años que nunca le abandonó, espíritu poético que no es sino cifra y logaritmo de la perversión que nos provoca este mundo que, para usted y para mí, es en tantos sentidos páramo vacío.
Le interrogo por los límites de su esteticismo. ¿En verdad su suicidio era tan teatral y literario como muchos han querido ver? ¿No justificaría ese esteticismo infantilizado en los uniformes y en todo el incidente del secuestro del general Masuda, la risa de la soldadesca reunida en el patio del cuartel para escuchar su mensaje, el masivo “gilipollas” que llegó a sus oídos en el último suspiro? Los uniformes, usted lo sabe, en contexto indebido provocan risa. Todo parecía muy literario, señor, en aquel 25 de Noviembre. Extraño montaje postrero para alguien que domina el arte de la literatura y el teatro tanto como el de la espada.
No pudo ser usted tan ingenuo. ¿Olvidó que en la batalla huele a sudor y sangre tanto como a heces y orines porque el valor del guerrero no se encuentra encerrado en su capacidad de retención de fluidos sino en el vigor de su espada? ¿No sabía que siempre es ridículo el acto sublime redescrito en un contexto ajeno? Si el resultado va a ser siempre el olor nauseabundo de la sangre y los excrementos, ¿por qué el decoro del taponamiento anal? Literatura, acento circunflejo en la barbarie. El detalle que nos delata que usted no quería superar la Escritura en la Acción sino fusionarlas. Y todo intento, hasta la fecha, de unir vida y arte ha conducido al ridículo.
Usted sabía que la Acción sustrae belleza al Arte. Por eso el consejo del taponamiento anal previo al combate. Un detalle. La Acción del martirio nos coloca más allá de la cómoda armonía de la frase bien hecha y del verso. El harakiri ejecutado en la vorágine de la batalla perdida, implica un espacio de estética diverso al que estamos acostumbrados a vivir los civiles. Un contexto en el que el hedor, la mierda y los coágulos de sangre emborronan la percepción heroica del Acto, rasgando abismalmente el lienzo del martirio. Necesitamos, por eso, la flor, el crisantemo o el taponamiento.
Señor: asombra su magisterio. Repudió la Escritura en nombre de la Acción pero, a sus cuarenta y cinco, arde usted como antorcha de poética adolescente. Usted no podía, como hará Kawabata, meter la cabeza en el horno para terminar con la angustia y el vacío, porque en su rebelión latían todos aquellos años en los que el púber sólo se reconocía en las torpes letras y en el camino del Arte. No pudo morir a los veinte por el Emperador porque, usted lo sabe, en aquellos años estaba en las garras de la Palabra, el Simulacro teatral y el Arte.¿Qué sucede con todos estos sus valores en el Acto final, convertidos en aire de gemido, convulsión de la agonía o los colores de la sangre y las heces? Usted se inflamó en la Acción, en el cuerpo que se modela con el ejercicio, con el dolor seco del movimiento violento y los brillos de una katana de más de cuatrocientos años. ¿Seguía presa del esteticismo, señor Mishima?¿O pudo asumir la basura de sus intestinos, las risas de los soldados, la chapuza de Morita al cortarle el pescuezo?¿Estaba usted preparado para la Acción que siempre es ridícula, innoble y con geometría de aborto cuando llega la hora de la verdad en el campo de batalla? Creo que sí; tras su espíritu trágico percibo un perfume de ironía. Amaba usted la estética de lo burlesco.
Su esposa, negando su mandato, no sólo ordenó que se le enterrara con la espada sino que, sigilosamente, colocó su pluma en el uniforme guerrero. Coincido con ella y cubro su pecho con orquídeas. No superó la escritura en la acción, señor; sabía de la imposibilidad de dejar secar un río para mayor gloria de otro y eso explica el ardor de adolescente de cuarenta y cinco. Pero creo que en verdad asumió la suciedad de la acción, acción sucia sin mayúscula que, en verdad, quizás sí pueda redimir a la Escritura.


Que su espíritu vibre cada vez que la espada corte el aire.




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La tortuga bicéfala. Así se llama el blog de viento del filósofo Luis G. Santamaría, cuyas reflexiones en torno a la perversión de la belleza, o a la capacidad de la belleza para sustraerse de las fuerzas destructoras de la realidad, constituyen a nuestro parecer un buen punto de partida para el conocimiento del hecho de vivir en medio de la devastación. Su reflexión en esta epístola póstuma sobre la naturaleza de la obra del poeta Jukio Mishima y sobre el sentido último de su suicidio, es -sin duda- un gesto indudable de especial valor crítico y literario para la comprensión del grandísimo y ya fallecido poeta.



Nuestro sincero agradecimiento.








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