sábado, 8 de mayo de 2010

Carta de Giovanna Tornabuoni a Cindy Sherman (una mujer con peluca)








"No es la castidad, la pulcritud y la belleza lo que nos rige. Es la vanidad que ardió en las hogueras implacables de Savonarola, el fanático fraile dominico que cazaba espejos, cosméticos e instrumentos musicales para verlos arder..."


Muerta como estoy desde hace siglos, acuso recibo de tu operación de desmantelamiento. Ésta es la voz brumosa de una boca hecha cenizas aún cuando podía moverse y el movimiento de una lengua que perfora la lápida que le talló su época. Así me pintó para eternizarme, en 1488, Domenico Ghirlandaio, hijo de un orfebre con tienda sobre el Ponte Vecchio, maestro de un Miguel Angel niño y víctima de la peste que asoló Florencia en 1494.
Lo que muestra la tabla es una imagen geométrica de ensueño que no me pertenece. El fragmento de epigrama en latín escrito por Marcial, que ves a la derecha, afirma que si pudiera pintarse el alma no habría en la tierra un cuadro más hermoso. No le creas.
Esta hermosura es la representación rígida e inerte de un deseo. Un refinado perfil de moneda romana, que solo muestra el anverso inasible de la mujer que suponen que fui. Con un pañuelo blanco entre las manos, mi vestido con soles y palomas, los lazos y las flores bordados en las mangas, un rubí y tres perlas sobre mi pecho y, sobre el estante en el fondo uniforme y oscuro, otro rubí y un par de perlas montados sobre un dragón de oro, que no me llevó a ninguna parte, y mi devocionario, el libro de horas equivalente a una cadena de la que no supe o no pude soltarme y cuyas horas, quizá conscientemente, me negué a contar.   
Fui la octava de doce hijas mujeres. Aprendí a leer de la mano de mi haya, como toda obediente señorita de la aristocracia florentina. Papá amaba los clásicos y los buenos negocios financieros. De los fastos de mi boda con Lorenzo Tornabuoni, laboriosamente premeditada, se habló durante un siglo y se acuñaron medallas. No vi a los gitanos hacinados en el extrarradio de la ciudad gloriosa y cruenta de los Médici. Y, si lo hice, fue como si no los viera.
Rozaba los veinte años cuando me enterraron definitivamente, poco después de parir mi primer hijo. El destino me mostró sus favores, sin entregármelos. Lo dice el poeta Poliziano, en mi epitafio.
No estoy en la capilla familiar, tras la fachada de mármol de Santa María Novella. Estoy en la violencia que, en el S. XX, has ejercido sobre mí. En tu acto de fotografiarte travestida de reverso de retrato clásico. En tu peluca, tus prótesis, tus trapos y tus joyas de bisutería. Te esperé tanto tiempo, hibernando en mi tumba multiplicada por doce, por cientos y por miles de tumbas dóciles y domesticadas. Soy la grotesca máscara a punto de partirse. Tenías que llegar para vengarme.    
No es la castidad, la pulcritud y la belleza lo que nos rige. Es la vanidad que ardió en las hogueras implacables de Savonarola, el fanático fraile dominico que cazaba espejos, cosméticos e instrumentos musicales para verlos arder, persiguiendo los excesos babilónicos en mi ciudad de origen como si no supieran reproducirse y consistir, básicamente, en estos tristes abalorios de comedia que te adornan.
Tu parodia no es inofensiva. Es la resuelta exhibición de nuestra ridiculez irremediable. En mi retrato nada fluye, se mueve ni se arquea. Todo se alza, encorsetado, en su dignísimo esplendor vertical que tranquiliza y blinda la mirada. En tu retrato el mundo se desorganiza, como un puñado de detritus en plena descomposición horizontal que arrastra al ojo del que mira, perturbado y diciendo que no. Que no le gusta, que no te quiere, que quién podría colgarte en un museo o en su casa.
Te observan diciendo que ellos no son así. Que no son eso. Pero no pueden dejar de observarte, lo sé. Con la fascinación morbosa de quien observa a los enfermos graves, sintiéndose a salvo del mordisco de la realidad. ¿Ves, a mis espaldas, ese collar de cuentas de coral? A mis espaldas y no en mi cuello, como en el cuello del pequeño Jesús en tantos cuadros renacentistas. Es el talismán que te protege de las acechanzas del Maligno, el amuleto entregado a los recién nacidos para ahorrarles la degradación y el sufrimiento.
El coral es el rojo de la sangre de Medusa decapitada por Perseo y el rojo de las gotas de sangre de Cristo. Yo no lo llevo puesto. A mí no me alcanzó.
Ultrájame en tu siglo. Dinamita mi rostro sereno y coloca tu ortopedia invertida, tus harapos y tus perlas de outlet en su lugar, por mí y en mi iracundo nombre.
Viola el canon para que alguien sepa que, parada en el centro inapelable el dolor, mi cabellera suelta no fue la de esa Diana cazadora frente a quien retrocedían las bestias del bosque. Y mi cabellera recogida en un nudo dorado no fue la de esa Venus cortesana que eclipsaba a los cuerpos celestes.
Muéstrales el eclipse de espanto del que nadie se libra, tritura sin piedad los tristísimos talismanes del marketing inútil que se han organizado como estrategas ciegos y escupe, escupe con todas tus fuerzas, a los poetas que nunca miran hacia abajo.
Beso tu frente descarriada. Junto a esta carta van mis huesos, para que los sumerjas, como los restos fosforescentes de un naufragio, en el cuarto más insumiso y oscuro de tu laboratorio fotográfico.
    



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Esta carta inédita ha sido escrita por la abrumadora poeta argentina Mariel Manrique 
  



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