viernes, 22 de julio de 2011

Carta a John Lenon de Ramón Fernández Larrea, desde Barcelona


"Hice unos esfuerzos tremendos por ser miope y justificar así unas gafitas montadas al aire, para desafiar con mi aire marxista-lennonista a la policía montada del Canadá-dry."


Soñador, gafístico y emparquecido John Winston Lennon:


Te digo de entrada que siempre me has caído bien. Creo que de nada serviría aglutinarme en la masa diciendo "como a todos", porque, vamos a no engañarnos, aunque algunos hicieron desnudados esfuerzos por imitar un poco tu aire y tu silueta, les iba un poco mal. Pesar 200 kilos, tener la tez tirando a playa Bibijagua, los cabellos tan rebeldes como caballos, o semejantes a muelle de colchón, no ayudaban mucho en la semejanza. Pero valió el esfuerzo. Todos quisimos, de alguna manera, convertirnos en soñadores, un poco indecenticos valdés, bastante insolentes, musicales y de Liverpool, aunque lo más parecido que tuviéramos a mano fuera Cacocún. Quién va a olvidar aquellas excursiones a las fiestas del sábado, con la placa de los escarabajos perfectamente camuflada en una carátula de la Orquesta Aragón. Te confieso que, aunque me mantengo en mis trece escuchando la flauta mágica de El bodeguero, los arreglos que el maestro Egües le hizo a Eleanor Rigby siguen siendo insuperables. Qué dorada época de conjunciones para burlar a los fianas escrutatorios. Entre el contenido y el continente se armaba una melcocha que no logró siquiera la Fannia All Stars, y Michele se hacía íntima de Maricusa y sus bermudas. Era como si nos empacháramos de clandestinaje, y termináramos aquella dura noche merendándonos los tamalitos de Olga. Una diamantina pesadilla, donde en la carátula, Bacallao tiraba extraños y sabrosísimos pasillos con Twist and shout y no con el chaonda. Estaba cantado que si nos atrapaba la policía en esos brincos, no íbamos a ser Juan y Junior, sino shout por regla. Incluso por Guanabacoa, que ultramarinos ya éramos.
Hice unos esfuerzos tremendos por ser miope y justificar así unas gafitas montadas al aire, para desafiar con mi aire marxista-lennonista a la policía montada del Canadá-dry. Todo fallido, todo vano (Fellove y Chano). Mi miopía no piaba ni era tan mía como pensaba, pero me fue haciendo estrábico de pensamiento. Un peligroso estrabismo que me extraviaba en aquellos campos de fresa para siempre mientras recogía boniatos. Qué deserción comprobar, a esta altura, que mis actividades iban a desembocar en dos enfermedades medio mortales: el boniatillo y el diversionismo ideológico. Y al boniatillo no lo combate nadie. Los hombres mueren de pie, el boniatillo es inmortal. En aquella firme determinación de convertirme en Beatle no me ayudó la falta de calcio, y jamás aprendí a tocar en la guitarra más allá de Ni chicha ni limoná, que no la habían escrito ustedes. En cambio, el pelo me creció como en Do mayor, y provoqué la admiración de los que me rodeaban: el director de la secundaria básica, el presidente del Comité y el barbero de la esquina, tres seres encantadores a quienes debo todo lo que soy en la actualidad. Perdón, a quienes debo dónde estoy en la actualidad. Y esa fue mi primera frustración en esta vida. Hablo de no haberme aprendido completo While my guitar gently weeps.
Nunca la estupidez fue más entusiasta en mi país, y mira que se siguen haciendo esfuerzos cada día. Pero no sé si en aquella oscuridad influía la calidad del petróleo ruso, incompatible con los faroles chinos, pero el arroz con mango era total. Tú te parabas con una guitarrita en cualquier lugar, y era como portar una pepechá. Tan peligroso como cargar un FAL, aquella escopeta para zurdos un poco belgas, con el que perdieron parte del esternón muchos gloriosos milicianos. Y más si te escuchaban interpretando música extranjera, de aquellos autores sajones llamados Harold Gramatges y Leo Brower. El peligro estaba latente aunque lo que tocaras fuera rumba de sajón. Horror. Y no valía que tu repertorio no traspasara la bolerística frontera de piezas de Pepe Sánchez, que ése había muerto, y para la nomenclatura del momento, morirse era una manera harto sospechosa de abandonar el país. Ni Camarioca, ni Colón. Y tampoco el mundo liborial estaba preparado para descargar fusión. Sonaba fatal aporrear la misma guitarrita matamoreando: "regálame el ticket, señor, regálame el ticket/ oh I believe, yeah yeah". Eso no encajaba en la premura con la que se pretendía transformar aquel presente en un futuro luminoso que nos alumbraría en caso de escasez de combustible. El país ya era otro. Una isla en plena ebullición, donde al Sonero Mayor ya no era el Benny, sino uno todo estrujado que echaba constantemente leña al fuego, bravísimo, porque de niño le había pedido en una carta diez dólares al presidente Rooselvet, y el americano se había hecho el chivo loco y jamás se los mandó. Nosotros pagamos el pato. Si llego a imaginar las jorobaderas que iba a traer aquella negativa, entre todos hubiéramos reunido el dinero para que el hombre se calmara.


Esta hermosa y divertida carta, que vale lo que una historia pequeña de Cuba, fué escrita por el gran poeta cubano Ramón Fernández Larrea, y publicada en la revista cubaencuentro.com, dos frenómenos literarios -ambos- que invitamos a vivir a todos nuestros lectores....


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