sábado, 19 de noviembre de 2011

Carta con cuchillo de Ana Arzoumanian a un reparador de almas



Ana Arzoumanian, por Marcelo Sevitz

¿Cómo escribirían, o como recibirían una carta, dos criminales cuyo cuerpo del delito han sido ellos mismos?


No te enviaré esta carta.
Esta carta no tiene destinatario.
¿Cómo escribirían, o como recibirían una carta, dos criminales cuyo cuerpo del delito han sido ellos mismos?
Si te escribiera. Si me respondieras; querellante, juez, y sentencia, probarían el delito sobre eso que en español se dice: nosotros. No consulté a ningún letrado. Pedí asistencia y los higienistas me hablaron de complementariedad, de contacto cero, de aislarte como en los hospicios del siglo diecinueve. Me dijeron, los higienistas, que de todas formas estabas encerrado; no en una prisión, ni siquiera en una casa, menos aún en tu cuerpo, porque ahí, no hay nada, nada.
Encerrado, me dijeron; afuera. Adentro tuyo, vacío. Contacto cero, me dijeron; que no te huela, que no te escuche, que no te lea. Y mientras no te escucho, no te huelo, no te leo, otros hombres ven látigos en mis ojos, ven mordazas, ven vientres arrodillados.
No has muerto. Si hubieras, hubiera habido alguien ahí. Pero no.


Autor desconocido

Tiré todas las cosas que te pertenecían: el tabaco, la cajita de cigarros, las botellas de vodka que te había traído de Armenia. Tiré todo por miedo a que nos encontraran. De cualquier manera, todo sitio fue un invento. No estábamos en ningún lugar, sino en esa adicción sin fondo, sin dirección, sin nombre.
No hay ningún lugar donde pueda recordarte; porque  recordaría un viaje en una casa rodante de dos borrachos. Recordaría el silencio inquieto de la espera en el insomnio. Recordaría  mi naturaleza de contar historias a un reparador de almas. Reparador; había algo obsceno en tu forma de dejar al descubierto eso que el mundo llama alma y yo digo locura. Había un gusto de orgía en la puesta en escena de cada sesión donde yo era el cliente. Porque yo compraba algo, algo se regateaba en ese diván  todos los días.
Alguna vez te volví a ver y me espantaste. Te acercaste y comenzaste a repetir cosas que yo te había dicho mucho tiempo atrás. Un replicante, me dice el higienista. Como un actor en su ritual cumpliendo con su rol. Luego, se baja del escenario. Y a mí, que era la actriz y la espectadora, sólo me queda quemar el teatro.
Tengo una cajita de fósforos en la cartera, comenzaré por el telón.
No me interesaba jugar a romeo y julieta, entre nosotros había algo más solemne, algo que pactaba con lo imposible: tu desnudez por mi desaparición, un contrato a la vera del abismo.
Me toco dentro de mí, y ni siquiera tengo una sensación de lo que golpeaba con el impulso subversivo de tus piernas, con el movimiento fuera de ley de una pelvis que fue de nadie. Antes pensaba que sólo en la herida podía encontrarte. Y cuando tardabas en llegar, pensaba en la sangre, en lo que no para. Ahora sé que ni siquiera eso. No herida. No dolor. Un delito todavía sin tipificar. Un delito cuyas huellas estarían en lo que tragué y ya no, las señales como una ganzúa o un cadáver que no están.
No fui a la China por vos.
Barrio árabe de Jerusalén,  por Roberdan
A Jordania. Fui a Jordania, con soldados de uno y otro lado. Luego de una invitación casi en clave para que no entendieran en el hotel donde me alojaba. A la ciudad de Petra, un fin de semana. Pero vos nunca habías estado ahí. Fui a Jordania y a Jerusalén y a Tel Aviv y a Barcelona y te busqué y creí que te había encontrado. Pero era el que hacía tu papel, el que me miraba con esa mirada impávida de tu sexo, quien me relataba de una Shulamit de cabello incandescente en la puerta de Yafo.
No te voy a enviar esta carta.
No nos encontrarán, no te preocupes.
Escondí los cuchillos en un poema.

Ana Arzoumanian
***


La escritora de origen armenio Ana Arzoumanian nació en 1962 en Buenos Aires, Argentina. Formada en el estudio y en la práctica del derecho y del psicoanálisis lacaniano, ha centrado su preocupación intelectual en el análisis de los fenómenos de resistencia a los distintos genecidios de nuestra contemporaneidad y en la defensa de los derechos humanos.  La abigarrada y compleja peripecia bibliográfica de esta poeta, antóloga, ensayista y estudiosa del genocidio judío es demasiado extensa como para resumirla aquí, y lo mismo cabe decir de las numerosas distinciones de que se ha hecho merecedora, las instituciones que han contado con su colaboración o los medios de difusión que han visto tallado su nombre en algún rincón de sus papeles. Para nosotros es un orgullo poder contar con esta carta suya, que hemos editado con una fotografía de la autora debida a Marcelo Sevitz y con la colaboración de ese fabuloso gurú de los viajes y la fotografía conocido como Roberdam, y cuya obra admirable y vastísima animamos a visitar aquí...



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