viernes, 30 de diciembre de 2011

Primer mensaje en una botella de Garret Blake a su esposa Catherine







"...y en momentos como ése sé cuál es el sentido de mi vida (...) Pero entonces, como siempre, empieza a formarse la niebla alrededor de nosotros (...) Se arrastra lentamente, (...) cercándonos como para impedirnos escapar (...), como una nube rodante, cada vez más espesa, hasta que no queda nada..."

22 de julio de 1997

Querida Catherine:


     Te añoro, amor mío, como siempre, pero hoy es más difícil porque el mar me ha estado cantando, y la canción que canta es la de nuestra vida juntos. Casi puedo sentirte a mi lado mientras escribo esta carta, y huelo ese perfume de flores silvestres que siempre me recuerda a ti. Pero ahora esas cosas no me producen ningún placer. Tus visitas cada vez son menos frecuentes, y a veces siento como si la mejor parte de mí se estuviera escabullendo lentamente..
     Pero de todos modos lo intento. Por la noche, cuando estoy solo, te llamo, y cuando más inmenso parece mi dolor, tú todavía encuentras la forma de volver hasta mí. Anoche, en mis sueños, te vi en el rompeolas cerca de Wrightsville Beach. El viento agitaba tu cabello, y la luz del sol poniente se reflejaba en tus ojos. Te veo apoyada en la barandilla, y me sobrecojo. Eres hermosa, pienso al verte, una visión que ya nunca encuentro en nadie más. Lentamente echo a andar hacia ti, y cuando por fin te vuelves hacia mí, veo que otros también te han estado observando. "¿La conoces?", me preguntan con susurros celosos, y tú me sonríes, y yo contesto sencillamente la verdad. "Mejor que a mí mismo". 
     Cuando llego junto a ti me paro y te abrazo. Ése es el momento que más anhelo. Es lo que me mantiene vivo. y cuando tú me abrazas, me entrego a ese momento, y vuelvo a encontrar la paz. 
     Levanto la mano y te acaricio la mejilla, y tú ladeas la cabeza y cierras los ojos. Mis manos son ásperas, y tu piel es suave, y me pregunto si te apartarás, pero no lo haces, claro. Nunca lo has hecho, y en momentos como ése sé cuál es el sentido de mi vida.
     Estoy aquí para amarte, para abrazarte, para protegerte. Estoy aquí para aprender de ti y para recibir tu amor a cambio. Estoy aquí porque no hay otro sitio donde estar. 




     Pero entonces, como siempre, empieza a formarse la niebla alrededor de nosotros, que seguimos abrazados. Es una niebla distante que surge del horizonte, y me doy cuenta de que a medida que se acerca empiezo a tener miedo. Se arrastra lentamente, envolviendo cuanto nos rodea, cercándonos como para impedirnos escapar. Lo cubre todo, como una nube rodante, cada vez más espessa, hasta que no queda nada salvo nosotros dos.
     Noto que se me empieza a cerrar la garganta y que mis ojos se llenan de lágrimas porque sé que tienes que marcharte. La mirada que me diriges en ese momento me sobrecoge. Siento tu tristeza y mi propia soledad, y el dolor de mi corazón, que se había quedado callado durante un rato, aumenta cuando me sueltas. Y luego extiendes los brazos y retrocedes hacia la niebla, porque ése es tu lugar, y no el mío. Quiero ir contigo, pero tu única respuesta es sacudir la cabeza porque ambos sabemos que eso no es posible.
     Y te miro con el corazón desgarrado mientras tú tu esfumas lentamente. Me esfuerzo por recordar cada instante de ese momento, por recordarte. Pero pronto, siempre demasiado pronto, tu imagen desaparece, y la niebla retrocede hacia la lejanía, y yo me quedo solo en el rompeolas y no me importa lo que puedan pensar los demás cuando agacho la cabeza y lloro, lloro, lloro. 


Garrett






Kevin Costner y Robin Wright, en Mensaje en una botella (1999), de Luis Mandoki






Fuente: Nicholas Sparks, El mensaje, Ediciones Salamandra, Barcelona 2002.
Traducción de Gemma Rovira Ortega.





jueves, 29 de diciembre de 2011

Carta de Vicente Huidobro a Guillermo de la Torre


Vicente Huidobro

París, 30 de Enero de 1920



Querido amigo:

Me pregunta Ud. por qué no escribo a España, y bien puesto que soy un hombre franco y leal debo decirle a Ud. la verdad ruda: porque estoy asqueado de la conducta de esos literatillos de vuestra tierra para conmigo y no quiero saber nada de lo que pase por allá.
Creo que esto es bien simple y excepción hecha de Mauricio Bacarise y Ramón Prieto creo que la inmensa mayoría de los otros no son sino unos aprovechados arribistas y unos bobos que desacreditan con sus confusiones  y sus producciones ineptas la seriedad de algo que yo estoy obligado a defender más que nadie.
Maldita mil veces la hora que pasé por España y os revelé parte de mi secreto tan querido y tan digno por su verdad y su pureza de mayor suerte y mayor respeto.
Unos me han estropeado con la falsificación y la confusión respecto a la poesía misma y los otros queriendo robarme lo que era mío para ponerlo en la cabeza de Apollinaire, de Reverdy o de cualquier otro imbécil.



Miguel Hernández aparece en la última fila, el tercero por la derecha. 
Justo a su izquierda está Pablo Neruda y, delante de él, Guillermo de Torre. 
(Imagen tomada en el Homenaje a Hernando Viñes). 


Y lo que es más cómico ésto lo hacen individuos a quienes les he revelado sin miedo la existencia de esos otros y que al principio se espantaban y abrían la boca y los ojos con gestos de niños bobos. Ahora resulta que saben más que yo de lo que yo les he enseñado y creen satisfacer su envidia con vestir de adornos ajenos a otros poetas que no conocen, adornos robados de aquel que conocieron... Helas!!!

Felizmente aquí las cosas se pasan muy de otra manera y toda la gente grande ve la diferencia y la distancia que hay entre este buen Huidobro y los otros.

Guillermo de la Torre,
por Gregorio Prieto

Así hoy todos han visto y palpado la diferencia entre los comediantes como el infeliz Cocteau, el otro desgraciado de Reverdy y yo.
Todavía ellos (y todos aquí) siguen siendo poetas descriptivos, aún no pueden escapar de lo que ellos pretenden haber gritado y hecho antes que yo, y con eso queda demostrado quién ha sido el primero.
Reverdy, a quien considero un mal discípulo mío, como dije a Ud. allá que respondía a su carta, está completamente muerto y en vano me tiende la mano con una mirada lastimera pues ahora vengo en justiciero y en quijote, lanza en ristre, a defender lo mío y separarlo de las malas compañías y las camaraderías equívocas, y no sanar moribundos.
Anteayer el diario Le Temps Sonday le da un palo a Reverdy y le dice exactamente lo que yo le dije a Ud. de él hace poco en Madrid: que sus versos son descripciones cortadas y como notículas al margen de algo. 
En cambio toda la gente que sabe dice que soy el único que no es descriptivo ni anecdótico, y en el cual todo es creado por el poeta.
Huidobro

¡Lo que vengo sosteniendo desde el año 1915!
En fin ya sabe Ud. por qué no quiero escribir hacia esos lados. Estoy arto de los pic-pockets literarios. No me refiero a los poetas que hicieron verdadero creacionismo sino a los ladrones de paternidad.
Manuel María Durand en una carta que me contesta desde Oviedo culpa a Ud., amigo Guillermo, y a Cansinos de haberme presentado al público español como habiendo hayado en España lo que ya existía en Francia.
¡Tanto existían que aún en 1920 no logran, a pesar de que estrujan los sesos hacer un poema creado!
Guillermo de la Torre
Por eso no quiero escribiros, porque vosotros no aclaráis las cosas y dejáis cundir, con agrado quizás, la confusión y el caos y porque yo pienso atacaros a todos los que han procedido mal conmigo, y muy rudamente, en mi próximo libro sobre estética.
Ya verá Ud. lo que os digo y sobre todo a Cansinos a quien si le ve le ruego decir de mi parte que se resigne ante la verdad y no busque más padrinos al Creacionismo porque no los encontrará ni en Mallarmé ni en nadie y verá cómo yo le respondo en mi libro.
No quiero saber nada con la estupidez bullanguera,llámese dadaísmo, futurismo o ultraísmo. Soy felizmente algo más serio. Afectuosos saludos.

Vicente Huidobro


Posdata.- Le ruego advierta a Cansinos y a todos que prohibo reproducir cosas mías sin mi permiso.



FUENTES: texto publicado en Vuelta 175, Junio de 1991. 
Ver también una reproducción del mismo en el
Menos conocido que Huidobro, a Guillermo de la Torre (1900-1971) si queremos rendirl unas palabras, dada su vinculación con las vanguardias literarias españolas sobre las que levantó su territorio, desde 1965, la editorial EL TORO DE BARRO. Poeta, ensayista y crítico literario y de arte de la Generación del 27, fundó con Pedro Garfias y otros en 1919 el ultraísmo, a cuya advocación encomendó su revista Reflector, de la que salió un sólo número en el que colaboraron, entre otros, Jorge Luis Borges, Gerardo Diego, Ramón Gómez de la serna, Juan Ramón Jiménez  y  Paul Éluard. Colaboró también con otras revistas ultraístas, como la sevillana Grecia (1919-1920), Cervantes (1919-1920), Ultra (1921-1922), Tableros (1922), Horizontes y Cosmópolis. Participo en La Gaceta Literaria y en la Revista de Occidente.

Traductor de Paul Verlaine y Max Jacob, se convirtió en uno de los grandes estudiosos de las vanguardias. En 1925 publicó Literaturas europeas de vanguardia, que fue corregida y ampliada posteriormente en tres tomos bajo la  denominación Historia de las literaturas de vanguardia (1965). Como escritor, su último poema conocido - “Balneario”-  apareció en 1926 en las páginas de El Estudiante. 


Emparentado familiarmente con Jorge Luis Borges, se marchó a Argentina en 1928, en donde colaboró con la Gaceta Americana, y volvió a España en 1932, para desplegar una abigarrada reflexión crítica en las más importantes revistas y diarios del país. Exiliado con su esposa Norah Borges en Buenos Aires tras el comienzo de la Guerra Civil, se convirtió en uno de los pilares de la prestigiosa Editorial Losada, ejerció como catedrático de Literatura en la Universidad de Buenos Aires y se dedicó a la crítica literaria y artística. Allí dirigió la edición de las “Obras completas” de Federico García Lorca y dio cobijo en sus colecciones a Alberti, Cernuda, Bergamín, Faulkner, Kafka, Albert Camus, Moravia, Malraux y tantos otros. Colaboró en gran número de periódicos españoles y americanos dedicados con preferencia a la crítica. Se quedó casi ciego como Borges, su cuñado. Murió en Buenos Aires el 14 de enero de 1971. Sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta, Buenos Aires, junto a los de su mujer Norah Borges y los de su suegra, Leonor Suárez Acevedo (Ver El eco hernandiano).




martes, 27 de diciembre de 2011

Carta Charles Bukowski a John William Corrington




"aquella vez en el pabellón de caridad, años atrás, una chica mejicana que cambiaba las sábanas me dijo que se iba a acostar conmigo si yo mejoraba, e inmediatamente empecé a sentirme bien."

A Jon Webb, 4 de Septiembre de 1962.

Con respecto a la muerte de mi mujer el 22 de enero último, no hay mucho que decir, excepto que yo ya no seré el mismo. Quizá intente escribir sobre eso, pero está todavía demasiado cerca. Puede que siempre esté demasiado cerca. Pero aquella vez en el pabellón de caridad, años atrás, una chica mejicana que cambiaba las sábanas me dijo que se iba a acostar conmigo si yo mejoraba, e inmediatamente empecé a sentirme bien.


Tenía una sola visita: la mujer borracha de cara redonda y roja, una amante del pasado que a veces se bamboleaba contra la cama, y se iba sin decir nada. Seis días despues yo estaba manejando un camión, levantando paquetes de 20 kilos y preguntandome si la sangre vendría otra vez. Un par de días más tarde tomé el primer trago, ése que dijeron me mataría. Una semana más tarde conseguí una máquina de escribir y, despues de una pausa de diez años y de haberle vendido mis cosas a la revista "Story" y a otras, mis dedos se pusieron a construir un poema. O mejor dicho, una charla de bar. Esa cosa que no es lírica, que no canta. Los rechazos llegaron bastante pronto. Pero no me afectaron, porque yo sentía que en cada línea estaba diciendo algo. No para ellos, sino para mí mismo. ahora puedo leer muy poca poesía o muy poco de cualquier otra cosa. 
Bueno, la dama borracha que se bamboleaba contra mi cama, la enterré el último 22 de enero. Y nunca vi a mi chica mejicana. Vi a otras, pero ella hubiera estado bien. Hoy estoy solo, casi afuera de todas ellas: de los glúteos, los pechos, los vestidos limpios como trapos nuevos en la cocina. No me tomes a mal -todavía tengo 1,80 y 90 kilos de posibilidad, pero yo podía mejor con la que ya no está.

Charles Bukowski


La chica mexicana?

lunes, 26 de diciembre de 2011

Carta de Cesare Pavese a Pierina (Fragmentos)


Cesare Pavese

...El amor es como la gracia de Dios -la astucia no sirve-...

Querida Pierina:


... Pierina, quisiera ser tu hermano -ante todo porque en ese caso habría entre nosotros un vínculo menos banal, y después para que pudieras escucharme y creerme con confianza. Si me enamoré de ti, no es sólo porque, como se dice, te deseaba, sino porque tú y yo estamos cortados con la misma vara, y te mueves y hablas como lo haría yo, si en vez de ser un hombre que sólo aprendió el oficio de escribir hubiese tenido tiempo de aprender a estar en el mundo. Por otra parte, existe la misma elegancia y seguridad en lo que yo he escrito y en tus días. Sé entonces a quien le hablo.


Pero tú, a pesar de haberte vuelto árida y casi cínica, no estás al fin de la vela como yo. Tú eres joven, eres lo que yo era a los veinticinco años cuando, decicido a matarme por no sé qué desilusión, no lo hice -era curioso por el mañana, curioso de mí mismo- la vida me había parecido horrible, pero aún me encotraba interesante a mí mismo. Ahora es a la inversa: sé que la vida es estupenda, pero que estoy fuera de ella, y el mérito es todo mío, y sé que esta es una tragedia fútil...


...¿Puedo decirte, amor, que nunca me desperté con una mujer al lado, que cuando quise a alguien nunca me tomaron en serio y que ignoro la mirada de agradecimiento que una mujer dirige a un hombre? ¿Y puedo recordarte que, a causa del trabajo que hice, siemrpe tuve los nervios destrozados y la fantasía ágil y exacta y el gusto por las confidencias ajenas? Y que estoy en el mundo desde hace cuarenta y dos años? No se puede quemar la vela de los dos lados -en mi caso la quemé toda de un solo lado y la ceniza son los libros que he escrito...


...El amor es como la gracia de Dios -la astucia no sirve-. Por mi parte, te quiero mucho Pierina, te quiero como una fogata. Llamémoslo el último resplandor de la vela...





* * *

Cesare Pavese conoció a la joven Pierina en Bocca di Magra, con quien vivió su última aventura amorosa en 1950, poco antes de suicidarse. FUENTE: Cartas famosas. Es este, sin duda, un espacio pionero y de referencia para los degustadores de la literatura epistolar.




viernes, 23 de diciembre de 2011

Carta a su novia de un soldado alemán esperando la muerte en el frente de Stalingrado





Soldado alemán muerto en Stalingrado.


"A mi alrededor todo se derrumba, un ejercito entero muere, el día y la noche arden..."

Mi vida no ha cambiado en nada; es ahora como hace diez años, bendito por las estrellas, maldito por los hombres. No tuve amigos, y tú sabes por qué no querían saber nada de mí. Era feliz cuando podía sentarme al telescopio y mirar al cielo y al mundo de las estrellas, feliz como un niño al que le permiten jugar con los astros.
... Fuiste mi mejor amiga, Mónica. Sí, lees bien, fuiste. El momento es demasiado serio como para bromas. Esta carta tardará en llegarte dos semanas. Por entonces ya habrás leído en los periódicos lo que ha tenido lugar aquí. No pienses mucho en ello, porque en realidad todo habrá terminado de forma diferente; deja que los demás se preocupen de la "película de los hechos".¿Qué son ellos para ti o para mí? Siempre pensaba en años luz, pero sentía en segundos. Además, aquí tengo mucho trabajo con el tiempo. Somos cuatro, y si las cosas continúan como hasta ahora podemos darnos por contentos (...)
Lo que hacemos es muy sencillo. Nuestro tarea consiste en medir las temperaturas y la humedad, informar sobre la visibilidad y los bancos de nubes.
Si algún burócrata leyera lo que aquí escribo obtendría una flagrante violación de la seguridad militar. Mónica, ¿qué es nuestra vida comparada con los muchos millones de años del cielo estrellado?. En esta hermosa noche, Andrómeda y Pegaso están justo sobre mi cabeza. Las he mirado mucho tiempo; pronto estaré muy cerca de ellas. Mi paz y mi felicidad se las debo a las estrellas, de las cuales tú eres la más bella para mí. Las estrellas son eternas, pero la vida de un hombre es como una mota de polvo en el universo.
A mi alrededor todo se derrumba, un ejercito entero muere, el día y la noche arden...y cuatro hombres se atarean con informes diarios sobre temperaturas y bancos de nubes. No sé mucho sobre la guerra. Ningún ser humano ha muerto por mi mano. Nunca he disparado munición real con mi pistola. Pero sé muy bien una cosa: la otra parte nunca ha mostrado ni una pizca de comprensión por sus hombres. Me habría gustado contar estrellas unas cuantas decadas más, pero ahora nada parece ir en ese sentido...


Antony Reevor,
 Las últimas cartas de Stalingrado,
Destino, 1963.
Muchos soldados alemanes escribieron cartas a sus familiares y amigos durante el largo y trágico asedio de Stalingrado, en las que relataban las condiciones dantescas en las que vivían y su premonición de una muerte cercana.Cuando el último avión despegó de la ciudad en enero de 1943, llevaba siete enormes sacas de cartas que nunca fueron entregadas, porque rezumaban desmoralización y críticas al Reich. Todas ellas aparecieron después, en 1954, y fueron publicadas en 1958 por Einaudi en el volumen Cartas desde Stalingrado. Volvió a hacerse otra edición en 1963, Las últimas cartas de Stalingrado, a cargo de la editorial Destino. Las cartas que editamos han sido recogidas del blog Cartas desde el frente. Y las hemos ilustrado con Imágines de la segunda guerra mundial.





martes, 20 de diciembre de 2011

Carta del Subcomandante Marcos a Joaquín Sabina...








"Y todo esto viene a cuento porque estaba yo solo, con mi dolor de muela y leyendo que usted camina por estas tierras. Entonces pensaba yo que usted, tal vez, estaría de buen humor y magnánimo y que podría contarle yo la historia de los dolores de muelas, mi frustrada carrera como cantautor y una muchacha que está demasiado lejos." 



Ejército Zapatista de Liberación Nacional
18 de Octubre de 1996
(como a las no sé cuántas de la madrugada)
A: Joaquín Sabina
Planeta Tierra
De: Subcomandante Insurgente Marcos
CCRI-CG del EZLN
Montañas del Sureste Mexicano, Chiapas
México


Don Sabina:

Don Sabina

Yo sé que le parecerá extraño que le escriba, pero resulta que me duele la muela y, según acabo de leer, usted camina ahora por estas tierras que, mientras no acaben por venderlas también, siguen siendo mexicanas. Entonces pensé yo que, aprovechando que me duele la muela y que usted camina ahora bajo estos cielos, pudiera yo escribirle y saludarlo e invitarlo a echarse un “palomazo” con el Sup (a larga distancia, se entiende). ¿Qué dice usted? ¿Cómo? ¿Que qué tiene que ver el dolor de muela con el “palomazo”? Bueno, tiene usted razón, debo explicarle entonces la muy extraña relación entre el dolor de muelas, el que usted camine por estas tierras, la larga distancia y una muchacha. No, no se sorprenda usted de que ahora haya aparecido una muchacha. Siempre aparece una, vos lo sabés Sabina.
Bien, resulta que cuando yo pasaba por esa etapa difícil en que uno descubre en que ya no es más un niño y tampoco alcanza a ser un hombre (esa etapa, vos lo sabés Sabina, en que las féminas se transmutan de molestas a interesantes y hay que ver la de problemas que esto provoca), conocí a un viejo que, sin que se lo pidiera, decidió que tenía que darme un consejo sobre esos seres incomprensibles pero tan amables que eran, y son, las mujeres.
“Mira muchacho —me dijo— la vida de un hombre no es más que la búsqueda de una mujer. Fíjate que digo ‘una mujer’ y no ‘cualquier mujer’. Y por ‘una mujer’, muchacho, me estoy refiriendo a una de “única”. El problema está en que el hombre siempre queda con la duda de si la mujer que encontró, si es que encuentra alguna, es esa ‘una mujer’ que estaba buscando. Yo ya estoy viejo y he descubierto una fórmula infalible para saber si la mujer que uno encontró es la ‘una mujer’ que estaba uno buscando...”
El viejo se detuvo a ver hacia todos lados, como temiendo que alguien más lo escuchara. Yo sentí que algo muy importante estaba a punto de serme revelado, así que puse cara de circunstancia y saqué discretamente un papelito y un lapicero para tomar nota, no fuera a ser que se me olvidara la fórmula (de por sí batallaba mucho con las matemáticas). El viejo carraspeó y, sin poner atención en mi papelito y mi lapicero, me confió:

“Si tú le dices a una mujer que te duele una muela y ella, en lugar de mandarte al dentista o darte un analgésico, te abraza y deja que recuestes la mejilla en sus pechos, entonces, muchacho, esa mujer es la ‘una mujer’ que andabas buscando...”
Yo me quedé perplejo, pero como quiera tomé nota de la fórmula. A mí nunca se me había ocurrido que debía pasarme la vida buscando una mujer, por más que esa mujer fuera “una de única”. A mí se me ocurrían cosas más concretas y factibles, como ser bombero, conquistar el mundo o construir un avión que se controlara sólo con el pensamiento. Respecto a las mujeres, yo me tenía en muy alta estima y estaba más propenso a que esa “una mujer” me encontrara a mí, que a buscarla yo...
Yo tenía como 10 años y una maestra de piano de la que, por supuesto, est
aba enamorado. Mi mayor empeño consistía en mirarle unos pechos que se adivinaban como el mejor remedio dental que tenía a la vista. Por supuesto que le apliqué la fórmula, pero ella sólo se me quedó viendo y me dijo que era un pretexto para no practicar en el teclado. Yo de por sí ya sabía que ella no era la mujer de mi vida, 15 años y un piano se interponían entre nosotros.


En fin, el caso es que, como quiera, seguí el consejo del viejo. Ya se imaginará usted, Don Sabina, el desconcierto que provocaba en las muchachas el hecho de que, en cuanto se presentara la oportunidad de estar solos (ese momento en el que el resto de los mortales aprovechan para acercar una mano o unos labios), yo me llevaba la mano a la mejilla y declaraba solemnemente que me dolía la muela...
Es cierto que en esa época no conseguí ninguna, pero acumulé una importante cantidad de analgésicos, antiinflamatorios, antibióticos y, por supuesto, tarjetas de dentista.
A mí ni se me ocurrió que la fórmula estuviera mal. Así que achaqué mis primeros fracasos a la falta de autenticidad en mi dolor de muelas. Por tanto me di a la dulce tarea de picarme las muelas. Y digo “picarme las muelas” en un sentido literal y no sólo comiendo dulces y bebiendo refrescos. Con clips y palillos, después de una paciente labor de meses, logré picarme dos muelas con tanto éxito que tuve que acompañar la estrategia con una fuerte dosis de antibióticos. Repetí la fórmula, ahora con la confianza de saberme auténtico, y los resultados siguieron siendo magros.
Así hubiera seguido adelante, acabando con mis muelas, si no es porque, ya adolescente, encontré a otro viejo que, cruel, me dijo:
“Mírate en un espejo y así sabrás por qué no tienes éxito con las chamacas. Tu problema está en la cara. Más bien en tu nariz. A los feos, las muchachas no les hacen caso... a menos que sean cantantes”.
¿“Cantantes”? Bueno, esta nueva fórmula le daría reposo a mis muelas (que por lo demás ya estaban definitivamente destrozadas) y me obligaría a un cambio radical en la estrategia. Claro que el problema entonces era saber qué se necesitaba para ser cantante. Resulta que no era tan sencillo como usar palillos y clips. Leí todos los manuales que pude: manuales de carpintería, cerrajería, electrónica, radio y tv, mecánica, y hasta tomé dos cursos por correspondencia, uno de piloto aviador y otro de detective privado.



Créame Don Sabina, que fue muy duro para mí darme cuenta que, con todos los avances de la ciencia y la técnica, no existe todavía ningún manual para ser cantante. Después, escuchando canciones, me di cuenta de que el problema era mayor ya que una cosa era ser “cantante” y otra más difícil era ser “cantautor” o “canta-autor” (vos lo sabés Sabina). Entonces hice trampa, es decir, escribí algunos poemas (o como se llamara lo que escribía) y dejaba siempre pendiente la música.
Por supuesto que seguí cosechando fracasos con las mujeres, pero a cambio logré darle una tregua a mis muelas y juntar una gran cantidad de papeles, papelotes, papelitos y, sobre todo, papelones (vos lo sabés Sabina) con poemas.
Seguro que todo este dilatado relato no le resuelve, Don Sabina, el misterio de la relación entre dolor de muelas, su caminar por estas tierras, la larga distancia y una muchacha. No se desespere usted, ya verá cómo al final de todo (vos lo sabés Sabina) las piezas se acomodan. Bien, continúo:
Resulta que (vos lo sabés Sabina) hay ahora una muchacha que está demasiado lejos y entonces pensé que usted, Don Sabina, podría echarme una mano y una tonadita (mire que no es lo mismo pero pudiera ser igual). Y usted podría echarme una mano si me permitiera tutearlo y, cómplice como ha sido antes sin saberlo, fingiera usted que nos conocemos desde hace mucho tiempo y que, por tanto, es perfectamente natural que usted reciba una carta del Sup redactada en los siguientes términos:

"Sabina (sí, ya sé que te desconcierta este inicial e irreverente tuteo, pero tú compórtate como si tal cosa): 'He trabajado arduamente en los últimos días en la letra que me encargaste para tu nueva canción (¡vamos, quita ya esa cara de espanto!, ya sé que no me has encargado ninguna letra para ninguna canción, pero sígueme la corriente para despistar al enemigo) pero ha sido inútil. No me sale nada original. Así las cosas, busqué en el cofre del pirata y sólo encontré un viejo y mohoso poema, que no es tan viejo y tal vez ni a poema llegue, que te puede servir si le das un poco de aliño. Es ideal para ponerle música y escalar con velocidad el hit parade internacional (no me preguntes si para arriba o para abajo), pero tú ya sabes que a nosotros los artistas (sigue fingiendo demencia, no denotes la menor sorpresa) no nos importa la fama (bueno, no mucho).
En este caso particular, a mí sólo me interesa una muchacha que está demasiado lejos para que pueda yo musitarle al oído este poema y arrancarle así, vos lo sabés Sabina, una sonrisa o una lágrima. Porque es de todos conocido que arrancar una sonrisa o una lágrima de una muchacha que está demasiado lejos, es una forma de que no siga estando demasiado lejos, vos lo sabés Sabina. El poema dice, más o menos, así:

Como si llegaran a buen puesto / mis ansias, / como si hubiera dónde / hacerse fuerte, / como si hubiera por fin / destino para mis pasos, / como si encontrara / mi verdad primera, / como traerse al hoy / cada mañana, / como un suspiro / profundo y quedo, / como un dolor de muelas / aliviado / como lo imposible / por fin hecho, / como si alguien / deveras me quisiera, / como si, al fin, / un buen poema me saliera. / Llegar a ti.

La tonadita puede ir más o menos así: tara-tarara- tarirara-etcétera, vos lo sabés Sabina. El título de la canción podría ser ‘Canción para una muchacha que está demasiado lejos’, o ‘Un dolor de muelas para ella’, o ‘Un dolor de muelas, Sabina, la larga distancia, una muchacha y el Sup’. En fin, ya se te ocurrirá algo. El crédito puede ser ‘Letra: el Sup. Música: Joaquín Sabina’, o ‘Letra y música: Joaquín Sabina (a petición del Sup)’ o como quieras.
“Vale. Salud y ojalá ella entienda.
“El Sup”.


Esa podría ser la carta que usted recibiera y aceptara, Don Sabina.
Y todo esto viene a cuento porque estaba yo solo, con mi dolor de muela y leyendo que usted camina por estas tierras. Entonces pensaba yo que usted, tal vez, estaría de buen humor y magnánimo y que podría contarle yo la historia de los dolores de muelas, mi frustrada carrera como cantautor y una muchacha que está demasiado lejos.
Y pensaba yo que podría escribirle una carta tuteándolo y pidiéndole una tonadita para un mohoso poema. Y pensaba yo que usted me perdonaría el tuteo y el pedirle una tonadita para acercar a una muchacha que está demasiado lejos, y que así se completaría el rompecabezas del inicio.
Y no para que me dispense es que le cuento todo esto Don Sabina, sino para que comprenda. Y comprender, vos los sabés Sabina, es otra forma de absolver.
Vale. Salud y ya sabe usted, si le sobran por ahí un analgésico o una tonadita, no dude en mandármelos. Ambas cosas se agradecen en este asfixiado pecho que le escribe...
Desde las montañas del Sureste Mexicano.





viernes, 16 de diciembre de 2011

Carta (durísima) a María Kodama del novelista y crítico Juan Francisco Ferré



Juan Francisco Ferré



«Los que admiramos la obra de Borges la vemos como una cueva de Alí Babá repleta de riquezas y objetos maravillosos robados (...) de todas las literaturas del mundo (...) Sí, no se escandalice, la grandeza de Borges, (...) tiene sus raíces también en apropiaciones y préstamos de otros autores. En esto no se distinguía de Shakespeare, desde luego, otro devoto del latrocinio»



Estimada Sra. María Kodama,



Es triste tener que escribir en su contra en nombre de Borges, en favor de la literatura. Un indicio del pésimo estado de cosas que padecemos. Con el gesto de prohibir la circulación de El hacedor de Borges (Remake) usted se engaña. No le hace ningún favor a Borges, no vela como una mujer celosa sobre el legado de su marido. En absoluto. Usted impone las leyes del capitalismo, las leyes de la propiedad privada y el código civil, ese aliado mezquino de todo lo que no funciona en nuestra sociedad, para transformar a Borges en convidado de piedra de la libertad creativa y las aventuras más audaces de la literatura. Aún peor. Usted actúa como si preservar el legado de Borges implicara anular la relación fecunda con la obra de un escritor que supo también extraer de otros lo que necesitaba para realizar su idea de la literatura. Entérese bien. Los que admiramos la obra de Borges la vemos como una cueva de Alí Babá repleta de riquezas y objetos maravillosos robados, sí, robados de todas las literaturas del mundo. Usted no ha leído “La biblioteca de Babel”, es evidente, si no que ha entendido esta ficción como un reconocimiento de culpa y una justificación artística del plagio, una apertura de puertas al libertinaje y la promiscuidad creativa de todas las obras y los autores de la historia. Como la confesión de crímenes, en suma, de un consumado Arsenio Lupin de la literatura. Quién sabe, incluso, si Borges, como supremo hacedor, no llegó a (pre)ver este “remake” en el anaquel de los volúmenes virtuales que poblaban esa biblioteca hecha a imagen y semejanza de su privilegiado cerebro. Desde luego, todo lo que sabemos de su literatura me permite imaginar que sí y que le daría el visto bueno con una sonrisa de complicidad irónica. Al fin y al cabo, todos los nombres de la literatura, como quería Borges, designan al mismo escritor de todos los libros de la historia. 
Sí, no se escandalice, la grandeza de Borges, ese capital que usted pretende explotar en su único beneficio, tiene sus raíces también en apropiaciones y préstamos de otros autores. En esto no se distinguía de Shakespeare, desde luego, otro devoto del latrocinio y el saqueo de fuentes con fines creativos. La única diferencia con el gesto de Fernández Mallo, fíjese bien, radica en la modestia, el respeto y la admiración con que éste se aproxima a la obra de Borges. No hay nada impropio ni irreverente en esa “apropiación” (podría discutirse incluso su condición de tal, se lo dice un borgiano de pro, sin necesidad de recurrir a penosos argumentos legales), sino una tentativa lograda en gran parte de instalar a su marido entre las referencias fundamentales de la literatura del siglo XXI.


Usted creerá, porque así se lo dicen los que la aconsejan mal, que esto no era necesario, que su marido ya formaba parte del bagaje del nuevo siglo sin la intervención de un joven escritor español con ínfulas de usurpador, que es sólo un alibí vagamente cultural para saquear con impunidad su preciosa obra. Cuánto se equivoca. No me extraña. Si usted no ha sido capaz de entender el designio final de la obra de Borges, cómo puedo exigirle que entienda la obra de creadores que sí han entendido ese designio y lo han hecho suyo, apartando todo aquello que en Borges podía haber caducado. Usted está en contra de Borges al estar en contra de la literatura, sépalo ahora, usted se pone del lado de la violencia y la injusticia del capitalismo, del lado de la explotación y la codicia, bajo la tapadera de preservar los intereses de la obra de Borges. Al tomar ese partido y no otro, no se equivoque, usted está tomando partido contra Borges, entiéndalo bien, contra la literatura y contra la libertad de creación que hizo grande a su marido, precisamente.


Una advertencia, nada más. Usted me recuerda mucho a la SGAE, en sus declaraciones y en sus medios y fines. Infórmese sobre ella. Puede que vea en el destino de esa institución corrupta una prefiguración de su propio destino, aunque sea sólo simbólico. Quizá lo único que consiga con su gestión mezquina sea que la obra de Borges se convierta para muchos en un erial solitario y estéril, un edificio abandonado a la incuria del tiempo, un amasijo de papeles roído hasta la náusea por los académicos, algo petrificado, sin vida, sin posteridad posible. El libro de Fernández Mallo que usted ha conseguido prohibir no pretendía otra cosa que demostrar que Borges seguía siendo para muchos escritores del siglo XXI el gran cómplice de las exploraciones literarias más excéntricas. Y su obra, un campo de investigación productivo e inagotable. Está a tiempo de reconsiderar su posición. En nombre del mismo Borges que usted manipula para castrar la libertad de los creadores. Piénselo bien antes de proseguir con su absurda inquina. Cerciórese de que Borges la secundaría, asegúrese de que en nombre de Borges se puede perseguir la obra de otros escritores con razones tan pobres. Me temo que su abogado tampoco ha leído a Borges. Hasta donde yo sé, ser abogado significa, por principio, situarse en contra de la literatura. Esa literatura que su marido representaba como pocos. Así que piense si con este gesto inquisitorial está usted del lado de Borges o del lado de su letrado más bien iletrado.

Por respeto a usted, a lo que usted representa, me permito hacerle todas estas consideraciones. Espero que sirvan para algo, aunque me temo que no. Tal como están las cosas, usted cometerá el error de darle la razón a su abogado y quitársela a Borges. Con su traición al espíritu de Borges, todos saldremos perdiendo, desde luego, y el mundo tomará el derrotero de lo peor. Prepárese, porque entonces ni usted ni Borges estarán a salvo. No olvide la dura advertencia de Walter Benjamin:“tampoco los muertos estarán seguros ante el enemigo cuando éste venza. Y este enemigo no ha cesado de vencer”. Sepa, por tanto, que será juzgada como cómplice inexcusable del enemigo. Téngalo en cuenta. Piense en Borges. Piense en la literatura de Borges antes de actuar en su contra.
Para terminar, me veo obligado a recordarle, apelando a la autoridad literaria de su marido, que esta carta, como tantas otras, no necesita ser enviada para ser efectiva.
Atentamente, 









martes, 13 de diciembre de 2011

Carta del Jefe Noah Seattle al presidente de los Estados Unidos



Jefe Noah Seattle

 «Si nadie puede poseer el frescor del aire ni el brillo del agua ¿cómo es posible que usted nos la quiera comprar? (...) El agua centelleante que corre por los ríos y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados (...) El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre...»





     El Gran Jefe Blanco de Wáshington ha ordenado que se nos haga saber su voluntad de comprarnos nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco nos ha enviado también palabras de amistad y de buena voluntad. Mucho apreciamos esta gentileza, porque sabemos que poca falta le hace nuestra amistad. Vamos a considerar su oferta pues sabemos que, de no hacerlo, el hombre blanco podría venir con sus armas de fuego a tomar nuestras tierras. El Gran Jefe Blanco de Wáshington podrá confiar en la palabra del jefe Seattle con la misma certeza que espera el retorno de las estaciones. Como estrellas que no pueden extinguirse ni cambiar de rumbo de un día para otro, así serán mis palabras....
    
    ¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa es para nosotros una idea extraña. Si nadie puede poseer el frescor del aire ni el brillo del agua ¿cómo es posible que usted nos la quiera comprar? Espero que lo entienda: cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. Cada hoja brillante de la rama de un árbol, cada puñado de arena de las playas, la niebla que al amanecer inunda los umbrosos bosques, cada rayo de luz y el zumbido de los insectos son sagrados en la memoria y en la vida de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo la memoria del piel roja...
  
     Los muertos del hombre blanco olvidan siempre su tierra natal cuando, al fin, van a caminar entre las estrellas. Nuestros muertos no, jamás se olvidan nuestros muertos de esta tierra hermosa, pues ella es la madre del hombre de piel roja. Somos parte de la tierra y ella es parte de nuestra. Las flores fragantes son nuestras hermanas; el venado, el caballo y el águila majestuosa, son nuestros hermanos. Los picos encrespados, los surcos húmedos de la pradera, el calor del cuerpo del potrillo y el hombre, todos, todos, pertenecen a la misma familia. Por eso, cuando el Gran Jefe de Wáshington manda decir que desea comprar nuestras tierras, yo le tengo que decir que es mucho lo que pide. El Gran Jefe manda decir que nos reservará un lugar para que podamos vivir cómodamente entre nosotros. El será nuestro padre y nosotros seremos sus hijos. Por eso consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Mas ello no será fácil, porque estas tierras son sagradas para nosotros. El agua centelleante que corre por los ríos y esteros no es meramente agua sino la sangre de nuestros antepasados. Si os vendemos estas tierras, tendréis que recordar que ellas son sagradas y deberéis enseñar a vuestros hijos que ellos son también sus hijos, y que cada reflejo fantasmal en las aguas claras de los lagos habla de acontecimientos y recuerdos de la vida de mi pueblo. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre...




     Los ríos son nuestros hermanos, sacian nuestra sed. Los ríos cargan nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos. Si os vendemos nuestras tierras, deberéis recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos, y los suyos también. Deberéis por ello en adelante darles el trato bondadoso que dedicáis a cualquiera de vuestros hermanos.


     Sabemos que el hombre blanco no comprende nuestras costumbres. Para él una porción de tierra tiene el mismo significado que cualquier otra, porque es un extraño que llega en la noche para obtener de la tierra aquello que necesita. La tierra no es su hermana sino su enemiga, y cuando la conquista no tarda en abandonarla para seguir su camino. Deja atrás las tumbas de sus antepasados, y no se inmuta. Roba de la tierra aquello que debería conservar para sus hijos, y no se inmuta. Olvida la sepulturas de sus padres y los derechos de su prole. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el cielo, como cosas que se pueden comprar, saquear o vender como si fueran carneros o cuentas de vidrio de profusos colores. Su apetito insaciable acabará devorando la tierra, y dejará tras de sí solamente un desierto interminable...


     Yo no puedo comprenderos. Vuestras costumbres son diferentes de las nuestras. Tal vez sea porque soy un salvaje y no comprendo. La vista de vuestras ciudades hace doler los ojos al hombre de piel roja. Pero quizá sea así porque el hombre de piel roja es un salvaje y no comprende las cosas. No hay ningún lugar tranquilo en las ciudades del hombre blanco, ningún lugar donde pueda escucharse el despertar de las hojas en primavera o el chascar de alas de un insecto. Pero quizá sea así porque soy un salvaje y no puedo comprender. El ruido de la ciudad parece insultar los oídos. ¿Y qué clase de vida es aquella en la que no se es capaz de escuchar el solitario grito de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor del lago? Sí, yo soy sólo un hombre de piel roja que no comprende nada. Los indios preferimos el silbo suavísimo del viento que acaricia la laguna y el olor mismo de ese mismo viento cuando ha sido purificado por las lluvias del mediodía y perfumado luego por las filosas y fragantes hojas de los pinos...
  
     El aire es de mucho valor para el hombre piel roja, pues todas las cosas comparten el mismo aire -el animal, el árbol, el hombre-, el mismo soplo. El hombre blanco parece no sentir el aire que respira. Como el hombre que lleva muchos días agonizante, es ya insensible al hedor. Pero si os vendemos nuestra tierra, debéis recordar que el aire es precioso para nosotros, que el aire comparte su espíritu con la vida que él mismo ha hecho posible. El viento que dio a nuestros abuelos su primer aliento, también recibió de ellos su último suspiro. Si os vendemos nuestra tierra, debéis dejarla aparte y mantener intacta su condición sagrada, como un lugar donde hasta el mismo hombre blanco pueda incluso saborear el viento dulcificado por las flores de las praderas...


     Por lo tanto, vamos a meditar sobre la oferta de comprar nuestra tierra. Pero sabed que, si decidimos aceptar, impondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos. Soy un hombre salvaje y no comprendo ninguna otra forma de actuar. He visto miles de búfalos pudriéndose sobre las praderas, abandonados allí por un hombre blanco que los abatió desde un tren en marcha con sus disparos para quedarse sólo con su piel. Yo soy un hombre salvaje y no comprendo cómo es que el humeante caballo de hierro puede ser más importante que el búfalo que nosotros sólo sacrificamos para sobrevivir. ¿Qué es el hombre sin los animales? Si todos los animales se fuesen, el hombre moriría de una gran soledad de espíritu, pues lo que ocurra con los animales también ocurrirá con él en breve. Todas las cosas están relacionadas entre sí. 


     Vosotros deberéis enseñar a vuestros hijos que el suelo que se extiende bajo sus pies es la misma ceniza de sus abuelos. Para que respeten la tierra, debéis decir a vuestros pequeños que esta tierra fue enriquecida con las vidas de nuestro pueblo. Enseñaréis a vuestros hijos lo que nosotros enseñamos a los nuestros, que la tierra es nuestra madre, y que todo lo que a ella le ocurra, acabará ocurriendo también a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo que habitan, están escupiendo sobre sí mismos.




     Esto es lo que sabemos: la tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. Esto es lo que sabemos: todas la cosas están relacionadas, como la sangre que une una gran familia. Hay una unión en todo. Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra. El hombre no tejió el tejido de la vida; él es simplemente uno de sus hilos y, por eso todo, lo que hiciere al tejido, se lo estará haciendo a sí mismo.


     Incluso el hombre blanco, cuyo Dios camina con él y habla con él, de amigo a amigo, no puede estar exento de ese destino común. Es posible que seamos hermanos, a pesar de todo. Veremos. Pero de una cosa estamos seguros, y es que el hombre blanco llegará a descubrir algún día que nuestro Dios es, también, su propio Dios. Tal vez pensáis que sois dueño de nuestro Dios, como queréis serlo de toda nuestra tierra, pero nunca llegará a ser vuestro, porque Él es el Dios del Hombre, de todos los hombres, y su compasión es igual para el hombre de piel roja que para el hombre blanco. Y esta tierra es preciosa para Él, y despreciarla y dañarla es despreciar a su propio creador. Los blancos también pasaréis, y tal vez más rápido que todas las demás tribus que habitan esta tierra, porque quien contamina su cama morirá sofocado alguna noche por sus mismos desperdicios.  Pero sabed que, en vuestra hora final, os sentiréis iluminados por la certeza de que, por algún propósito que no nos ha sido dado comprender, fue el mismo Dios el que os trajo a estas tierras y puso su dominio en vuestras manos. Ignoramos los motivos de Dios, del mismo modo que ignoramos lo que será de nosotros cuando hayan sido exterminados los búfalos de las llanuras, o cuando halláis domesticado los salvajes caballos, o cuando los recónditos rincones de los bosques exhalen el olor de muchos hombres, o cuando impidáis la contemplación serena de las verdes colinas por el laberinto de alambres vuestros que hablan y dicen palabras de lugares lejanos. 


     ¿Qué ha sucedido con el espeso bosque?, nos preguntaremos. Desapareció. 
     ¿Qué ha  sucedido con el águila majestuosa?. Despareció. 


     La vida ha terminado. 


    Ahora empieza la supervivencia.







Impresiona aún hoy la sabiduría con que este viejo jefe indio de la tribu Suwamish, cuyos dominios se extendían sobre lo que luego sería el Estado de Wáshington, se dirigió en 1854 al presidente de los Estados Unidos para darle a conocer su disposición crítica a venderle la tierra de sus antepasados. En los ámbitos ecologistas, este hermoso texto es considerado como "la declaración más hermosa y profunda que jamás se haya hecho sobre el medio ambiente". Y, desde un punto de vista literario, un documento en el que se manifiesta el valor de los antiguos para identificar los sujetos de la vida con las metáforas derivadas de esa misma vida. No tenemos en nuestro poder el texto de la carta recogido por Ediciones Obelisco en abril de 2010 con el título de Señor Presidente, soy el Jefe Seattle, pero son innumerables las versiones -unas mejor que otras- que podéis encontrar en la red. Para nosotros,una de de las mejores esta editada por Ciudad Seva,  
aunque nosotros hemos preferido ofrecer nuestra propia versión. Existe también noticia de un manifiesto, documentado por Eva Maronnaen el que la sabia espiritualidad indígena con que se acepta la derrota alcanza límites realmente sobrecogedores.