lunes, 16 de enero de 2012

"Cartas a Verónica", de María Luisa Mora...




 "Pero sé también que cuando Caronte me haga cruzar el río con su barca no existirá otro destino que tú, ni otra luz que la que emanará de tu maravilloso corazón".

        Verónica, hija mía.




Te escribo esta carta, como quien lanza una botella al mar, sin ninguna seguridad de que su destino serán tus inocentes manos, ni tus ojos grandes y profundos.
Nadie puede afirmar rotundamente que así ha de ser. Nadie va a traer hasta mi corazón la prueba fehaciente que me haga albergar una mínima esperanza.

Te imagino habitando un Universo cuajado de luz, envuelta en una  enigmática música, arropada por  palpitantes pájaros, en un extraño planeta que nadie vivo ha logrado conocer ni describir jamás.

Imagino que los labios del gran Dios besan tu frente de esa forma tan dulce como yo la besaba en los duros tiempos de tu enfermedad.

Contemplo, muchas veces, tu fotografía. Me detengo en tu sonrisa, que se asoma a ella, como una mariposa a la silueta de una flor. Y me alimento de ella para siempre.
Así, de la misma manera como se alimenta un pequeño gorrión con la comida que trae su afanosa madre hasta su pico y que forma parte de su supervivencia.
Porque tu sonrisa me ayuda a subsistir.


Cuando limpio tu habitación, suelo besar tu graciosa gorrita azul y miro, debajo de la cama,  tus zapatos. Muchas veces pienso que debería guardar ya todas tus cosas, pero nunca lo hago.  Me pregunto el por qué. Pero sé la respuesta.  Tal vez porque, en el fondo de mi corazón, aún te sigo esperando. Creo que, cualquier día, vas a volver a aparecer por el salón, vas a sentarte junto a mí y me vas a preguntar : Madre, cuándo piensas arreglarte, que te estoy esperando  para que vayamos a tomar café.  Y creo que entonces voy a mirarte directamente a esos preciosos ojos que tenías, más grandes que el Amor y que la Vida, y voy a volverme a emocionar como lo hacía cuando estabas todavía viva y persistía, tercamente en mí, algo así como un extraño presentimiento de lo que, más tarde,  habría de suceder.


Pero vuelvo a la cruda realidad. Sé que tú no estás. No estoy loca. Estoy totalmente segura de que es así. Pero sé también, con una certeza más absoluta que el sol que nos alumbra, que cuando Caronte me haga cruzar el río con su barca no existirá otro destino que tú, ni otra luz que la que emanará de tu maravilloso corazón.

Verónica, hija mía....



Agradezco por dentro a María Luisa está carta dirigida a su hija, que como los dioses acabó muriendo demasiado pronto, cuando apenas tenía poco más de treinta años. Una gran parte de su obra posterior ha girado en torno a este seísmo, que -si me permiten un apunte meramente personal- sería lo último que yo quisiera vivir. La carta no es un homenaje, sino la consecuencia humilde de un contacto personal interminable.  Poco más debo decir -por respeto- de Maria Luisa Mora, una poeta nacida en la ciudad toledana de Yepes el 8 de febrero de 1959, y a quien leí por primera vez a finales de los ochenta en su viaje hacia esa lluvia que también a mí me limpiaba por dentro. Tuve el honor de coincidir con ella en la ya mítica antología de poesía Mar interior, que sacó adelante mi muy admirado Miguel Casado. Ha publicado: Las hiedras difíciles (Torremozas, 1986); Este largo viaje hacia la lluvia (Rialp, 1988), un libro fascinante y accésit del Premio Adonais 1987; La tierra indiferente (Torremozas, 1990), Premio Carmen Conde 1990; La mujer y la bruma (Melibea,1992), accésit del Premio Rafael Morales 1991; Busca y captura (Rialp, 1994), Premio Adonais 1995; Meditación de la derrota (Torremozas, 2001); La isla que no es (Melibea, 2002), accésit del Premio Rafael Morales 2001; La respuesta está en el viento (Torremozas, 2005), segundo puesto de poesía Fernando Rielo 2003 y Navegaciones (Ediciones Vitruvio, 2009).





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