viernes, 10 de febrero de 2012

Carta del Suicida.







"Ésta es mi carta de la muerte. Que nadie la toque..."


He de admitir que la primera vez no lo hice por compasión hacia los muertos, ni para atenuar la congoja de los vivos. Lo hice por amor a la Ortografía. Ocurrió una tarde cualquiera. Pululaba por los campos cercanos al pueblo, dando mi paseo acostumbrado, cuando vi a lo lejos el balanceo de un cuerpo recortado en una vieja higuera. Parecía una bandera inútil y marchita que alguna guerra hubiera dejado olvidada. Al acercarme, encontré en el suelo una nota que decía: “hasco de bida”. La obscenidad de aquellas palabras mal escritas retumbó en mi cabeza más que la imagen bamboleante del muerto. Por eso, guardé la nota en el bolsillo y escribí otra que, más tarde, entregaría a la viuda del difunto, una carta amable que, tal vez, pensé entonces, fue la última bocanada de aire que exhaló el suicida, una carta donde despedirse inocentemente de los seres queridos. Y lo más importante: una carta sin faltas de ortografía.
Nadie opuso extrañeza, nadie preguntó cómo el pobre suicida, analfabeto y deprimido, pudo escribirla. Nadie preguntó porqué la letra no era la del finado sino la mía, ni quisieron saber de dónde procedía aquella gramaticalidad inesperada. Para todos la carta fue un consuelo. La verdad no es algo que importe cuando llueve dolor.
Después, todo siguió igual pero nada volvió a ser lo mismo. Una fiebre desconocida, gramatical y compasiva, se apoderó de mí. Cuando tenía noticia de que se había producido un suicidio, y abundaban por el azote constante de vientos del norte, me presentaba en la escena del deceso. Todos fingían no verme mientras buscaba la nota de despedida y la sustituía por otra escrita por mí. A veces no la encontraba, y eran los familiares los que, disimuladamente, me la ponían en el bolsillo de la blusa o la dejaban caer al pasar junto a mí. En otras ocasiones, si el suicidio no llegaba a tiempo a mis oídos, eran esos mismos familiares los que me mandaban un aviso urgente, una nota siempre parca que sólo incluía el nombre del finado y el lugar donde podía encontrar el cadáver. También recibí encargos con carácter previo al suicidio, pero a esto me negué siempre por parecerme una atrocidad imaginar las palabras de la muerte antes de que tuviera lugar. Sin embargo, hoy rompo esa norma. Ésta es mi carta de la muerte. Que nadie la toque.






***

Nota personal: la historia contada -magníficamente contada- en esta carta por el escritor o escritora cuyo nombre desconozco, me trajo a la memoria al escribidor de cartas en que me convertí en los días del servicio militar en la base de helicópteros del ejército de tierra en Colmenar Viejo. No sé cuantos amores protegí del tedio, ni cuales dinamité o hice más anchos con palabras solas o jacintas. Solo sé que me gané no pocas cañas dándole al bolígrafo, y que al marchar de aquellas montañas voluptuosas y nevadas, los abrazos de hombre crecieron sobre mi como crece la yedra en los balcones del sur, el nombre de las cosas. A golpes de sudor y solitud anunciada...





Publicar un comentario en la entrada