jueves, 2 de febrero de 2012

Cartas de Scott Fitzgerald a su esposa enferma Zelda Fitzgerald







Univ. Princeton
37 Park Avenue,
Baltimore (Maryland)
6-4-1934


Perdona que dicte esta carta en lugar de escribirla a mano, pero si vieras mi escritorio y la cantidad de cosas que han llegado lo comprenderías. Tienes que combatir cualquier tipo de derrotismo. No hay ninguna razón para el pesimismo. En realidad nunca has tenido un temperamento melancólico, sino que, como tu madre decía, siempre destacaste por tu vital actitud animosa, alegre y extrovertida. Me refiero sobre todo a que no compartes ninguno de los puntos de vista melancólicos que parecen integrar a Anthony y Marjorie. Tú y yo hemos pasado momentos maravillosos en el pasado, y el futuro aún está cargado de posibilidades si levantas la moral y procuras creerlo. El mundo exterior, la situación política, etcétera, siguen siendo oscuros e influyen en todos directamente, y es inevitable que te afecten indirectamente a ti, pero procura distanciarte de todo ello mediante alguna forma de higiene mental, inventándola, si es necesario.


Déjame repetirte que no quiero que te concentres demasiado en mi libro, que es una obra melancólica y parece haber obsesionado a casi todos los críticos. Me preocupa muchísimo que lo estés releyendo. Describe determinadas fases de la vida que ya están superadas. Ciertamente nos hallamos en una ola ascendente, aunque no sepamos a ciencia cierta hacia dónde va.

No tienes ningún motivo real de pesimismo. Tus cuadros han sido un éxito, tu salud ha mejorado mucho, según tus médicos, y la única tristeza es vivir sin ti, sin oír los tonos de tu voz con sus peculiares intimidades de inflexión.
Tú y yo hemos sido felices; y no lo hemos sido solo una vez, hemos sido felices miles de veces.
Las posibilidades de que la primavera, que llega para todos, como las canciones populares, nos pertenezca también, las posibilidades son muy halagüeñas en este momento porque, como siempre, puedo aguantar casi toda la opinión literaria contemporánea, liquidada, en el hueco de la mano, y cuando lo hago, veo al cisne flotando en ella y descubro que eres tú y sólo tú.
Pero, Cisne, flota suavemente porque eres un cisne, porque con la exquisita curva de tu cuello los dioses te concedieron un don especial, y aunque te lo fracturaras tropezando con algún puente construido por el hombre, se curaría y seguirías avanzando. Olvida el pasado, lo que puedas, y da la vuelta y nada de nuevo hasta mí, a tu refugio de siempre, aunque a veces parezca una cueva oscura iluminada con las antorchas de la furia. Es el mejor refugio para ti, da la vuelta despacio en las aguas en las que te mueves y regresa.



Todo esto parece alegórico pero es muy real. Te necesito aquí. La tristeza del pasado me acompaña siempre. Las cosas que hicimos juntos y las cicatrices atroces que nos convirtieron en el pasado en supervivientes de guerra persisten como una especie de atmósfera que rodea todas las casas que habito. Las cosas agradables y los primeros años juntos, los meses que pasamos hace dos años en Montgomery me acompañarán siempre y tienes que creer como yo que podemos recuperarlos, si no en una nueva primavera, en un nuevo verano. Te quiero, amor mío, cariño.


* * *

Grijalbo-Mondadori editó en 1994 las Cartas de amor y de guerra (1919-1940) en traducción de Ángela Pérez, de las que se ha extraído esta carta. En ellas, la voz de Zelda aparece prácticamente oculta en las zonas más umbrías del escenario en el que se escenifica la compleja y dramática historia de amor entre el autor del Gran Gastby y aquella muchacha de Alabama de personalidad turbulenta que terminó su vida en el incendio que destruyó el hospital para enfermos mentales en que fue recluida. 
Hija de juez y nieta de senador, esa hermosa, amoral, consentida y libérrima muchacha de Montgomery Zelda Sayre (1900-1948) cayó literalmente rendida en 1918 frente al apuesto y escrupuloso teniente Francis Scott Fitzgerald, ese muchacho "hermoso como un poema de Byron" oriundo de Saint Paul (Minnesota). Casada con él, y ya en Nueva York, la pareja se dio a una vida desenfrenada mientras Francis triunfaba en el mundo literario con A este lado del paraíso. 
La arrolladora personalidad del novelista aplastó bajo los febriles excesos de una vida de éxito y derroche todos los muchos brillos de la personalidad de Zelda, que intentó sin éxito desarrollar su creatividad de pintora, escritora y bailarina. Presa de la esquizofrenia, fue recluida en el Hospital Highland de Asheville (Carolina del Nort), iniciando desde allí con su afamado esposo una extensa correspondencia. Hasta la aparición de esas cartas, de la biografía escrita por Nancy Milford y, sobre todo, hasta la edición de la novela Alabama song, de Guilles Leroy, la fascinante intensidad de la personalidad de Zelda no ocupó otro nicho que el propio de una frívola divinidad menor. Habían transcurrido entonces casi cincuenta años desde que la chica de Alabama muriera calcinada en la habitación cerrada con llave en que dormía en un hospital psiquiátrico.
 Un drama real el suyo, más propio de una novela romántica que de la devastadora exitencia de un espíritu aplastado por la desesperación y por una soledad interminable....





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