jueves, 15 de marzo de 2012

"Carta de tía Ada a Venecia Gradiva", de Verónica Pedemonte




Mientras lo besaba me recliné en la cama. Mi vestido de satén rosado notó algo inhumano debajo de las sábanas. Pensé que podía ser normal, yo era una mina muy joven pero estaba advertida. Con una mueca de dolor, me alejó de sí y apartó las sábanas que le cubrían de cintura para abajo... 

Querida nenita:

Me da mucha lástima irme de casa de Horacio sin terminarte el cuento, así que te lo escribo desde Buenos Aires, faltan todavía dos meses largos para regresar a Montevideo y sé que te morís de la impaciencia.
Quedamos en que yo estaba en la esquina del hall, extasiada, vos me conocés, soñadora, boba. Como si fuese a aparecer un príncipe encantado así de repente. Con la escasez que hay, y casi todos andan convertidos en ranas y da un trabajo horrible andar besando ranas para que te salgan ranas. De veinte ranas un príncipe, y eso será cuando no hay inflación.
Pero no, este no es el cuento del que se iba subiendo por las paredes porque le cayó un rayo radioactivo cuando andaba jugando con una araña y se quedaron dos en un uno como el chicle double–bouble. Este es el verdadero. Bueno, en realidad, la protagonista soy yo. Como te decía, estaba en una esquina del hall, cuando de un recodo del patio entraba la luz sombría de la claraboya, ya adivinás, desde que Montessori le puso el cristal que no era, con lo del remate tan lindo. Pero éste le salió más barato.
Lo que te cuento me pasó cuando era una pebeta de nada,  en mi debut como actriz en Buenos Aires.
    Andaba aburrida de un lado a otro, escuchando conversaciones ajenas, en la recepción que dieron en mi honor y todo el mundo parecía sonado.
-  Sos macanuda, vos.
-  Regia, chiquilina, regia.



Cuando a lo lejos, en el hall apareció el pibe que te dije, absolutamente fascinante. Él no fanfarroneaba con estupideces, era así ... un estilo a Montessori aunque mucho más joven.
Sí, no te podés imaginar como alguien parecido a Montessori fuese tan fascinante como para enloquecer a las pibas hasta dejarlas turulatas. Todo lo más para acompañarlas al cine o a comer Frankfurtes. Pero este pibe era de un porte elegantísimo y una inteligencia superior  a los otros...
A él parecía que yo no le importaba nada, andaba en su mundo. Rodeado de personas interesantes. Así que me acerqué, y como si tuviera un sexto sentido se dió la vuelta y me miró con una cara que no te digo. Traspasándome el cuerpo.


- Vos sos la actriz esa tan linda, de la que todo el mundo habla. Perdoname, no pude ir a la función.  ¿Puedo invitarte a pasear?

Paseamos por la terraza y llegamos a la fuente de las libélulas (esa que te gusta tanto). Después nos asomamos al balcón. Él miraba hacia abajo como si pensara lanzarse al vacío y me dio un poco de vértigo, estábamos en el séptimo piso, aunque yo creía que era el séptimo cielo.


Y, nenita, así de pronto, sin mediar palabra me agarró por la cintura  igualito que  Gable a la Leight, y me besó.
Creí que me había quedado pegada, porque fue un beso interminable. Todo giraba a nuestro alrededor de manera vertiginosa. Un beso de estos que tan sólo se dan una vez en la vida, mi hijita, la comunión de las almas y de los cuerpos a través de las bocas. Como si su alma entrase en la mía, profunda como un abismo, y yo en la suya, tanto, que ya no podía salir. Sí, sí, imagino lo que vas a preguntarme. La comunión se hace de chica ¿vos no la hiciste? Claro, mi hijita, pero yo hablo de otra comunión.
Atorada como estaba no vi que él se ponía pálido, insistió en que tenía que irse, yo no entendía nada.  Cuando corría por el pasillo pensé:  ¿No querrá ahora el tipo que le recoja el zapato?
Creí que estaba loco. Me senté en el corredor sin saber qué hacer. Al rato la mucama de Montessori me trajo una carta. Era suya. Me esperaba a las diez de esa misma noche.
Sí, nena, ya sé que no debía, pero fui. Todavía estaba tarada de la impresión.
Además era Martes, siete del siete, eso quería decir algo, mi hija.
Nadie me abría. Moví el pomo lentamente. Hundido en la penumbra de una cama con dosel,  muy pálido,  su voz era un susurro:
- Te adelantaste.
- Sí, no podía esperar más. Le contesté.
- Vos no sabés. Dijo con un rictus amargo
Lo besé, nenita, lo besé, y sentí el mismo vértigo. Su cara me parecía demasiado magnífica para ser real. Una cara de otro mundo.
- Viniste demasiado pronto, me dijo mientras me apartaba. La medicina aún no ha terminado de hacerme efecto.
 Mientras lo besaba me recliné en la cama. Mi vestido de satén rosado notó algo inhumano debajo de las sábanas. Pensé que podía ser normal, yo era una mina muy joven pero estaba advertida. Con una mueca de dolor, me alejó de sí y apartó las sábanas que le cubrían de cintura para abajo.
¡Era una araña, mi hijita, una araña pollito! Un hombre de cintura para arriba y una araña pollito de cintura para abajo. Con la medicina se convertía en un tipo normal, quiero decir, en un tipo fascinante, durante dos horas. Pero si te pasabas de la raya te quedabas atrapada para siempre, mirá vos.
En ese momento estaba tan enamorada que no me hubiese importado que me enredara con su tela mientras me besaba. Quedarme pegada a él. Que poco a poco sus quelíceros se clavaran en mi piel hasta dejarme sin sangre. Hipnotizada. Pero tuvo la decencia de decírmelo. Porque realmente me amaba.
Luego supe que otras no tuvieron tanta suerte.
No sé por qué esta vez no apareció Montessori un poco antes.
Edelmiro Einstein, ¿te acordás?, ese que era bastante torpe para las labores manuales, se empeñó en terminar de arreglar la claraboya. Y Mirta y Araceli llegaron justo a tiempo.
Agarré mi bolso, les dije chau y salí a la velocidad de la luz de aquel caserón.

Estudiá mucho, Venecia, y no te dejés el saco en cualquier parte, que enseguida agarrás un resfrío. Cuando vuelva a Montevideo te llevaré a casa de Silvana y te contaré otro cuento. Uno de un morocho que vivía entre Propios y Ocho de Octubre. Esperame despierta. Besos.



                         Tía Ada


***


Verónica Pedemonte (Montevideo, Uruguay,1963) es poeta de discurso de discurso vibrante y acerado. Creció en un ambiente familiar volcado con la creación literaria de las manos de su padre, el poeta y crítico uruguayo Hugo Emilio Pedemonte, y de su madre, la poeta extremeña Eladia Morillo-Velarde. Estudió Filología y Psicología en Sevilla. Ha recorrido los caminos de la novela y del periodismo, colaborando habitualmente en el suplemento cultural del Diario de Cádiz y en El Puerto información. Publicó su primer libro, Lenguas de fuego, en el año 1995. Su novela Viaje circular de Venecia Gradiva -de la que forma parte esta carta singular- mereció la beca a la creación literaria de la Junta de Extremadura de 1999. Ese mismo año obtuvo el Premio Nacional de Poesía por su libro Diario de un rebelde. En el año 2000 obtuvo  el Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego por su libro Esclavos y libertos. Ha colaborado en el libro Estrecho, una poética de la solidaridad, así como en el proyecto Poetas en el Aula, y las antologías Ellas son la tierra y La plata fundida. Actualmente es la presidenta del Colectivo Literario El Ermitaño. (Manuel Francisco Reina)


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