domingo, 20 de mayo de 2012

Carta de Zelda Fitzerald a Scott Fitzerald




Montgomery (Alabama).
Marzo 1920.

     Cuando miro hacia el camino y te veo venir, y veo tus arrugados pantalones emerger de todas las nieblas y de todas las brumas y correr hacia mí...

     Sin ti, querido, no podría ver ni oír ni sentir ni pensar ni vivir. Te quiero mucho y no permitire que estemos separados una noche mas mientras duren nuestras vidas. Estar sin ti es como pedir clemencia a una tormenta o matar la Belleza o hacerse viejo.Tengo muchas ganas de besarte en la espalda, donde nace el pelo, y en el pecho -¡cuánto te quiero!- y no sé cómo decirte hasta qué punto.Pensar que voy a morir sin que lo sepas...tienes que esforzarte por sentir lo mucho que te quiero, lo inanimada que me quedo cuando te vas.
     Vuelve pronto, vuelve pronto a mí , no podría soportar estar sin ti aunque me odiaras y estuvieras cubierto de llagas como un leproso, aunque te escaparas con otra mujer y me dejaras morir de hambre y me golpearas, te seguiría queriendo, lo sé...

     Amante, amante mío, cariño mío....

     Tu esposa


Fuente



Grijalbo-Mondadori editó en 1994 las Cartas de amor y de guerra (1919-1940) en traducción de Ángela Pérez, de las que se ha extraído esta carta. En ellas, la voz de Zelda aparece prácticamente oculta en las zonas más umbrías del escenario en el que se escenifica la compleja y dramática historia de amor entre el autor del Gran Gastby y aquella muchacha de Alabama de personalidad turbulenta que terminó su vida en el incendio que destruyó el hospital para enfermos mentales en que fue recluida. 
Hija de juez y nieta de senador, esa hermosa, amoral, consentida y libérrima muchacha de Montgomery Zelda Sayre (1900-1948) cayó literalmente rendida en 1918 frente al apuesto y escrupuloso teniente Francis Scott Fitzgerald, ese muchacho "hermoso como un poema de Byron" oriundo de Saint Paul (Minnesota). Casada con él, y ya en Nueva York, la pareja se dio a una vida desenfrenada mientras Francis triunfaba en el mundo literario con A este lado del paraíso. 
La arrolladora personalidad del novelista aplastó bajo los febriles excesos de una vida de éxito y derroche todos los muchos brillos de la personalidad de Zelda, que intentó sin éxito desarrollar su creatividad de pintora, escritora y bailarina. Presa de la esquizofrenia, fue recluida en el Hospital Highland de Asheville (Carolina del Nort), iniciando desde allí con su afamado esposo una extensa correspondencia. Hasta la aparición de esas cartas, de la biografía escrita por Nancy Milford y, sobre todo, hasta la edición de la novela Alabama song, de Guilles Leroy, la fascinante intensidad de la personalidad de Zelda no ocupó otro nicho que el propio de una frívola divinidad menor. Habían transcurrido entonces casi cincuenta años desde que la chica de Alabama muriera calcinada en la habitación cerrada con llave en que dormía en un hospital psiquiátrico.
Un drama real el suyo, más propio de una novela romántica que de la devastadora exitencia de un espíritu aplastado por la desesperación y por una soledad interminable....













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