viernes, 4 de mayo de 2012

La carta encontrada: “Queridísima e inolvidable María"





Colección Felipe Sérvulo


Sólo te pierdo en la derrota. Me apasionas y te busco. / No te encuentro nada más / que en los recuerdos...."

  Ella me mira en la distancia. Es joven, muy joven y guapa, tiene los ojos grandes y la armonía de su semblante inspira ternura. Sonríe levemente, casi con timidez (pienso) y sus labios entreabiertos parecen que vayan a preguntarme algo que nunca tendrá respuesta.
   Me doy cuenta que lleva puesta una estrecha cinta en el pelo y sus cabellos forman una lacia y larga melena, con raya en medio, que le llega a la altura de los hombros. Tiene, también, un hoyuelo en la barbilla, que hace a las personas guapas como ella, más graciosas.
    Sé que se llama María “queridísima e inolvidable María” y que su amado se llama Fortunato, nombre que quizás, desde nuestro absurdo egocentrismo, nos parece divertido, pero que, seguro a ella, le debe parecer digno y apropiado, pues es el nombre de la persona a la que quiere.
    Fortunato le dice a María, que no va a poder estar con ella el día de fin de año lo que, lógicamente, le produce desasosiego y dolor, “pues te quiero mucho, demasiado para ser posible. Si supieras cuan triste estoy al ver que estamos separados y no puedo decirte de palabra lo que mi corazón siente precisamente el día en que tú, tal vez, dejando a un lado las tristezas parezca que estás alegre, junto a los tuyos. Cuanta es mi pena y que grande es mi deseo de que llegue la hora y el día en que estés conmigo. Poco me queda decirte, sino que mi corazón experimenta un gran alivio cuando te mando mis recuerdos y quiero repetirte hoy una vez más que ni en un solo momento tu imagen querida se aparta de mi imaginación”.
    Miro a hurtadillas a María y de pronto me doy cuenta de la tristeza infinita que le embarga. Estoy seguro de que siente cerca, a pesar de la distancia, a Fortunato y no sé por qué, pero quiero creer que lo está evocando.

(Existes. Porque veo el rayo inacabable de tus ojos. / Y sé de tus oráculos. / De cuando invades la penumbra e iluminas la ciudad infinita / y me retomas desde un vaho de crisantemos /.
Promiscuo sabor a ti. / A tus ojos como labios. / Me besas si me miras. Festejo la libertad de saberte. / Malvasía en tus palabras. / Malvasía y domingos / en tus silencios. / Sólo te pierdo en la derrota. Me apasionas y te busco. / No te encuentro nada más / que en los recuerdos).

    Sigo mirando a María, pero algo me dice en mi interior que no debo de continuar haciéndolo. Que estoy, en cierto modo, violando algo íntimo y sagrado y que debo guardar esas palabras y dejar de mirar a María, de belleza sosegada, intemporal e ingenua. De sonrisa triste, lejana y color sepia.
    Antes de guardar la carta y la foto, miro la fecha en el desvaído matasellos del sobre, entonces noto un hormigueo en el estómago: Barcelona, treinta de diciembre de 1903.



Felipe Sérvulo







3 comentarios:

Mercedes Ridocci dijo...

La hermosa huella de un amor.
Un saludo.
Mercedes

Myriam dijo...

Me gusta este estilo epistolar romántico de principios de siglo XX. Realmente se puede imaginar ese color amarillentos de las hojas y su olor a vainilla. De amores de otro tiempo, quizás más verdaderos.

Anna Rossell dijo...

Bellísimo el poema de Felipe Sérvulo, así como las letras que, probablemente en el dorso del retrato,Fortunato le dedica a María y que enredan la imaginación del poeta en la historia que le evoca la contemplación de la foto de la muchacha: ¡Cuánto dice una fotografía a quien la observa! ¡Cuánto de nosotros mismos descubrimos en los ojos del otro! Creemos observar y somos en realidad los observados...