jueves, 24 de diciembre de 2009

De Carlos Morales a Juan Ramón Mansilla


«... En mi vida todo está en el mismo sitio en que la dejó la pasión de un hombre que se dedicó a crecer demasiado hacia lo alto sin percatarse de que lo preciso, y lo precioso, era crecer hacia dentro...»


Tarancón, 24 de diciembre de 2009, a la una y cuarto de la madrugada.

Caro amigo:


A ciertas horas de la noche, las manos suelen adentrarse en la biblioteca como aquellos siervos de confianza a los que su Señor ordenaba colgar un farolillo rojo en la puerta de la concubina que había elegido para amar y despertar de nuevo en los primeros instantes del amanecer. Al modo de una aparición que recorre la oscuridad de los pasillos de mi casa, el siervo ha puesto esta noche oscura su farol en los lomos de Fugaz y de tus Días rotos, y en las espaldas de tu maravilloso Retrato de Gustav Mahler en su último regreso a Europa. Libros redentores, Juan Ramón, poemas para la recapitulación y para el retorno.

Me he arrojado sobre sus versos como un pesado fardo de linfas y de sangre que alguien hubiera dejado caer desde su ventana. No ha sido, como otras muchas veces, la necesidad de confortar mi espíritu por las pocas joyas cuyo brillo he podido rescatar -como editor- del sopor y del silencio. Tampoco el gesto de un hombre sorprendido de pronto por las lluvias torrenciales de la melancolía. Ni siquiera la necesidad terrible de estar junto al amigo, mano a mano y Dios mediando en la cocina con una copa de orujo, "sentados frente al mundo, pequeños y solos", en torno a una taza de café caliente.
En realidad, Juan Ramón, no he sido yo, sino él, el que se ha ofrecido como una rada antigua para que yo pudiera guarecer mi barco, desde cuyas sentinas llevo tiempo percibiendo tan sólo el rumor de la extinción y de la renuncia.

Y es que también me pregunto como Mahler en esta larga noche –en esta demasiado larga noche- por quién contemplará las obras que sólo para el viento quise…Por eso he abierto tus poemas, Juan Ramón, porque mi voz ha cesado; porque mi voz no es otra que “la voz alta de quien ya no oye nada” salvo esas notas de deserción que se arrojan sobre mí con la vertiginosa cadencia de una vetana que se cierra.

En mi vida todo está en el mismo sitio en que la dejó la pasión de un hombre que se dedicó a crecer y crecer demasiado hacia lo alto sin percatarse de que lo preciso, y lo precioso, era crecer hacia dentro. Te lo digo porque me he pasado la vida empeñado en escalar enormes montes, olvidándome de las pequeñas mesetas que podrían de haberme otorgado, de haberlas abrazado como abraza un hombre de tierra adentro, el privilegio de una dicha mínima y real.
Me pregunto ahora qué es lo que me condujo a pasarme días enteros a recopilar, estudiar y comprender la poesía a que dió lugar el Holocausto; me pregunto, también, las razones que me llevaron a participar, como editor, en la disolución de los mitos culturales y religiosos que separan a los pueblos de Israel y Palestina. ¿Una suerte de complejo de culpa heredado de otra vida? ¿Acaso la conciencia del dolor del mundo como el origen de mi insatisfacción, incurable e infinita? Soberbia, Juan Ramón, soberbia; la soberbia de quien se creyó capaz, como la burra de Giotto, de soportar a solas el peso del mundo sobre sus espaldas, y de acarrearlo sin descanso ni demora, al modo de un escueto Sísifo, a las cimas de una salvación imposible…

¿Qué queda de ese “subidor montanyas” del que habla nuestra querida Margalit Matitiahu?
Un hombre que necesita acogerse a sí mismo con un poco de piedad.
Un hombre que ha perdido la voz y no acierta a saber adónde cojones ir para encontrarla.
Las "notas de una deserción".
Los "sonidos de una clausura".
"La cadencia de un postigo que se cierra"...

Tuyo.
Carlos.

Postdata.- Mañana iré a tu casa con un queso. ¿Pones tú el vino?


Eran otros tiempos, verdad, Juan Ramón?







domingo, 20 de diciembre de 2009

Carta de amor de la dama japonesa Shigenari al señor Kimura Shigenari



«... Te estaré esperando al final de lo que llaman el camino hacia la muerte...»



Mi señor:

Sé que cuando dos caminantes "se cobijan bajo el mismo árbol y sacian su sed bajo el mismo rio" todo ha sido determinado por su karma de una vida anterior. Durante los últimos años tú y yo hemos compartido la misma almohada como marido y mujer que han decidido vivir y envejecer juntos, y  me he apegado tanto a ti como tu propia sombra. Eso es lo que yo creía y pienso que que ésa era tu impresión sobre nosotros.

Pero ahora he sabido de la empresa final que has decidido emprender, y aunque no podré estar contigo para compartir el gran momento, me regocijo sólo con saberlo. Se dice que (en la víspera de su batalla final) el general de China, Hsiang Yü, aunque era un valiente guerrero, se lamentaba profundamente de dejar a la señora Yü, y que (en nuestro propio país) Kiso Joshinaka lamentaba separse de la señora Matsudono. He abandonado toda esperanza sobre nuestro futuro común en este momento, y (atenta a su ejemplo) he resuelto dar el último paso mientras todavía vives. Te estaré esperando al final de lo que llaman el camino hacia la muerte. Rezo para que nunca, nunca olvides la gran recompensa, profunda como el océano, alta como las montañas, que nos ha sido concedida durante tantos años por nuestro señor, el príncipe Hideyori.

Al señor Shigenarimg Gobernador de Nagato,
de su esposa



Traduccion de Vicent Tuset
Ilustracion: Acuarela China

jueves, 17 de diciembre de 2009

Dos cartas tumultuosas de Henry Miller a Anaïs Nin



«... Ayer pensé en ti, en cómo ciñes las piernas en torno a mí, de pie, en cómo se tambalea la habitación, en cómo caigo sobre ti en la oscuridad sin saber nada...»

Queridísima Anain:


Terriblemente, terriblemente vivo, afligido, absolutamente consciente de que te necesito. He de verte, te veo brillante y maravillosa y al mismo tiempo le he escrito a June y me siento desgarrado, pero tú lo entenderás, debes entenderlo. Anais, no te apartes de mí. me envuelves como una llama brillante. Anais, por Dios, si supieras lo que siento en este momento. Quiero conocerte mejor. Te quiero. Te quise cuando viniste a sentarte en mi cama -esa segunda tarde fue toda como una cálida neblina- y de nuevo oigo cómo pronuncias mi nombre, con ese extraño acento tuyo. Despiertas en mí tal mezcla de sentimientos que no sé cómo acercarme a ti. Ven a mí, aproxímate a mí, será de lo más hermoso, te lo prometo. No sabes cuánto me gusta tu franqueza, es casi humildad. Sería incapaz de oponerme a ella. Esta noche he pensado que debería estar casado con una mujer como tú. O es que el amor, al principio inspira siempre esos pensamientos?. No temo que quieras herirme. Veo que tú también posees fuerza, de distinto orden, más escurridiza. No, no te romperás. Dije muchas tonterias sobre tu fragilidad. Siempre he sentido un poco de vergüenza, pero la última vez menos. Acabará desapareciendo toda.


June


Tienes un sentido del humor delicioso; lo adoro. Quiero verte reir siempre. Te lo mereces. He pensado en sitios a donde deberíamos ir juntos, sitios oscuros, aquí y allí, en París, por el simple hecho de decir "aquí vine con Anaïs", "aquí comimos, bailamos o nos emborrachamos juntos".
Ay!, verte borracha alguna vez, qué privilegio!, casi me da miedo de proponértelo
; pero Anais, cuando pienso cómo aprietas contra mí, cuán ansiosamente abres las piernas y qué humeda estás, Dios, me vuelvo loco de pensar en cómo serías cuando todo se disuelve. Ayer pensé en ti, en cómo ciñes las piernas en torno a mí, de pie, en cómo se tambalea la habitación, en cómo caigo sobre ti en la oscuridad sin saber nada. Y me estremecí y gemí de placer.
Pienso que si he de pasar todo el fin de semana sin verte, resultará intolerable. Si es preciso, iré a Versailles el domingo - lo que sea, pero he de verte. No temas tratarme con frialdad. Me bastará con estar cerca de ti, con mirarte admirado. Te quiero, eso es todo.






 




(Esta carta fue remitida a Anaïs por Henry Miller cuando éste todavía no era un fenómeno editorial)



***





«... Es hermoso amar y ser libre al mismo tiempo....»


Anaïs Nin
Quiero decir que no puedo ser absolutamente leal, no está dentro de lo que soy capaz. Me gustan las mujeres, o la vida, demasiado… No sé cual de las dos cosas. Pero ríe, Anaïs. Me encantaría oírte reír. Eres la única mujer que tiene un sentido de la alegría, una sabia tolerancia; no, es más, parece que me instas a que te traicione. Por eso te amo. Y ¿qué es lo que te lleva a hacer eso, el amor? Es hermoso amar y ser libre al mismo tiempo.
No sé lo que espero de ti, pero es algo parecido a un milagro. Te voy a exigir todo, hasta lo imposible, porque me animas a ello. Eres realmente fuerte. Me gusta incluso tu engaño, tu traición. Me parece aristocrático (¿suena inapropiada la palabra aristocrático en mi boca?).
Sí, Anaïs, pensaba en como traicionarte, pero no puedo. Te deseo. Quiero desnudarte, vulgarizarte un poco… no sé, ay, lo que me digo. Estoy un poco bebido porque tú no te encuentras aquí. Me gustaría dar una palmada y Voilà, ¡Anaïs! Quiero que seas mía, usarte, follarte, enseñarte cosas. No, no siento aprecio por ti, ¡no lo permita Dios! Tal vez quiera hasta humillarte un poco, ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué no me arrodillo ante ti y te adoro? No puedo, te amo alegremente ¿Te gusta eso? Y querida Anaïs, soy tantas cosas. Ves solamente las cosas buenas ahora, o al menos eso es lo que me haces creer. Quiero tenerte al menos un día entero conmigo. Quiero ir a sitios contigo, poseerte. No sabes lo insaciable que soy, ni lo miserable, además de egoísta.
Me he portado bien contigo. Pero te advierto, no soy ningún ángel. Pienso principalmente que estoy un poco borracho. Me voy a la cama; resulta demasiado doloroso permanecer despierto. Soy insaciable. Te pediré que hagas lo imposible. No sé lo que es. Probablemente tú me lo dirás. Eres más rápida que yo. Me encanta tu coño, Anaïs, me vuelve loco. Y tu manera de pronunciar mi nombre. ¡Dios mío, parece irreal! Escucha, estoy muy ebrio. No soporto estar aquí solo. Te necesito. ¿Puedo pedírtelo todo? Puedo ¿Verdad? Ven enseguida y fóllame. Descarga conmigo.
Rodéame con las piernas. Caliéntame...



Fuente:  
Henry y June. Anaïs Nin 
(Diario íntimo)





CARTAS A ANAIS NIN

Dos cartas tumultuosas de Henry Miller a Anaïs Nin

Carta de despedida de Henry Miller a Anaïs Nin


CARTAS A BRENDA VENUS

Primera carta de Henry Miller a Brenda Venus...

Segunda Carta de Henry Miller a Brenda Venus

Tercera carta de Henry Miller a Brenda Venus

Carta cuarta de Henry Miller a Brenda Venus

Quinta carta de Henry Miller a Brenda Venus

 




Otras



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Un manojo de cartas póstumas del poeta Carlos Edmundo de Ory a su compañero y amigo de fatigas vanguardistas Eduardo Chicharro.






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miércoles, 16 de diciembre de 2009

Carta de Gandhi a Adolf Hitler

«... En la táctica no violenta, como he dicho, no existe la derrota. Todo es "Vencer o morir" sin matar ni hacer daño ...»


24 de diciembre de 1940

Algunos amigos me han instado a escribirle en nombre de la humanidad. Pero me he resistido a su petición, porque me parecía que una carta mía sería una impertinencia. Con todo, algo me dice que no tengo nada que calcular para hacer un llamiento por todo cuanto merezca la pena.

Está muy claro que es usted hoy la única persona en el mundo que puede impedir una guerra que podría reducir a la humanidad al estado salvaje. ¿Tiene usted que pagar ese precio por un objetivo, por muy digno que pueda parecerle? ¿Querrá escuchar el llamamiento de una persona que ha evitado deliberadamente el método de la guerra, no sin considerable éxito? De todos modos, cuento de antemano con su perdón si he cometido un error al escribirle.

Yo no tengo enemigos. Mi ocupación en la vida durante los últimos treinta y tres años ha sido ganarme la amistad de toda la humanidad confraternizando con los seres humanos, sin tener en cuenta la raza, el color o la religión.

Espero que tenga usted el tiempo y el deseo de saber cómo considera sus actos una buena parte de la humanidad que vive bajo la influencia de esa doctrina de la amistad universal. Sus escritos y pronunciamientos y los de sus amigos y admiradores no dejan lugar a dudas de que muchos de sus actos son monstruosos e impropios de la dignidad humana, especialmente en la estimación de personas que, como yo, creen en la amistad universal. Me refiero a actos como la humillación de Checoslovaquia, la violación de Polonia y el hundimientode Dinamarca. Soy consciente de que su visión de la vida considera virtuosos tales actos de expoliación. Pero desde la infancia se nos ha enseñado a verlos como actos degradantes para la humanidad. Por eso no podemos desear el éxito de sus armas.

Pero la nuestra es una posición única. Resistimos al imperialismo británico no menos que al nazismo. Si hay alguna diferencia, será muy pequeña. Una quinta parte de la raza humana ha sido aplastada bajo la bota británica empleando medios que no superan el menor examen. Ahora bien, nuestra resistencia no significa daño para el pueblo británico. Tratamos de convertirlos, no de derrotarlos en el campo de batalla. La nuestra es una rebelión no armada contra el gobierno británico. Pero los convirtamos o no, estamos totalmente decididos a conseguir que su gobierno sea imposible mediante la no colaboración no violenta. Es un método invencible por naturaleza. Se basa en el conocimiento de que ningún expoliador puede lograr sus fines sin un cierto grado de colaboración, voluntaria u obligatoria, por parte de la víctima. Nuestros gobernantes pueden poseer nuestra tierra y nuestros cuerpos, pero no nuestras almas. Pueden tener lo primero sólo si destruyen por completo a todos los indios: hombres, mujeres y niños. Es cierto que no todos podrán llegar a tal grado de heroísmo, y que una buena dosis de temor puede doblegar la revolución; pero eso es irrelevante. Pues si en la India hay un número suficiente de hombres y mujeres que están dispuestos, sin ninguna mala voluntad contra los expoliadores, a entregar sus vidas antes que doblar la rodilla ante ellos, habrán mostrado el camino hacia la libertad de la tiranía de la violencia. Le pido que me crea cuando digo que encontrará usted un inesperado número de tales hombres y mujeres en la India. Durante los últimos veinte años han estado formándose para ello.

Durante el último medio siglo hemos estado intentando liberarnos del gobierno británico. El movimiento por la independencia no ha sido nunca tan fuerte como ahora. El Congreso Nacional Indio, que es la organización política más poderosa, está tratando de conseguir este fin. Hemos logrado un éxito muy apreciable por medio del esfuerzo no violento. Estamos buscando los medios correctos para combatir la violencia más organizada en el mundo, representada por el poder británico. Usted le ha desafiado. Ahora queda por ver cuál es el mejor organizado: el alemán o el británico. Sabemos lo que la bota británica significa para nosotros y las razas no europeas del mundo. Pero nunca desearíamos poner fin al gobierno británico con la ayuda de Alemania. En la no violencia hemos encontrado una fuerza que, si está organizada, sin duda alguna puede enfrentarse a una combinación de todas las fuerzas más violentas del mundo. En la táctica no violenta, como he dicho, no existe la derrota. Todo es «Vencer o morir» sin matar ni hacer daño. Se puede usar prácticamente sin dinero y, claro está, sin la ayuda de la ciencia de la destrucción que tanto han perfeccionado ustedes.
Me asombra que no perciba usted que esa ciencia no es monopolio de nadie. Si no son los ingleses, será otra potencia la que ciertamente mejorará el método y les vencerá con sus propias armas. Además, no está dejando a su pueblo un legado del que pueda sentirse orgulloso, pues no hay posibilidad de orgullo en tener que de recitar una larga lista de crueldades, por muy hábilmente que hayan sido planeadas.

Por consiguiente, apelo a usted, en nombre de la humanidad, para que detenga la guerra. No perderá nada si pone todos los asuntos en litigio entre usted y Gran Bretaña en manos de un tribunal internacional elegido de común acuerdo. Si tiene éxito en la guerra, ello no probará que usted tenía razón. Sólo probará que su poder de destrucción era mayor. Por el contrario, una sentencia de un tribunal imparcial mostrará, en la medida en que es humanamente posible, cuál de las partes tenía razón.

Sepa que, no hace mucho tiempo, hice un llamamiento a todos los ingleses para que aceptaran mi método de resistencia no violenta. Lo hice porque los ingleses saben que soy un amigo, pese a ser un rebelde. Soy un desconocido para usted y para su pueblo. No tengo coraje suficiente para hacerle el llamamiento que hice a todos los ingleses, aunque lo aplique con la misma fuerza a usted que a los británicos.

Durante esta estación, cuando los corazones de los pueblos de Europa ansían la paz, hemos suspendido incluso nuestra pacífica lucha. ¿Es demasiado pedir que haga un esfuerzo por la paz en un tiempo que tal vez no signifique nada para usted personalmente, pero que significa mucho para los millones de europeos cuyo mudo grito de paz oigo, pues mis oídos pueden escuchar la voz de millones de personas mudas?

***







No está claro, pero parece ser que la carta fue requisado por los servicios secretos británicos, y que nunca llegó a su destino. Sus palabras ponen en evidencia, en todo caso, las presuntas connivencias entre ambos personajes destacadas por algunos historiadores.












martes, 27 de noviembre de 2007

Carta a mí mismo, compartida








«...Trágico sarcasmo que un ser que creó la hermosura con su mirada hubiera de destruirla a continuación con sus propias manos...»



Juan BLANCO




E
n este lado de la mar Océana, las lluvias me trajeron un largo resfrío que me recordó una vez más que he de dejar el tabaco. También las lluvias trajeron una vez más ese olor de tiempo que vuelve y a la vez evidencia que los otros ya no volverán. Pero sigue la vida, sigo a la vida, y llega otro otoño y yo también tengo el dulce amor, la curiosidad y el ímpetu, tengo los árboles y las montañas y las nubes y las estrellas y los gatos y tantas músicas y el revuelto de espárragos con vino joven de Cádiz, pero qué hacer si todos los buenos momentos tienen la anuencia del olvido, el resquemor de la renuncia implícita a romper la baraja. Qué hacer si no es posible ser feliz en este caldero labrado a golpes, si es imposible encontrar en el incendio la paz que otros dicen encontrar, si habría de enterrar el mundo bajo toneladas de sombras, y aún así llegarían los llantos de los dolientes y la enhiesta codicia de los que los hacen doler, y aún si no llegaran, el propio túmulo que los ocultare sería un grito a los cielos, cerrados siempre a cal y canto...


A fin de cuentas, no puedo celebrar más que mi privilegio, y eso no sería digno. Quizá, celebrar el sentir del puro eco de mis pies aún en la tierra cuando todo parece temblar. A lo demás, no hay asidero suficiente, no es posible salir del círculo de la muerte que mata antes y después de llegar, que es convocada aún cuando no es su hora, la muerte innecesaria que corrompe todos los espejos donde se contempla este vano animal enloquecido, este desdichado semidiós que cada día empuja al mundo inocente hacia el abismo, después de haber empujado cada milenio a todos sus moradores. Pues conculcó el único orden posible y que le preexistía, aquel que dicta "Hacer sólo lo necesario. Sufrir sólo lo imprescindible".


Únicamente un planeta sin humanos devolvería al mundo esa belleza que los autoproclamados "poetas" pugnamos por convocar, que creemos encontrar cada vez que cerramos las ventanas y hacemos garabatos autistas sobre el papel, la pantalla o la memoria. Trágico sarcasmo que un ser que creó la hermosura con su mirada hubiera de destruirla a continuación con sus propias manos... Entretanto, todo lo hermoso es melancólico, todo lo feo es ridículo, todo lo horrible es absurdo. Y toda celebración, un amago de salvación individual que contemplo con la curiosidad humillante del etólogo, con la estricta moral del agorero que sabe que no hay salvación posible si no nos salvamos todos.


Tras esta enésima catarsis, enciendo otro cigarro y contemplo en el don del atardecer mi propia ceremonia del olvido.




Abrazos
Juan


















miércoles, 24 de octubre de 2007

Carta de Martin Heidegger a Hannah Arendt




«...sólo tenemos el derecho de existir si somos capaces de que nos importe...»

 
Queridísima! Gracias por tu carta. Si solamente pudiera decirte cómo soy feliz contigo, acompáñándote mientras tu vida y tu mundo se abren de nuevo. Apenas puedo ver cuánto has entendido y cómo todo es providencial. Nadie aprecia jamás cómo es la experimentación consigo mismo, por esa circusntancia, todos los compromisos, técnicas, moralización, escapismo, cierran nuestro crecimiento, inhibiendo y torciendo la providencia de Ser. Y esta distorsión gira en torno a cómo, a pesar de todos nuestros sustitutos para la "fe," no tenemos ninguna fe genuina en la existencia en sí misma y no entendemos cómo sostener cualquier cosa como ésa por nosotros mismos. Esta fe en la providencia no excusa nada, y no es un escape que me permita terminar conmigo de una manera fácil. Solamente esa fe -que como fe en en el otro es amor- puede realmente aceptar al "otro" totalmente. Cuando veo que mi alegría en ti es grande y creciente, es que también tengo fe en todo lo que sea tu historia. No estoy erigiendo un ideal ni me estoy dejando caer en la tencación de educarte, o a cualquier cosa que se asemeja a eso. Por suerte, a ti -tal y como eres y seguirás siendo con tu historia- así es cómo te quiero. Sólo así es el amor fuerte para el futuro, y no sólo el placer efímero de un momento: sólo entonces es el potencial del otro también movido y consolidado para las crisis y las luchas que siempre se presentan. Pero tal fe también se guarda de emplear mal la confianza del otro en el amor. El amor que pueda ser feliz en el futuro es el amor que ha echado raíz. El efecto de la mujer y su ser es mucho más cercano a los orígenes para nosotros, menos transparentes, es más providencial, pero también más fundamental. Tenemos un efecto solamente en cuanto somos capaces de dar: si el regalo es aceptado siempre inmediatamente, o en su totalidad, es una cuestión de poca importancia. Y nosotros, cuanto mucho, sólo tenemos el derecho de existir si somos capaces de que nos importe. Nosotros podemos dar solamente lo que pedimos de nosotros mismos. Y es la profundidad con la cual yo mismo puedo buscar mi propio Ser, que determina la naturaleza de mi ser hacia otros. Y ese amor es la herencia gratificante de la existencia, que puede ser. Y así es que la nueva paz se desprende de tu rostro, el reflejo no de una felicidad que flota libremente, pero sí de la resolución y la bondad en las que tú eres enteramente tú.










Tu Martin.


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Pocas historias de amor han causado tanta polvareda como la que unió desde 1924 a Martin Heidegger con Hanna Arendt; el primero era militante nazi, y unos de los filósofos sobre los que el nazismo había levantado su particular visión del mundo; la otra, era una joven judía que, no tardando mucho, se convirtió en la conciencia fustigante de aquellos judíos que no habían -según ella- tenido el valor de rebelarse contra el nazismo.

viernes, 19 de octubre de 2007

Carta de Franz Kafka a Max Brod









































«Lo que he escrito fue hecho en un baño tibio, no he vivido el infierno eterno de los verdaderos escritores, a excepción de unos pocos arrebatos que puedo ignorar en mi juicio, a pesar de su fuerza quizá infinita...»



Sanatorio naturista Jungborn en el Harz 22 VII 1912


Mi muy querido Max, ¿jugamos una vez más al juego de los niños infelices? Uno señala al otro y recita su antiguo verso. Tu opinión actual sobre ti mismo es un capricho filosófico, mi mala opinión sobre mí mismo no es una mala opinión trivial. En esta opinión quizá se halle mi única virtud, después de haberla delimitado adecuadamente en el transcurso de mi vida, es aquello en lo que jamás, jamás he tenido que dudar, me da un orden para mí mismo y me tranquiliza suficientemente, a mí, que me rindo de inmediato ante la falta de claridad. Estamos suficientemente cerca uno de otro como para poder ver los entresijos en la argumentación de la opinión del otro. Yo incluso he llegado a detalles y ellos me han alegrado más de lo que tú aprobarías -¿de qué otro modo podría seguir sosteniendo la pluma en mano? Nunca he sido de aquellos que sacan adelante alguna cosa a cualquier precio. Pero precisamente de eso se trata. Lo que he escrito fue hecho en un baño tibio, no he vivido el infierno eterno de los verdaderos escritores, a excepción de unos pocos arrebatos que puedo ignorar en mi juicio, a pesar de su fuerza quizá infinita, debido a su escasa frecuencia y a la debilidad con que se manifestaron. También aquí escribo, muy poco desde luego, me lamento de mí mismo y también me alegro; éste es el modo en que las mujeres piadosas rezan a Dios, pero en las historias bíblicas se deberá pasar mucho tiempo antes de que pueda mostrar lo que ahora te escribo a ti, y aunque sólo sea por mí. Está elaborado sobre la basede pequeñas piezas más bien alineadas que entrelazadas; durante mucho tiempo seguirá por un camino recto, antes de llegar a formar el círculo deseado, y en aquel instante, en función del cual trabajo, las cosas no resultarán en absoluto más fáciles, mucho más probable es que, habiendo sido inseguro, pierda la cabeza. Por esto, será algo de lo que se podrá hablar solamente cuando concluya la primera versión.
¿No hiciste mecanografiar el Arche? ¡Esto si que lo ha golpeado! Y yo no le escribo y no le escribo. Por favor, diles a la Srta. T. y a Weltschy, y si es posible, a los Baum que los quiero a todos y que el cariño no tiene nada que ver con escribir cartas. Dile de tal forma que sea acogido mejor y más amablemente que tres cartas reales. Si quieres, puedes hacerlo. En nuestra historia común me ha alegrado únicamente, aparte de algunos detalles, el estar sentado junto a ti los domingos (haciendo excepción, desde luego, de los ataques de desesperación) y esta alegría me seduciría de inmediato y me arrojaría a continuar el trabajo. Pero tú tienes cosas más importantes que hacer, aunque sólo fuera el Ulises. Carezco de todo talento organizativo y por eso ni siquieras oy capaz de inventar un título para el anuario. Pero no olvides que en la invención los títulos mediocres o incluso malos alcanzan un buen prestigio por influencias probablemente caprichosas de la realidad. ¡No digas nada contra la sociabilidad! También vine aquí por la gente y estoy satisfecho de que al menos en esto no me haya equivocado. ¡Cómo vivo en Praga! Esta necesidad que tengo de la gente y que se transforma en temor tan pronto se satisface, sólo está a gusto durante las vacaciones; sin duda que he cambiado un poco. Por otra parte, no leíste con atención mi horario, hasta las 8 escribo poco, pero después de las 8 nada, aunque es cuando más libre me siento. Escribiría más sobre esto si no hubiera pasado todo el día tan tontamente con juegos de balón y de naipes y sentado y recostado en el prado. ¡No hago excursiones! El mayor peligro es que ni siquiera veré el fragmento. ¡Si supieras cómo transcurre este corto tiempo! ¡Si fluyera con tanta claridad como el agua, pero se escurre como el aceite! El sábado por la tarde me iré de aquí (pero hasta entonces me gustaría mucho recibir una tarjeta tuya), me quedaré el domingo en Dresde y llegaré por la noche a Praga. No iré por Weimar únicamente por una debilidad que vislumbro a distancia. Recibí una pequeña carta suya con saludos de propia mano de la madre y tres fotografías. En las tres se la ve en distintas posiciones, en relación con las fotografías anteriores son incomparablemente nítidas y ¡es bella!. Y yo iré a Dresde fingiendo obligación y visitaré el jardín zoológico ¡que es donde debiera estar!


Franz










OOO


Esta misiva es una de de las que aparecen en el libro Franz Kafka, Cartas a Max Brod (1904-1924), traducidas por Pablo Diener-Ojeda para Grijalbo-Mondadori. Nos ha facilitado mucho su traducción su aparición en ese amplísimo territorio que es
Factor Serpiente que Patricina Damiano dirige desde Argentina, y cuyo espacio animamos jubilosamente a visitar.



miércoles, 10 de octubre de 2007

Stéphane Mallarmé a Henri Cazalis






«Lo que mi ser ha sufrido durante esta larga agonía es inenarrable, aunque, afortunadamente, estoy perfectamente muerto, y la región más impura a donde mi Espíritu podría aventurarse es la Eternidad»


Besanzón, viernes [martes] 14 de mayo de 1867.
Rue de Poithune, 36.


Querido y más querido:


Me aprovecho, para responderte, de la fascinante emoción que produjo en mi tu carta. Tienes razón, ¿qué podemos decirnos? Mientras que, si estuviéramos juntos, nos dejariamos llevar de la mano en interminables conversaciones, por un largo sendero de árboles que desembocaría en un surtidor de agua, por ahora el pavor de una hoja de papel blanco, que parece reclamar los versos por tanto tiempo soñados, y que no obtendrá más que unas cuantas líneas de una amistad que ha llegado a ser tan parte de uno mismo que la he olvidado, como al resto de mi, ¡me libra casi de un sacrilegio!
Acabo de superar un año pavoroso: mi Pensamiento se pensó a si mismo y arribó a una Concepción Pura. Lo que, por repercusión, mi ser ha sufrido, durante esta larga agonía, es inenarrable, aunque, afortunadamente, estoy perfectamente muerto, y la región más impura a donde mi Espíritu podría aventurarse es la Eternidad; mi Espíritu, ese solitario asiduo de su propia Pureza, a la que ni siquiera el reflejo del Tiempo oscurece. Desgraciadamente, llegué ahí a través de una horrible sensibilidad, y ya es tiempo de que la envuelva en una indiferencia exterior, que suplirá en mí la fuerza gastada. Actualmente me hallo, luego de una síntesis suprema, en esta lenta adquisición de fuerza -incapacitado como ves para distraerme. Cuánto más lo estaba, hace varios meses, inmerso en mi lucha terrible contra ese plumaje viejo y perverso, felizmente ya derribado, Dios. Mas como esta lucha se mantuvo sobre su ala huesuda que, en una agonía más vigorosa de lo que podría haber esperado de él, me arrojó a las Tinieblas caí, perdida e infinitamente victorioso -hasta que, por fin, un día me miré frente a mi espejo veneciano, tal como me había olvidado meses atrás.
Confieso, por lo demás, pero a ti solamente, que aún tengo necesidad, así de grandes han sido los deterioros de mi triunfo, de mirarme en ese espejo para pensar, y que si no estuviera colocado frente a la mesa en donde te escribo esta carta, yo me volvería a convertir en la Nada. Así te hago saber que soy actualmente impersonal, ya no más el Stéphane que tú conociste -sino una aptitud que posee el Universo Espiritual de contemplarse y desarrollarse, a través del que yo fui.
Frágil tal cual es mi aparición terrestre, sólo puedo padecer los desarrollos absolutamente necesarios para que el Universo reencuentre, en este yo, su identidad. De tal manera, a la hora de la Sintesis, acabo de delimitar la obra que será la imagen de ese desarrollo. Tres poemas en verso, cuya Obertura será Herodias, pero con una pureza que el hombre jamás ha alcanzado -y quizá jamás alcance, pues podría ser que yo no fuese más que el juguete de una ilusión, y que la máquina humana no sea lo suficientemente perfecta para llegar a semejantes resultados. Y cuatro poemas en prosa, sobre la concepción espiritual de la Nada. Me hacen falta diez años: ¿los tendré? Padezco en todo momento del pecho, no es que esté infectado, pero es de una delicadeza terrible, que el clima sombrío, húmedo y glacial de Besanzón cultiva en mi. Quiero mudarme de esta ciudad hacia el sur, a los Pirineos quizá, en las vacaciones, e irme a sepultar, hasta dar termino a mi Obra, en un Tarbes cualquiera, si hallo lugar. Esto es imprescindible, porque moriría de un invierno más en Besanzón. Por desgracia, no dispondré de dinero suficiente para ir a París, pues vivo muy miserablemente, aquí, donde todo es exageradamente caro, incluso las chuletas. Así que más valdría que me vinieses a visitar, o corremos el serio riesgo de jamás reunirnos. Lefébure va a pasar un mes con nosotros, ¿por qué no haces lo mismo? Tus vacaciones comienzan pronto, creo. Así que ven.
Para terminar con lo mío, te cuento que Marie y Genevieve’ están en la etapa del crecimiento, y son tremendas, lo que me resulta menos penoso que en otro tiempo, ahora que mi sistema nervioso ha vuelto a mí, por así decirlo, y sólo alguna cosa absurda me produce el daño que hace un año me provocaban los gritos de estas niñas. -iSi supieras cuánto te agradecemos la Aritmética de Mademoiselle Lili! Perdóname, Henri, por no haberte transmitido antes mis gracias.
-Ahora, a lo tuyo. Tus títulos y proyectos poéticos me fascinan. He realizado un descenso a la Nada lo suficientemente largo para poder hablar con certeza. No existe nada más que la Belleza; -que tiene sólo una expresión perfecta, la Poesía. Todo lo demás es engaño -a excepción, para quienes viven del cuerpo, del amor, y de ese amor del espíritu que es la amistad.
Espero que tu reina de Saba9 y mi Herodías sean amigas. -Ya que eres lo suficientemente dichoso como para, además de la Poesía, poder tener amor, ama: en ti, el Ser y la Idea habrían hallado ese paraiso, que la pobre humanidad anhela solamente para su muerte, por ignorancia y pereza, y, cuando sueñes con la Nada futura, con esas dos dichas cumplidas, no estarás triste y la Nada te parecerá incluso muy natural
-Para mi, la poesía ocupa el lugar del amor, porque está apasionada de sí misma y su voluptuosidad recae deliciosamente [en] mi alma: pero confieso que la Ciencia que he adquirido, o reencontrado en el fondo del hombre que fui, no me será suficiente, y que no será sin una verdadera angustia que ingrese yo en la Desaparición suprema, si no he concluido mi obra, que es la Obra, la Gran Obra, como decían los alquimistas, nuestros ancestros.
Así, aunque el Poeta tenga a su mujer en el Pensamiento y a su hijo en la Poesía, adora tú a Ettie,” a quien yo amo como a una rara hermana ¿O no está ligada a toda mi infancia, como tú, Henri -pues antes de mis primeros versos, que remontan al tiempo en que te conocí, no éramos más que los fetos de nuestros espíritus -fetos muy sabáticos, recuerdas?
Adiós, Geneviéve y yo te mandamos un abrazo, y Marie un beso a Ettie.




TU Stéphane


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En 1995, Gallimard editó Mallarmé. Correspondance. Lettres sur la poesía, un volumen que incluía esta carta en la que el poeta dibujaba a su viejo y gran amigo Henri Cazalis los perfiles de su combate contra Dios y de su encuentro con la Nada. La misiva, que apareció traducida al castellano por Jaime Moreno Viurrey en la revista Letras libres allá por el año 2005, fue escrita al final de ese periodo que la historiografía a identificado como "La crisis de Mallarmé", en la que el poeta, en medio de la pobreza, y tras un complicado triunfo en su particular guerra con Dios, encontraría en la abrasión del "yo" el único camino posible para acceder a su ambicionada poesía pura.













lunes, 8 de octubre de 2007

Carta de Pedro Salinas a Katherine Whitmore




«De ti sólo puede venir la luz del paraíso»



Madrid, 1 de agosto de 1932


Desgarramiento. Una mujer, una Katherine, se queda allí, metida en aquel cajón de madera, entre seres desconocidos, frente a una noche triste e incógnita. Allí hay que dejarla. Fatalmente. Y la otra mujer, la otra Katherine, permanece invisible y presente a mi lado, se viene conmigo, alegremente colgada de mi brazo, mirándome en la mirada noble, pura y honda de siempre. No, en la estación, en la despedida no hay una separación simple de ser con ser, no, cada uno de nosotros nos separamos no de la otra criatura querida sino también de aquella parte nuestra que ella quiere y que se va con ella. ¿Verdad que anoche tú no te has separado de mí, ni yo de ti? Más bien yo me he separado de mí mismo, eso siento, y tú de ti misma. Y tengo, anoche, hoy, la sensación de andar entre fantasmas y sombras, con alguien al lado, a quien no puedo estrechar, pero que vive en torno mío, y se me escapa cada vez que quiero cogerlo. Sensación angustiosa y dulce a la vez, caricia desgarradora. Además, qué pena anoche, aquellos momentos últimos, atropellados por la estupidez y el desorden. ¡Qué ira sentí contra toda aquella gentuza innoble, qué ganas de látigo, de echarlos a todos, de hacerte sitio, un gran sitio, un tren sólo para ti! Al salir todos mis sentidos se complacían, ¿sabes en qué? En sentir en el bolsillo, junto al pecho, el bulto de tu carta. ¡Qué mentira eso de que el papel no pesa! Anoche el papel de tu carta me pesaba como la más hermosa y grave de las realidades. Lo sentía allí, en el bolsillo, como una prueba material de que eras, de que habías existido. Porque, ¿sabes?, empecé a dudar. A dudar de todo, de tu realidad, de la mía, del mundo, de los días recientes... Sólo el peso de tu carta en el bolsillo me servía de prenda, de prueba. Vivía yo en ese rectángulo de papel. Era el lugar más cierto del mundo. Y antes de poder abrirla, así, cerrada y en el bolsillo, tu carta era el puente con la vida, el sí que me daba la vida a la pregunta atormentada: «¿Soy? ¿Es? ¿Somos?». Sí, sí, sí. Todo, sí. Todo, sí, oye, todo sí. Y luego en mi cuarto la leí. La he leído. La leeré. ¡Cuántas delicias! Primero la delicia de ir aprendiendo tu escritura, tu letra, de tropezar en una palabra y descifrarla, por fin. ¡Tu escritura, un modo más de ti, una manera más de vivir tú! Primera carta tuya, en inglés. Júbilo, júbilo, alegría. ¡Sensación festival, inaugural, de promesa, de fiesta! No importa que toda tu carta esté teñida de una sombra de melancolía, tierna y suave. Así debía ser, así. Pero por encima de esa melancolía, hay algo que me da un gozo sin límite. Esto. «You have taken away the cynicism which was growing upon me.» ¿Es posible? ¿Tendré yo la suerte de ser elegido para en un momento difícil de tu vida salvarte de algo? ¡Qué gran justificación, ya, de mi papel a tu lado, de mi compañía! Ya no es por egoísmo, por lo que debo seguirte a lo lejos en la vida, es por bien tuyo. Soy capaz de serte espiritualmente útil. Y me preparo, ¿sabes?, ante esta espléndida tarea: ayudarte a vivir, arrancarte de las fuerzas negras, de los poderes sombríos que te amenazaban. Y eso por ti, no por mí, ¿sabes? ¡Oh, si tú me hicieras ese favor, dejarme que te sirva! Qué cosa más justa, que tú, que no imaginas tal entusiasmo por la vida, recojas, devuelto a través de mí, ese entusiasmo que es tuyo. No, no, tú no has nacido ni para el escepticismo cínico, ni para la frivolidad desengañada, no. No te rindas nunca a eso. No te puedo imaginar paseando tu spleen, por terrazas de grandes hoteles, con cualquier ser insignificante. Nunca. Cree en ti, cree en tu valor único, en tu distinción suprema, en la nobleza de tu alma. Y vive de ella. Yo de lejos, de cerca, te ayudaré. Hasta que no me necesites más. Y mira, no tengas temor, oye, de quitar a nadie nada, queriéndome, no. ¡Me lo dices tan delicadamente en tu carta! No, yo no soy ni seré peor para nadie por ti, no. Lo que tú me pides, lo que yo te doy en nada atenta a lo que debo a los demás. Tú en mí no serás nunca nada malo, nada que robe algo a alguien, no. No tengas miedo. Seré cada día mejor. Tú me has alumbrado una nueva riqueza y por eso lo que a ti te doy a nadie se lo quito. ¿Comprendes? Nunca sufras por eso. Eres pura, leal, clara. De ti sólo puede venir luz alta, luz de paraíso.










*En los márgenes: Adiós. Perdona esta carta tan larga y esta letra tan mala. ¿Sabrás leerla? Pero aún me parece que te he escrito muy poco. Quiero más, más, más. Gracias, gracias, siempre. Viviré dándote gracias. Hasta mañana, ¿sabes? hasta ahora, te escribiré.






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Esta misiva ha sido extraída de Cartas a Katherine Whitmore, editado por Tusquets en el año 2002, que recoge, ordenadas por Enric Bou, más de ciento cincuenta cartas de las más de trescientas hasta ahora inéditas dirigidas por Pedro Salinas a la profesora estadounidense, a la que conoció en el verano de 1932, y cuya relación amorosa perduraría durante más de quince años, hasta ese fatídico día en que, enterada de las cosas, la esposa del poeta intentó suicidarse. Aquella incendiaria -pero platónica- relación a distancia, en la que el poeta acabaría encontrando su "infinito", no tardó en convertirse en el epicentro de los más conmovedores poemarios de amor nacidos de la mano de Salinas. En la red, el joven periodista alicantino Juan José Payá ha trazado un breve recorrido por los senderos dramáticos por los que caminó tan fragante como fallido amor, cuyo trascendencia espiritual y literaria es ponderada con actitud muy crítica por Juan Malpartida en la revista Letras libres y por Ángel S. Arguindey en El Confesionario.