jueves, 19 de mayo de 2011

Carta allende el mar de Carlos de la Fe.








«El pacto podemos firmarlo sobre la cama y bajo las cobijas. Tú eliges las armas; me apadrina el amor y todo lo que no puedo decir por incapacidad bocal. Te apadrinan tus besos. Será un duelo sin funeral pero con velas y la única muerte será chiquita, une petitte morte...»




Hoy mi deber, aunque me discutas y me pelees, aunque me quieras y/o me odies, aunque no existan ni el deber ni la culpa y las palabras que busco no pueden explicar ni la mitad de lo quisiera, ni la cuarta parte y mitad de lo que sabemos y alguna vez hablamos y siempre sentimos premeditada y anticipadamente, hoy, repito, te digo que sé que nada de lo que te diga será creíble porque no estoy más que soñando tu abrazo.
Es tan estúpido, tan inútil negar lo que sé, decir que no a lo que se siente que dan ganas de inventar un dios, de tener fe, de saber que tarde o temprano podremos volver a mordernos antes del primer café de la mañana.
Pienso que todo vale la pena, a pesar de esta pésima frase hecha, a no ser que el sustantivo sea verdaderamente latino, americano y sirva para flagelarme por la ausencia.
Volamos abrazos, mandamos besos “volaos”, nos encontramos en continentes distintos pero con contenidos casi iguales hasta que por fin llegamos a coincidir en el mismo espacio y por todo tiempo. Entonces ¿por qué será que esta noche las libélulas azules parecen distraídas o distantes? Otra vez se nos cruzó el mar de por medio, pero ya estoy seguro, y quisiera tanto pluralizar, de que es muy distinto a la primera y que nada será comparable con la próxima, que no será la última porque siempre habrá un motivo, aunque nunca tan especial como el de hoy, o casi.
Experto en ciencias casi exactas como sabes que soy, cosas así como la patafísica cardiopática, ginecopatías varias y locuras mínimas me pongo a sumar dos más dos y el resultado me sigue pareciendo inexacto. Pero tampoco me extraña porque pocas cosas nos hacían sospechar, excepto que lo deseábamos ansiosamente, que nuestros cuerpos fueran a encajar como la pieza perdida de ese rompecabezas arreglacorazones que habíamos arrinconado en el sótano de los recuerdos.
Si tú puedes aprender a tomar una copa yo debo empecinarme en ser feliz, en aprender a querer aprender a decir las cosas de la manera más simple, con menos palabras y más besos, más cerca, más nosotros. Será cuestión de seguir practicando en todas las reencarnaciones venideras y a diario, de día y de noche, incluso por las tardes.
Pero quizás porque no nos gustan los adverbios que implican momentos precisos, lugares exactos, vidas marcadas, por todas esas cosas que me enseñaste y todo lo que quisiste aprender sé que todo llegará, como sé que siempre ha estado ahí, que nunca se irá, que nada volverá a ser como era.
Soy mi propio enemigo y planeo ataques mortales para no dejar heridos, con estrategias estudiadas hasta el más mínimo detalle para evitar el fuego amigo, los consejos familiares, las estupideces cotidianas. Mientras gano esta guerra te planteo una tregua: el pacto podemos firmarlo sobre la cama y bajo las cobijas. Tú eliges las armas; me apadrina el amor y todo lo que no puedo decir por incapacidad bocal. Te apadrinan tus besos. Será un duelo sin funeral pero con velas y la única muerte será chiquita, une petitte morte.







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El autor de esta carta es el narrador canario Carlos de la Fe, y está a la espera de la edición simultánea de un antología de microrrelatos en México (donde ahora reside), España, Colombia, Venezuela y Estados Unidos de América. Retazos de su literatura pueden encontrarse en estado puro en su blog La ínsula negra (http://www.carlosdelafe.com/).














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