Querida Peregrina,
Aunque el fresco correo de la mañana trajo su carta junto al desayuno y las flores recién cortadas, la tuve a buen recaudo en el bolsillo interior de mi chaqueta hasta la noche. Una vez que Louise ya estaba dormida, entregada a transitar los bellos laberintos de sus sueños, me levanté, me vestí (pues me hubiera dado mucho pudor leer su carta desnudo) y me situé junto a la claridad de la ventana. Para ayudar a la luna creciente encendí una vela. Todo muy romántico como puede comprobar. Sentí una extraña emoción al rasgar el sobre (¿por qué sus sobres tienen ese color marfil que hacen sentir que vienen de expediciones lejanas?) A las pocas líneas de tan deliciosa lectura decidí que era una descortesía dejarla beber sola, así que fui a las cocinas de la posada.


He de decirle, aunque resulte extraño de escuchar, que aquella noche en la cocina enorme y silenciosa, subí la escalera de los celos, y en el peldaño más alto, estaban, sencillos y dolientes, los celos por usted, por no ser usted. Creo que este es el grado de posesión más loco al que se puede llegar, no desear a alguien, o desear ser como alguien, sino desear ser ese alguien. He aquí el principio de la comunión. Confieso que lo que más me excita es la calidad de cómo vivía usted ese tiempo, a la deriva, un tiempo sin norte, por decirlo así. Creo que hay algo tan misteriosamente femenino en ese dejarse vivir así, casi como a merced de una corriente invisible, sin cabeza, sin propósito, sin sentido. Las mujeres, cuando están con nosotros, parecen muy dispuestas a querernos, a esperarnos, a atendernos. Pero hay que observarlas cuando están solas, sin moros a la vista. Su soledad es completamente distinta a la soledad de un hombre y, como su piel, intuyo que es más porosa y sensible, más gozosa y plena. A mí nunca me podría haber pasado su carta, los vacíos de su carta, esos largos ratos paseando las calles a través de los zapatos de otros. Es difícil explicar lo que quiero decir.

Perdóneme si la tengo en ascuas unos días. Supongo que lo hago para que espere el correo con ansiedad y así piense en mí. No me riña por esta pequeña presunción, querida.
Vizconde Verdemar.
PD: No evite mis celos ni me proteja de mis bajas pasiones. Quiero seguir bebiendo vino blanco con usted.
***
Esta maravillosa carta-ficción ha sido escrita por la poeta, directora escénica y dramaturga EVA HIBERNIA, que fundó con mi admirada amiga Júlia Bel, la compañía DELIRIO. Ha adaptado a Chéjov y a Molière. Como autora teatral ha publicado La pieza del adiós (1994), El bestiario del Tiempo (1995), Los días perdidos (1997), Almada (2002), El Arponero (1997), Fuso negro (2006), Confesión de sangre para mujer negra (2006) y Una mujer en transparencia (2008), que han sido representadas en los mejores teatros españoles -recordamos la Casa de América o el Círculo de Bellas Artes de Madrid- y merecedoras de variados e importantes premios.
Como directora de escena ha intervenido en Almada (1996), Sante Imagen (2003), La tumba de Antígona (2003), Cova Cortázar (2004), Sancha, reina de Hispania (2005), Reina Coralina (2005), Trece Rosas, de Julia Bel (2006), Madamas Butterflys (2007), Meditación en la orilla del Oeste (2008), Una mujer en transparencia (2008) y Río rojo, de Julia Bel (2008).
Escogimos las cartas de http://evahibernialaperegrina.blogspot.com/2011/05/las-cartas-francesas-del-vizconde.html
Sobre la puesta en escena de La Trece Rosas, El Toro de Barro publicó http://eltorodebarro.blogspot.com/2009/11/las-trece-rosas-de-iiulia-bell.html
4 comentarios:
"Una carta es un soliloquio, pero una carta con postdata es ya una conversación" Lin Yutang
Un beso.
Yo también como el el vizconde, he saboreado varías veces esta carta. La he leído a sorbos de vino negro, un buen Rioja de esos que perfuman el alma y el paladar mucho más allá del instante...Así es de sabrosa, ella.
Se trata de un delicioso ejemplo de la amistad posible y siempre razonablemente sospechosa, entre un hombre y una mujer ya que inevitablemente es trasgresora. Orilla el deseo, apunta a emociones que solo pueden producirse justamente, entre un hombre y una mujer profundamente cómplices. a través de...cartas, que no pueden mostrarse porque incendian la imaginación de los que quedan al margen, Louise, por ejemplo.
El vizconde es un maestro en el arte de seducir, en el mejor sentido de las palabra. Lo sentimos varonil, incluso un poco brutal (la escena implicita con la mujer de rostro azul) sugiere algo así como una lucha jadeante cuerpo a cuerpo que Peregrina no necesitará leer porque sé que la imagina perfectamente y le gusta.
Es también un hombre que conoce la sutileza. Sabe con su pluma, tocar los puntos más delicados de la sensibilidad de la lectora...Esa copa virtual que se bebe con ella en una cocina ambarina y blanca, esa primera lectura con luz de luna y vela mientras su acompañante duerme...
¡Ah!... y los celos, esos que son todo un homenaje, qué dulces debe haberlos sentido Peregrina...su vida envidiada, su ser entero deseado...¡qué deleite!
Nada, querido Carlos, que si sigo, esto se va a convertir en algo así como una monografía y no es el caso..
El bocado de hoy es de gourmets. Os lo agradezco cumplidamente a ti y a Eva Hibernia.
Un saludo cariñoso.
"Creo que este es el grado de posesión más loco al que se puede llegar, no desear a alguien, o desear ser como alguien, sino desear ser ese alguien. He aquí el principio de la comunión… "
No hace falta más comentario...
Quiero saludar y felicitar a Carlos Morales por este espacio, en parte por la coherencia de la propuesta, en parte -también- por la belleza estética conseguida y -por qué no decirlo, por la calidad literaria de sus visitantes, cuyas miradas impresionan. También quiero alabar el sentido del riesgo del director de esta aventura, que no duda en incluir junto a nombres de sobra conocidos a autores que, o bien están en sus comienzos, o no han gozado de una estima generalizada. El caso de Begoña Eguiluz, por ejemplo, o el de Mery Sananes.
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