sábado, 13 de agosto de 2011

Las Cartas francesas del vizconde Verdemar a Peregrina




Querida Peregrina,

Aunque el fresco correo de la mañana trajo su carta junto al desayuno y las flores recién cortadas, la tuve a buen recaudo en el bolsillo interior de mi chaqueta hasta la noche. Una vez que Louise ya estaba dormida, entregada a transitar los bellos laberintos de sus sueños, me levanté, me vestí (pues me hubiera dado mucho pudor leer su carta desnudo) y me situé junto a la claridad de la ventana. Para ayudar a la luna creciente encendí una vela. Todo muy romántico como puede comprobar. Sentí una extraña emoción al rasgar el sobre (¿por qué sus sobres tienen ese color marfil que hacen sentir que vienen de expediciones lejanas?) A las pocas líneas de tan deliciosa lectura decidí que era una descortesía dejarla beber sola, así que fui a las cocinas de la posada.
Después de revolver en las alacenas y armarios di con una puertecita, detrás de la puertecita con unas escaleras de piedra, inquietantes…Una triste bombilla de esas que se encienden con un cordón me dio algo de perspectiva sobre el agujero que se abría a mis pies. Me armé de valor y bajé. Afortunadamente solo se trataba de la bodega, y si había algún cadáver o fantasma no me lo encontré. Lo que sí pude comprobar es que la dueña de la posada, la mujer del rostro azul, tiene un excelente gusto para los vinos. Algunas etiquetas me sorprendieron gratamente. No recuerdo que la camarera mencione en sus melopeas, cuando canta la carta del día, estas gloriosas posibilidades. Aquí se come sabrosamente, pero en un estilo más bien casero, y el acompañamiento de alcoholes suele ser correcto, pero estos caldos tan cuidados, estas fantasías alcohólicas y delicatessen, deben de estar reservadas sólo para unos pocos. Me tomé la libertad de ser uno de ellos y me decidí por un blanco añejo con un punto de aguja. Siendo la cocina un lugar sumamente agradable, me senté en la gran mesa blanca, con una lámpara de vidrio esmerilado en rosa flotando como una medusa sobre mi cabeza.

Leyendo su carta sentí celos. Quizás es horrible decirlo así, crudamente, entre amigos. Disfrutaba cada palabra, viajaba tan nítidamente por esos años de su juventud, que empecé a sufrir. No sé cuál de aquellos dos hombres tuvo mejor fortuna, si el que compartía con usted el amor hecho cuerpo y noche, o aquel hombre del bar, que la tuvo en deseo y silencio. Parece que tuvo usted la dicha de vivir las dos caras de una misma y delicada moneda: la moneda, claro, es usted.

He de decirle, aunque resulte extraño de escuchar, que aquella noche en la cocina enorme y silenciosa, subí la escalera de los celos, y en el peldaño más alto, estaban, sencillos y dolientes, los celos por usted, por no ser usted. Creo que este es el grado de posesión más loco al que se puede llegar, no desear a alguien, o desear ser como alguien, sino desear ser ese alguien. He aquí el principio de la comunión. Confieso que lo que más me excita es la calidad de cómo vivía usted ese tiempo, a la deriva, un tiempo sin norte, por decirlo así. Creo que hay algo tan misteriosamente femenino en ese dejarse vivir así, casi como a merced de una corriente invisible, sin cabeza, sin propósito, sin sentido. Las mujeres, cuando están con nosotros, parecen muy dispuestas a querernos, a esperarnos, a atendernos. Pero hay que observarlas cuando están solas, sin moros a la vista. Su soledad es completamente distinta a la soledad de un hombre y, como su piel, intuyo que es más porosa y sensible, más gozosa y plena. A mí nunca me podría haber pasado su carta, los vacíos de su carta, esos largos ratos paseando las calles a través de los zapatos de otros. Es difícil explicar lo que quiero decir.

En cualquier caso he de contarle que estando en la segunda y concentrada lectura de su carta sentí como el movimiento de un gran felino cerca de mí. Levanté la vista y de pronto vi, mirándome fijamente, a la dueña de la posada. En contra de su costumbre llevaba el pelo suelto, una magnífica melena azabache mechada de blanco. Iba envuelta en una bata roja, de amplio ruedo y media cola, ceñida a la cintura. Nos quedamos lentos minutos observándonos en silencio. Luego pasaron cosas que debo contarle, pero no ahora, Louise ha despertado de su siesta y hemos contratado un velero para que nos lleve a ver la puesta de sol a alta mar.

Perdóneme si la tengo en ascuas unos días. Supongo que lo hago para que espere el correo con ansiedad y así piense en mí. No me riña por esta pequeña presunción, querida.

Su amigo
Vizconde Verdemar.

PD: No evite mis celos ni me proteja de mis bajas pasiones. Quiero seguir bebiendo vino blanco con usted.

***


   Esta maravillosa carta-ficción ha sido escrita por la poeta, directora escénica y dramaturga EVA HIBERNIA, que fundó con mi admirada amiga Júlia Bel, la compañía DELIRIO. Ha adaptado a Chéjov y a Molière. Como autora teatral ha publicado La pieza del adiós (1994), El bestiario del Tiempo (1995), Los días perdidos (1997), Almada (2002), El Arponero (1997), Fuso negro (2006), Confesión de sangre para mujer negra (2006) y Una mujer en transparencia (2008), que han sido representadas en los mejores teatros españoles -recordamos la Casa de América o el Círculo de Bellas Artes de Madrid- y merecedoras de variados e importantes premios.
   Como directora de escena ha intervenido en Almada (1996), Sante Imagen (2003), La tumba de Antígona (2003), Cova Cortázar (2004), Sancha, reina de Hispania (2005), Reina Coralina (2005), Trece Rosas, de Julia Bel (2006), Madamas Butterflys (2007),  Meditación en la orilla del Oeste (2008), Una mujer en transparencia (2008) y Río rojo, de Julia Bel (2008).

Sobre la puesta en escena de La Trece Rosas, El Toro de Barro publicó http://eltorodebarro.blogspot.com/2009/11/las-trece-rosas-de-iiulia-bell.html 
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