jueves, 19 de julio de 2012

Carta de Verónica Fierro a Carlos Morales, desde Paillaco





Verónica Fierro 

 "¿Qué hacer para amainar este invierno oscuro, que no es igual en una o en otra de las casitas  pobres que llevo en el libro de mis anotaciones, en las páginas cansadas de mi corazón?"


Paillaco, Chile
20 de junio de 2004

Amigo Carlos:

Unos días, el sol cayendo fuerte y caliente frente a mí -sobre el parabrisas-, sol que afuera enfermaporque hace frío y esta impregnado de humedad el suelo. Otros días son senderos cristalinos, apresurados derramándose y muriendo. Ah!, pero vienen otros y otros -¡siempre habrá más!- que se hacen y se buscan. Estando cerca, trato de tomarlos, sean una gota, un riachuelo o un fulgurante rayo de sol caliente. Me arriesgo, construyo sueños con sus formas y colores, soslayando su condición efímera o su eternidad. Pinto paisajes. Tanto y tan poco hay afuera, y yo aquí, protegida del viento, a salvo del barro, midiendo la esperanza que crece en la desesperanza y se alza allí de donde vengo para inundar el libro de las anotaciones: el sueño de muchos, el tuyo, el de él…



Cavilo. Una y otra vez repaso los registros para las asistencias indiscutidas, lo mucho que no existe en las casitas pobres que acabo de dejar; la mujer mayor, sola, erguida sobre sus cicatrices silenciosas, su cuerpo cansado, su vientre abultado resaltando el bordado en el delantal que su mano protege, mientras borbollan sabores y aromas que compensan; y ese hombre mayor abandonado, atizonando el tronco encendido, como pidiéndole que le acompañe un poco más, le dé calor y le devuelva ese pequeño puñado de papas asadas. Los tengo en la memoria. ¿Es posible decir no, en ésta, en la otra o en aquella situación, grabadas a hierro en la memoria de mi pecho? Imágenes  de textos que palpé, y que sentí, en la tangible y cruda realidad de de mi pueblo. Es mucha, esbelta, la pobreza que me asalta cuando ando por las calles de los barrios donde tiemblan arracimadas las moradas chiquitas, bajas, grises, las casitas pobres. Y, caminando, brincando, más bien abriendo caminos, acercándome, pisando las piedras que apenas sobresalen del barro, el vestigio de árbol partido que murió de viejo, el surco que dejara una carreta, la humilde protección de los parterres que se alzan en la orilla de la cerca que rodeo por donde está más seco, hasta llegar y visitar la pequeña casita, la piecita... ¿la casa de muñecas? Estuve allí corto tiempo... Estuve.



Recuerdo. Me detengo a dibujar de nuevo el tiempo cuando era mi niñez y era yo feliz.  Construíamos casitas y  jugábamos a ser familia, era tan fácil montar más de una casita en poco tiempo y, nos visitábamos. Visitábamos nuestras casitas, que no eran pobres, eran asombrosas y abastecidas, ese lugarcito,  espacio propio armado con sueños e imaginación que nos brindaba historias incontables. Evoco la falda de vuelo amplio de mi madre. Cubría un muro, una pared. El circulo de su cintura que tanto abracé con mis brazos pequeños y que ella tanto cobijó con ese amor grandioso; el ruedo de la gran cintura de mi madre después de haber concebido, después de haberme parido y haber parido mis sesos, era el “ventanal” que daba luz; entre los chales viejos y las mantas desgreñadas de mis abuelos, que pendían frágiles desde lo alto de los vericuetos de los árboles del antiguo jardín y quinta de mi padre hasta alcanzar el suelo, con un toque casi mágico, aparecía la portezuela, que en un segundo nos situaba dentro o fuera de la casita de visitas. Muchas veces, la propia magia, bum, hacia desaparecer la puerta, la ventana, la pared, la casita entera. Además, había latas y maderas muy usadas; residuos que daban algo de firmeza al arreglo circunstancial que nos alucinaba. Eran largas horas en quimeras de niños y de niñas, escenificando la familia feliz, tomando roles. Cocinábamos; la mamá preparaba la ensalada, la sopa de arbustos verdes, el postre de flores de colores; la hermana mayor preparaba el pan; ayudábamos y comíamos panecitos de barro; el papá, que venía cansado del trabajo, antes de entrar, recogía y entraba la leña que nunca quemábamos. Jugábamos a ser familia, a tener casita y estaba todo bien...aún sin comer, ni dormir... nada más suponíamos. Pero estábamos satisfechos, porque éramos familia, en los tiempos predispuestos para el juego...cuando habíamos comido...ya, habíamos dormido...ya, en la casa verdadera, antigua, grande y fuerte, el hogar familiar, de mi padre y de mi madre, desde donde mirábamos pasar las cuatro estaciones. Allí, sí… Traveseábamos siendo familia. Retozábamos. Teníamos casita en primavera y en verano, cuando no soplaba fuerte el viento, cuando no traspasaba el agua, cuando no sentíamos frío, cuando los pedazos de cielo entre las latas viejas, las tablas rotas y las mantas, ¡oh!,  eran lentes a través de los cuales algunos trepábamos a las nubes blancas,  blandas de suave espuma y soñábamos, soñábamos y soñábamos. A veces, uníamos los sueños, uníamos las nubes en una gran nube, o las dejábamos así, como flotantes mosaicos, puesto que al volver del cielo, bajando los ojitos brillantes, había prismas creados con las hojas y flores, muchos colores, y  nos daban luz, nada más que luz…
En un instante me transporté literalmente a los juegos infantiles mientras visitaba las casitas pobres. Las vi así. Eran así, como las nuestras. Con la insoslayable diferencia de que jugar a tener casita y ser familia no es ser familia y tener un hogar en que vivir. Muchas son así, y la única alternativa, las casitas más pobres que he visitado, son tan frágiles y aparentemente momentáneas como aquellas que levantábamos para estar algunas horas del verano y algunas de la primavera, bajo las horas cálidas. En las que acabo de abandonar, encontré el frío implacable, leña poca y mojada, el viento colándose como cuchillos entre los listones de madera rota y nylon flotante, el agua escurriendo y empozándose en el suelo de tierra. Parecían derretirse los techos, obligando a ver el cielo gris sin estrellas, sin sol, sin luna; el cielo que moja, que humedece, que enferma, el cielo que impide soñar, que no se quiere mirar, del que se huye. Y no hay opciones, no antes de que cese el invierno. ¿Qué hacer para amainar este invierno oscuro, que no es igual en una o en otra de las casitas  pobres que llevo en el libro de mis anotaciones, en las páginas cansadas de mi corazón?



Son muchas y distintas las necesidades, y no es posible asistirlas todas. Pero ya va siendo hora de tomar conciencia, de ponerse en la piel del semejante y de aprender a superar el umbral de lo propio y lo cercano. Tú lo has descubierto, y no es preciso que de nuevo te lo explique. Tú las has visto, tú has visitado conmigo las casitas pobres, y eso es importante: la primera teja de todas las que se necesitan para cubrir sus techos. Somos pocos, y ellas muchas, son legión. No podemos caminarlas, visitarlas todas, pero algo sí que podemos hacer. Mas no quiero detenerme en estas palabras, que deprimen y ensombrecen tanto amor, y achica la esperanza y la alegría que, a pesar de todo, he encontrado en esas paupérrimas casitas, en sus gentes, en sus niños dibujando –como lo hice yo– sus enormes sueños, escribiendo sus nombres por primera vez, perpetuando imágenes, pintando el mundo que ven y han aprendido no en una hoja limpia de papel, sino en una caja extendida, que abriga un poco, o leyendo a su madre y a su abuelo lo que ellos no pudieron aprender, pues no había escuelas…Ahora sí, ahora hay escuelas; están lejos, muy lejos –no sólo en la distancia– de las pobres casas, pero abren sus puertas cada día a esos niños que llegan con los piececitos abrigados con medias de lana bajos sus botas de goma, brillando y pisando fuerte sobre la humedad y la escarcha, las pozas de agua salpicando los pantalones, las narices mojadas con el agua de lluvia y el rocío, ay, y el gorrito de lana calado hasta las orejas, y la bufanda caliente. Ellos, en su inocencia, no alcanzan a percibirlo todavía, pero ahí, en cada frisa de sus ropas húmedas y en sus cuerpitos pequeños, se van tejiendo sueños mientras vienen caminando sobre el barro desde las casitas pobres a la pequeña escuela y vuelven, en lo posible, día a día, como ayer. 
Tal vez mañana…

Un abrazo.
Verónica.









  Nota.- Conocí a Verónica Fierro cuando trabajaba como asistente social en la municipalidad chilena de Paillaco. Su tarea estaba estrechamente vinculada a ese paisaje cotidiano de la pobreza que entonces se escondía tras los muros hermosos de esa villa feraz que crece entre ríos caudalosos, toda ella construida al amparo de esforzados pioneros que, con solo empinarse un poco, podían ver la Tierra del Fuego y sus nieves polares. Me impresionaron tanto sus confesiones desesperadas, que decidí enviar a la municipalidad -era entonces el mes de agosto de 2004- cerca de dos mil libros de mi editorial -El Toro de Barro-  para que ella misma se encargara de distribuirlos en las escuelas de las comunas pobres que crecían aquí y allá en ese paraíso en la tierra que un dios dibujó sobre el verdor y las aguas tranquilas y vírgenes. Recuerdo bien el frenesí con el que trabajé durante cerca de tres noches por organizarlo y embalarlo todo, y también la extraña desesperación de saber que los libros -por desgracia- no se podían comer... 
     Ignoro qué habrá sido de ella. Pero, si alguna vez vuelve a leer esta conmovedora carta que un día ella misma me escribió desde su invierno austral, me gustaría que tomase un mapa entre sus manos y señalara, tierra adentro, el lugar lejano donde crece mi admiración y la fuerza indeclinable de mi afecto...
     Brindo por ti, Verónica, entre tus casas pobres...
     Con todo mi cariño
     Carlos

























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