lunes, 27 de febrero de 2012

Carta de Concha García a Carlos Morales



"Nos sentamos uno enfrente del otro. Tus ojos llenos de curiosidad , sólo recuerdo eso. Supongo que hablamos y hablamos de muchas cosas, ¿dónde están aquellas conversaciones? ¿y aquellas bocas jóvenes de las que creíamos que salían verdaderos momentos sagrados?"...



Querido Carlos,

Te escribo desde la pequeña ciudad de Atlántida, muy cerca de Montevideo, donde,  por fin,  he podido establecerme durante largas temporadas. En esta población dispongo de más tiempo que en Barcelona, quizás porque todo es mucho más fácil. Quiero decir que tanto el paisaje como la gente,  parecemos encajar en el lugar donde estamos y nada se violenta. Lo que allí, en la ciudad de Barcelona, eran prisas y malestar, aquí se convierte en un rito acompañado de cierto placer,  el hecho de salir a la calle.
Mi casa tiene una sola planta y está rodeada de un pequeño jardín donde crecen ceibos y jazmines. En un ángulo he plantado hierbas aromáticas por el mero placer de olerlas, aunque aquí, cerca del mar, no acaban de enraizarse. Necesitan otras latitudes para fortalecerse  -como algunas personas-. Varias veces me habría gustado compartir este lugar con poetas amigos, pero cada vez quedan menos. Tú eres especial, aunque nunca hayamos compartido la misma ciudad, siempre has estado cerca.
Recuerdo el día que nos conocimos después de una lectura poética en Madrid. No recuerdo bien a los demás. Estabas alegre y encendido, había un deseo de hacer cosas que nunca se separó de ti, desde la dirección de la colección de poesía El toro de barro”, hasta la voluntad de formar parte en diversos proyectos poéticos. Ahora mismo tengo ante mí  algunos ejemplares de tu colección de poesía. Entra una luz muy azul que inunda mi estancia de briznas impalpables.
Recuerdo también el día que me pediste que escribiera algo para aquella colección de poesía que dirigías con tanto cuidado y amor: Cuadernos del Mediterráneo.  Número 26, Cuenca, 2002. Han pasado diez años, Carlos. Certeza, contenía poemas inéditos que apuntaban hacia donde iba a ir mi poesía poco después, y es que la escritura, como sabes, des-vela,     incluso, y aunque no me guste mucho esa expresión, des-territorializa.  Lejanía se titulaba uno de los poemas. Terminaba con estos versos: Y te levantas zarandeando/ parte de las sábanas/ porque hay un polvillo/ todavía incrustado/ en el reflejo/ de la tela.   El recorrido de los sueños marca una ruta valiosa solo para nosotros. Son tantas las enseñanzas de la poesía que no pueden de ninguna manera ordenarse en libro alguno. Y eso siempre lo hemos sabido.
 La segunda  vez que nos vimos también fue en Madrid. Tu barba nunca ha faltado en tu rostro; no te imagino sin ella. Un joven atento en compañía de otra mujer. Un bar y muchas personas conocidas después de una lectura poética, en aquel Madrid de los noventa.   Nos sentamos uno enfrente del otro. Tus ojos llenos de curiosidad , sólo recuerdo eso. Supongo que hablamos y hablamos de muchas cosas, ¿dónde están aquellas conversaciones? ¿y aquellas bocas jóvenes de las que creíamos que salían verdaderos momentos sagrados?  El paso del tiempo nos deja el polvillo del que hablo en el poema y a veces este brilla un instante y nos traslada un presente de antes.
Carlos, ¿recuerdas la noche que cenamos, con otros poetas, en un restaurante de Barcelona? Estabas cerca, no al lado. Te vi un poco más triste. Tu barba siempre contigo, me retrotrajo a una escena de película antigua. Eras un hombre que acababas de llegar a otro continente y mirabas maravillado la lejanía. De alguna manera,  Carlos, nosotros ya habíamos coincidido en otro momento y te reconocí en aquella cena. ¿Locura? No son los grandes acontecimientos del exterior los que hacen virar nuestra existencia, sino los pequeños momentos, intuitivos, veloces como los sueños. Como escribía mi admirado Deleuze, uno se ha vuelto como todo el mundo, pero precisamente ha hecho de ese todo-el-mundo, un devenir imperceptible, clandestino.  Y no somos todo el mundo. Somos nosotros que hemos coincidido en este lugar y este tiempo de nuevo.

Escucho el tronar de una tormenta que se avecina. 
El tiempo es muy cambiante en esta zona cerca de Montevideo, Aquí son muy densas y te impresionaría el juego de luces que forman las nubes cuando está a punto de estallar.   Otro de los poemas que publicaste se titulaba Sucedió

Conmigo. Y el resto
de este cielo quebrado
entre un sol y otro astro.
Mucho más lejos
la vista acapara
el pequeño porvenir
de los pliegues que la ladera
dibuja. Como si el paso
de este tiempo
fuera exactamente
el tiempo.    

Y así ha sucedido. Tú en Tarancón, cerca de Cuenca; yo en el Río de la Plata. En el salón de mi casa convoco a veces a amigos para tomar un asado y leer poemas. Aquí la poesía está muy presente y en todas partes. Espero que vengas algún día no muy lejano a verme. Me despido de ti mirando hacia la lejana consistencia del agua, hoy más azul que nunca.

Concha                                                                                                             


***


Nacida en La Rambla (Córdoba) en 1956, vive en Barcelona desde su infancia. Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona, es miembro fundador del Aula de Poesía de Barcelona y de la Asociación Mujeres y Letras, cuyo objetivo fundamental es dar a conocer la obra de mujeres poetas. Colabora como crítica literaria en el suplemento cultural del diario Avui y también en ABC Cultural. Sus trabajos sobre poesía se han publicado en revistas como Ínsula, Revista de la Universidad de México, Taifa, Zurgai y Cuadernos Hispanoamericanos. También codirige la revista de literatura Ficciones. Ha publicado los siguientes poemarios: por mi no arderán los quicios ni se quemarán las teas; Premio de poesía Aula Negra (Universidad de León, 1984); Otra ley (Valencia, Ed. Víctor Orenga, 1987); Ya nada es rito, Primer premio de poesía Barcarola (Albacete, 1988); Desdén (Madrid, Ediciones Libertarias, 1990); Pormenor, Madrid, Ediciones Libertarias, 1992); Ayer y calles, Primer premio Gil de Biedma (Visor, 1995); Cuántas llaves (Barcelona, Icaria, 1998); Árboles que ya florecerán (Montblanc, Igitur, 2001), y la novela Miamor.doc (Barcelona, Plaza y Janés, DeBolsillo, noviembre 2001). Su obra figura en diversas antologías en castellano (Conversaciones y poemas, Madrid, Siglo XXI, 1991; La prueba del nueve, Madrid, Cátedra, 1994; Ellas tienen la palabra, Madrid, Hiperión, 1994; Historia de la literatura española, Crítica, Madrid, 2000) y también extranjeras: Poesia espanhola de agora, editada por Joaquín Manuel Magalhaes (Lisboa, Relógio d’Agua Editores, 1997), Agenda. An Anthology of Spanish Poetry, vol. 35. 2, Londres, 1997; Antologia della poesia spagnola dal 1961 ad oggi (Cittadella, Italia, Nove Amadeus Edizioni, 1996), Sette poeti spagnoli d’oggi (Emilio Coco, traductor. San Marco in Lamis, FG, Italia, de Carolis, 2001). 


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                

6 comentarios:

Administrador dijo...

Muy hermosa carta, porque tal vez lo más importante en este vivir difícil, sea dejar huellas. Y esa carta recoge las huellas que tú Carlos dejas. Y que hay una persona en alguna parte que está atenta a esas huellas que uno va soltando como si fuesen las hojas de un árbol, con la ilusión de que retoñen en algún sitio. Y esa carta es la urdimbre del hilo.

MaLena Ezcurra dijo...

Maravilloso !


Gracias por embriagarnos con la palabra.


M.

Isabel Martínez Barquero dijo...

Entrañable y muy bonita la carta.
Nos devela de Concha y de ti, del amor compartido por la poesía a lo largo de vuestra existencia.
Un abrazo, querido Carlos.

Myriam dijo...

Cuánta sensibilidad se advierte en ella, tal como te describe es como se te percibe, Carlos.
Qué hermosa amistad, avalada por el amor mutuo a la poesía. Presiento que ese faro te representa más a ti que a ella. Es una poesía en sí misma.

Begoña Eguiluz dijo...

Este tipo de cartas son entrañables. Acrecientan el vivir porque llevan al aquel tiempo de los encuentros, de las complicidades y...¡ qué gratamente se viven!...Atlántida es un pequeño balneario cerca de Montevideo que te encantaría, Carlos. Frente al mar con tu amiga, mientras os bebéis la última copa del día que yo imagino de vino tinto porque es lo que me gusta a mí, hablar de lo que fue mientras su poso benéfico se asienta sobre vosotros...¡Deberías ir a verla! A propósito...¿cómo estás?

Rembrandt dijo...

En estos tiempos que corren, cuando es difícil encontrar quien escriba cartas, ésta me ha parecido maravillosa.
Enhorabuena por la amistad que los une y gracias por la generosidad que has tenido de compartirla con nosotros , tus lectores.

Un sólo comentario más, tengo el placer de contar entre mis amigos blogueros a Wilson Mesa, escritor y poeta, quien al igual que Concha vive en Atlántida, me preguntaba será posible que se conozcan? Probablemente.

Besos desde el Sur y un placer volver a recorrer este sitio tan especial.
REM